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LAS BRIGADAS FEMENINAS

4 de abril de 2014

brigada_conarmas

GUADALAJARA CONTESTA

Con fecha 15 de agosto -vimos en el Capítulo I de este Libro V- Dionisio Eduardo Ochoa había escrito, por conducto de la audaz mensajera María de los Angeles Gutiérrez, al jefe civil del movimiento cristero en el occidente de la República, sucesor de Anacleto González Flores, el cual, según narraba ella, era un joven acejotaemero venido a Guadalajara, Jal., de la ciudad de México, con el carácter de delegado del Comité Especial de Guerra de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Su carta, llena de fe y lealtad cristiana, y en que expresaba no sólo su reconocimiento y adhesión a esa Jefatura, sino su anhelo de marchar en íntima armonía con él, la conocen nuestros lectores en sus conceptos principales.

También en esa ocasión -el día 15 de agosto-, el general Dionisio Eduardo Ochoa y María de los Angeles Gutiérrez habían hablado de las Brigadas Femeninas, organización nacida para proveer, ayudar y auxiliar a los cruzados combatientes, en todo lo que fuere necesario. Angelita ya pertenecía a esa Institución que secretamente funcionaba, a semejanza de la famosa U de donde había nacido. Y se trataba, por lo que veía a Colima, no sólo de organizar debidamente el pequeño grupo de muchachas heroínas que, con sede en Guadalajara, Jal., se ocupasen de auxiliar a los cristeros colimenses, sino de la fundación de las Brigadas en esta misma ciudad de Colima.

Y la respuesta no se hizo esperar. En los precisos días en que era aprehendido y moría el mártir de Cristo Tomás de la Mora, llegaba a Colima la jefe de todo el movimiento femenino del occidente de la República, señorita Sara Flores Arias, acompañada de Angelita Gutiérrez. Se alojaron en el hotel Fénix, propiedad entonces de la señorita Leonor Barreto, en cruzamiento de calles Madero y Filomeno Mata. Esos días, sobre todo el 27 y el 28, fueron para la sociedad católica de Colima, de angustia, de espectación, de fuego. Colima ardía: de un lado el odio de los malos; del otro, la zozobra del pueblo creyente fiel. Porque no únicamente Tomás de la Mora fue aprehendido, sino que fueron arrestados muchos de los señores colimenses más representativos, como don Luis Brizuela, don Leopoldo Rubio y otros muy distinguidos. Porque aunque Tomasito inmediatamente declaró que aquellas cartas que habían caído en manos de los perseguidores habían sido escritas por él, sin embargo, quedaba el problema de quiénes eran aquellos amigos del Movimiento Cristero que estaban cooperando eficazmente desde Colima y que el joven de la Mora nombraba, en clave que sólo él y el Gral. Ochoa conocían, y con relación a los cuales Tomás cerró herméticamente su boca sin declarar ni una sílaba.

Sí sabía -lo declaraba- quiénes eran el señor X, el señor XX, el señor XXX, etc.; pero él moriría antes que ser traidor y denunciar a sus hermanos de ideales y de lucha.

De aquí que se multiplicaron en esos días los cateos, las vigilancias detectivescas, las aprehensiones y toda la sociedad de Colima vivió días de pánico y de zozobra.

En esas horas de alarma llegaron al hotel Fénix de Colima las dos viajeras, Sarita Flores Arias y Angelita Gutiérrez. Alcanzaron a ponerse en contacto con Tomás de la Mora en la tarde del sábado 27; pero ahí paró todo; pues se precipitó su aprehensión a la cual siguió su muerte.

Pero aquellas mujeres ~distinguidas y de buena posición social, sobre todo Sarita Flores Arias no se amilanaron. Ellas tenían que entrevistar personahnente al jefe cristero Gral. Ochoa, que se encontraba en su cuartel de El Refugio, en las faldas del volcán. A eso habían venido, el asunto era urgente y las dificultades y el peligro no las arredraban. Se pusieron en contacto con algunas de las señoritas a quienes Angelita Gutiérrez ya conocía que eran de las de ellos y que sabrían el modo de comunicarse con el Gral. Ochoa.

Y allá en su campamento del Volcán, Dionisio Eduardo Ochoa recibió el aviso. Era el martes 30 de agosto. Inmediatamente contestó citando a las viajeras a la ranchería de El Parián, Col., para la noche del jueves 10 de septiembre. Y con esa comunicación, un recado atento a don Arcadio de la Vega, el dueño de la finca de El Parián, rogándole el favor del hospedaje, en el día señalado.

