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CUARESMA: CÓMO DEBEMOS CONVERTIRNOS A DIOS. SERMÓN DE SAN BERNARDO DE CLARAVAL

27 de marzo de 2014

SAN-BERNARDO2

 

1.Convertíos a mi de todo vuestro corazón, en ayunos, en lágrimas y en gemidos: y rasgad vuestros corazones, y no vuestros vestidos, dice el Señor Omnipotente. ¿Qué nos quiere decir, Amantísimos, el Señor, en mandarnos que nos convirtamos a él? En todas partes está, y todo lo llena, y abraza igualmente todas las cosas. ¿A dónde me volveré para volverme a vos, Señor Dios mio? Si subiere al Cielo, allí os halláis, si bajare al infierno, allí estáis también. ¿Qué es lo que me mandáis? ¿Por dónde me volveré a vos? ¿Por arriba o por abajo? ¿Por la derecha, ó por la izquierda? Consejo es este, Hermanos míos, secreto es, que sólo se descubre a los amigos. El misterio del Reyno de Dios es: a los Apóstoles se les revela al oído; a las turbas nada se les dice sino con parábolas. Si no os volviereis, dice, y os hicierais como este párvulo, no entraréis en el Reyno de los Cielos. Ya conozco claramente adonde quiere que nos volvamos: es preciso que nos volvamos hacia el párvulo, para que aprendamos de él, que es manso y humilde de corazón, pues a este fin se nos dio a nosotros párvulo. A la verdad, él mismo también es grande, pero en la Ciudad del Señor, a la cual se dice: Alégrate casa de Sión y da alabanzas a Dios, porque es grande en medio de ti el Santo de Israel. ¿De qué te envaneces, hombre? ¿Qué te elevas a ti mismo sin causa? ¿Cómo piensas de ti cosas altas, y tus ojos se fijan en todo lo que es sublime; lo que no te puede traer bien ninguno? Sublime es verdaderamente el Señor, pero a ti no se te propone así: loable es su grandeza, pero no imitable. Se ha elevado tanto su magnificencia, que no podrás llegar a ella: aunque te hagas pedazos, no la alcanzarás. Llegará, dice, el hombre a un corazón alto, y Dios se elevará. Porque excelso es el Señor, y mira las cosas humildes, y no ve sino de lejos las cosas altas. Humíllate, y seguramente llegaste a él. Esta es verdaderamente la ley de piedad, y por esta ley, Señor, yo he puesto en vos mi esperanza. Si por ventura se nos hubiera propuesto, que siguiésemos el camino de la altura, y grandeza, y que él se hubiera de llegar a ver la salud de Dios, ¿cuántas cosas harían los hombres, para ensalzarse? ¿Con cuanta crueldad se derribarían unos a otros, y se pisarían? ¿Con cuanto descaro treparían, y con pies y manos se esforzarían a subir a lo alto, para ponerse los hombres sobre las cabezas de los demás? Ciertamente el que pretende ensalzarse sobre sus próximos, encontrará muchas dificultades, tendrá muchos émulos, habrá que sufrir muchos opositores que también suben por la parte contraria; pero nada hay más fácil al que quiere, que humillarse a si mismo. Esta es una verdad, amantísimos, que nos hace enteramente inexcusables, de suerte, que ni el más tenue pretexto podemos alegar.

2.Pero veamos ya, de qué manera es menester volvernos a este Párvulo, a este Maestro, de la mansedumbre, y humildad. Convertíos, dice, a mi de todo vuestro corazón. Hermanos, si hubiera dicho: Convertíos, sin añadir más, sería acaso libre en nosotros responder: Está hecho, proponed ya otro mandato. Mas ahora (según yo entiendo) nos exhorta a una conversión espiritual, que no es obra que pueda perfeccionarse en un día, y ojalá que en todo el tiempo de nuestra ida pueda consumarse. Porque la conversión del cuerpo, si es sola, es ninguna. Esta es apariencia de conversión, no verdad, y aunque tiene en si la figura de piedad, está vacía de su virtud. Miserable el hombre, que ocupándose todo en las cosas de afuera, e ignorante de su interior, pensando que es algo, no siendo nada, él mismo se seduce. He sido derramado como el agua, dice el profeta en persona de semejante hombre, y se han dispersado todos mis huesos. Y otro Profeta: Comieron otros su fortaleza, y él lo ignoró. Atento solo a la exterior superficie, piensa que todo está sano, no percibiendo el oculto gusano, que corroe su interior. Es verdad, que mantiene la tonsura, que tampoco ha mudado de hábito, que guarda los ayunos regulares, que canta a las horas establecidas: pero su corazón está lejos de mi, dice el Señor.

3.Atiende con cuidado que es lo que amas, que es lo que temes, de qué te alegras, de que te contristas: y bajo del hábito de religión hallarás un ánimo mundano; bajo del vestido de conversión y penitencia un corazón perverso. Todo el corazón consiste en estos cuatro afectos, y de esto se debe entender, que debes convertirte al Señor de todo corazón. Conviertase pues tu amor, de suerte que nada ames fuera de Dios, o ciertamente nada sino por Dios. Conviértase también a él tu temor; porque es perverso todo temor, con que temes al o fuera de él, o no por él. Así tu gozo, y tu tristeza, conviértase a él igualmente: y esto se hará así, sino te dueles o alegras de otro modo, que según Dios. ¿Qué cosa más llena de malicia, que alegrarte después que has hecho el mal, y aplaudirte en las cosas pésimas? También la tristeza que es según la carne, trae la muerte. Si por tu pecado o el del prójimo te dueles bien haces, y este tristeza te traerá la salud: si te alegras en los dones de la gracia, este gozo es santo, y gozo seguro en el Espíritu Santo. Debes también complacerte en el amor de Cristo, en las prosperidades de tus hermanos y condolerte en sus desgracias, como está escrito: Alegraos con los que se alegran, y llorad con los que lloran.

