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COMENTARIOS ELEISON CDXX. AUTORIDAD RENGA

2 de agosto de 2015

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Autoridad Renga

El Pastor está herido y las ovejas están dispersas.
La Autoridad está cabeza para abajo, derrocada.


Regularmente buenas almas me desean “tomar el toro por las astas” y asumir una posición de autoridad a la cabeza del movimiento de “Resistencia” de hoy en día. Permítanme proponer, sin imponer, las razones por mi renuencia seria a intentar una tal cosa.

La Autoridad en la Iglesia ha sido arruinada, desde arriba para abajo. El Papa actual (no soy sedevacantista) ha perdido su cabeza católica, si alguna vez la tuvo. Pero, aún si su elección como Papa fue inválida por una razón u otra, fue convalidada por su aceptación universal como Papa a través de la Iglesia de prácticamente el mundo entero. De cualquier manera, nadie otro es Papa, ni puede serlo, y por consiguiente, él tiene la suprema autoridad en la Iglesia. Ahora bien, la Iglesia fue diseñada de una manera tal por Nuestro Señor como para ser una monarquía, con toda la autoridad descendiendo en Ella desde Dios a través del Papa. Pues, por definición, la autoridad sólo puede provenir desde arriba. Como dice Jefferson en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, la autoridad otorgada desde abajo siempre puede ser retirada desde abajo. La autoridad desde abajo es, de hecho, una contradicción de términos. No es autoridad real para nada.

Por consiguiente, a menos que este Papa fuera a darme autoridad para dirigir a la “Resistencia”, lo cual es obviamente inconcebible, nunca tendré autoridad católica oficial para estar a la cabeza de los resistentes. ¿Puedo tener autoridad supletoria debido a la emergencia? En teoría, sí, pero la autoridad supletoria es relativamente débil. Es suplida desde arriba (por la Iglesia) cuando, por ejemplo, un penitente pide a un sacerdote en circunstancias inusuales escuchar su confesión, es decir cuando normalmente el sacerdote no tendría jurisdicción para hacerlo. Entonces la autoridad supletoria desciende de la Iglesia arriba, pero se suelta solam ente por la demanda desde abajo. No hay demanda, no hay autoridad supletoria.

Tomemos el propio caso de Monseñor Lefebvre. En primer lugar, era muy importante para él que los Estatutos de la FSPX original fueran oficialmente aprobados por el obispo diocesano de Ginebra, Lausana y Friburgo. En segundo lugar, por ejemplo, si un sacerdote de la FSPX quería dejar la FSPX, para la derecha o para la izquierda, Monseñor no tenía poder para pararlo ni castigarlo excepto el no tener más nada que ver con él. Y, si ese sacerdote partía hacia la Iglesia Conciliar, él era a menudo bienvenido, como uno puede imaginarse, con los brazos abiertos. La FSPX bajo Monseñor Fellay ha querido más y más ser normal y ha pretendido que es normal, pero en realidad es una estructura débil en cuanto a que nunca ha tenido ninguna jurisdicción más allá de la supletoria (he aquí una razón por la cual Monseñor Fellay quiere tanto ser re-integrado a la Iglesia oficial).

Ahora, ¡así fue para Monseñor Lefebvre! Y yo no soy ningún Monseñor Lefebvre. Por consiguiente, unas buenas almas pueden recurrir a mí para guía, como lo hacen ya, pero no está en mí reclamar incluso una jurisdicción supletoria, debido a la enorme confusión reinante en la Iglesia. Al presente me encuentro más y más desinclinado a imponer a cualquiera incluso un juicio verdadero, porque las almas están ahora tan confundidas que la menor imposición está sujeta a aumentar más que a reducir esa confusión. “¡HIERE AL PASTOR! Y SE DISPERSARÁN LAS OVEJAS” (Zacarías, XIII,7), citado por Nuestro Señor en el Huerto de Getsemaní (Mt.XXVI, 31) y así es como va a ser en la Iglesia, más y más, hasta que Dios en su misericordia restaure al Pastor, lo cual Él hará solamente cuando la humanidad sabrá de nuevo valorar a un verdadero Pastor de Dios. Hasta entonces, el regalo de Dios de un tal Pastor arriesgaría hacer más mal que bien. De manera que, mientras tanto, todos debe mos aceptar nuestro justo castigo: ¡la confusión universal!

Es por ello que daré a cualquiera que me pregunte, mis razones para actuar como lo hago, pero propondré esas razones más que imponerlas, y usualmente no objetaré a las personas que discrepan conmigo.

Kyrie eleison.

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SERMÓN PARA LA DOMINICA DÉCIMA DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

1 de agosto de 2015

DE LA EFICACIA Y NECESIDAD DE LA ORACIÓN

POR: SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Deus propitius esti mihi peccatori.

Dios mío, ten misericordia de mí, que soy un pecador. (Luc. XVIII, 3)

Nos dice el Evangelio de hoy, que dos hombres subieron al Templo a orar: el uno era el fariseo, y el otro publicano o alcabalero. El fariseo, en vez de humillarse y de pedir a Dios que le asistiese con su gracia, decía: ¡Oh Señor! Yo te doy gracias de que yo no soy como los demás hombres que son pecadores: Deus, gratias ago tibi, quia non sum sicut cerete homines. El publicano, al contrario, oraba con grande humildad, diciendo: Deus propitus esto mihi peccatori: Señor, ten misericordia de mí, que soy un pecador. Este mismo Evangelio declara: que este publicano volvió a su casa perdonado por Dios; y que el fariseo regresó a la suya tan inicuo y soberbio como había salido de ella. Inferid de este ejemplo, oyentes míos, cúan agradable a Dios, y necesarias a nosotros son las oraciones humildes, para obtener del Señor todas las gracias que necesitamos para salvarnos. Por esto quiero exponeros en esta plática:

  • En el punto 1º: La eficacia de la oración.

  • En el punto 2º: La necesidad de la oración.

Punto 1

EFICACIA DE LA ORACIÓN

1.- Para comprender la eficacia y el valor de nuestras oraciones, basta observar las grandes promesas hechas a los que suplican y oran. En Salmo XLIX, 15, dice el Señor: Invoca me, et eruam te: Invócame, y yo te liberaré.

En el Salmo XC, 14: Clamabit ad me, et ego exaudiam eum: Clamará a mi, y le oiré benigno. Y en Jeremías (XXXIII, 3) Clama ad me, et exaudiam te: Invócame, y yo te escucharé. En San Juan dice también (XV, 7): Quodcumque volueritis, petetis, et fiel vobis: Pediréis lo que quisiereis y se os otorgará. Y hay otros mil textos que expresan lo mismo, así en el antiguo, como el nuevo testamento. Dios por su naturaleza, es la misma bondad, como escribe San León: Deus cujus natura bonitas; y por esta bondad tiene un gran deseo de comunicarnos sus bienes. Por lo cual decía Santa María Magdalena de Pazis: que cuando alguna alma  pide a Dios alguna gracia, en cierto modo, queda obligado a concedérsela, puesto que ella le abre el camino con la súplica a que sacie el deseo que tiene de dispensar a los hombres sus gracias y sus favores. Así es, que en la divina Escritura parece que no hay cosa a que más nos exhorte, ni que tanto se nos inculque por el Señor, como el pedir y el orar. Para demostrar esto nos bastan aquellas palabras que leemos  en San Mateo: Petite, et dabitur vobis quœrite, et invenietis: pulsate, et aperitur vobis: Pedid, y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y os abrirán. (VII, 7) San Agustín dice: que se obligó Dios con tale promesas a concedernos los que pidamos: Promittendo, debitoremse fecit. (De verb. Dom. serm. 2). Y en el sermón V añade, que no nos exhortaría tanto el Señor a pedir gracias, si no quisiese concedérnoslas: Non nos hortaretur, ut petecemus, nisi dare vellet. Así vemos, que los slmos de David, y los libros de Salomón y de los profetas están llenos de súplicas.

2.- Dice Teodoreto, que es tan eficaz la oración para con Dios, que una sola basta par obtener cuanto se pida. San Bernardo añade: que cuando nosotros pedimos, si el Señor  no nos concede la gracia que le rogamos, nos concederá otra todavía más útil. Y ¿quién invocó jamás a Dios en su auxilio, que haya sido despreciado? Leemos en la Santa Escritura, que entre los gentiles no hay ninguna nación que tenga dioses tan dispuestos a oír nuestras súplicas, como lo está el Dios nuestro. Los príncipes de la tierra, dice San Juan Crisóstomo, dan audiencia a pocos; pero Dios la concede a cuantos se la piden. Y David dice, que esta bondad del Señor en oírnos siempre que lo solicitamos, nos dá a conocer, que Él es nuestro verdadero Dios, que nos ama más que a ninguno. Por esto le dice David: In quacumque dic invocavero te, ecce cognovi, quia Deus meus es tu: En cualuier hora que te invoco, al instante conozco que Tú eres mi Dios. (Psal. LV, 10). Él quier concedernos gracias; y lo desea con ansia, como hemos dicho ya, pero quiere también que se las pidamos. Un día dijo Jesucristo a sus discípulos: ¿hasta cuando dejaréis pedir en mi nombre? Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo. (Joann XVI, 24). Como si dijera. Os lamentáis  de que no estáis enteramente contentos conmigo; pero lamentaos de vosotros mismos, que no me habéis pedido cuanto necesitabais: pedídmelo de hoy en adelante, y seres oídos. Muchos, dice San Bernardo, se lamentan de que les falta el Señor; pero con mucha mayor razón se lamenta Dios de que muchos le faltan a Él, dejando de pedirle las gracias que necesitan.

