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EL BAUTISMO DE SANGRE Y DESEO

26 de febrero de 2015

BAUTISMO


Probado a partir de las enseñanzas papales, del Concilio de Trento, el Código de Derecho Canónico de 1917, el Martirologio romano, los Padres, Doctores y teólogos de la Iglesia.


Como veremos en las siguientes citas, para salvarse es necesario pertenecer a la Iglesia católica, al menos por deseo. También es necesario acordarse de que, sin la fe y la caridad sobrenatural, la salvación es imposible, tanto si se ha recibido el sacramento del bautismo como si no. Al adulto que busca conocer y hacer la voluntad de Dios se le da la gracia suficiente para que obre lo necesario y obtenga la salvación.

1. CONCILIO DE TRENTO 1545-1563

Cánones sobre los sacramentos en general (canon n.º 4):

«Si alguno dijere que los sacramentos de la nueva ley no son necesarios, sino superfluos para salvarse; y aun cuando no todos sean necesarios a cada particular, asimismo dijere que los hombres sin ellos, o sin el deseo de ellos (sine eis auteorum voto), alcanzan de Dios, por la sola fe, la gracia de la ustificación; sea excomulgado».

Decreto sobre la justificación (session 6ª, capítulo 4º):

«En esas palabras se describe la justificación del pecador: de suerte que es tránsito de aquel estado en que el hombre nace hijo del primer Adán, al estado de gracia y adopción de los hijos (Ro. 8:15) de Dios por el segundo Adán, Jesucristo nuestro Salvador; y esta traslación no se puede lograr, después de promulgado el Evangelio,sin el bautismo o sin el deseo de él (sine lavacro regenerationis aut eius voto);según está escrito: El que no naciere de agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3:5)».

2. SAN ALFONSO Mª DE LIGORIO

Teología moral (libro 6º):

«Mas el bautismo del deseo es una conversion perfecta a Dios por contrición, o por amor a Él sobre todas las cosas, con deseo explícito o implícito del verdadero bautismo de agua, del cual toma su lugar en cuanto a la remisión de la culpa, pero no en cuanto a la impresión del carácter [bautismal] o a la supresión de toda deuda debida al castigo. Se llama de “viento” [flaminis] porque toma lugar bajo el impulso del Espíritu Santo, a quien se el da este nombre [flamen]. Ahora bien, es de fide que los hombres se salvan también por el bautismo del deseo, por virtud del canonApostolicam De Presbytero Non Baptizato y del Concilio de Trento, sesión 6ª, capítulo 4º, donde está dicho que nadie puede salvarse “sin el bautismo o su deseo”».

3. CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO DE 1917

Sobre el entierro eclesiástico (canon 1239.2):

«Los catecúmenos que sin culpa propia mueren sin el bautismo, han de ser tratados como los bautizados».

The Sacred Canons por los Rev. PP. John A. Abbo. St.T.L., J.C.D., y Jerome D. Hannan, A.M., LL.B., S.T.D., J.C.D.

Comentario al Código:

«La razón de esta regla estriba en que justamente se cree que ellos encontraron la muerte unidos a Cristo por el bautismo del deseo».

4. INOCENCIO III (1198-1216)

Apostolicam:

«A vuestra pregunta respondemos de la siguiente manera: Afirmamos sin vacilación alguna (basados en la autoridad de los santos padres Agustín y Ambrosio) que el sacerdote de quien decís (en vuestra carta) murió sin el agua del bautismo, por haber perseverado en la fe de la Santa Madre Iglesia y en la confesión del nombre de Cristo, fue liberado del pecado original y obtuvo la dicha de la patria celestial.Leed (hermano) en el octavo libro de la obra La Ciudad de Dios de san Agustín donde, entre otras cosas, escribe que “el bautismo es administrado invisiblemente a quien ha sido excluido no por el desprecio a la religión, sino por la muerte”.Leed también otra vez el libro del bienaventurado Ambrosio en lo concerniente a la muerte de Valentiniano, donde lo mismo dice. Por lo tanto, en las cuestiones que atañen a los muertos, debéis sostener las opiniones de los doctos Padres, y en vuestra iglesia habéis de uniros en oración y de hacer que se ofrezcan sacrificios a Dios por el sacerdote mencionado» (Denzinger 388).

Debitum pastoralis officii, agosto 28 de1206:

«Vos habéis, efectivamente, insinuado que un cierto judío, por haber vivido únicamente entre judíos, en la hora de la muerte se sumergió en agua diciendo: “Me bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén”.

«Respondemos que, como debe haber una distinción entre el bautizante y el bautizado, como se deduce de las palabras del Señor, cuando dice a los Apóstoles: “Id y bautizad a todas las naciones en el nombre, etc.” (cf. Mt. 28:19), el dicho judío debe ser bautizado nuevamente por otro, de tal manera que pueda mostrarse que el bautizado es uno y el que bautiza es otro… Sin embargo, si el susodicho hubiera muerto inmediatamente, hubiera al instante volado a su hogar celestial por virtud de la fe en el sacramento, aunque no por el sacramento de la fe»(Denzinger 413).

5. SAN PÍO V (1566-1572)

Ex omnibus afflictionibus, 1º de octubre de 1567:

Condenó las siguientes proposiciones erróneas de Miguel du Bay:

o La sincera y perfecta caridad, nacida «de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida» (I Ti. 1:5), puede hallarse en los catecúmenos así como en los penitentes que no han obtenido la remisión de los pecados.

o La caridad, que es la plenitud de la ley, no siempre va ligada a la remisión de los pecados.

o Antes de obtener la remisión de los pecados, un catecúmeno puede vivir justamente, recta y santamente, y puede observar los mandamientos de Dios ycumplir la ley por la caridad, que sólo se recibe en el bautismo.

6. SAN AMBROSIO

«Os oigo expresar pena porque [Valentiniano] no recibió el sacramento del bautismo. Decídme, ¿qué más hay en nosotros excepto voluntad y súplica? Mas él por largo tiempo deseó ser iniciado… y expresó su intención de ser bautizado… Sin duda lo recibió porque lo pidió».

7. SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios

«No vacilo en colocar al catecúmeno católico, que arde en el amor a Dios, antes que el hereje bautizado… El centurión Cornelio, antes de su bautismo, fue mejor que Simón [Mago], quien había sido bautizado. Pues, Cornelio, aún antes del bautismo estaba lleno del Espíritu Santo; mientras que Simón, después del bautismo, estaba inchado de un espíritu inmundo» (De Bapt.C. Donat., IV, 21).

8. SANTO TOMÁS DE AQUINO

Summa, Artículo 1º, Parte III, Q. 68:

«Respondo que, el sacramento del Bautismo puede faltarle a alguien de dos maneras. Primero, tanto en la realidad como en el deseo; tal es el caso, de los que no están bautizados ni quieren ser bautizados: lo cual claramente indica desprecio por el sacramento, y esto en cuanto tienen uso del libre albedrío. Consecuentemente, a quienes de esta manera les falta el bautismo no pueden alcanzar la salvación: pues ni sacramental ni mentalmente están incorporados en Cristo, el único medio por el cual puede obtenerse la salvación.

«En segundo lugar, el sacramento del bautismo puede faltarle a alguien en la realidad, pero no en el deseo: por ejemplo, cuando un hombre desea ser bautizado, y por algún infortunio es interceptado por la muerte antes de recibir el bautismo. Éste puede alcanzar la salvación sin haber sido bautizado en la realidad en virtud de su deseo: efecto de la fe que obra por la caridad, y por el cual Dios, cuyo poder aún no está atado a los sacramentos visibles, santifica al hombre internamente. De ahí que Ambrosio diga de Valentiniano, quien murió siendo aún catecúmeno: “Perdí al que iba a regenerar: más él no perdió las gracias por las que oró”».

9. SAN ROBERTO BELARMINO

Liber II, Caput XXX:

«Boni Catechumeni sunt de Ecclesia, interna unione tantum, non autem externa» (Los buenos catecúmenos son de la Iglesia, aunque por unión interna solamente y no por unión externa).

10. MARTIROLOGIO ROMANO

Enero 23: en Roma, santa Emerenciana, virgen y mártir, fue apedreada por los paganos siendo todavía catecúmena al encontrarse orando en la tumba de santa Inés, de quien era hermanastra.

