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EL JUICIO FINAL

3 de abril de 2014

HECHO DEL JUICIO

Ravenna,_sant'apollinare_nuovo_cristo_divide_le_pecore_dai_capretti_(inizio_del_VI_secolo)

1. Reflexión previa J/VENIDA/JUICIO:

Al fin del mundo Cristo aparece no en figura de siervo. sino en la gloria de la Resurrección y Ascensión. La vuelta de Cristo significa, por tanto, la revelación total del amor divino aparecido en Cristo. Así se entiende el anhelo del primitivo Cristianismo por la segunda venida o, mejor, por la pública venida del Señor. Pero esta definitiva manifestación de Cristo es a la vez juicio. Cristo viene como juez. El mundo será juzgado por El al fin de los tiempos.

En este juicio final los juicios particulares no serán ni revisados, ni anulados, ni declarados definitivos; desde el primer momento son definitivos. En el juicio final serán confirmados. Al juicio final están sometidos los malos y los buenos (I Pet. 4, 14). Pero tiene significación distinta para los pecadores y para los buenos. Para los buenos significa confirmación de su comunidad con Cristo, para los pecadores significa condena y condenación. Para unos es juicio de gracia y de salvación y para otros es juicio de maldición.

Ningún acusador tendrán los buenos (Rom. 8, 31-34; lo. 5, 45; Apoc. 12, 10). San Juan dice en el Apocalipsis que a Satanás se le arrebatan para siempre los plenos poderes que le habían sido concedidos para acusar ante Dios a los “hermanos” a los cristianos mientras duraba la historia. Por ser hijos de Dios son conciudadanos de los santos y domésticos de Dios (Eph. 2, 19). Los elegidos de Dios no tienen por qué preocuparse de que un malvado los denuncie a Dios. San Juan oye el júbilo de los bienaventurados porque se ha puesto fin a las calumniosas acusaciones del diablo. Al fondo de esta descripción tal vez esté el hecho de las delaciones tan abundantes en tiempos del emperador Domiciano y que tantas víctimas cristianas tuvieron como consecuencia. La alusión del vidente sería así un
consuelo para los cristianos. Cuando Cristo venga a juzgar no habrá por qué tener miedo a los delatores. Nadie los acusará (Rom. 8, 31-34).

A los ateos, el juicio les acarreará desgracia y condenación, pero para los amigos de Dios será juicio de salvación y de gracia. Mientras que en la antigüedad cristiana, al profesar la fe en el juicio final, el acento recae sobre el hecho de que el día del juicio traerá la salvación definitiva a los buenos y la esperanza está, por tanto, en el primer plano de la conciencia creyente, en la Edad Media se va destacando cada vez más la idea -también contenida en la fe en el
juicio final- de que Cristo volverá y examinará nuestras vidas. La antigua confianza en el día del Señor fue desplazada por la angustia y el miedo a ese día. Cuanto más se multiplicaron los pecados dentro de la Iglesia, tanto más tuvo que acentuar la Iglesia la seriedad del juicio. Y así empezaron los creyentes a hacerse la angustiosa pregunta: ¿Qué responderé yo, miserable? (Véase el himno Dies irae; la expresión más violenta de esta actitud son los frescos de Miguel Angel sobre el juicio final).

2. Doctrina de la Iglesia

Respecto al hecho del juicio universal, es dogma de fe que después de la resurrección el mundo será juzgado. La Iglesia profesa este dogma siempre que confiesa la vuelta de Cristo. Hasta qué punto conforma la vida, se deduce del hecho de que la Iglesia ha recogido ese dogma en su oración diaria (Símbolos apostólico y
niceno-constantinopolitano).

Muchos juicios particulares preceden al juicio final; en ellos son determinados definitivamente los destinos de los hombres en particular. Los juicios particulares no serán ni revisados ni corregidos en el juicio universal, sino que serán confirmados y dados a conocer públicamente. En esto sentido, el juicio universal es llamado juicio final.

3. Testimonio de la Escritura en el AT

El juicio universal tiene una larga prehistoria que se extiende por toda la historia humana. El AT y NT dan testimonio de él.

a) El AT dice que el juicio de los pecados empezó el primer día de la historia humana, ya que los hombres pecadores fueron expulsados del Paraíso y un ángel con espada de fuego vigiló su entrada. Se continuó en el diluvio y a través de las catástrofes de los siglos. Cada vez se profetiza con más insistencia el día en que serán expiados todos los pecados. Es el “día del Señor”; atribulará a su pueblo y a todos los pueblos para vengar todas las injusticias; con estas palabras se alude en primer lugar a las catástrofes nacionales y caída de pueblos, estados, culturas y ciudades.