3.- Los antiguos Padres, conferenciando entre sí para encontrar el ejercicio más útil para conseguir l salvación eterna, convinieron en que no había otro, que pedir sin intermisión y decir: Señor, ayudadme presto: Deus in adjutorium meum intende: Domine, ad adjuvandum me festina. Y por lo mismo, la santa Iglesia hace repetir tantas veces en las horas canónicas estas dos oraciones o suplicas a todo el clero y a todos los religiosos, los cuales piden, no solamente para sí, sino para todo el orbe cristiano. Dice San Juan Clímaco, que nuestras oraciones hacen una piadosa violencia a Dios para que nos oiga. Cuando se le suplica, al momento que oye la voz de nuestro clamor, responde dispensándonos las gracias que le pedimos. Por lo cual dice San Ambrosio, que el que pide a Dios, recibe mientras le está pidiendo. Y no solamente concede presto, sino abundantemente, dándonos más de lo que pedimos. San Pablo dice: que Dios es rico para con todos aquellos que le invocan. Y Santiago dijo: que si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría , pídesela a Dios, que a todos da copiosamente. Con efecto, Dios a todos da copiosamente, y no zahiere a nadie; ni siquiera nos echa en cara las ofensas que le hemos hecho, sino que se complace enriqueciéndonos con sus gracias.

Punto 2

DE LA NECESIDAD DE LA ORACIÓN

4.- Dios quiere que todos los hombres se salven, como dice San Pablo: Omnes homines vult salvos fieri, et ad agnitionem veritatis venire. (I Tim. II, 4). Y no quiere que ninguno se pierda. Espera con mucha paciencia por amor de vosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos se conviertan a penitencia. Y San León dice, que así como quiere Dios que observemos sus preceptos, así nos previene con su ayuda para que obedezcamos. Y Santo Tomás escribió acerca de las palabras del Apóstol: Y por esto a nadie le falta la gracia, sino que la comunica a todos en cuanto de Él depende. Toca a la Divina Providencia suministrar a cada cual las cosas necesarias para su salvación, con tal que el hombre no ponga obstáculos. Pero este auxilio de la gracia no le concede el Señor sino lo que se le pide, como asegura Ganadio: ninguno merece el auxilio sino aquel que lo pide. Y San Agustín afirma, que exceptuados los primeros llamamientos a la fe o a la penitencia los demás no se conceden sino al que los pide, especialmente la gracia de la perseverancia. Consta dicen, que unas gracias concede Dios aún a los que no le piden, como el principio de la fe; y que otras no las otorga sino a los que las piden, como la perseverancia final. Y añade: Dios quiere dar, pero no da sino a los que le piden.

5.- Es sentencia común entre los teólogos con San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Agustín, Clemente, Alejandrino y otros, que la oración es necesaria a los adultos necessitate medii; es decir, que no pueden salvarse sin pedir a Dios los medios necesarios para conseguir la salvación. Y esto significan y manifiestan los textos de la Sagrada Escritura: Conviene orar perseverantemente (Luc. XVIII, 1). Pedid y recibiréis (Joann. XVI, 24). Estas palabras, oportet, conviene; petite, pedid; orate, orad; según enseñan los doctores con Santo Tomás (3, part. qu. 39, art. 5), contienen precepto grave, que obliga especialmente en tres casos: 1º Cuando está el hombre en pecado. 2º Cuando está en grave peligro de pecar. 3º Cuando está en peligro de muerte. Y fuera de estos casos quieren los doctores, que el que no ora en un mes, o en dos, cuando más, no queda excusado de pecado mortal. Y la razón de esto es, porque sin la oración no podemos obtener los auxilios necesarios para observar la ley divina. San Juan Crisóstomo dice, que tan necesaria como es el agua para que no se sequen los árboles, lo es la oración para que no perezcamos nosotros los pecadores.

6.- Muy injustamente, pues dijo Jansenio, que nos es imposible observar algunos preceptos, aun con el auxilio de la gracia; pues el Concilio de Trento (sess. 6, cap. 11) dice: Que aunque el hombre no puede observar todos los preceptos con sólo el auxilio de la gracia ordinaria, obtiene, sin embargo, por medio de la oración, los auxilios mayores que necesita para observarlos. Dios no manda cosas imposibles, sino que, mandando, nos amonesta a hacer lo que podamos, y nos ayuda para que podamos. A lo cual debe de unirse aquella otra célebre sentencia de San Agustín: “Por lo mismo que creemos firmemente, que Dios no pudo mandarnos cosas imposibles, se nos amonesta, ya lo que debemos hacer en las fáciles, ya lo debemos pedir en las difíciles”.

7.- Pero preguntará alguno, ¿Porqué Dios, que conoce nuestra debilidad, permite que nos asalten los enemigos  los cuales no podemos resistir? Lo permite con el fin de que imploremos su ayuda, porque ve el gran bien que nos resulta de la necesidad de orar. Y así, el que queda vencido no tiene excusa de no haber podido resistir, porque lo hubiera podido si hubiese implorado el auxilio divino; y por esta negligencia le castigará Dios por no haberle implorado. Dice San Buenaventura, que si el comandante de una plaza, la perdiese por no haber pedido con tiempo socorro a su rey, éste le trataría como un traidor. Pues del mismo modo es tenido como traidor por Dios, aquel que viéndose asaltado por la tentación , no implora su auxilio. Escribe Santa Teresa: El Señor nos dice que quien pide, obtiene, luego concluye la Santa: el que no pide, no obtiene, según lo que ya había dicho Santiago: nada alcanzáis porque no pedís. San Juan Crisóstomo dice también que la oración es una arma eficaz para defenderse contra todos los enemigos. Cuyas palabras confirma San Efrén, diciendo que “el que se fortifica con la oración, impide al pecado la entrada a su alma”. Y antes que todos dijo lo mismo David por estas palabras: Invocaré al Señor y me veré libre de mis enemigos (Psal. XVII, 4).

8.-Si queremos, pues, vivir bien y salvarnos, debemos saber orar. Así se expresa San Agustín: “Sabe vivir bien el que sabe orar”. Es menester, por tanto, para obtener del Señor las gracias que le pedimos por medio de la oración, 1º: Detestar el pecado, porque Dios no escucha a los que se obstinan en él. Por ejemplo: si uno conservase odio a cualquier persona, de modo que quisiere vengarse de ella, y orase hallándose en éste estado, Dios no le escucharía, según Isaías: “Cuantas más oraciones me hiciereis, tanto menos escucharé, porque vuestras manos están llenas de sangre (I, 15) El Crisóstomo afirma, que el que tiene mala voluntad y ora, no pide, sino se burla de Dios. Si le pidiese que borrase el odio de su corazón entonces le oiría el Señor. 2º: Es necesario rogar a Dios con atención. Algunos creen orar porque repiten muchas veces la oración dominical; pero distraídos y sin fijar la atención en lo que dicen. Estos tales pronuncian palabras, más no oran: y de ellos dice Dios por Isaías: Me honran sólo con los labios; su corazón empero está lejos de mí. Conviene en tercer lugar, quitar las ocasiones que nos impidan orar. Dice Jeremías, que quien se ocupa en mil negocios y cosas inútiles al alma, opone a su plegaria una niebla que la impide llegar a Dios.

No quiero pasar en silencio aquellas palabras con que nos exhorta San Bernardo, a que pidamos gracias a Dios por medición de su divina Madre. Pidamos gracia, nos dice, y pidámosla por mediación de María, porque es su Madre, y nada le puede negar. Y San Anselmo añade: “Muchas cosas se piden a Dios que no se consiguen; pero las que pedimos a María, las obtenemos; no porque ésta pueda más, sino porque Dios determinó honrarla así, para que sepan los hombres, que no hay cosa que no se consiga de Dios por medio de Ella.