Abril 12: en Braga, Portugal, san Víctor, mártir, rehusó adorar un ídolo cuando todavía era catecúmeno, y confesó a Cristo Jesús con gran constancia; así, después de muchos tormentos y de ser decapitado,mereció ser bautizado en su propia sangre.

11. PÍO IX (1846-1878)

Singulari Quadam, 1854:

174. «Claramente, debe sostenerse como artículo de fe que fuera de la Iglesia apostólica romana nadie puede salvarse; que la Iglesia es la única arca de salvación; y que quien no entre en ella perecerá en el diluvio. Por otro lado, asimismo debe sostenerse como cierto que quienes están afectados por ignorancia de la verdadera religión, si fuese ignorancia invencible, no están sujetos a culpa alguna en esta cuestión ante los ojos del Señor. Ahora bien, ¿quién podría presumir en sí mismo la habilidad de establecer las fronteras de tal ignorancia, tomando en consideración las diferencias naturales de los pueblos, tierras, talentos nativos y muchos otros factores? Solamente cuando hayamos sido librados de los lazos de este cuerpo y hayamos visto a Dios como es en sí (ver Juan 3:2),comprenderemos realmente qué tan íntimo y hermoso es el lazo que une la misericordia divina con la justicia divina».

Quanto Conficiamur Moerore (1863):

«…Todos sabemos que los afligidos de ignorancia invencible respecto a nuestra santa religión, si guardan con solicitud los preceptos de la ley natural, escritos por Dios en el corazón de los hombres, si están preparados para obedecer a Dios y si llevan una vida virtuosa y sumisa, pueden alcanzar la vida eterna por el poder de la luz y la gracia divinas».

12. PÍO XII (1939-1958)

Cuerpo Místico de Cristo (junio 29, 1943):

«Como bien sabéis, Venerables Hermanos, desde el mismo comienzo de Nuestro Pontificado, hemos confiado al cielo la protección y guía de quienes no pertenecen al orgnanismo visible de la Iglesia católica, declarando solemnemente que, a ejemplo del Buen Pastor, nada deseamos más ardientemente que tengan vida y la tengan con mayor abundancia… Pues, aunque inconscientemente estén relacionados al Cuerpo Místico del Redentor en deseo y resolución, sin embargo, siguen estando privados de tantos y tan grandes dones y socorros celestiales, que sólo se pueden gozar en la Iglesia católica.

13. RVDO. A. TANQUERY, Dogmatic Brevior; Art. IV, sección I, II – 1945 (1024 -1)

El bautismo de deseo.— La contrición, o caridad perfecta, en unión con un deseo implícito pr el bautismo, toma en los adultos el lugar del bautismo de agua por lo que respecta al perdón de los pecados.

Esto es cierto.

Explicación: a) Un deseo implícito por el bautismo, esto es, uno que se incluye en un propósito general de guardar todos los mandamientos de Dios, es, según el consentimiento de todos, suficiente para el invenciblemente ignorante de la ley del bautismo; e igualmente, según la opinión más común, en quien sabe de la necesidad del bautismo.

b) La caridad perfecta, en unión con el deseo del bautismo, perdona el pecado original y el actual, y, por tanto, infunde la gracia santificane; pero no imprime el carácter bautismal y no remite por sí misma la totalidad del castigo temporal debido al pecado; de donde se infiere que, cuando se ofrezca la oportunidad, la obligación de recibir el bautismo de agua aún permanece en el que ha sido santificado de esta manera.

14. P. DOMINIC PRUMMER, O.P., Moral Theology, 1949:

  • «El bautismo del deseo, que es un acto de caridad perfecto que incluye, al menos implícitamente, el deseo del bautismo de agua»;
  • «El bautismo de sangre, que significa el martirio sobrellevado por Cristo antes de la recepción del bautismo de agua»;
  • «En cuanto a los efectos del bautismo de sangre y del deseo… ambos producen la gracia santificante. …El bautismo de sangre remite usualmente todos los pecados veniales y la pena temporal…».

15. P. FRANCIS O’CONNELL, Outlines of Moral Theology, 1953:

  • «El bautismo del deseo… es un acto de caridad divina o de contrición perfecta…»;
  • «Esto (i.e. el bautismo de sangre y del deseo) presupone en la persona un deseo al menos implícito de recibir el sacramento»;
  • «… Aun si un infante pudiera obtener el beneficio del bautismo de sangre al ser asesinado por alguien motivado por odio hacia la fe cristiana . . .».

16. MONS. J. H. HERVÉ, Manuale Theologiae Dogmaticae (Vol. III: cap. IV), 1931

II. A quién puede sustituírsele el bautismo de agua:

Los varios bautismos: a partir del Tridentinum mismo y de las cosas declaradas,queda en pie que el bautismo es necesario, ya sea de hecho o en deseo; por tanto, en un caso extraordinario, puede ser sustituido. Además, según la doctrina católica, existen dos cosas por las que puede ser sustituido el bautismo, a saber, un acto de caridad perfecta junto al deseo del bautismo, y la muerte como mártir. Como estas dos cosas compensan el bautismo de agua, también son llamadas bautismo, a fin de que sean comprendidos bajo un solo nombre genérico, por así decir; de tal manera que el acto de caridad junto con el deseo de bautismo se llama baptismus flaminis (bautismo del espíritu), y el otro, martyrium (bautismo de sangre).

17. PP. H. NOLDEN, S. J., y A. SCHMIT, S. J., Summa theologiae moralis(Vol. III de Sacramentis), libro 2º Quaestio prima, 1921

El bautismo de espíritu (flaminis) es caridad o contrición perfecta, en la que se incluye el deseo de recibir de hecho el sacramento del bautismo; la caridad o contrición perfecta, sin embargo, tienen el poder de conferir la gracia santificante.

18. P. ARTHUR VERMEERSCH, S. J., Theologiae Moralis (Vol. III), Tractatus II, 1948:

El bautismo de espíritu (flaminis) es un acto de perfecta caridad o contrición, en cuanto contiene al menos un deseo tácito por el sacramento. De ahí que únicamente lo alcanzan los adultos. No imprime el carácter, …pero borra todo pecado mortal junto con la sentencia de la pena eterna, según el pasaje «el que me ama, será amado por mi Padre» (Juan 14:21).

19. P. LUDOVICO BILLOT, S. J., De Ecclesiae Sacramentis (Vol. I); Quaestio LXVI; Thesis XXIV – 1931:

El bautismo de espíritu (flaminis), llamado también de arrepentimiento o de deseo, no es otra cosa que un acto de caridad o de perfecta contrición que incluye el deseo del sacramento, según lo dicho anteriormente, a saber, que el corazón de todos es movido por el Espíritu Santo para que crea y ame a Dios, y se arrepienta de sus pecados.

20. PP. ALOYSIA SABETTI, S. J., y TIMOTEO BARRETT, S. J.,Compendium Theologiae Moralis, Tractatus XII De Baptismo, capítulo I, 1926

El bautismo, puerta y fundamento de los sacramentos, tanto de hecho como en deseo, es necesario para la salvación de todos…

Del bautismo de agua, que es llamado de río (baptismus fluminis), procede el bautismo de espíritu (baptismus flaminis) y de sangre, los cuales puden sustituir al bautismo real si éste fuera imposible. El primero es una conversión total a Dios por la contrición o caridad perfecta, en cuanto contiene un deseo explícito o al menos implícito de recibir el bautismo de agua…El bautismo de espíritu (flaminis)y el bautismo de sangre son llamados bautismo de deseo (in voto).

21. P. EDUARDUS GENICOT, S. J., Theologiae Moralis Institutiones(Vol. II), Tractatus XII, 1902

El bautismo del Espíritu (flaminis) consiste en un acto de perfecta caridad o contrición, junto al cual se une siempre una infusión de gracia santificante. . .

Ambos son llamados «de deseo» (in voto)…; la caridad perfecta, por llevar siempre junto el deseo, al menos el implícito, de recibir este sacramento, es absolutamente necesaria para la salvación.

22. RVDO. GEORGE HARDOCK, 1859:

«…La gracia de Dios ocasionalmente puede ser de tal manera con el hombre, y tal puede ser la caridad y contrición de éste que puede tener remisión, justificación y santificación antes de recibir los sacramentos externos del bautismo, la confirmación y la penitencia; como vemos en este ejemplo, donde, en la predicación de Pedro, todos recibieron el Espíritu Santo antes que cualquier sacramento…»

23. HECHOS DE LOS APÓSTOLES 10:47:

«Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?».