Como todas las profecías viejotestamentarias, las amenazas de juicio deben ser entendidas con perspectiva. El juicio de Dios se hará por grados sucesivos a través de los siglos. Cada juicio particular es una fase en la ejecución del juicio final. Cada uno de ellos alude al futuro. Todas las tribulaciones son transparentes y detrás de ellas se ve irrumpir y ascender una nueva. Detrás de cada catástrofe se adivina una más terrible, hasta que llegue el día aludido por todos los anteriores días al día del juicio.

Karl ·Barth-K describe estas relaciones de la manera siguiente: “¿Qué significa “juicio” en el AT? El juicio se cumple primeramente de modo muy concreto y muy a menudo en forma de desgracias nacionales desde la plaga de serpientes en el desierto hasta la destrucción de Jerusalén. Sin el terrible primer plano de una concepción de esta especie, que, según el AT, a pocas generaciones de este pueblo va a poder ser ahogada sin la imagen realísima de
una multitud de muertos y de las largas filas de exilados, no se sabe lo que es el juicio en el AT. Y, sin embargo, a la idea viejotestamentaria de juicio no le viene su seriedad y rigor de ahí. Pues detrás de todo eso hay algo más terrible: el fin del amor de Dios, el repudio y todavía más la abrasadora ira de Dios sobre todos los pueblos, el juicio universal. Esto no es presente, es futuro en el más estricto sentido. Pero ese futuro es lo que importa justamente en el presente. Más allá de las llamas encendidas por los enemigos y que devastan Samaria y Jerusalén, pero también en definitiva Ninive y Babilonia, ven los profetas esta otra llama inapagable. Y de ese segundo plano, del juicio futuro, hablaron al hablar amenazadores y decididos de aquel primer plano.”

b) El “día del Señor” de que hablan los profetas viejotestamentarios es primariamente el día en que Dios mismo entra en la historia humana, el día de la encarnación. Juan Bautista le profetiza como día de juicio (Mt 3, 7-12). En Cristo alcanzan, pues, su punto culminante los juicios viejotestamentarios. En El empezó la fase del juicio que es la
introducción del discernimiento definitivo de los hombres. Pues Cristo fue puesto para caída de algunos y resurrección de muchos (Lc. 2, 34). Lo empezado por Cristo se completa en el juicio final. Su manifestación, su palabra y su obra preparan el juicio final y lo introducen en la historia realizándose en el juicio que Cristo significa
durante su vida terrena y a través de los siglos.

4. Testimonio de la escritura en el NT

Ya hemos explicado en qué sentido es Cristo un juicio para la humanidad. Quien se acerca a Cristo en la fe y a través de El se dirige al Padre, es libre de la maldición del pecado, pero quien lo rechaza, queda bajo la maldición; no necesita ya ser juzgado; ya está juzgado (lo. 5, 24; 12, 37-48; 16, 11).

Por feliz que sea el mensaje de la Cruz para los creyentes, para los que se cierran a él y lo rechazan es catastrófico. Ahora están doblemente perdidos y caen en un juicio mucho peor. Se enmarañan mucho más en su soberbia, porque cuanto más cerca viene Dios, tantos más esfuerzos tienen que hacer para perseverar en su orgullo e independencia.
Desde la muerte de Cristo irrumpen en el mundo que rechaza a Cristo juicios punitivos siempre nuevos y siempre crecientes por culpa del pecado. Cuanto más intenso se haga el apartamiento de Dios, tanto más fuertes serán los juicios de Dios. En las catástrofes de toda especie, en la caída de reinos y ciudades, empezando por la destrucción de Jerusalén hasta la aniquilación de Babilonia, en el fuego que devora hombres, casas y animales, en el mar que se traga campos y bosques, en las guerras que matan ejércitos y pueblos, Dios juzga al mundo que desprecia su amor y reniega de la Cruz de su Hijo.
El sentido de todos los juicios divinos anteriores al juicio universal es la revelación de la gloria de Dios, que no permite que nadie se burle de ella, pero a la vez es la salvación de los hombres. Los juicios de Dios llaman a reflexión y guardan de la condenación del último juicio. Pero los hombres no se convierten. Se endurecen en su vanidad, egoísmo y orgullo, cuando los juicios de Dios se hacen más duros. Sienten que es la mano de Dios que se posa sobre ellos, pero maldicen a quien quiere salvarlos y terminan con la maldición en los labios, mientras podían haberse salvado diciendo una sola palabra de adoración (Apoc. 16, 19-21).El Apocalipsis de San Juan describe los últimos juicios de Dios, antes del juicio final, en imágenes llenas de pavor y terror. La visión del capítulo 14 demuestra que las últimas tribulaciones deben ser interpretadas como juicios de Dios. San Juan la describe así (Ap/14/14-20).
Como el cristiano sabe que a pesar de su comunidad con Cristo sigue siendo pecador, desea los juicios anteriores al final, para sustraerse a éste. Las tribulaciones de la vida son una forma de juicio. Pero hay otro espacio en que Dios hace sus juicios de amor; quienes los desprecian son condenados; es el ámbito del misterio, el mundo de los sacramentos.