EL ACUEDUCTO MÁS LARGO DEL MUNDO

31 de julio de 2015

ACUEDUCTO, foto 1

 

Corría el año de 1540, a la Nueva España del Mar Océano, llegaba otro de los numerosos grupos de Frailes franciscanos, que desde los primeros “Doce Apóstoles” de 1524, se iban agregando a la maravillosa empresa de convertir al cristianismo a los indios paganos que poblaban, en numerosas tribus, los enormes territorios descubiertos y conquistados por los hombres y mujeres de la España cristiana. Escasamente habían pasado 19 años desde que Hernán Cortés y sus valientes soldados y aliados indios, habían tomado prisionero al gran Tlatoani de los mexicas, acabando con ello la cruel y sangrienta dominación, que desde hacía siglos, se hallaban sometidos los pueblos mesoamericanos.

Conquistar tierras y súbditos para el Rey y salvar almas para Jesucristo, eran los propósitos principales de los españoles hidalgos del siglo XVI. Mientras que los entrados en religión arribaban descalzos, con el corazón inflamado de amor por los desvalidos paganos que vivían en la oscuridad espiritual, sin conocer y adorar al verdadero Dios.

Entre el grupo de Frailes franciscanos del mencionado año de 1540, veníaFray Francisco de Tembleque, natural del pueblo del mismo nombre en la provincia de Toledo del reino de Castilla. Fray Francisco de Tembleque era pequeño de cuerpo, pero fuerte y recio.

Se acompañaba de otro fraile de mediana edad como él; Fray Juan de Romanones. Juntos se alojaron en el monasterio de la Orden franciscana de la ciudad de México.

Durante los tres años de su estancia en la capital del naciente Virreinato de la Nueva España, aprendió la lengua mexica para poder evangelizar a la numerosa población de neófitos. Por lo que en 1543 fue destinado al pequeño convento del pueblo de Otumba situado no muy lejos al norte de la capital del Virreinato.

El padre De Tembleque, ya en el convento de Otumba, recorría las moradas de los indios enseñando la doctrina cristiana, bautizando y celebrando la Santa Misa. Su inteligencia era desarrollada y su caridad por los indios era muy ardiente.

Después de una epidemia que causó gran mortandad de los nativos, se apercibió que la causa de ello, era el mal estado del agua que bebían, porque los aguajes producidos por la lluvia estaban contaminados por el ganado que ahí saciaba su sed.

Entonces determinó traerles el agua directamente de los manantiales. Pero éstos se hallaban bastante lejos y detrás de unas lomas y barrancos. La única forma de llevar el agua corriente era construir un “caño” como se llamaba en esa época a los acueductos. Por lo que se encaminó al convento Mayor de la capital para proponer su idea a su Superior. Éste, después de escuchar las razones y los proyectos del Padre Francisco de Tembleque junto a sus hermanos en religión  trataron de desanimarlo, por ser imposible reunir el dinero y los escuadrones de obreros que necesitaría.

Sin embargo, se enviaron observadores para medir la distancia y los obstáculos del terreno entre el poblado de Otumba y el poblado de Zempoala donde estaban los manantiales. Por medio de las mediciones, encontraron  que las fuentes de agua estaban a menor altura que el lugar adonde llegaría. Y además, la distancia era de más de 15 leguas, unos 45 kilómetros nada menos.

Hasta el mismo Virrey don Antonio de Mendoza  declaró impracticable el proyecto pero Fray Francisco no se desanimó por la incredulidad y obstáculos de quienes se enteraron de sus planes.

El Padre Tembleque, como lo llamaban, conocía bien el terreno,  su brillante inteligencia le determinaba la viabilidad del “caño”,  y a pesar de no ser “jumétrico” ni haber estudiado hidráulica  su Fe en Dios a toda prueba, lo impulsaba a organizar la obra. Con ingenio, ánimo y perseverancia(1)

El Padre fray Francisco era un hombre santo; era taumaturgo, es decir; veía el futuro y aprendía las cosas más difíciles por simple deducción y, entre otros dones,  también se comunicaba con los animales. Su compañero en la ermita que construyó junto a la obra del acueducto, era un enorme gato-pardo-montés quien por las noches solía cazar, regresando por las mañanas  con un conejo o algunas codornices para el almuerzo. Esta historia está bien documentada, porque el Santo Oficio de la Inquisiciónmandó un inspector y un escribano para que dieran cuenta del prodigio. Se relata que en la ocasión de la visita de los inspectores, el gato-montés, por orden de su amo, salió varas veces a cazar trayendo animalejos para los huéspedes.

En otra ocasión, cayó un rayo en la ermita incendiándola, pero el monje constructor no sufrió más que una herida en un ojo.

A medida que avanzaba la obra del Acueducto se iba incrementando su fama, ya eran legiones de caritativos vecinos que ofrecían ayuda material  con sus fuerzas físicas y espirituales con sus oraciones. También desde la ciudad de México se organizaban excursiones, entre los curiosos, llegó Fray Gerónimo de Mendieta quien relató lo siguiente:

 “Francisco de Tembleque natural de pueblo de Tembleque vino del Reyno de Castilla  junto con Fray Juan de Romanones, cuyo indiviso compañero fue casi todo el tiempo en que estuvieron en esta Nueva España. Aprendió la lengua mexicana para confesar a los indios, y aunque no se dispuso a predicar en ella con el aparato acostumbrado, leía por el libro a los indios la doctrina como sermón que le parecía conveniente, porque leía expeditamente esa lengua”.

“En el convento de Otumba, como viese que toda aquella Provincia careciese de agua y que la de las balsas de agua llovediza con que se sustentaban los indios se la encenagaban los dueños de los ganados y bestias, de suerte que bebían cieno y lodo en lugar de agua, de que iban enfermando y muriendo mucha gente. Condoliéndose de tan extrema necesidad de los pobres, puso manos a la obra”

“Determinado de acontecer una hazaña que grandes y poderosos Reyes apenas se atrevieran a salir con ella. Ni él pudiera disponerse a semejante obra, sino fuere con inspiración y particular auxilio de la gracia divina”

“Y fue traer agua corriente de nueve o diez leguas de allí, sacándola de muy pequeños manantiales, y de parte al parecer de otros, mucho más baja que adonde había de correr, y metida entre cerros y barrancas”

“De cuya empresa se puede ponderar tres cosas notables:

La primera, su admirable ingenio e industria conque hizo la obra segura y perfecta sin haber aprendido en su vida aquel oficio.

La segunda: su extremado ánimo conque emprendió lo que grandes señores con buenos maestros dificultan de emprender, más todo lo suple la caridad”

La tercera: su increíble perseverancia conque pasó adelante los diez y seis años o más en esta obra teniendo muchas contradicciones para ella”

Además, Fray Gerónimo de Mendieta relata que él mismo con sus propios ojos vio al gato montés cuando pernoctó en la ermita.

ACUEDUCTO foto 2

A lo largo de los siglos, desde la época virreinal, la fama del acueducto y de su constructor era tal, que llegaba gente de Europa para admirar y medir el acueducto.

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Pequeña placa conmemorativa, colocada por manos particulares, porque los gobiernos mexicanos, nunca han querido reconocer la importancia que merece esta obra, patrimonio mundial de la Evangelización española en el Nuevo Mundo.

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Uno de los arcos para salvar los arroyos; al fondo, la escala humana.

LA VILLA DE OTUMBA

Tanto la población de Otumba, donde termina el acueducto del Padre Tembleque, como la de Zempoala, donde comienza el mismo, participan de la fama internacional que el acueducto más largo del mundo le da a nuestro país.

Sin embargo por razones ideológicas del indigenismo, que  impera desde hace casi doscientos años en la clase  gobernante mexicana de corte liberal, no se le ha dado el relieve que merece; especialmente a su constructor el padre Francisco de Tembleque, quien por gracia del Espíritu Santo pudo proyectarlo y construirlo ayudado por la Orden franciscana, primera evangelizadora de los nativos paganos; y por las cofradías de indios cristianos que por ser precisamente eso, cristianamente dirigidos emplearon su mano de obra  como maestros albañiles de primera categoría.

La villa de Otumba entra en la fama de la naciente Nueva España a causa de la Batalla que libró Hernán Cortés, con escasos y dolientes compañeros españoles, auxiliados por los aliados indios, especialmente tlaxcaltecas, antiguos esclavos del poder central mexica.

En las cercanías de esta población se ha levantado varias veces, un monumento conmemorativo a esta decisiva batalla, guiada y sostenida  por la Divina Providencia. Pero los enemigos del pueblo católico mexicano, los traidores indigenistas, los masones de pensamiento liberal enquistados en el gobierno, han destruido cualquier referencia a esa batalla.

Para visitar el famoso acueducto, el más largo del mundo, hay que llegar a la villa de Otumba y preguntar a los vecinos por el camino. Ya que por las razones expuestas, no se han colocado indicaciones necesarias para el turismo. A ciertos gobernantes mexicanos masones les molesta toda referencia al Virreinato y sus obras cristianas construidas por los pueblos indígenas recién cristianizados.