 Transcrito de aquí

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LA RADIO ESTÁ DE LUTO

24 de febrero de 2015

crespon-lutoUNA ORACIÓN POR NUESTRO BUEN AMIGO FABIÁN VÁZQUEZ.

QUE NUESTRO SEÑOR LO TENGA EN SU SANTA GLORIA. CONSOLACIÓN Y PRONTA RESIGNACIÓN A SU FAMILIA


Lamentamos informar que en el día de hoy, aproximadamente a las 6:30 de la mañana, nuestro Director General, Mario Fabián Vázquez, sufrió un accidente vial en la localidad de General Pinto (Provincia de Buenos Aires) como resultado del cual perdió la vida.

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Todos aquellos que sacamos tanto provecho de su apostolado, no podemos menos que agradecer a la Divina Providencia que puso en nuestro camino a una personalidad señalada.

Rogamos a todos nuestros lectores y a los oyentes de Radio Cristiandad, que eleven preces y ofrezcan misas por su alma. A su señora, Viviana y a su hijo, Ignacio, todas nuestras condolencias y el deseo de que Nuestra Madre del Cielo les procure una santa resignación.

Luis Ricardo Manzano

Director Ejecutivo

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GUERRA FÍSICA Y METAFÍSICA

24 de febrero de 2015

 

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San Miguel Arcángel

 

Desde el alba de los tiempos, desde la primera Revolución de la cual tenemos memoria: la Revolución de Luzbel y de sus seguidores; contra Dios Nuestro Creador, y la consiguiente caída en el Infierno, de los espíritus rebeldes; se abrieron en la Creación dos caminos opuestos.

La guerra en el Cielo, entre los espíritus fieles a Dios y los rebeldes a obedecerlo, marcó la división, que desde el plano metafísico, separaría en dos campos irreconciliables a los fieles de los infieles a Dios el Creador.

Esta guerra espiritual se reflejó en el plano físico  a partir de la caída del hombre por su desobediencia a la Ley de Dios. Desde entonces,  la vida de los hombres sobre la tierra ha seguido dos caminos opuestos, desencadenando la guerra que continúa hasta nuestros tiempos:

Primeramente, el Génesis nos revela que los hijos de Adán y Eva: Caín contra Abel lucharon entre sí,  con el resultado de la muerte de Abel; y posteriormente, sus descendientes, representados por  los “cainitas”, contra los fieles al Señor representados por los hijos de Set llamados“abelianos” o patriarcas antediluvianos. La Historia de la humanidad ha sido una continua lucha entre los  “cainitas” siempre en mayoría e infieles al Señor, contra los “abelianos”, siempre en minoría y fieles a Dios.

El Génesis nos habla,  de que los descendientes de Set y de su hijo Henoc eran llamados “Hijos de Dios” por ser justos y temerosos del Señor;  pero se fijaron en las mujeres descendientes de Caín las “hijas de los hombres” que eran bellas y perversas, y engendraron en ellas guerreros y gigantes que corrompieron a la naciente humanidad. En ese entonces, Dios Nuestro Creador encontró solamente una familia que merecía ser llamada “Hijos de Dios”: Noé, su mujer, y sus tres hijos con sus respectivas mujeres. Únicos salvados del Diluvio como sabemos.

Pero de nuevo, la humanidad vuelve a caer en la división que hemos llamado “cainitas” y “abelianos”, es decir: la mayoría que se desentiende de Dios y la minoría que es fiel al llamado del Creador. De esta minoría saldrán los patriarcas posdiluvianos a partir de Abraham. A quien Dios el Padre, elige como origen de un pueblo que va a ser educado en la verdad de un solo Dios-Trino para separarlo de los idólatras que componían la inmensa mayoría de la humanidad. El pueblo elegido, va a preservar la sangre que debía heredar el futuro Salvador del mundo.

Siguiendo al Génesis, se nos dice que el justo Tare, oyendo el llamado de Dios el Altísimo, saca a su familia compuesta de su hijo Abraham, su nuera Sarai y su nieto Lot hijo de Arán, de la ciudad de Ur en Caldea de Mesopotamia, actual país de Iraq,  para llevarla junto, con sus ganados, hasta la tierra de Canaán, actual Palestina, donde, según la Tradición muere el patriarca Tare.  Este grupo familiar, que se componía, no solamente de los personajes citados, sino seguramente de sus numerosos criados con sus respectivas familias van a ser el origen del pueblo hebreo, a quien el Creador llena de bendiciones para que pueda cumplir la especial misión que ningún otro pueblo del mundo podía cumplir.

Dios Nuestro Señor celebró un pacto con Abraham y sus descendientes para que de ellos naciera el Mesías: Nuestro Señor Jesucristo, segunda persona de la Santísima Trinidad.

A través de los miembros de la Casa Real de David, según las genealogías de los evangelistas San Mateo, San Lucas y San Marcos; Nuestro Señor Jesucristo pertenecía a la descendencia del rey David, es decir; La Casa de David. También, muchos de sus discípulos que eran sus parientes  pertenecían a la realeza de Judá, sangre noble espiritual que no tenía nada que ver con la situación económica de sus componentes.

Por lo que podremos afirmar que los miembros de la Casa de David seguían la Tradición mesiánica que les daba la certeza de ver en Jesucristo al Hijo de Dios. De la antigua Casa Real de David los judíos que siguieron a Nuestro Señor se convirtieron en cristianos, de ellos descendieron muchos de los más grandes santos de la Cristiandad.

En el rechazo y muerte de Nuestro Señor Jesucristo por los jerarcas judíos seguidos por la mayor parte del pueblo, volvemos a encontrar la división ancestral de las dos corrientes humanas que arrancan de los descendientes de Adán:

a) La mayoría incrédula seguidora de los antiguos “cainitas”, contra:

b) La pequeña minoría que sigue la verdad espiritual de Dios encarnado.

En la parábola de los renteros homicidas (San Mateo 21, 42-43) Nuestro Señor les responde a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

¿No habéis leído nunca en la escritura: “La piedra que rechazaron los que edificaban vino a ser la piedra angular: esto ha sido obra del Señor admirable a nuestro ojos?

 “Por esto os digo que el Reino de Dios se os va a quitar para darse a un pueblo que entregue sus frutos. Todo el que caiga sobre esta piedra se estrellará, y sobre quien ella caiga lo aplastará. Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos, que oyeron sus parábolas, conocieron que se refería a ellos; y aunque deseaban prenderlo, temían al pueblo, que lo tenía por un profeta”.

Con el advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo había llegado la “Plenitud de los Tiempos” y con ello, la obsolescencia del Antiguo Testamento de los judíos, y el nacimiento del Nuevo Testamento abierto a todos hombres sin distinción.

El castigo anunciado por Nuestro Señor al pueblo judío incrédulo, va a concretarse 37 años después con la destrucción del Estado Judío, su capital Jerusalen y su Templo. Y desde entonces, los jefes de los judíos, desde su destierro, van a elaborar un plan diabólico. Poseídos de odio inextinguible, maquinando en mil formas desde sus academias rabínicas en el exilio, los planes y acciones para exterminar a la Iglesia de Cristo y a sus seguidores.

Los judíos expulsados de la Tierra Santa por los romanos, huyeron hacia todos los rumbos, fuera de su antiguo territorio. La mayoría de ellos se asentaron en las márgenes de los ríos Tigris y Éufrates, la antigua Mesopotamia que, entonces estaba bajo el dominio de los persas, fuera del alcance de los romanos. A esta dispersión, los hebreos le han llamado laDiáspora, compuesta por varios cientos de miles de familias esparcidas por todo el mundo conocido y relacionadas todas ellas, por correos itinerantes que las comunicaron a lo largo de los siglos.

En la Mesopotamia, ancestral tierra de donde había salido Tare con su hijo Abraham y su nieto Lot, fundaron colonias, y en ellas reabrieron sus academias rabínicas con el propósito de volver a interpretar la Thorá y el Talmud para adecuarlos a su situación de exiliados.  Pero esto, ya sin ninguna iluminación del Espíritu de Dios, y por su rechazo a Cristo, cayeron en errores cada vez mayores.