4.Mas si debe tenerse en poco la misma conversión corporal, pues se sabe, que no es corta ayuda para la espiritual. De ahí es, que en este mismo lugar, habiendo dicho el Señor: De todo corazón, añadió luego, en ayuno, que ciertamente pertenece al cuerpo. Sin embargo, Hermanos míos, quiero que esteis advertidos, que el ayuno debe observarse, no solo respecto de la comida, sino respecto de todos los deleites de la carne; y de todo gusto del cuerpo: antes bien se debe ayunar más de los vicios, que de los manjares. Pero hay un pan respecto del cual no quisiera yo que ayunarais, no sea que acaso desmayéis en el camino: y si no lo sabéis, digo que es el pan de lágrimas: porque se sigue: En el ayuno, en las lágrimas, y en los gemidos, exige de nosotros llanto de penitencia de la vida pasada, exige lágrimas el deseo de la bienaventuranza futura. Mis lágrimas han servido para mi de pan el día y la noche, cuando me dicen todos los días, ¿Dónde está tu Dios? Poco le agrada esta nueva vida, al que todavía no llora las cosas antiguas, no llora los pecados, que ha cometido, todavía no llora el tiempo perdido. Si no lloras, ciertamente no sientes las llagas de tu alma, no sientes la lesión de tu conciencia. Pero si deseas bastante los futuros gozos, si todos los días con lágrimas no los pides: poco conocidos son de ti, si no rehusa consolarse tu alma, hasta que lleguen.

5.Añade después el Profeta: Y rasgad vuestros corazones, y no vuestros vestidos. En las cuales palabras manifiestamente es notado aquel antiguo pueblo de los judíos de dureza de corazón, y de una superstición vana. Era en ellos frecuente rasgar las vestiduras, pero no rasgar los corazones. ¿Cuánto se rasgarían unos corazones de piedra, si aún no podían ser circuncidados? Rasgad, dice, vuestros corazones, y me pondré vuestros vestidos. ¿Hay alguno entre vosotros que experimente su voluntad rebelde y obstinada acerca de una determinada cosa? Parta su corazón con la espada del espíritu, que es la palabra de Dios: hágase pedazos y dese prisa a partirle en menudas migajas. Porque no es posible convertirse al Señor de todo corazón, sino haciendo pedazos el corazón. Hasta que recibas en la celestial Jerusalén aquella única cosa, de que toda ella participa, mucho es necesario cumplir; y si en un solo precepto faltares, te hiciste reo de todos. El espíritu del Señor es de muchos modos, dice el Sabio, y no puedes seguir al que es de muchos modos sin partirte de muchos modos. Escucha en fin lo que dice aquel hombre, que había Dios hallado según su corazón: Aparejado está mi corazón, o Dios; aparejado está mi corazón. Aparejado para lo adverso, aparejado para lo próspero, aparejado para las cosas humildes, aparejado para las sublimes, aparejado para todo lo que quisiereis mandar. ¿Queréis hacer un pastor de ovejas? ¿Queréis establecer un Rey de los pueblos? Aparejado está mi corazón, o Dios; aparejado está mi corazón. ¿Quién hay como David que entra, y sale, y va a todas las partes adonde el Rey le manda? Y decía de los pecadores: Se ha quejado como la leche de su corazón, pero yo me he aplicado a meditar vuestra ley. La dureza del corazón, y obstinación de alma viene de no meditar el hombre la ley de Dios sino su propia voluntad.

Rasguemos pues, amantísimos, nuestros corazones, a fin de guardar enteros para después vuestros vestidos. Nuestros vestidos son las virtudes: buen vestido es la caridad, buen vestido es la obediencia. Dichoso el que guarda estos vestidos, para no andar desnudo. Finalmente, bienaventurados son aquellos cuyos pecados han sido cubiertos; y también dice la Escritura: La caridad cubre la muchedumbre de los pecados. Rasguemos los corazones como se ha dicho, para guardar enteros estos vestidos, así como se conservó entera la túnica del Salvador. Ni solo se conserva entero el vestido, rasgando el corazón, sino que se hace talar y de varios colores, cual fue la vestidura, que del Santo Patriarca Jacob recibió aquel hijo, que era el más querido de él. Es decir; por una parte brilla entonces en el hombre la perseverancia de las virtudes, por otra la discorde unión de una hermosa conducta. Esta es la gloria de la hija del Rey en medio de las franjas de oro, rodeada también por todas partes de ornamentos de varios colores. Puede sin embargo de todo esto, entenderse de otra suerte el precepto, que nos intima el Señor de rasgar nuestro corazón: y es; que si fuere malo, se rompa en la compunción; si duro, en la compasión. ¿Qué mucho se corte la úlcera, para que salga fuera la materia? ¿Qué mucho se rompa el corazón, para que fluyan las entrañas de piedad? Útil enteramente es una y otra cisura, para que no quede cerrado en el corazón el veneno del pecado, ni cerremos al necesitado las entrañas de misericordia: a fin de que nosotros también consigamos misericordia de nuestro Señor Jesucristo, que es sobre todas cosas Dios bendito por los siglos. Amén.

 

Angel_viñeta

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