NOTA:

Últimamente, apenas unos días antes de terminar este texto, me ha llegado la noticia de que los responsables del Patrimonio Nacional, están por declarar al Magno Acueducto de siglo XVI, como “Obra patrimonial de México”. Si esto se realiza, entonces por fin, comienza a llegar al gobierno, gente consciente de la Historia de esta Nación: Luis Ozden

 

Interior de la Parroquia de Otumba

Hacia fines del siglo XVIII se asentó en Otumba una rama de la familia del conquistador don Gonzalo Carrasco; célebre por su valentía y bravura.

El rasgo distintivo de esta familia ha sido, hasta la fecha: siglo XXI, la costumbre de que en cada generación deba bautizarse a uno de sus miembros varones con el nombre de su ancestro Gonzalo Carrasco, conservando el escudo de Armas que recibió de la reina Doña Juana y de su hijo don Carlos V,  por un hecho heroico digno de ser contado:

Gonzalo Carrasco, de los primeros conquistadores que vinieron con Hernán Cortés, fue compadre suyo, Cortés le asignó un lote de terreno en la traza de la nueva  Puebla de los Ángeles. Años después acompañó a Pedro de Alvarado en casi todas las conquistas al sureste de Nueva España.  En una ocasión, cuando los exploradores atravesaban una ciénega, un lagarto atacó a Carrasco, pero éste valientemente luchó contra el animal, matándolo con su cuchillo. Este inaudito hecho le valió el Escudo de Armas: “Escudo terciado, por una banda de sinople el cual atraviesa un león de su color en campo de plata. Orla con ocho estrellas de oro de ocho puntas cada una. Timbrado con un yelmo cerrado, como divisa un brazo armado”  Así eran nuestros antepasados españoles del siglo XVI…….

En la larga información del árbol genealógico de su familia, aparece el nombre de Gonzalo Carrasco vecino y fundador con otros conquistadores de la ciudad de Puebla de los Ángeles. El actual Gonzalo Carrasco (1998), jefe de la familia, tiene diez hijos e innumerables nietos. Su hijo mayor y el hijo de éste, se llaman también Gonzalo Carrasco.

Entre los visitantes ilustres estuvo en 1866 el Emperador de México, Maximiliano de Habsburgo.

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Patio trasero de la casona que habita la familia Carrasco en Ozumba.

Vista del coche que usó el Emperador Maximiliano en su visita al Acueducto.

Otro Gonzalo Carrasco, descendiente del conquistador que nació en Otumba en 1859,  fue sacerdote jesuita, ordenado en España, a su regresó a México fue superior, maestro de novicios, predicador notable y director espiritual en Saltillo, México y Puebla donde murió en 1936. Su fama le viene por haber sido un eminente pintor muralista académico.

Sus obras existen en la parroquia de la villa de Otumba, Estado de México y en el Templo de la Sagrada Familia, colonia Roma de la ciudad de México.

ACUEDUCTO, foto 8

“El descendimiento de la Cruz”

Pintura de gran formato del Padre Gonzalo Carrasco, expuesta en la Parroquia de Otumba, Estado de México.

NOTA (1):

La Magna Obra del acueducto más largo del mundo, fue comenzada en 1545 y terminada después de diez y seis y medio años en 1562.  Su extensión es de 160 mil pies de largo, unos 45 kilómetros. Está compuesto de tres tramos: El primero de 46 arcos, el segundo de 13 arcos, y el tercero de 67 arcos, siendo el arco de mayor altura de 128 pies y de luz 70 pies, más de 30 metros. Salva tres barrancones y varias lomas.

En el año de 1562 corrió por fin exitosamente, el agua cristalina directa de los manantiales de la villa de Zempoala, con el regocijo de los vecinos que pudieron tomarla de cinco compuertas repartidas a lo largo del acueducto.

Fray Francisco de Tembleque, terminado su trabajo, regresó  humildemente al Convento de la Puebla de los Ángeles donde por un tiempo, fue su Guardián y Definidor de la Provincia del Santo Evangelio. Murió en ese Convento en 1580 ya muy anciano y ciego. Se cuenta que su muerte fue  propiciada por el atentado que sufrió de parte de un lego, quien se ahorcó como Judas después del perdón de Fray Francisco.

LUIS OZDEN

Julio del 2015

BIBLIOGRAFÍA:

Fray Gerónimo de Mendieta. “Historia Eclesiástica Indiana”, Ed. 1ª vez por Joaquín García Icazbalceta, 1870.

Luis G. Pérez de León, “Arquitectura novohispana del Siglo XVI”. Apuntes.

Xavier Gómez Robleda, México 1959. Datos tomados del libro: “Gonzalo Carrasco, el pintor Apóstol” 

COMENTARIOS ELEISON CDXIX. LA CONFIANZA SUPLICA

27 de julio de 2015

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La Confianza Suplica

Sobre la Iglesia la locura parece reinar ahora.
La confianza del Salmista precisamos, en medio de nuestro dolor.


Cuando en tiempos modernos el mundo comenzó a dar su espalda a Dios, ¿pensó él realmente que Él no lo notaría o que a Él no le importaría? La locura de hoy en día está alcanzando un clímax en el cual más y más almas deben estar dándose cuenta que el que Él entre en acción ha devenido una absoluta necesidad, y que será un gran acto de misericordia. Sin embargo, con el objeto de no desanimarnos mientras tanto, veamos como aún en los tiempos del Antiguo Testamento, el Salmista urgía a Dios entrar en acción, sin dudar por un momento en Su poder para hacer tal cosa. Los Salmos son una escuela de oración divinamente inspirada para todos los tiempos, y aplican tanto como al Nuevo Testamento como al Antiguo. Aquí está el Salmo 73 (74, numeración moderna):—

A. LA ANSIEDAD

[1] ¿Por qué, oh Dios, nos desechas para siempre? ¿Por qué arde tu ira contra el rebaño de tu dehesa? [2] Acuérdate de tu grey (los Católicos) que hiciste tuya desde antiguo, de la estirpe que rescataste para hacerla tu herencia; del monte Sión (la Iglesia Católica) que elegiste para morada tuya. [3] Dirige tus pasos hacia esas perpetuas ruinas; todo lo ha devastado el enemigo en el Santuario (por ejemplo del Novus Ordo). [4] Los que te odian rugieron en el recinto de tus asambleas (por ejemplo, en la liturgia); pusieron sus enseñas por trofeo. [5] Talaron allí como quien alza la segur en lo espeso de la selva; [6] y ya con hacha y martillo hacen pedazos sus puertas. [7] Entregaron al fuego tu Santuario, profanaron, arrasándolo, el tabernáculo de tu Nombre. [8] Decían en su corazón: “Destruyámoslos por completo; pegad fuego a todas las sinagogas de Dios (iglesias católicas) en el país”. [9] Ya no vemos nuestras señales, ya no hay profeta, ni queda entre nosotros quien sepa hasta cuándo. [10] ¿Hasta cuándo, oh Dios, nos afrentará el enemigo? ¿Ha de blasfemar siempre tu Nombre el adversario? [11] ¿Por qué retiras tu mano y retienes en tu seno tu diestra?

B. LA CONFIANZA

[12] Porque Tú, Yahvé, eres nuestro Rey, el que de antiguo ha obrado la salvación en medio de la tierra. [13] Tú dividiste el mar con tu poder y quebrantaste la cabeza de los dragones en las aguas; [14] Tú aplastaste las cabezas de Leviatán, y lo diste por comida a las fieras que pueblan el desierto. [15] Tú hiciste brotar fuentes y torrentes, y secaste ríos perennes. [16] Tuyo es el día y tuya la noche; Tú pusiste los astros y el sol. [17] Tú trazaste todos los confines de la tierra; el verano y el invierno Tú los hiciste.

C. LA SUPLICA

[18] Recuérdalo Yahvé: el enemigo blasfema; un pueblo impío ultraja Tu nombre. [19] No entregues al buitre la vida de tu tórtola (Católicos que mantienen la Fe); no quieras olvidar perpetuamente a tus pobres. [20] Vuelve los ojos a tu alianza (la Iglesia católica), pues todos los rincones del país son guaridas de violencia (por ejemplo, del Nuevo Orden Mundial); [21] no sea que el oprimido, en su confusión, se vuelva atrás; puedan el pobre y el desvalido alabar tu Nombre. [22] Levántate, Dios, defiende tu causa; recuerda cómo el insensato te insulta continuamente. [23] No te olvides del vocerío de tus adversarios, porque crece el tumulto de los que se levantan contra Ti.

Kyrie eleison.

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EL APÓSTOL SANTIAGO Y EL MUNDO HISPANO

24 de julio de 2015

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Las angustias presentes nos obligan a levantar nuestros ojos y nuestros corazones hacia la gran figura de Santiago el Mayor, Padre, Fundador y Patrono celestial de la Iglesia Española, en busca de aliento, consuelo, protección y esperanzas.

Nuestro Apóstol, en el breve espacio de los nueve años que transcurrieron entre la muerte de Jesucristo (año 33) y su martirio en Jerusalén (año 42), supo hacer honor al sobrenombre que le había puesto su Divino Maestro, cuando le denominó «Hijo del Trueno».