Jesús es condenado a muerte

Cuando Pilatos, ante la obstinación de los judíos, se lavó las manos diciendo: “Soy inocente de la sangre de este justo, vosotros veréis”, todo el pueblo junto con sus dirigentes respondieron: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”

Los judíos, en su conjunto, echaron sobre sí todo el peso de la culpa del Sacrificio y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Su culpa, por tanto, es infinita, y solamente la misericordia y gracia  de Dios, la muerte de Jesucristo en la Cruz, el Bautismo cristiano y su sincero arrepentimiento, así como nuestras oraciones, pueden lavar su pecado.

Todo hasta aquí tendría un final aceptable pero la realidad es muy distinta:

Cuando, los príncipes de los sacerdotes no pudiendo soportar la Verdad que emanaba de los labios del Señor y pretendieron matarlo. Él les dijo:

“……si Dios fuera vuestro padre me amaríais a Mí, pues Yo salí y vengo de Dios: no he venido por mí mismo sino que Él me ha enviado, ¿Por qué no comprendéis mis palabras? ¿Por qué no podéis admitir Mi doctrina.El padre de quien vosotros procedéis es el diablo y queréis hacer lo que quiere vuestro padre, él fue homicida desde el principio y no se mantuvo en la Verdad, porque no hay verdad en él……” San Juan 9, 42-45.

Y dos frases más nos dan la clave de que los judíos están reprobados por Nuestro Señor Jesucristo:

“YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA”

“QUIEN NO ESTÁ CONMIGO ESTÁ CONTRA MÍ”

Los judíos escogieron el camino que les señaló el príncipe de este mundo, aquel que había tentado a Jesucristo en el desierto. Y en la última reunión con los apóstoles Nuestro Señor les había dicho: “Ya no me veréis porque ya viene el príncipe de este mundo y Yo no tengo parte con él”

Después del rechazo a Nuestro Señor,  los judíos solamente  quedaron con este dilema:

Abrazar la Fe cristiana aceptando el Bautismo, o continuar en la Fe antigua, y tratar de destruir la nueva religión junto con sus seguidores. Es decir:  Que consciente o inconscientemente se colocaron bajo la autoridad de Satanás.

La Historia nos revela dramáticamente, lo que ocurrió a partir del año 70, con este infortunado pueblo. Los judíos que rechazaron a Cristo, dirigentes y pueblo como un todo, no quedaron  indiferentes ante el dilema que acabamos de mencionar. No fue renuncia pura y simple del Plan de Dios, lo que ya de por sí es muy grave, sino como una oposición positiva y constante, en estado de reprobación objetiva a sí mismos. Por lo que, la relación entre Cristianismo y Judaísmo resultó peor, que entre el Cristianismo y las otras religiones paganas. Porque los judíos escogieron el camino de destruir maliciosamente a la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo. Atacándola por todos los medios físicos y metafísicos a su alcance.

Con la aparición del Cristianismo  y la destrucción del Estado judío, se produjo una verdadera Revolución en el campo de las ideas religiosas judías: La Toráh o Pentateuco donde se contiene la Ley de Moisés, quedó sin la sustancia y razón que le pudo haber dado la Revelación y Perfeccionamiento de Cristo, es decir; quedó sin su Justificación. Los dirigentes del pueblo deicida se dieron cuenta, que efectivamente ese Mesías crucificado por ellos, había dado cumplimiento a su Ley.

cabala michelspacherLA CÁBALA

Entonces quisieron revisar la Ley de Moisés para adecuarla a la tarea de su ataque al cristianismo. De la Tradición pervertida, anterior a Cristo, los judíos modificaron su antigua Tradición creando la Cábala,  tradición judía pervertida con la influencia de las religiones paganas. Con la Cábala judía han contaminado, desde entonces, la filosofía y teología cristianas, desde ahí han salido todas las herejías. Todo este conjunto de errores se llama Gnosticismo. Leer el capítulo 8, versículos 1 a 10 del Profeta Ezequiel, “La idolatría escondida en el Templo”

También completaron el Talmud, compilación escrita, en el cual  anotaron los mayores anatemas contra Cristo y los cristianos. De este Talmud comenzaron a propagar graves errores para desvirtuar la enseñanza de nuestro Salvador. También desde sus academias rabínicas de la Mesopotamia salieron los primeros planes mundiales para eliminar el cristianismo incipiente. Los jefes de los judíos se valieron de las sociedades secretas, de todos los individuos inconformes e inadaptados, de criminales natos, de bribones, de inteligentes ambiciosos, y de astutos ignorantes.

Más tarde, se valieron de la Masonería, de la doctrina del Liberalismo, y de toda gente  intelectualmente perdida.  Su lema para destruir la Iglesia de Cristo y a sus fieles fue desde entonces: corromper, corromper y corromper a todo el que fuera cristiano. y LO QUE ES MÁS PELIGROSO: INFILTRARSE EN LAS SOCIEDADES CRISTIANAS.

Para revolucionar las sociedades cristianas, se convirtieron ellos mismos en jefes revolucionarios. Su propósito ha sido llevar la Revolución de Luzbel  para aprisionar a este mundo, algún día, con su Gobierno Mundial político y religioso.

TalmudEL TALMUD

A continuación vamos a exponer unas palabras sobre el Talmud, el libro que demuestra perfectamente la enemistad del judío para con los cristianos: “El Talmud es un código de moral, inalterable por el cual la vida religiosa de los judíos ha sido regida desde los tiempos posteriores a Cristo hasta hoy mismo”.

Del libro: “El Talmud desenmascarado”  escrito por el R.P. lituano Justino Buenaventura Pranaitis, espigamos algunas “lindezas” contra los cristianos que aparecen en el Talmud:

  • “Se debe dañar  en todo a los cristianos”
  • “Se debe robar a los cristianos”
  • “En los asuntos legales los cristianos deben ser perjudicados”
  • “Se debe perjudicar a los cristianos en las cosas necesarias para la vida”
  • “Después de la destrucción del Templo de Jerusalén, el único sacrificio necesario es     la eliminación de los cristianos”
  • “Los judíos nunca deben dejar en paz a los cristianos”
  • “El único propósito de todas las acciones y oraciones de los judíos, debe ser, la destrucción de la religión cristiana”

LUIS OZDEN

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FRANCISCANOS EN CUARESMA

24 de febrero de 2015

CARTEL

Missione francescana al popolo di Militello

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COMENTARIOS ELEISON CCCXCVII. EL PENSAR DE LA NEO-FRATERNIDAD III

21 de febrero de 2015

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El Pensar de la Neo-Fraternidad – III

¿Quiere la Fraternidad la Roma Conciliar?
Si no, ¡despierten! Pronto será su hogar.

Habiendo estos “Comentarios” declarado (395) que el Primer Asistente de la Neo-fraternidad carece de doctrina y (396) que esa carencia de doctrina es un problema tan amplio como la amplitud misma puede serlo, a saber la totalidad de la modernidad contra la totalidad de la Verdad, queda ahora por mostrar como este problema universal se manifiesta en una serie de errores particulares en la entrevista que el Padre Pfluger dio en Alemania hacia finales del año pasado. Para abreviar tendremos que hacer uso del resumen de su pensar (no esencialmente inexacto) dado aquí hace dos semanas, y del cual las proposiciones están en bastardilla:—

La Iglesia Católica es mucho más amplia que solamente el movimiento Tradicional.

Sí, pero la doctrina del movimiento Tradicional no es ni más ni menos amplia que la doctrina de la Iglesia Católica, siendo idéntica a ella, y esa doctrina es el corazón y el alma del movimiento Tradicional.

Nunca haremos atractiva o convincente a la Tradición si nos quedamos atascados en las décadas de 1950 o 1970.

Pensar en hacer “atractiva o convincente” a la Tradición es una manera demasiado humana de concebirla. La Tradición Católica viene de Dios y tiene un poder divino para convencer y atraer siempre y cuando sea presentada fielmente, sin cambio ni alteración humanos.

La Tradición no puede ser confinada dentro de las condenaciones de la Iglesia al liberalismo en los siglos 19no y 20mo.

Cierto, pero el Evangelio no podía ser defendido en ese entonces sin esas condenaciones doctrinales y dado que el siglo 21ero es más liberal que nunca, la Tradición tampoco puede mantenerse sin ellas hoy en día.

Nuestro tiempo es diferente, no podemos inmovilizarnos, mucho de lo que es moderno no es inmoral.

Nuestro tiempo no es tanto más diferente. Es más liberal que nunca (por ejemplo “matrimonios” homosexuales), así que puede no ser todo inmoral, pero la doctrina católica es absolutamente necesaria para separar lo moral de lo inmoral.