Y en el comedor de la en aquellos días hermosa casa de campo de El Parián, después de cenar, se tuvo la entrevista entre ellos tres solamente: el Gral. Ochoa, la jefe del movimiento femenino cristero de occidente señorita Flores Arias y Angelita Gutiérrez. Hubo su cambio de impresiones, lleno de esperanzas, ilusiones, amor a Cristo y a México. Luego se habló de la organización del grupo que teniendo su sede en Guadalajara atendería a los libertadores de Colima, y de la fundación, en el mismo Colima, de su centro de brigadas. Además se planeó la entrevista tanto deseada con el representante en Guadalajara del Comité especial de Guerra de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Quedaron que sería en Ciudad Guzmán, Jal., el lunes de la siguiente semana, 5 de septiembre.

Poco después de la media noche terminó aquella reunión. Miguel Anguiano Márquez fue encargado de llevar a las dos egregias mujeres, a pie y a través de cenagales y grandes campos plantados de arroz, que abundan en la región, a la hacienda de Buenavista, Col. Atascadas de lodo, mojadas de pies a cabeza llegaron al amanecer a la casa de don Aniceto Valle, a la orilla del caserío de la hacienda. Con ropa ajena pasaron el día en tanto que la suya la lavaban y arreglaban para tomar el tren a Guadalajara al día siguiente.

Entretanto, Dionisio Eduardo Ochoa, su asistente y el Padre, su hermano, tomaban el camino del Volcán.

JAVIER HEREDIA

Apenas llegados al campamento y después de una noche de descanso, el día 3 se emprendió el viaje, hasta entonces nunca hecho, hacia Ciudad Guzmán, atravesando por la cima del Nevado, sirviendo de guía el capitán cristero Ramón Cruz.

La travesía por la cima de la sierra del Nevado es larga, difícil, pero hermosa. Había que hacerla a pie, indiscutiblemente. Subiendo, de la Mesa de la Yerbabuena, pronto se llega a los arenales del cono del Volcán de Fuego donde ya no hay vegetación. El paisaje se va haciendo cada vez más hosco y yermo.

Son majestuosas aquellas soledades. Se duerme en un barranco, ya sobre el Nevado, en donde hay, a derecha e izquierda, unas anchas oquedades abiertas sobre la roca. Son llamadas las Cuevas Pintas. Bajo unos altos pinabetes, entre una tupida maleza de carricillo, hay un venero de agua, helada y sabrosa para el jadeante viajero. Después se sigue subiendo hasta un cañón de la sierra, ya en la cima, denominado La Calle, en donde se principia a descender por el nordeste; se pasa por La Joya y, un par de horas más tarde, se está en La Mesa, donde termina el descenso de la montaña.

El domingo 4 por la noche Dionisio Eduardo Ochoa descansaba en Ciudad Guzmán, en la casa de unos familiares suyos. Al día siguiente, lunes, fue la entrevista esperada.

¿Quién era el jefe?

Antonio Ruiz y Rueda, distinguido acejotaemero de la ciudad de México que aparecía con el seudónimo de Javier Heredia. Con un abrazo se inició la entrevista. Se habló largo de todo: cuadro de fuerzas, trabajos, luchas, dificultades, triunfos, derrotas, esperanzas y problemas; la vida heroica de fe de aquellos guerrilleros de Cristo, etc. Y ahí, en esa entrevista, fue investido Dionisio Eduardo de un nuevo carácter: de Representante del Control Militar Cristero, en la región de Colima y suroeste de Jalisco, cargo que se le confirió por escrito, en nombre de lüs jefes supremos del Movimiento Nacional Libertador.

Recibió, además, nuevas órdenes y ürientaciones, entre las cuales estuvo la de organizar las fuerzas libertadoras cünforme a la ordenanza militar y, por lo tanto, la dé formar militarmente los núcleos, dar grados, etc.

Ya en este tiempo., eran cerca de mil los libertadores colimenses, repartidos en las cuatro principales zonas: el Volcán, Zapotitlán, Cerro Grande y el Naranjo; tüdos ellos, por lo general ya regularmente armados, montadüs y provistüs de parque. Habían renacido el entusiasmo, el arrüjo y la decisión.