Caballero andante de Cristo, se alejó de la Palestina y de las regiones colindantes, mucho antes que ningún otro Apóstol, y, en una correría evangélica tan rápida como arrolladora, llegó hasta el confín del mundo entonces conocido, recorrió a lo largo y a lo ancho la Península Ibérica, y fundó en ella la Iglesia Española, que había de ser a su vez, con el tiempo, Madre fecunda de otras veinte Iglesias, en mundos desconocidos de América y Oceanía.

Terminada esta gran obra, retornó a la Palestina, cuando aún no se habían alejado de ella los demás Apóstoles, y comenzó a predicar públicamente, en Jerusalén, la doctrina de su Maestro, con tal brío y elocuencia, que mereció ser sacrificado por Herodes Agripa, como se narra en el sagrado libro de los Hechos de los Apóstoles (XII, 2), por haberse concentrado en su persona el odio de los judíos contra los discípulos de Cristo.

Fue el primer Apóstol que selló con su sangre el Evangelio, entregando su cuello a la espada. Es también el que ha dado a la Iglesia Romana mayor número de hijos espirituales, en las veinte naciones por las que se extendió y consolidó la Iglesia española, fundada por él.

La paternidad espiritual de Santiago nos impone deberes que fácilmente descuidamos y olvidamos, tanto en España como en América, porque: 1.º, cada Iglesia debe amar y venerar especialmente al Apóstol que la fundó, reconociendo en él a su Padre en Cristo; 2.º, los fieles de cada Iglesia deben imitar especialmente el carácter y virtudes de su propio Apóstol.

La razón de este segundo deber está en que Jesucristo, con la sabiduría infinita de que estaba dotado, preveía las necesidades especiales de cada uno de los pueblos adonde se había de dirigir cada uno de sus Apóstoles, y destinó para ellos al Padre espiritual que más les convenía, sobre todo tratándose de pueblos como el español, que tenían reservadas altas misiones en su Providencia.

Desde hace poco más de un siglo, las Iglesias de América han constituido Provincias desligadas de su antigua Metrópoli; pero, en los tres primeros siglos de su nacimiento, constitución y crecimiento, han sido mero desarrollo extensivo y parte integrante de la Iglesia española, que es la Iglesia de Santiago.

Por consiguiente, su Padre en la fe, lo mismo que el de las restantes diócesis españolas, es Santiago el Mayor, y siguen siendo moralmente una parte integrante de la gran Iglesia Jacobea, extendida por todo el hemisferio occidental.

Santiago, uno de los tres Apóstoles predilectos de Cristo

Consta por los Santos Evangelios que Jesucristo distinguió con un amor especial a tres de sus Apóstoles: a Simón Pedro, a Santiago el Mayor y a su hermano Juan Evangelista.

Sólo a estos tres distinguió Jesucristo con sobrenombres nuevos, impuestos por El. A Simón le llamó Pedro (es decir, «Cefas», que significa «Piedra»), porque había de ser el Jefe Supremo y «Piedra fundamental» de su Iglesia futura. A Santiago y a Juan los llamó «Boanerges», que quiere decir «Hijos del trueno».

Sólo a estos tres Apóstoles separó de los demás, en las ocasiones más solemnes, para darles muestra de su especial aprecio. Ellos sólo fueron elegidos para verle transfigurado en el Tabor; ellos solos presenciaron la resurrección de la hija de Jairo, porque Jesucristo, como dice San Marcos «no permitió que le siguiese ninguno, fuera de Pedro y Santiago y Juan el hermano de Santiago» (V, 37); ellos solos fueron testigos de su agonía en el Huerto de las Olivas.

¿Qué representaban estos tres Apóstoles? San Pedro representaba la cabeza del futuro cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia; Santiago y San Juan Evangelista representaban el brazo derecho y el brazo izquierdo de Jesucristo y de su representante San Pedro.

La Iglesia Romana es indiscutiblemente el centro de la Iglesia de Cristo. A los dos lados de la Iglesia Romana se levantan la Iglesia Occidental fundada por Santiago, y la Iglesia Oriental que reconoce como su principal Apóstol a su hermano San Juan, el más joven de todos los Apóstoles.

La Iglesia Oriental tuvo una brillantísima juventud; pero luego decayó lamentablemente, con tenaces herejías y con el funestísimo Cisma Oriental, que todavía dura. La Iglesia del joven San Juan, después de su juventud, fue más bien carga que apoyo para Pedro, y el mismo San Juan abandonó su sepultura del Oriente Cismático y se refugió en Roma, junto al sepulcro de Pedro. La Iglesia de Juan es desde hace siglos la izquierda de Pedro. Hasta en el mapa mundi físico, la Iglesia Oriental queda a la izquierda de Roma. Porque la orientación normal es la del Sol. Y mirando a éste desde Roma, en su curso medio, la Iglesia Oriental queda a la izquierda de la Iglesia Romana.

images-1En cambio, la Iglesia de Santiago, aun físicamente considerada, queda a la derecha de la Iglesia Romana, tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo. Y mucho más si consideramos la derecha en su sentido moral. La Iglesia de Santiago es la que ha dado mayor número de fieles y de naciones enteras a la Iglesia Romana. Es la que ha mantenido siempre, en conjunto, mejores relaciones y más leal adhesión a la Cátedra de Pedro. Es la que ha defendido a la Iglesia Católica más denodadamente, en las grandes crisis de la historia. Es la primera nación que reconoció prácticamente, desde el año 254, la suprema potestad judicial del Romano Pontífice, apelando a ella contra la sentencia pronunciada por un concilio nacional de la misma Península. (Marx, Historia de la Iglesia, pág. 99.)

Vemos, pues, que se cumplió literalmente lo que había pedido para los dos primos de Jesucristo su madre Santa María Salomé, cuando ésta, postrada a los pies del divino Maestro, le dijo: «Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» (Evangelio de San Mateo, XX, 20.)

Derrota del Arrianismo

El arrianismo fue la primera herejía que desgarró a la Iglesia, después de su libertad, en el siglo IV, y también la más peligrosa de todas las que ha sufrido la Iglesia, hasta la rebelión protestante. Negaba solapadamente la divinidad de Cristo, y arrastró hacia el error a gran número de Obispos e Iglesias particulares, hasta llegar a dar la impresión de que todo el orbe se estaba convirtiendo en arriano.

El brazo fuerte que tuvo a raya esta gran rebelión contra la Iglesia, fue el de Osio el Grande, secundado por el infatigable doctor alejandrino San Atanasio.

Osio aconsejó la convocación del primer Concilio Universal de la Iglesia; Osio lo organizó en Nicea, con la ayuda de Constantino, enviando carros y viáticos a todos los Obispos del mundo, para trasladarse a aquella primera augusta asamblea; Osio la presidió en nombre del Romano Pontífice; Osio dictó solemnemente al secretario del Concilio el Símbolo de la Fe Ortodoxa, que fue aclamado y suscrito por la augusta asamblea y sigue rezándose y cantándose por toda la Iglesia, en las misas de los domingos y días solemnes, para proclamar a Jesucristo: «Dios verdadero procedente de Dios verdadero, engendrado y no hecho, consubstancial con el Padre, &c.»).

De tal manera se convirtió Osio en campeón de la fe católica, que llegó a ser presidente obligado de los concilios subsiguientes, como el de Milán y el de Sárdica, recibió el título de «Príncipe de los Concilios», y mereció que los arrianos, después de haber arrastrado a su bando al sucesor de Constantino, escribieran así al emperador arriano: «Todo es inútil mientras Osio de Córdoba esté en pie… Basta la autoridad de su palabra para arrastrar a todo el mundo contra nosotros. El símbolo de Nicea es obra suya, y somos herejes porque él lo pregona.»

Fue tal el odio de los arrianos contra Osio, que la tempestad de calumnias y libelos desatada contra él, en vida y después de muerto, llegó a impedir que fuera venerado en los altares por las Iglesias del Occidente, aunque recibe culto en las del Oriente, donde vindicó su memoria San Atanasio el Grande.

Notemos finalmente que el triunfo decisivo contra el arrianismo tuvo también lugar en España, el año 589, cuando el Rey visigodo Recaredo, con todo el ejército y pueblo germánico arriano que había invadido a España, abjuró sus errores en el famoso Concilio III de Toledo, y abrazó la fe católica de los españoles.

Derrota del Mahometismo

Nadie ignora que España fue el muro en que se estrelló la expansión arrolladora del imperio mahometano, que, desde el Africa, había invadido a Europa, a través del estrecho de Gibraltar.

Siete siglos y medio luchó España sin tregua contra los feroces muslimes, cuya religión prometía el paraíso a todos los que muriesen guerreando con la espada contra los que no abrazasen la doctrina del Corán.

Esta lucha titánica se terminó el mismo año 1492, en que las naves españolas descubrieron un nuevo mundo infiel, que había de ser convertido a la fe de Cristo.