Así, nosotros debemos re-posicionarnos, lo cual es un problema práctico y no una cuestión de Fe.

Cualquier re-posicionamiento que la Iglesia hace in cualquier momento debe ser siempre juzgado a la luz de la Fe. El re-posicionamiento de la FSPX desde el 2012 abandona claramente el combate de Monseñor Lefebvre por la Fe.

El movimiento de la “Resistencia” ha fabricado su propia “fe” por la cual condenar a la Neofraternidad.

Cualesquiera sean las deficiencias humanas de la “Resistencia”, precisamente ella ha surgido, como el movimiento Tradicional en la década de 1970, espontáneamente todo alrededor del mundo en reacción contra la traición de la Neofraternidad. La reacción puede parecer desunida, pero está unida por la idé ntica Fe mantenida por los Resistentes.

El Cuartel General de la FSPX nunca traicionó a la Tradición en el 2012 porque sus acciones fueron atacadas por ambos lados.

Así que la Verdad ¿está siempre en el medio para ser medida por reacciones humanas? Eso es política humana, inadecuada para juzgar a la Verdad divina, absolutamente inadecuada para resolver la crisis de hoy en día de la Iglesia.

Los textos oficiales del 2012 de la Neofraternidad no fueron dogmáticos.

Pero el documento más oficial de todos de la FSPX en el 2012 fue el de las seis condiciones del Capítulo General para cualquier “acuerdo” futuro con Roma, es decir las seis gravemente inadecuadas condiciones para someter la defensa de la Fe a sus mortales enemigos Conciliares. ¿No es la totalidad de la Fe dogmática?

Roma estaba mucho menos agresiva contra la FSPX en el 2012 que lo estaba en el 2006.

Porque desde el 20 06, y mismo antes, Roma podía ver a la FSPX transformarse constantemente en un tigre de papel.

La Neofraternidad sigue al Espíritu y se inspira en la Tradición.

Los Carismáticos neoprotestantes “siguen al Espíritu”. Los de la Misa del Indulto “se inspiran en la Tradición”.

Debería ser claro a estas alturas que el Padre Pfluger quiere abandonar la Fraternidad doctrinal anti-liberal de Monseñor Lefebvre y reformarla en una Neo-fraternidad que armonizará con la Neo-iglesia del Vaticano II. Tampoco es suficiente decir que la FSPX no ha dado aún ningún paso decisivo hacia Roma porque, a menos que haya una firme resistencia, y pronto, desde el interior de la Neo-fraternidad, sus dirigentes la están llevando, lentamente pero seguramente, dentro de los brazos de la Roma Conciliar. ¿Es eso lo que gente católica quiere?

Kyrie eleison.

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IMPLANTAN ANTICONCEPTIVOS A NIÑAS DESDE 10 AÑOS DE EDAD EN GRAN BRETAÑA

20 de febrero de 2015

anticonceptivos_intNiñas británicas a partir de los 10 años están siendo inyectadas con implantes anticonceptivos de larga duración, no probados antes en nadie bajo los 18, y con cargo al erario.

Organizaciones pro-vida y pro-familia se han pronunciado frente a las revelaciones que el Daily Mail ha sacado a la luz, denunciando que alientan la explotación de las menores de edad con propósitos sexuales.

“Los médicos que hicieron esto piensan que están ayudando a las niñas a lidiar con sus propias vidas sexualmente activas, pero en la realidad ellos son parte del problema, al alentar su sexualización y la sexualización de la cultura,” dijo a LifeSiteNews, Paul Tully, secretario general de la Sociedad para la Protección de los Niños por Nacer.

Norman Wells del Fondo de Educación para la Familia, estuvo de acuerdo. Dijo al Daily Mail, “Poner implantes anticonceptivos a niñas es simplemente indefendible. Es darles luz verde para involucrarse en actividad sexual ilegal y robarles la protección que las leyes de edad de consentimiento les procuran dar.” En el Reino Unido, la edad de consentimiento es 16.

La Dra. Donna Harrison, director ejecutivo de la Asociación Americana de Ginecólogos y Obstetras Provida, dijo a LifeSiteNews que en ninguna circunstancia un niño de 10 años debería ser habilitado para actividades sexuales. “Un menor de 10 años sexualmente activo está siendo abusado, por definición. Los niños de 10 años no pueden dar consentimiento informado, y ciertamente no pueden consentir actividades sexuales.”

De acuerdo con el Mail, 3 niñas de 10 años recibieron el implante, una fuerte dosis de la hormona progesterona, desde 2010, junto con 1 de 10 u 11 años, 53 de 12 años, 281 de 13 años, 3.000 niñas de 14, y 6.300 de 15.

Aunque nunca ha sido probado en menores de edad, es sabido que el implante causa nauseas, cambios de humor, acné, y dolores de cabeza, entre los adultos. El Daily Mail cita varias fuentes en defensa de la práctica, incluyendo una de la Universidad de Leicester, quienes alegan que sólo bajo circunstancias extremadamente raras una paciente de menos de 13 años debería recibir un implante anticonceptivo, mientras que otros insisten en que debía informarse previamente a los padres.

El problema con este reclamo, dijo Tully, es que la ley no requiere que los padres sean informados cuando un menor recibe anticonceptivos de algún tipo, o abortos, si el doctor considera que el niño es suficientemente maduro para tomar la decisión.

El miedo de Tully es que prescribir anticonceptivos a niñas por debajo de la edad de consentimiento permita a los depredadores sexuales a forzarlas a actividad sexual, sin el miedo de ser descubiertos. “Es como darle luz verde a aquellos que quieren explotar a estas niñas.”

Aún más, dijo él, la prescripción de anticonceptivos a preadolescentes promoverá la agenda de ciertos grupos de lobby para reducir la edad de consentimiento. “Hay una presión constante sobre jóvenes cada vez menores para que comiencen la actividad sexual,” dijo. No sólo organizaciones como la Asociación de Planificación Familiar, sino maestros, escuelas, autoridades legales, las industrias del cine y la publicidad, todos promueven la sexualización de la juventud, y, agregó, “Por alguna razón la edad de la menarquia (inicio de la menstruación) está descendiendo entre las niñas británicas. Esto significa que niñas de 10 u 11 años pueden quedar embarazadas y esto hace que la anticoncepción parezca prudente a los ojos de muchos.”

“Nuestra inquietud es que la menor que toma anticonceptivos es mucho más vulnerable ante la presión para tener sexo y practicarse un aborto,” dijo Tully.

La Dra. Harrison tomó una línea más dura: “Esto debería ser un caso de abuso sexual infantil. Los médicos que administraron anticonceptivos de larga duración sin haber una investigación criminal de por medio, deberían ser considerados cómplices en el crimen de abuso sexual infantil.”

Si el padre o tutor de la niña consiente el uso de anticonceptivos, un doctor debería notificar a la policía por sospecha de tráfico de menores, agregó la Dra. Harrison. “Hay cero circunstancias en la cuales esté bien permitir a una niña de 10 años a someterse a exposición continua a actividad sexual. Cero. Ninguna. Esto es violación, por definición.”

Con información de LifeSiteNews

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DISCURSO ACADÉMICO SOBRE LA BIBLIA. JUAN DONOSO CORTÉS

19 de febrero de 2015
JuanDonosoCortes
Señores

Llamado por vuestra elección a llenar el vacío que ha dejado en esta Academia un varón ilustre por su doctrina, célebre por la agudeza y la fecundidad de su ingenio y por su literatura y su ciencia merecedor de eterna y esclarecida memoria, ¿qué podrá decir que sea digno de escritor tan eminente y de esta nobilísima asamblea quien como yo es pobre de fama y escaso de ingenio? Puesto en caso tan grave, me ha parecido conveniente escoger para tema de mi discurso un asunto subidísimo, que, cautivando vuestra atención, os fuerce a apartar de mí vuestros ojos, para ponerlos en su grande majestad y en su sublime alteza.

Hay un libro, tesoro de un pueblo que es hoy fábula y ludibrio de la tierra, y que fue en tiempos pasados estrella del Oriente, adonde han ido a beber su divina inspiración todos los grandes poetas de las regiones occidentales del mundo y en el cual han aprendido el secreto de levantar los corazones y de arrebatar las almas con sobrehumanas y misteriosas armonías. Ese libro es la Biblia, el libro por excelencia.