El juicio final es, pues, preparado por múltiples y variados signos.

Todos estamos suficientemente prevenidos de su implacable seriedad.

Durante su vida terrena Cristo ya aludió a esa su última palabra sobre la historia humana (Mt. 16, 27; Lc. 22, 30; lo. 5, 22). El juicio al fin de la historia humana concede su importancia y responsabilidad a la misma historia. Vale la pena hacer cualquier sacrificio por escapar al juicio del último día. La condenación cae tanto sobre quienes se cierran al mensaje del reino de Dios como sobre quienes no configuran su vida según ese mensaje. “No todo el que dice: ¡Señor,
Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: ¡Señor, Señor!, ¿no profetizamos en tu nombre, y en nombre tuyo arrojamos los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Yo entonces les diré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de iniquidad” (Mt. 7, 21-23). En las profecías del fin del mundo da Cristo una descripción metafórica de la ejecución del Juicio (Mt. 25, 31-46). Cfr. Mt. 13, 24-43.

La profecía de Cristo sobre el juicio final es una parte fundamental de la predicación apostólica. Los Apóstoles tenían -como dice San Pedro- la misión de predicar al pueblo que Cristo ha sido nombrado por Dios Juez de vivos y muertos (Act. 10, 42). También San Pablo predica en Atenas que Dios ha determinado un día para juzgar al mundo en justicia (Act. 17, 31; cfr. 24, 25; Al Cor. 5, 10; II Thess. 1, 5-10; Tim. 4, 1. 8; Hebr. 6, 2; 9, 27; 10, 27; 12, 23; 14, 4, I Pet. 1, 17; ll Pet. 2, 3; lo. 4, 17; Sant. 2, 13; lud. 6, 15; Apoc. 6, 10; 11, 18).

Dios retarda el juicio para dejar a los hombres tiempo de hacer penitencia. El tiempo que transcurre hasta la vuelta de Cristo es tiempo de conversión y arrepentimiento. Es signo de la paciencia que Dios tiene con el hombre (2 Pet. 3, 9). Cuando se pase ese tiempo, ya no habrá más plazos (Apoc. 10, 6). Quien pensando en la longanimidad de Dios haya perseverado confiadamente en sus pecados, tendrá que oír: “¿O es que desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad, desconociendo que la bondad de Dios te atrae a penitencia? Pues conforme a la dureza y a la impenitencia de tu corazón, vas atesorándote ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, que dará a cada uno según sus obras; a los que con perseverancia en el bien obrar buscan la gloria, el honor y la incorrupción, la vida eterna; pero a los contumaces, rebeldes a la verdad, que obedecen a la injusticia. ira e indignación” (Rom. 2, 4-8). Cfr. Il Pet. 3, 9.

El día del Señor revelará las obras de todos ante todo el mundo (l Cor. 3, 12-15). Como antes dijimos, en la predicación apostólica del juicio universal se acentúa el hecho de que los cristianos son liberados de las tribulaciones que el pecado les depara, mientras que los incrédulos y pecadores son condenados. San Pablo cuenta con la salvación de quienes se someten obedientemente a Cristo (Rom. 8, 31-32, I Cor. 5, 5; cfr. también 1 Jn. 4, 17). Consuela a sus lectores diciendo que el Señor vendrá en su gloria y les aconseja que sufran de forma que se hagan dignos del Señor.

SCHMAUS
TEOLOGIA DOGMATICA VII
LOS NOVÍSIMOS
RIALP. MADRID 1961.Pág. 235-242

Angel_viñeta

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