Tampoco es preciso recordar que el predominio creciente del imperio turco mahometano, en el Oriente de Europa, tuvo su tumba en las aguas de Lepanto, bajo el mando del príncipe español don Juan de Austria y por el valor de los marinos españoles, acompañados solamente por los soldados pontificios y venecianos.

Victoria del Universalismo Católico

Dos tumbas, en los dos puntos extremos del mundo cristiano, fueron, como dice Guéranger { L’anné liturgique, XXV juillet.}, en la Edad Media, los dos polos predestinados por Dios para un movimiento absolutamente incomparable en la historia de las naciones.

La tumba de Jesucristo en Jerusalén, y la tumba del Hijo del Trueno en Compostela fueron las que arrastraron hacia sí el corazón de la Europa medioeval, enviando a la primera ejércitos de guerreros y peregrinos, y a la otra ejércitos mucho mayores de solos peregrinos, en que iban confundidos en un solo ideal hombres de todas las razas y naciones, cantando en todas las lenguas las alabanzas de Jesucristo y de Santiago.

Estas dos peregrinaciones dieron origen a las Ordenes caballerescas, destinadas primitivamente a proteger a los peregrinos.

Cuentan los viejos cronistas de Carlomagno, que el emperador de la barba florida, en el atardecer de un día de recia labor guerrera, en los bordes del mar de Frisia, se quedó contemplando, en el cielo claro, la Vía Láctea, cuajada de innumerables estrellas; y, recordando con nostalgia, en aquellas lejanas riberas, a los peregrinos de Santiago, dijo a sus guerreros que aquella faja brillante que atravesaba el cielo azul de oriente a occidente, era la línea que señalaba a los peregrinos de todo el mundo la dirección que habían de seguir para encontrar la Casa del Señor Santiago.

La tumba de Compostela fue cátedra sagrada de toda Europa.

Derrota de la Idolatría en el Nuevo Mundo

El vasto hemisferio de América y Oceanía, esclavo de la idolatría, de la antropofagia y de la corrupción moral más degradante, fue puesto por la Providencia en manos de España, para que desterrase de él la idolatría y la barbarie.

España cumplió con su misión de una manera tan rápida y asombrosa que, cincuenta años después del descubrimiento, apenas había sin bautizar más indios que los dispersos en los lugares más inaccesibles. Se cubrió toda América de parroquias, conventos, residencias misioneras, obispados, y arzobispados. Las listas de embarque de pasajeros para América, conservadas en el Archivo de Indias, demuestran que el diez por ciento de todos los que se embarcaban eran misioneros y sacerdotes. En 1649, había en América 840 conventos. Sólo en Méjico, llegaron a contarse, en el momento de la mayor actividad misionera, hasta 15.000 sacerdotes.

En presencia de estos datos, no es de extrañar lo que afirmaba un sacerdote francés especializado en cuestiones misioneras, el cual decía que España, durante solo el siglo XVI, había dado a la Iglesia mayor número de misioneros de infieles que todo el resto del mundo en todos los siglos de existencia del Cristianismo.

Así logró España la victoria más grande que se ha conseguido sobre la idolatría, y agregó a la Iglesia Romana diez y ocho naciones soberanas, engendradas por ella con indecibles trabajos y heroísmo que hacen exclamar al protestante norteamericano Charles Lummis: «Ninguna otro nación madre dio jamás a luz cien Stanleys y cuatro Julios Césares en un siglo; pero eso es una parte de lo que hizo España para el Nuevo Mundo.» (Los exploradores españoles, pág. 51. Ed. Araluce, Barcelona.)

Derrota del protestantismo

Nunca perdonarán los protestantes a España el celo con que se opuso a la difusión del Protestantismo, durante los reinados de Carlos V y Felipe II.

La única fuerza humana que impidió el triunfo completo de los protestantes en toda Europa, ante los esfuerzos combinados de los luteranos de Alemania y Holanda, de los anglicanos y puritanos de Inglaterra, de los hugonotes de Francia, de los valdenses de Italia, &c., &c., fue la tenacidad con que España hizo frente simultáneamente a casi toda Europa, en los más distantes campos de batalla, desde Flandes hasta Sicilia, y desde Varsovia hasta París, que fue ocupada por las tropas españolas, hasta que Enrique IV abjuró el protestantismo en Saint Denis. Hubo momentos en que los únicos grandes Estados oficialmente católicos del mundo fueron España, Portugal y Roma, es decir, San Pedro y Santiago.

Las regiones de Europa en que sobrevivió el catolicismo, después de la rebelión protestante, deben eterna gratitud a España, que se sacrificó, desangró y empobreció, por su tesón en conservar este tesoro para sí y para todas las demás naciones del continente,

Tenían, pues, razón los Pontífices que, en documentos solemnes, llamaban entonces a España y a sus católicos monarcas «Brazo derecho de la Cristiandad».

España no hacía más que cumplir la misión de su Apóstol Santiago, brazo derecho de Jesucristo y de su Vicario en la tierra. El envió al caballero Iñigo de Loyola, para fundar la guardia de corps del Pontífice Romano y luchar sin tregua contra el protestantismo. El envió a Teresa de Jesús, a Juan de la Cruz y a la pléyade de santos y sabios españoles que apuntalaron a la Iglesia en aquella terrible crisis.

Misiones que están reservadas a España para los tiempos venideros.
Nuevos días de gloria para los hijos de Santiago

Sin pecar de crédulos, podemos prestar piadoso asentimiento a lo que anunció Santa Brígida, en el siglo XIV, sobre las futuras misiones de España, tanto porque se cumplió ya la primera parte de aquellas predicciones, desde siglo y medio después que fueron escritas, como porque la Iglesia, en el Breviario, las mira con extraordinario respeto, al asegurar que «le fueron revelados por Dios muchos arcanos». (Breviario Romano, 8 de octubre.)

La santa princesa sueca escribió en la primera mitad del siglo XIV sus famosas revelaciones, entre las cuales hay una, en que anuncia los sucesos principales que han de ocurrir antes de la venida del Anticristo y del fin del mundo. Comienza por anunciar que se convertirán al cristianismo algunas naciones desconocidas, lo cual se verificó siglo y medio más tarde con el descubrimiento y conversión del nuevo mundo:

«…Antes que venga el Anticristo –dice– se abrirán las puertas de la fe a algunas naciones, en las cuales se cumplirán las palabras de la Escritura: ‘Un pueblo que no sabe me glorificará, y los desiertos serán edificados para mí.’»

La época que ha de seguir a la del descubrimiento del Nuevo Mundo, la describe de este modo:

«Después serán muchos los cristianos amadores de herejías y los inicuos perseguidores del clero, y los enemigos de la justicia.»

Tenemos aquí tres rasgos que retratan la historia religiosa del mundo, desde el descubrimiento de América hasta hoy: l.º, la aparición de numerosas herejías entre los cristianos; lo cual se verificó veinticinco años después del descubrimiento de América, cuando en 1517 se rebeló contra el Papa el monje alemán Fray Martín Lutero, y, tras él, fueron apareciendo innumerables sectas de calvinistas, zuinglianos, anabaptistas, anglicanos, puritanos, socinianos, &c.; 2.º, el anticlericalismo, que sobre todo desde el siglo XVIII prevaleció en los gobiernos de las naciones católicas, multiplicándose en ellas las expulsiones de religiosos, desamortizaciones, despojos y atropellos de todas clases, llevados a cabo por los inicuos perseguidores del clero, y principalmente por los masones; 3.º, la lucha de clases, exacerbada por los enemigos de la justicia social, abusando los unos de su capital y los otros de su trabajo y su número. Este tercer período lo estamos recorriendo actualmente en casi todas las naciones del mundo, aunque en ninguna de ellas reviste un carácter más injusto y trágico que en Rusia, donde clases enteras de la sociedad han sido esclavizadas y despojadas de sus derechos más elementales.

A continuación describe la Santa lo que sucederá después de la época de la injusticia, y dice:

«Finalmente, vendrá el más criminal de los hombres, el cual, unido con los judíos, combatirá contra todo el mundo, y hará todo esfuerzo para borrar el nombre de los cristianos. Muchísimos serán muertos.»

Una pequeña muestra de lo que ha de ser esta persecución la tenemos en lo que están haciendo los judíos en Rusia, con su guerra nunca vista contra el cristianismo y sus ocho millones de socios activos para la propaganda del ateísmo, primera etapa destructiva, según sus dirigentes, para construir en la segunda etapa, sobre las ruinas de todas las religiones, el monopolio del judaísmo.