En él aprendió Petrarca a modular sus gemidos; en él vio Dante sus terríficas visiones; de aquella fragua encendida sacó el poeta de Sorrento los espléndidos resplandores de sus cantos. Sin él, Milton no hubiera sorprendido a la mujer en su primera flaqueza, al hombre en su primera culpa, a Luzbel en su primera conquista, a Dios en su primer ceño; ni hubiera podido decir a las gentes la tragedia del paraíso, ni cantar con canto de dolor la mala ventura y triste hado del humano linaje. Y para hablar de nuestra España, ¿quién enseñó al maestro fray Luis de León a ser sencillamente sublime? ¿De quién aprendió Herrera su entonación alta, imperiosa y robusta? ¿Quién inspiraba a Rioja aquellas lúgubres lamentaciones, llenas de pompa y majestad y henchidas de tristeza, que dejaba caer sobre los campos marchitos, y sobre los mustios collados, y sobre las ruinas de los imperios, como un paño de luto? ¿En cuál escuela aprendió Calderón a remontarse a las eternas moradas sobre las plumas de los vientos? ¿Quién puso delante de los ojos de nuestros grandes escritores místicos los oscuros abismos del corazón humano? ¿Quién puso en sus labios aquellas santas armonías, y aquella vigorosa elocuencia, y aquellas tremendas imprecaciones, y aquellas fatídicas amenazas, y aquellos arranques sublimes, y aquellos suavísimos acentos de encendida caridad y de castísimo amor, con que unas veces ponían espanto en la conciencia de los pecadores y otras levantaban hasta el arrobamiento las limpias almas de los justos? Suprimid la Biblia con la imaginación, y habréis suprimido la bella, la grande literatura española, o la habréis despojado al menos de sus destellos más sublimes, de sus más espléndidos atavíos, de sus soberbias pompas y de sus santas magnificencias.

¿Y qué mucho, señores, que las literaturas se deslustren, si con la supresión de la Biblia quedarían todos los pueblos asentados en tinieblas y en sombras de muerte? Porque en la Biblia están escritos los anales del cielo, de la tierra y del género humano; en ella, como en la divinidad misma, se contiene lo que fue, lo que es y lo que será; en su primera página se cuenta el principio de los tiempos y el de las cosas, y en su última página el fin de las cosas y de los tiempos. Comienza con el Génesis, que es un idilio, y acaba con el Apocalipsis de San Juan, que es un himno fúnebre. El Génesis es bello como la primera brisa que refrescó a los mundos, como la primera aurora que se levantó en el cielo, como la primera flor que brotó en los campos, como la primera palabra amorosa que pronunciaron los hombres, como el primer sol que apareció en el Oriente. El Apocalipsis de San Juan es triste como la última palpitación de la naturaleza, como el último rayo de luz, como la última mirada de un moribundo. Y entre este himno fúnebre y aquel idilio vense pasar unas en pos de otras a la vista de Dios todas las generaciones y unos en pos de otros todos los pueblos: las tribus van con sus patriarcas; las repúblicas, con sus magistrados; las monarquías, con sus reyes, y los imperios, con sus emperadores. Babilonia pasa con su abominación, Nínive con su pompa, Menfis con su sacerdocio, Jerusalén con sus profetas y su templo, Atenas con sus artes y con sus héroes, Roma con su diadema y con los despojos del mundo. Nada está firme sino Dios; todo lo demás pasa y muere, como pasa y muere la espuma que va deshaciendo la ola.

Allí se cuentan o se predicen todas las catástrofes, y por eso están allí los modelos inmortales de todas las tragedias; allí se hace el recuento de todos los dolores humanos; por eso las arpas bíblicas resuenan lúgubremente, dando los tonos de todas las lamentaciones y de todas las elegías. ¿Quién volverá a gemir como Job cuando, derribado en el suelo por una mano excelsa que le oprime, hinche con sus gemidos y humedece con sus lágrimas los valles de Idumea? ¿Quién volverá a lamentarse como se lamentaba Jeremías en torno de Jerusalén, abandonada de Dios y de las gentes? ¿Quién será lúgubre y sombrío como era sombrío y lúgubre Ezequiel, el poeta de los grandes infortunios y de los tremendos castigos, cuando daba a los vientos su arrebatada inspiración, espanto de Babilonia? Cuéntanse allí las batallas del Señor, en cuya presencia son vanos simulacros las batallas de los hombres; por eso la Biblia, que contiene los modelos de todas las tragedias, de todas las elegías y de todas las lamentaciones, contiene también el modelo inimitable de todos los cantos de victoria. ¿Quién cantará como Moisés del otro lado del mar Rojo, cuando cantaba la victoria de Jehová, el vencimiento de Faraón y la libertad de su pueblo? ¿Quién volverá a cantar un himno de victoria como el que cantaba Débora, la sibila de Israel, la amazona de los hebreos, la mujer fuerte de la Biblia? Y si de los himnos de victoria pasamos a los himnos de alabanza, ¿en cuál templo resonaron jamás como en el de Israel, cuando subían al cielo aquellas voces suaves, armoniosas, concertadas, con el delicado perfume de las rosas de Jericó y con el aroma del incienso del Oriente? Si buscáis modelos de la poesía lírica, ¿qué lira habrá comparable con el arpa de David, el amigo de Dios, el que ponía el oído a las suavísimas consonancias y a los dulcísimos cantos de las arpas angélicas; o con el arpa de Salomón, el rey sabio y felicísimo, que puso la sabiduría en sentencias y en proverbios y acabó por llamar vanidad a la sabiduría; que cantó el amor y sus regalados dejos, y su dulcísima embriaguez, y sus sabrosos transportes, y sus elocuentes delirios? Si buscáis modelos de la poesía bucólica, ¿en dónde los hallaréis tan frescos y tan puros como en la época bíblica del patriarcado, cuando la mujer, la fuente y la flor eran amigas, porque todas juntas y cada una de por sí eran el símbolo de la primitiva sencillez y de la cándida inocencia? ¿Dónde hallaréis sino allí los sentimientos limpios y castos, y el encendido pudor de los esposos, y la misteriosa fragancia de, las familias patriarcales?<

Y ved, señores, por qué todos los grandes poetas, todos los que han sentido sus pechos devorados por la llama inspiradora de un Dios, han corrido a aplacar su sed en las fuentes bíblicas de aguas inextinguibles, que ahora forman impetuosos torrentes, ahora ríos anchurosos y hondables, ya estrepitosas cascadas y bulliciosos arroyos, o tranquilos estanques y apacibles remansos.

Libro prodigioso aquél, señores, en que el género humano comenzó a leer treinta y tres siglos ha, y con leer en él todos los días, todas las noches y todas las horas, aún no ha acabado su lectura. Libro prodigioso aquél, en que se calcula todo antes de haberse inventado la ciencia de los cálculos; en que sin estudios lingüísticos se da noticia del origen de las lenguas; en que sin estudios astronómicos se computan las revoluciones de los astros; en que sin documentos históricos se cuenta la Historia; en que sin estudios físicos se revelan las leyes del mundo. Libro prodigioso aquél, que lo ve todo y que lo sabe todo; que sabe los pensamientos que se levantan en el corazón del hombre y los que están presentes en la mente de Dios; que ve lo que pasa en los abismos del mar y lo que sucede en los abismos de la tierra; que cuenta o predice todas las catástrofes de las gentes, y en donde se encierran y atesoran todos los tesoros de la misericordia, todos los tesoros de la justicia y todos los tesoros de la venganza. Libro en fin, señores, que, cuando los cielos se replieguen sobre sí mismos como un abanico gigantesco, y cuando la tierra padezca desmayos, y el sol recoja su luz y se apaguen las estrellas, permanecerá él solo con Dios, porque es su eterna palabra resonando eternamente en las alturas.

Ya veis, señores, cuán libre y extendido campo se abre aquí a las investigaciones de los hombres. Obligado, empero, por la índole exclusivamente literaria de esta ilustre asamblea, a considerar a la Biblia solamente como un libro que contiene la poesía de una nación digna de perdurable memoria, me limitaré a indicar algo de lo mucho que podría indicarse y decirse acerca de las causas que sirven para explicar su poderoso atractivo y su resplandeciente hermosura.