Más aún: una doble ventaja había sobre lüs tiempos primeros: ya las familias de los libertadores no estaban en lüs cuarteles, como acontecía al principio, allá en Caucentla, sino que, aleccionadas por la experiencia, casi la totalidad de ellas se habían recüncentrado poco a poco en los pueblos, en donde vivían casi de caridad y entre infinitas privaciones y peligros. Con esto los luchadores, a cüsta de mayores renunciamientos, se encontraban más desembarazados para luchar y moverse según las circunstancias lo pidieran. Además, el Ejército de Cristo. Rey no contaba ya sino con soldados provistos de arma de fuego, prüpia para lüs cümbates. Aquella muchedumbre de temerarios, armados con sólo su cuchillo, no existía ya; porque habían conseguido su arma de fuego o habíanse vuelto a lüs pueblos y ciudades, al igual que las familias.

Con un nuevo abrazo de amigos, de hermanos en ideales, se rubricó aquella entrevista y, ¡hasta que Dios quiera que nos veamos de nuevo o hasta el cielo! Y tüdavía está pendiente esta nueva entrevista: ¡En el cielo!

DOS IDAS MAS
A CIUDAD GUZMAN, JAL.

Y dos veces más fue Dionisio Eduardo Ochoa a Ciudad Guzmán, Jal., atravesando por la cima de los volcanes, tanto para recoger el parque que ya principiaban a mandar las señoritas de las brigadas femeninas en Guadalajara, como para activar la fundación de la organización en Colima y todas estas estancias en Ciudad Guzmán estuvieron llenas de aventuras y peligros inminentes, porque en el pequeño poblado de La Mesa por donde tenía que pasarse al terminar el descenso de la montaña, había -tal vez lo haya al presente- un aserradero. Y la llegada de los soldados cristeros, que tenían que atravesar por entre las casitas de los trabajadores, era conocida de todos; y no faltaron, en las diversas ocasiones, quienes fuesen inmediatamente a Ciudad Guzmán a denunciar el hecho. Patrullas de soldados recorrían la población y entraban a catear las casas que creían sospechosas en su afán de descubrir en dónde estaban alojados los jefes cristeros. La primera estancia del Gral. Ochoa, en 4 y 5 de septiembre, culminó con la muerte del Padre don Gumersindo Sedano, que ocasionalmente se encontraba también allí en la ciudad en esos días, sin que el jefe cristero Dionisio Eduardo Ochoa lo hubiese sabido. Ochoa, terminado su asunto, logró salir y regresar; pero el Padre fue denunciado, aprehendido y muerto, según en páginas posteriores se narrará.

En la segunda ida, en ese mismo septiembre, una patrulla de soldados, rifle en mano, penetró hasta el cancel de la casa en donde el jefe Ochoa y su asistente se encontraban; pero no vieron los callistas nada sospechoso y retrocedieron creyendo que estaban sobre una falsa pista, y, en la tercera, los días 26 y 27 de octubre, en que iban también, además de su asistente, el Padre capellán hermano del Gral. Ochoa y su coronel jefe de estado mayor, Antonio C. Vargas, no únicamente se suscitó el acostumbrado movimiento militar callista en la ciudad buscando a los cristeros -sabían con detalle que eran el Gral. Ochoa y otro jefe, el Padre y un soldado-, sino que se pusieron escoltas en las salidas de la población. Gracias, ante todo a Dios; pero, en lo humano, a la sagacidad y valentía de J. Refugio Soto, el asistente del jefe Dionisio Eduardo Ochoa, lograron salir, pasando junto a ellos, en las altas horas de la madrugada del viernes 28, cuando los soldados callistas, aunque rifle en mano y en sus puestos, pero vencidos por el sueño, dormitaban o dormían.

COLIMA CRISTERO,
EN GUADALAJARA, JAL.

El cuadro de muchachas que formaban el grupo de Guadalajara, Jal., encargadas de auxiliar al movimiento de Colima era el siguiente:

Jefe, María de los Angeles Gutiérrez.
Sub jefes, Ma. Guadalupe Anguiano Márquez y Mercedes Santillán.
Auxiliares: M. Concepción Carbajal, TereSa Vázquez y M. de la Luz Gutiérrez, entre otras.

LAS BRIGADAS FEMENINAS DE COLIMA

brigada_tonitaY todos estos trabajos de preparación para organizar un selecto y hermoso grupo de Brigadas Femeninas en Colima, al fin culminaron en un éxito precioso. En Colima abundaba el elemento joven femenino, ardiente, decidido y gránde, en toda la acepción de la palabra.