Pero, en esta terrible crisis, aparecerá, como en las demás grandes crisis de la Iglesia, el brazo de Santiago y de su pueblo, para defender a la Cristiandad, según lo dice a continuación la Vidente sueca:

«Tendrá fin aquella funestísima guerra, cuando sea proclamado Emperador un hombre engendrado de la estirpe de España. Este vencerá maravillosamente, con el signo de la Cruz, y será el que ha de destruir la secta de Mahoma y restituirá el templo de Santa Sofía.» (Véanse las palabras de Santa Brígida, en la obra L’odierna guerra, de Ciuffa, págs. 181 y 184, ed. Roma. Tipografía Pontificia, nell’Istituto Pío IX, 1916.)

Según esta predicción, abonada por el cumplimiento de lo sucedido hasta hoy, y por la respetable autoridad de su origen, tenemos que España y su estirpe, es decir, toda la Hispanidad, debe cumplir todavía dos brillantes misiones en la Cristiandad, para salvar a la Humanidad en su más terrible crisis:

1.-Debe derrotar al Anticristo y a toda su corte de judíos, con el signo de la Cruz.

(Bien podría ser la Cruz Roja flordelisada de Santiago, que ha sido suprimida por la actual República Española, juntamente con la Orden Militar que la ostentaba, cargada de glorias y recuerdos, y que nosotros, en desagravio, hemos colocado al frente de esté opúsculo, asociada con la Cruz Blanca de Covadonga, llamada también de la Victoria y de la Reconquista, porque lo que ahora esperamos de Santiago es especialmente «reconquista» y «victoria» contra los opresores de la Iglesia Española.)

2.-Debe España completar la obra iniciada en Covadonga, Las Navas, Granada y Lepanto, destruyendo completamente la secta de Mahoma y restituyendo al culto católico la catedral de Santa Sofía, en Constantinopla.

¡Qué hermoso ideal para enardecer el entusiasmo de las juventudes españolas e hispánicas, fraternalmente unidas bajo el signo de Santiago!

Confirmación de las grandiosas misiones futuras de España y de la Hispanidad

Coincide con lo que predijo en el siglo XIV la Vidente de Suecia, lo que escribió en su libro de Memorias, el año 1606 otro vidente y taumaturgo, residente entonces en Mallorca, San Alonso Rodríguez.

Escribe este gran Santo, en el lugar citado, que uno de los días de aquel año caminaba muy triste por las costas de Mallorca, pensando en las dolorosas noticias que había recibido de Africa, sobre los sufrimientos de unos religiosos que habían sido cautivados por los moros, y de repente «sin darse cato de tal cosa –dice, según su costumbre, en tercera persona– vio a deshora una gran armada en los mares de Mallorca. Iba Jesús en la vanguardia, María en la retaguardia, muchos Angeles entre los soldados. La mandaba el Rey en su propia persona, con una gran ejército que había de conquistar toda la Morisma, y sujetarla, y ella se convertiría con gran facilidad a la fe de Cristo Nuestro Señor.»

Y añade: «La victoria será tan grande cual, por ventura, rey cristiano haya tenido jamás, y resultará gran gloria de Dios y bien de las almas.» (Memorias de San Alonso Rodríguez, año 1606.)

Si queremos apresurar la hora del triunfo de España
y de la Hispanidad, imitemos las virtudes de Santiago

Todos los Apóstoles murieron de muerte violenta, excepto San Juan. Pero el primero que regó con su sangre el Evangelio que predicaba, y el único cuyo martirio se narra en la Sagrada Escritura, fue el Apóstol Santiago.

Consta también, por la misma Sagrada Escritura, el género de muerte que le dieron: le degollaron «con espada».

Es la muerte más apropiada para un carácter tan caballeresco como el de Santiago.

En recuerdo de esta muerte, la Cruz de Santiago termina en una espada.

Y no sólo por esto, sino también porque, en varias batallas contra los invasores infieles, apareció Santiago confortando a los guerreros cristianos y hasta peleando a su lado, con su caballo y su espada.

Así lo dice el himno del Breviario Romano, en el oficio propio de España: «Cuando por todas partes nos apretaban las guerras, fuiste visto Tú, en medio de la batalla, abatiendo brioso a los desaforados moros, con tu corcel y con tu espada.» (Oficio del 25 de julio.)

Santiago fue el patrón y modelo de los esforzados caballeros de la Cruz, en los heroicos siglos de la Edad Media. El rey caballero San Luis, al morir lejos de Francia, en su tienda de campaña, bajo los muros enemigos de Túnez, en la octava Cruzada, balbuceaba agonizante la oración de la misa de Santiago: «Sed, Señor, para vuestro pueblo, santificador y custodio; a fin de que fortificado con el auxilio de vuestro Apóstol Santiago, os agrade con su conducta y os sirva con tranquilo corazón.» (Guéranger, L’année, liturgique, XXV, juillet.)

Y en efecto, los rasgos morales del carácter de Santiago son los de un caballero andante de Cristo. Por eso la Cruz de Santiago, además de la espada en que termina, tiene tres flores de lis, que son los símbolos heráldicos del honor sin mancha que profesaban los caballeros.

Y hasta, si creemos a Alfonso el Sabio, en su Primera Crónica General, el mismo Santiago se mostró defensor de su título de caballero de Cristo.

Cuenta el Rey Sabio que, en el siglo XI, reinando Fernando el Magno, fue en peregrinación a Santiago de Compostela el Obispo griego Estiano, y que, al oír que Santiago «parescíe como cavallero en las lides a los cristianos», les dijo con enojo y porfía: «Amigos, non le llamedes cavallero, mas pescador».

Pero el Santo se encargó de desengañarle; porque aquella misma noche se le apareció Santiago «a guisa de cavallero muy bien garnido de todas armas claras et fermosas» y le dijo: «Estiano, tú tienes por escarnio, porque los romeros me llaman cavallero, et dizes que non lo so; …nunqua iamás dubdes que yo non so cavallero de Cristo et ayudador de los cristianos contra los moros».

En confirmación de ello, le dijo que al día siguiente a las nueve de la mañana, entregaría la ciudad de Coimbra al rey Fernando, que la tenía cercada hacía mucho tiempo. A la mañana siguiente comunicó el Obispo al pueblo, en la Catedral, que Santiago le había anunciado para aquel día la toma de Coimbra; y, en efecto, días más tarde llegó a la ciudad del Apóstol la noticia de la victoria, que tuvo lugar el mismo día y hora que había anunciado el Obispo. (Primera Crónica General, cap. 807.)

Santiago, ferviente devoto de la Virgen María

Los dos hijos del Zebedeo y de María Salomé se distinguieron por su amor a su augusta tía la Virgen Santísima, que había sido encomendada por Jesucristo, desde la Cruz, a los cuidados filiales del hermano menor de Santiago, en cuya casa tuvo desde entonces su residencia la Madre de Dios.

Antes de que partiera Santiago para su audaz y remota expedición a España, refiere la tradición que se despidió de la Santísima Virgen (si es que no fue ella la inspiradora del viaje), y le prometió visitarle en aquella ciudad de España en que iluminase a mayor número de fieles con la luz del Evangelio.

En efecto, la Santísima Virgen vino un día maravillosamente en carne mortal a Zaragoza, visitó al Apóstol, le entregó una columna de mármol, que simbolizaba la firmeza de la fe sembrada por él en la Península Ibérica, le pidió que levantará allí una capilla donde ella fuese invocada (la primera que se erigió en el mundo, en honor de la que había dicho de sí misma en el «Magnificat»: Me llamarán bienaventurada todas las generaciones), y le avisó que volviera después a Jerusalén, donde había de tener término su misión.

La Iglesia de España, fundada por el caballeresco sobrino de María Santísima, y honrada por ella, antes de su muerte, con su visita corporal y con el regalo de su Pilar, no podía menos de ser devotísima de la celestial Señora, como en efecto lo ha sido, a través de todos los siglos.

Santiago, amigo fidelísimo de San Pedro

Santiago fue llamado por Jesucristo al Apostolado el mismo día y en el mismo sitio que San Pedro.

Jesucristo quiso anudar una amistad especialísima entre San Pedro y Santiago, separándolos de los demás Apóstoles, y llevándolos en su más íntima compañía, junto con San Juan, en las ocasiones más solemnes.

Santiago correspondió a esta amistad recibiendo en su cabeza la cuchillada que iba dirigida al jefe de la Iglesia cristiana, en la intención de Herodes y de los judíos.

San Pedro correspondió a la amistad de Santiago, ordenando de Obispos a los Siete Varones Apostólicos, discípulos de Santiago, y enviándolos a fundar otras tantas Sedes en el Sur de España, donde Santiago no había dejado Obispos.

La Iglesia española, a semejanza de su fundador, ha sido siempre muy adicta a la autoridad del Romano Pontífice, y seguirá siéndolo, por merecer el honor de desempeñar en los momentos críticos el oficio jacobeo de brazo derecho de San Pedro.

Santiago sabe cambiar su armamento según las necesidades de la época

Nota muy bien Dom Guéranger, en el lugar antes citado, que Santiago, después de su temprana muerte, continuó su Apostolado en el mundo, por medio de la Iglesia española, y que, en cada época, adoptó las armas y los medios que reclamaban las circunstancias.