Tres sentimientos hay en el hombre poéticos por excelencia: el amor a Dios, el amor a la mujer y el amor a la patria; el sentimiento religioso, el humano y el político; por eso, allí donde es oscura la noticia de Dios, donde se cubre con un velo el rostro de la mujer y donde son cautivas o siervas las naciones, la poesía es a manera de llama que, falta de alimentos, se consume y desfallece. Por el contrario, allí donde Dios brilla en su trono con toda la majestad de su gloria, allí donde impera la mujer con el irresistible poder de sus encantos, allí donde el pueblo es libre, la poesía tiene púdicas rosas para la mujer, gloriosas palmas para las naciones, alas espléndidas para encumbrarse a las regiones altísimas del cielo.

De todos los pueblos que caen al otro lado de la Cruz, el hebreo es el único que tuvo una noticia cierta de Dios; el solo que adivinó la dignidad de la mujer y el único que puso siempre a salvo su libertad en los grandes azares de su existencia borrascosa. Y si no, volved los ojos al Oriente, al Occidente, al Septentrión y al Mediodía, y no encontraréis ni a la mujer, ni a Dios, ni al pueblo, en cuanto baña el sol, y en cuanto se extiende el mar, y en cuanto se dilatan los términos de la tierra. Desde el punto de vista religioso, todas las naciones eran idólatras, maniqueas o panteístas. La noticia de un Dios consustancial con el mundo, esparcida entre todas las gentes en las primitivas edades, tuvo su origen en las regiones indostánicas. La existencia de un Dios, principio de todo bien, y de otro, principio de todo mal, haciéndole oposición y contraste, fue invención de los sacerdotes persas; y las repúblicas griegas fueron el ejemplar de las naciones idólatras. El Dios del Indostán estaba condenado a un eterno reposo; el de los persas, a una impotencia absoluta, y los dioses griegos eran hombres.

Por lo que hace a la mujer, estaba condenada en todas las zonas del mundo al ostracismo político y civil y a la servidumbre doméstica. ¿Quién reconocería en esa esclava, con la frente inclinada bajo el peso de una maldición tremenda y misteriosa, a la más bella, a la más suave, a la más delicada criatura de la creación, en cuyo divino rostro se retrata Dios, se reflejan los cielos y se miran los ángeles?

Por último, señores, si buscáis un pueblo libre, un pueblo que tenga noticia de la dignidad humana, no encontraréis ninguno en todos los ámbitos de la tierra que se eleve a tan grande majestad y que se levante a tanta altura. En vano le buscaréis en aquellos imperios portentosos del Asia, que, cayendo con estrépito unos sobre otros, vinieron todos al suelo con espantosa ruina. En vano le buscaréis en la tierra de los Faraones, donde se levantan aquellos gigantescos sepulcros, cuyos cimientos se amasaron con el sudor y con la sangre de naciones vencidas y sujetas, y que publican con elocuencia muda y aterradora que aquellas vastas soledades fueron asiento un día de generaciones esclavas. Y si, apartando los ojos de las regiones orientales, los volvéis a las partes de Occidente, ¿qué veis en las repúblicas griegas sino aristocracias orgullosas y tiránicas oligarquías? ¿Qué otra cosa viene a ser Esparta, silla del Imperio de la raza dórica, sino una ciudad oriental, dominada por sus conquistadores? ¿Y qué viene a ser Atenas, la heroica, la democrática, la culta, patria de los dioses y de los héroes, sino una ciudad habitada por un pueblo esclavo y por una aristocracia fiera, y desvanecida, que no se llamó a sí propia pueblo sino porque el pueblo no era nada?

Vengamos ahora a la nación hebrea, y antes de todo hablemos de su Dios, porque su nombre está escrito con caracteres imperecederos en todas las páginas de su historia. Su nombre es Jehová; su naturaleza, espiritual; su inteligencia, infinita; su libertad, completa; su independencia, absoluta; su voluntad, omnipotente. La creación fue un acto de esa voluntad independiente y soberana. Cuanto creó con su poder se mantiene con su providencia. Jehová mantiene a los astros en sus órbitas, a la tierra en su eje, al mar en su cauce. Las gentes se olvidaron de su nombre, y él retiró su mano de las gentes, y la inteligencia humana se vio envuelta de súbito en una eterna noche; y entonces eligió un pueblo entre todos y le llamó hacia sí, y le abrió el entendimiento para que entendiera; y entendió, y le adoró puesto de hinojos, y caminó por sus vías, y obedeció sus mandamientos, y se puso debajo de su mano, llena de venganzas y de misericordias, y ejecutó el encargo de ser el instrumento de sus inescrutables designios, y fue la luz de la tierra.

Único entre todos los pueblos, escogido y gobernado por Dios, el pueblo hebreo es también el único cuya historia es un himno sin fin en alabanza del Dios que le conduce y le gobierna. Apartado de todas las sociedades humanas, está solo, solo con Jehová, que le habla con la voz de sus profetas y con la de sus sacerdotes, y a quien responde con cánticos de adoración, que están resonando siempre en las cuerdas de su lira.

Los cánticos hebreos recibieron de la unidad majestuosa de su Dios su limpia sencillez, su noble majestad y su incomparable belleza. ¿Qué viene a ser la sencillez de los griegos, milagro del artificio, cuando se ponen los ojos en la sencillez hebraica, en la sencillez del pueblo predestinado, que vio en el cielo un solo Dios, en la humanidad un solo hombre y en la tierra un solo templo? ¿Cómo no había de ser maravillosamente sencillo un pueblo para quien toda la sabiduría estaba en una sola palabra, que la tierra pronunciaba con la voz de sus huracanes, el mar con la ronca voz de sus magníficos estruendos, las aves con la voz de su canto, los vientos con la voz de sus gemidos?

Lo que caracteriza al pueblo hebreo, lo que le distingue de todos los pueblos de la tierra, es la negación de sí mismo, su aniquilamiento delante de su Dios. Para el pueblo hebreo, todo lo que tiene movimiento y vida es rastro y huella de su majestad omnipotente, que resplandece así en el cedro de las montañas como en el lirio de los valles. Cada una de las palabras de Jehová constituye una época de su historia. Dios, le señala con el dedo la tierra de promisión y le promete que de su raza vendría aquel que anunció en el paraíso en los tiempos adámicos por Redentor del mundo y por Rey y Señor natural de las naciones. Ésta es la época de la promesa, que corresponde a la de los patriarcas. Apartado de los caminos del Señor, levanta ídolos en el desierto, cae en horrendas supersticiones e idolatrías, y el Señor le anuncia disturbios, guerras, cautiverios, torbellinos grandes y tempestuosos, la ruina del templo, el allanamiento de los muros de la ciudad santa y su propia dispersión por todos los ámbitos de la tierra. Ésta es la época de la amenaza. Por último, llega la hora en la plenitud de los tiempos, y aparece en el horizonte la estrella de Jacob, y se consuma el sacrificio cruento del Calvario, y el templo cae, y Jerusalén se desploma, y el pueblo judío se dispersa por el mundo. Ésta es la época del castigo.

Ya lo veis, señores; la historia del pueblo hebreo no es otra cosa, si bien se mira, sino un drama religioso, compuesto de una promesa, de una amenaza y de una catástrofe. La promesa la oyó Abrahán, y la oyeron todos los patriarcas; la amenaza la oyó Moisés, y la oyeron los profetas; la catástrofe todos la presenciamos. Vivos están los autores de esta tragedia aterradora. Vivo está el Dios de Israel, que tan grandes cosas obró para enseñanza perpetua de las gentes; vivo está el pueblo desventurado que puso una mano airada y ciega en el rostro de su Dios, y que, peregrino en el mundo, va contando a las naciones sus pasadas glorias y sus presentes desventuras.

Si es una cosa puesta fuera de toda duda que la explicación de su historia está en la palabra divina, no es menos evidente que hay una correspondencia admirable entre las vicisitudes de su poesía y las evoluciones de su historia. La primera palabra de su Dios es una promesa: su primer período histórico, el patriarcado; y los primeros cantos de su musa dicen al pueblo la promesa de su Dios y a Jehová las esperanzas de su pueblo. El encargo religioso y social de la poesía hebraica, en aquellos tiempos primitivos, era ajustar paces y alianzas entre la Divinidad y el hombre, siendo los mensajeros de estas paces, por parte del hombre, su profunda adoración; por parte de la Divinidad, su infinita misericordia. Nada es comparable al encanto de la poesía bíblica que corresponde a este período.