Ya, desde hacía algunos años, así como los muchachos estaban organizados en la A. C. J. M., las jóvenes, sobre todo las de más valer por su cultura y sus ideales, estaban organizadas en círculos de estudios cuya finalidad no era únicamente cultivar la mente, sino ejercitar el apostolado, trabajando y luchando por la causa de Cristo y de la Iglesia. Entre éstas, ocupaban lugar primero y principalísimo las alumnas del antiguo Colegio de la Paz. Era el espíritu del hombre sabio, al par que apóstol de Cristo, el Padre don J. Jesús Ursúa el que latía en ellas.

Era el medio día del cuatro de noviembre, cuando en la ciudad de Colima fueron citadas a casa de la Srita. Francisca Quintero, harto conocida en los círculos católicos, por su religiosidad, criterio iluminado y grandeza de alma, gran número de aquellas jóvenes de la ciudad que ya en meses anteriores, desde que principió la campaña de oración, boycot y luto, se habían destacado por su entusiasmo y resolución, y que ardían en deseos de cooperar en la defensa armada de la causa de Cristo. Allí reunidas ellas, en número como de cuarenta, se presentaron las Sritas. Sara Flores Arias, jefe de la organización femenina del occidente; María de los Angeles Gutiérrez, jefe del grupo de Colima en la ciudad de Guadalajara, Jal., y Faustina Almeida, jefe también en las brigadas, las cuales habían venido de Guadalajara con el objeto de organizar el elemento femenino colimense. Ya todas presentes, aparecieron, sin nadie esperarlo y causando extrema impresión de sorpresa y alegría, los queridos y populares jefes del movimiento libertador de Colima, Gral. Dionisio Eduardo Ochoa y coronel Antonio C. Vargas, en sus trajes típicos de cristeros, tal como andaban habitualmente en sus campamentos.

Habló Dionisio Eduardo Ochoa a aquellas jóvenes de alma ardiente, con palabra de fuego, aumentando su fervor y su entusiasmo, y, desde luego, quedó establecida en Colima la Brigada Femenina que tantas proezas habría de realizar en su arriesgada cooperación en la lucha por la libertad.

Por lo pronto, quedó formada la brigada base de Colima, con la Srita. Francisca Quintero como jefe y Petrita Rodríguez y María Ortega como sub jefes. Los demás elementos eran, casi en su totalidad, de la mejor sociedad de Colima.

Andando un poco el tiempo, unas cuantas semanas más tarde, los efectivos de las brigadas femeninas colimenses llegaron a formar un batallón, encuadrados en tres compañías, de las cuales dos trabajaban en la ciudad de Colima, con cuatro escuadras cada una, y la tercera, con igual número de escuadras, estaba distribuida en San Jerónimo, Comala, Tecomán y Manzanillo, operando en cada una de estas poblaciones una escuadra.

Cada miembro de la brigada tenía su grado militar y, para iniciarse en ella, se requería un acto, en el cual generalmente había lágrimas de fervor, de entusiasmo, de amor a Cristo y a la Patria. En él se recitaba el juramento propio de los soldados libertadores, de que ya se habló al principio de la segunda parte de esta historia en el cual solemnemente se prometía:

Luchar por la noble causa de Cristo y de la Patria, hasta vencer o morir; subordinación a los jefes; fraternidad cristiana con los compañeros; no manchar la Causa Santa que se defendía, con actos indignos, y primero sufrir la muerte antes que denunciar o entregar a algún compañero de lucha o a sus cooperadores.

La Srita. Pachita Quintero era la general en jefe de la brigada. Y fue una mujer toda bondad y abnegación. Era hija de María, piadosa y de alma santa. A la fecha en que esto se escribe, ya ella pasó al seno de Dios. La 1a sub jefe tenía el nombramiento de coronel y, la 2a., de teniente coronel. Las escuadras estaban comandadas por una teniente con sus cuadros de sargentos y cabos.

Las jefes de las tres compañías de las brigadas femeninas de Colima fueron: Josefina Arreguín, quien tenía como sub jefe a Emilia Gómez, en la primera; Adela López, con Genoveva Sánchez, en la segunda, y Ma. Mercedes Santillán con M. Trinidad Preciado como sub jefe, en la tercera.