Hubo una época en que no se podía defender a la Iglesia eficazmente con predicaciones, ni libros, ni discusiones; porque los mahometanos, por mandato de su ley, rechazaban toda discusión. Y entonces Santiago apoyaba a los guerreros de la Cruz, apareciendo entre ellos, como un rayo, tremolando con una mano su estandarte blanco adornado con la Cruz Roja, y blandiendo con la otra su espada reluciente.

Pero, «cuando los Reyes Católicos arrojaron al otro lado de los mares a la turba infiel que nunca debió pasarlos –añade Guéranguer– el valiente jefe de los ejércitos de España, se despojó de su brillante armadura, y el terror de los moros se convirtió en mensajero de la fe.

»Subiendo a su barca de pescador de hombres y rodeándose de las flotas de Cristóbal Colón, de Vasco de Gama o de Albuquerque, los guiará por mares desconocidos, en busca de playas a donde hasta entonces no había sido llevado el nombre del Señor.

»Para traer su contribución a los trabajos de los Doce, Santiago acarreará del Occidente, del Oriente, del Mediodía, mundos nuevos que renovarán el estupor de Pedro, a la vista de tales presas.»

Y aquél, cuyo apostolado, en tiempo del tercer Herodes, pudo creerse tronchado en flor, antes de haber dado sus frutos, podrá repetir aquellas palabras (de San Pablo): «No me creo inferior a los más grandes Apóstoles; porque por la gracia de Dios, he trabajado más que todos ellos.» (L’année liturgique, XXV juillet, págs. 226, 227).

Las armas actuales de Santiago y de sus caballeros

Hoy día, los hijos de Santiago, esparcidos por Europa, América, Oceanía y algunos también por las colonias españolas y portuguesas de Africa y Asia, deben imitar a su Apóstol, con las armas que les impone la imperiosa necesidad del momento crítico en que nos encontramos.

Las armas jacobeas de hoy son cuatro: enseñanza catequística; prensa, sobre todo diaria y periódica; cátedra, sobre todo la oficial; y organización obrera.

Los modernos «caballeros de Santiago», deben adiestrarse y ejercitarse en el manejo de estas armas, sin descuidar, por supuesto, los demás medios de santificación y defensa que son eternos, y no necesitan cambios, sino reparaciones.

Súplica de Dom Guéranguer por España

El sabio escritor francés a quien acabamos de citar, conocía y penetraba, mejor que muchos españoles, el sentido de la Historia de España y su misión providencial en el mundo.

España ha sido destinada por Dios para proseguir la misión del Hijo del Trueno, proclamando y defendiendo, en gran estilo, como lo hizo en Nicea, en Toledo y en Trento, las verdades católicas fundamentales; y su mayor desgracia sería la de inutilizarse para esa misión, por el debilitamiento, o como dice gráficamente el mismo escritor, por el achicamiento de esas grandes verdades en su espíritu público.

Por eso dirige él a Santiago esta súplica, que gustosos reproducimos y repetimos:

«¡Oh Patrón de las Españas! No os olvidéis del ilustre pueblo que os debe a Vos su nobleza espiritual y su prosperidad temporal. Protegedle contra el achicamiento de las verdades que hicieron de él, en sus días de gloria, la sal de la tierra. Haced que piense en la terrible sentencia de Jesucristo, en que se advierte que ‘si la sal se vuelve insípida, no vale va para nada sino para ser arrojada y pisada por las gentes’.» (San Mateo, V, 13.)

¡No! ¡El espíritu de España no ha de tolerar mucho tiempo este achicamiento!

¡El espíritu de España se erguirá caballeresco y altivo contra el masonismo, laicismo y judaísmo que lo pisotea!

¡El espíritu de España defenderá el tesoro de Santiago contra los moros modernos que han invadido su herencia sagrada!

Porque Santiago y España tienen que cumplir todavía dos misiones a cual más gloriosas:

Santiago y España tienen que defender un día a la Iglesia de San Pedro, combatiendo y derrotando al Anticristo y a su corte de judíos;

Santiago y España tienen que cantar un día el Credo de Nicea en la mezquita de Santa Sofía, después de haber rasgado en su pórtico, entre los aplausos de la Morisma bautizada, los falsos mandamientos de Mahoma.

Así sea.

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EL HERALDO MONTAÑÉS

ABERRACIONES LITÚRGICAS LXIV

23 de julio de 2015

Salón Newman de la Parroquia del Espíritu Santo, en Berkeley California 2013. Vigilia Pascual. 

COMENTARIOS ELEISON CDXVIII. PAPAS CONCILIARES V

18 de julio de 2015

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Papas Conciliares – V

Dios finalmente rescatará Su Iglesia, por supuesto,
Pero los Católicos deben gritar hasta quedar roncos.


 

El “Comentario” de la semana pasada fue tan lejos como para sugerir que empezar a comprender la mentalidad liberal es una ayuda importante para mantener la Fe hoy en día. Viendo como el liberalismo disuelve la Verdad, uno comprende como él esta socavando la Fe y destruyendo a la Iglesia. Al mismo tiempo, viendo como corrompe las mentes, uno comprende cómo los hombres de Iglesia de hoy están “diabólicamente desorientados” sin necesariamente estar completamente conscientes de cómo están destruyendo a la Iglesia. Entonces, uno no necesita ser ni liberal ni sedevacantista. Así que miremos a otro texto clásico de Monseñor Lefebvre donde él examina “La Mentalidad Católico-Liberal” en el Capítulo XVI de Le Destronaron:—

Una enfermedad del espíritu. Más que una confusión, el catolicismo liberal es una ‘enfermedad del espíritu’ (Padre A. Roussel en su libro“Liberalismo y Catolicismo” ): El espíritu no consigue sencillamente descansar en la verdad. Apenas se atreve a afirmar algo, se le presenta la contra-afirmación, que también se ve obligado a admitir. El Papa Pablo VI fue el prototipo de este espíritu dividido, de este ser de doble faz – incluso se podía leer esto físicamente, en su rostro – en perpetuo vaivén entre los contradictorios y animado de un movimiento pendular, que oscilaba regularmente entre la novedad y la Tradición. Dirán algunos: ¿esquizofrenia intelectual?

“Creo que el Padre Clérissac vio más en profundidad la naturaleza de esta enfermedad. Es una ‘falta de integridad del espíritu’, escribe (Humbert Clérissac, o.p. “El Misterio de la Iglesia” Cap.7), de un espíritu que no tiene ‘suficiente confianza en la verdad. Esta falta de integridad del espíritu en las épocas del liberalismo, se explica del lado psicológico por dos rasgos manifiestos: los liberales son recep tivos y febriles. Receptivos porque asumen con demasiada facilidad los estados de espíritu de sus contemporáneos; febriles porque por miedo de contrariar esos diversos estados de espíritu, se encuentran en continua inquietud apologética; parecen sufrir ellos mismos las dudas que combaten; no tienen suficiente confianza en la verdad; quieren justificar demasiado, demostrar demasiado, adaptar o incluso disculpar demasiado’.

Ponerse en armonía con el mundo. ¡Disculpar demasiado! ¡Qué expresión oportuna! Quieren disculpar todo el pasado de la Iglesia: las Cruzadas, la Inquisición, etc.; en cuanto a justificar y demostrar, lo hacen bien tímidamente, sobre todo si se trata de los derechos de Jesucristo; pero adaptar, por cierto que lo hacen, ese es su principio. Parten de un principio práctico y de un hecho que juzgan innegable: que la Iglesia no podría concebirse en el ambiente concreto en que debe cumplir su misión divina sin armonizarse con él”.

Desde el tiempo del Padre Clérissac y de Monseñor Lefebvre, la disolución de las mentes y de los corazones por el liberalismo ha solamente hecho grandes avances. En el siglo 21ero hay aún menos trazas que hayan quedado del antaño marco de verdad objetiva y de moralidad objetiva que las que había en el siglo 20mo. Esto siendo así, la adaptación de la Iglesia a sus ambientes deviene más y más mortal para la Fe Católica y para la moral, las cuales no son nada si no son objetivas. ¡Cuánto hemos tenido que sufrir recientemente a causa de una mente continuamente alternando afirmaciones con contra-afirmaciones, continuamente ansiosa por convencer a ambos dos partidos completamente opuestos el uno al otro, para reconciliar lo irreconciliable, careciendo no solamente de confianza en la verdad sino incluso, tal como parece, de cualquier conocimiento de la verdad, si no fuera que esta mente puede hacer una tan buena imitación de la verda d! Tal mente se decía ayer que pertenecía a un “mentiroso”. ¿Y hoy?

Solamente podemos gritar como el Salmista: Señor, tus propios Católicos han devenido una burla para los no Católicos. Por tu propio honor y gloria, ¡apresúrate a rescatarnos!

Kyrie eleison.

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