Y este ejército de mujeres, casi todas jovencitas, estuvo a la altura del heroísmo en multitud de ocasiones. Con abnegación, alegría y santo empeño, sin medir fatigas, ni peligros, tomaron a cuestas el cargo de proveer al Ejército de los Cruzados de Cristo, de todo lo que era necesario: armas, parque, ropa, medicinas. Más aún, ellas mismas se daban sus artes para llevarlo al campo cristero cuando no había comisionados para ello. Forradas con chalecos dobles de manta que las cubrían desde el pecho hasta las piernas, llevaban en ellos, entre tela y tela de aquel su corsé o chaleco, una cantidad enorme de cartuchos que fuera de esos corsés, en alguna bolsa, por ejemplo, era difícil sostener por el peso de ellos. Y así caminaban en trenes y tranvías y aun a pie.

Y descubiertas más de alguna ocasión, fueron torturadas, sin que el dolor del tormento jamás les hiciese descubrir nada, ni de su organización, ni de sus compañeros, ni de las personas que mediante ellas cooperaban en la cruzada cristera, con dinero, ropa u otros menesteres.

Y lo triste fue que casi siempre, en las denuncias o en las torturas, allá en Guadalajara, Jal., se encontraba en primera línea alguno de los muchachos estudiantes de Colima que era el que, conociendo a lás muchachas de su tierra, para hacer méritos en su escuela y en favor de su recepción, o la había entregado o se mezclaba con los verdugos para herirla con el sarcasmo y la injuria.

Y el que esto escribe da testimonio formal de que todo este ejército de mujeres estuvo siempre, sin excepción ninguna, sin excepción ninguna en verdad, a la altura del deber cristiano en cuanto a pureza de vida. Jamás una vulgaridad, menos aún alguna mancha moral que tan fácilmente se hubiese explicado en las circunstancias en que ellas trabajaban, mezclándose entre los soldados callistas para comprarles pertrechos de guerra. Siempre dignas, rectas, limpias, alegres y heroicas. Causa indignación el leer a novelistas que, por ser novelistas, llevados de su fantasía y del ordinario acontecer de los hechos, inventan amoríos en alguna de las protagonistas de sus cuentos. Entre éstos, el autor de La Virgen de los Cristeros. Esos novelistas, fantaseando, cayeron en un grande error y queriendo servir a la causa cristera la denigran.

Aparte de estas jóvenes heroínas, hubo otras, tan abnegadas y heroicas como ellas, que no se agruparon en la brigada femenina, pero a quienes la causa de los cruzados de Cristo Rey es también deudora de gratitud. Y todas estas intrépidas mujeres que se alistaron para desempeñar en el movimiento cristero comisiones tan peligrosas, pertenecían, desde antes que estallase el conflicto, a la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, y a esa Institución benemérita las mujeres de las brigadas femeninas de Colima siempre permanecieron adictas y fidelísimas, sin que jamás hubiese habido siquiera un asomo de cisma o defección.

JEFATURA CIVIL DE COLIMA

brigada_familiaAl frente de todas estas actividades y con el carácter de jefe civil en el Estado, quedó un joven distinguido, Virginio García Cisneros, miembro que había sido de la A. C. J. M. quien, bajo el seudónimo de Juan Gómez Moreno, trabajó por la santa causa de Cristo Rey, hasta el final, con heroica abnegación y constancia.

A este joven revistió el Gral. Ochoa de amplias facultades para que, como representante de la Jefatura Militar cristera, pudiese, en la ciudad de Colima, arreglar y tratar todo aquello que fuese menester.

Como sub jefe, fue nombrado Urbano Rocha Fuentes, muchacho acejotaemero y, como auxiliares, José Garda Cisneros, Manuel Hernández y Luis Gallardo, jóvenes igualmente acejotaemeros; los dos últimos, además, alumnos del seminario.

Todos ellos trabajaron con verdadero empeño y se expusieron mucho en multitud de comisiones peligrosas que muchas veces realizaban ellos solos y otras muchas ayudando a las mujeres de las brigadas. También, entre ellos, estuvo don Luis Gallardo, el papá de Luis Gallardo, el joven de la A. C. J. M. Urbano Rocha Fuentes, como se verá al finalizar la historia, en el capítulo la Cuerda de los Mártires, fue deportado a las Islas Marías, y Manuel Hernández fusilado en el Jardín de la Independencia, teniendo como paredón el muro de la Santa Iglesia Catedral, el 25 de julio de 1928.

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