El patriarca es el tipo de la sencillez y de la inocencia. Más bien que el varón incorruptible y justo, es el niño sin mancilla de pecado; por eso oye a menudo aquella habla suavísima y deleitosa con que Dios le llama hacia sí; por eso recibe visitas de los ángeles. Más bien que el hombre recto, que anda gozoso por las vías del Señor, es el habitante del cielo que anda triste por el mundo, porque ha perdido su camino y se acuerda de su patria. Su único padre es su Dios, los ángeles son sus hermanos. Los patriarcas eran entonces, como los apóstoles han sido después, la sal de la tierra. En vano buscaréis por el mundo, en aquellos remotísimos tiempos, al hombre pobre de espíritu, rico de fe, manso y sencillo de corazón, modesto en las prosperidades, resignado en las tribulaciones, de vida inocente y de honestas y pacíficas costumbres. El tesoro de esas virtudes apacibles resplandeció solamente en las solitarias tiendas de los patriarcas bíblicos.

Huésped en la tierra de Faraón, el pueblo hebreo se olvidó de su Dios en los tiempos adelante y amancilló sus santas costumbres con las abominaciones egipcíacas; diose entonces a supersticiones y agüeros en aquella tierra agorera y supersticiosa, y trocó a un tiempo mismo su Dios por los ídolos y su libertad por la servidumbre. Arrancole de ella violentamente la mano de un hombre gobernado por una fuerza sobrehumana, el más grande de los profetas de Israel y el más grande entre los hijos de los hombres.

Cuéntase de muchos que han ganado el señorío de las gentes y asentado su dominación en las naciones por la fuerza del hierro; de ninguno se cuenta, sino de Moisés, que haya fundado un señorío incontrastable con sólo la fuerza de la palabra. Ciro, Alejandro, Mahoma, llevaron por el mundo la desolación y la muerte, y no fueron grandes sino porque fueron homicidas. Moisés aparta su rostro lleno de horror de las batallas sangrientas, y entra en el seno de Abrahán, vestido de blancas vestiduras y bañado de pacíficos resplandores. Los fundadores de imperios y principados, de que están llenas las historias, abrieron las zanjas y echaron los cimientos de su poder ayudados de fuertísimos ejércitos y de fantásticas muchedumbres. Moisés está solo en los desiertos de la Arabia, rodeado de un gigantesco motín por seiscientos mil rebeldes, y con esos seiscientos mil rebeldes, derribados en tierra por su voluntad soberana, se compone un grande imperio y un vastísimo principado. Todos los filósofos y todos los legisladores han sido hijos, por su inteligencia, de otros legisladores y de más antiguos filósofos. Licurgo es el representante de la civilización dórica; Solón, el representante de la cultura intelectual de los pueblos jonios; Numa Pompilio representa la civilización etrusca; Platón desciende de Pitágoras; Pitágoras, de los sacerdotes del Oriente. Sólo Moisés está sin antecesores.

Los babilonios, los asirios, los egipcios y los griegos estaban oprimidos por reyes, y él funda una república. Los templos levantados en la tierra estaban llenos de ídolos; él da la traza de un magnífico santuario, que es el palacio silencioso y desierto de un Dios tremendo e invisible. Los hombres estaban sujetos unos a otros; Moisés declara que su pueblo sólo está sujeto a su Dios. Su Dios gobierna las familias por el ministerio de la paternidad; las tribus, por el ministerio de los ancianos; las cosas sagradas, por el ministerio de los sacerdotes; los ejércitos, por el ministerio de sus capitanes, y la república toda, por su omnipotente palabra, que los ángeles del cielo ponen en el oído de Moisés en las humeantes cimas de los montes, que, turbándose con la presencia del que los puso allí, tiemblan en sus anchísimos fundamentos y se coronan de rayos.

Con los patriarcas tuvo fin la época de la promesa, y en Moisés tiene principio la época de la amenaza. Con la palabra de Dios cambia de súbito el semblante de su pueblo, y la poesía hebrea se conforma de suyo a ese nuevo semblante y a aquella nueva palabra. Dios se ha convertido, de Padre que era, en Señor; el pueblo, de hijo que era, en esclavo; Dios le quita la libertad en castigo de sus prevaricaciones y en premio de su rescate. «Yo soy vuestro Dios, y vosotros sois mi pueblo», había dicho Jehová a los santos patriarcas. «Yo soy tu Señor y tu propietario, el que te libró de la servidumbre de los Faraones»; esto dice Jehová, por la boca de Moisés a su pueblo prevaricador y rebelde; Dios deja de hablar dulce y secretamente a los hombres; los ángeles no visitan ya sus tiendas hospitalarias; la blanca y pura flor de la inocencia no abre su casto cáliz en los campos de Israel, que resuenan lúgubremente con amenazas fatídicas y con sordas imprecaciones. Todo es allí sombrío: el desierto con su inmensa soledad, el monte con sus pavorosos misterios, el cielo con sus aterradores prodigios. La musa de Israel amenaza como Dios y gime como el pueblo. Su pecho, que hierve como un volcán, está henchido hoy de bendiciones, mañana de anatemas; sus cantos imitan hoy la apacible serenidad de un cielo sin nubes, mañana el sordo estruendo de un mar en tumulto; hoy compone su rostro con la majestad épica, mañana se descomponen sus facciones con el terror dramático; poco después parece una bacante en su desorden lírico; ya se ciñe de palmas y canta la victoria, ya se inunda de llanto y deja que se escapen de su pecho tristes y dolorosas elegías.

Moisés, que es el más grande de todos los filósofos, el más grande de todos los fundadores de imperios, es también el más grande de todos los poetas. Homero canta las genealogías griegas, Moisés las genealogías del género humano; Homero cuenta las peregrinaciones de un hombre, Moisés las peregrinaciones de un pueblo; Homero nos hace asistir al choque violento de la Europa y del Asia, Moisés nos pone delante las maravillas de la creación; Homero canta a Aquiles, Moisés a Jehová; Homero desfigura a los hombres y a los dioses, sus hombres son divinos y sus dioses humanos; Moisés nos muestra sin velo el rostro de Dios y el rostro del hombre. El águila homérica no subió, más alta que las cumbres del Olimpo ni voló más allá de los griegos horizontes. El águila del Sinaí subió hasta el trono resplandeciente de Dios y tuvo debajo de sus alas todo el orbe de la tierra. En la epopeya homérica, todo es griego: griego es el poeta, griegos son los dioses, griegos los héroes. En la epopeya bíblica, todo es local y general a un tiempo mismo. El Dios de Israel es el Dios de todas las gentes; el pueblo de Israel es sombra y figura de todos los pueblos, y el poeta de Israel es sombra y figura de todos los hombres. Entre la epopeya homérica y la bíblica, entre Homero y Moisés, hay la misma distancia que entre Júpiter y Jehová, entre el Olimpo y el cielo, entre la Grecia y el mundo.

Ya lo veis, señores; para los que como nosotros comprenden la inconmensurable distancia que hay entre la divinidad gentílica y la hebrea y entre el sentimiento religioso del pueblo de Dios y el de los pueblos gentiles, la causa de la índole diversa de sus grandes monumentos poéticos no puede ser una cosa recóndita y oculta, éralo en tiempos pasados, cuando todas las gentes andaban en tinieblas y cuando la naturaleza del hombre y la de Dios eran secretos escondidos a todos los sabios. Pero como quiera que no podéis tener por ocioso y por fuera de sazón que mayores torrentes de luz esparzan la claridad de sus rayos sobre tan ardua y tan importante materia, bueno será que haya una estación aquí para llamar vuestra atención hacia la distancia que hay entre la mujer hebrea y la gentílica y hacia los diversos encargos que las dieron esas gentes en los domésticos hogares.

Y no extrañéis, señores, que inmediatamente después de haberos hablado de Dios os hable de la mujer. Cuando Dios, enamorado del hombre, su más perfecta criatura, determinó hacerle el primer don, le dio en su amor infinito a la mujer, para que esparciera flores por sus sendas y luz por sus horizontes. El hombre fue el Señor, y la mujer el ángel del paraíso.

Cuando la mujer cometió la primera de sus flaquezas, Dios permitió que el hombre cometiera el primero de sus pecados, para que vivieran juntos; juntos salieron de aquellas moradas espléndidas, con el pie lleno de temblor, el corazón de tristeza, y con los ojos oscurecidos con lágrimas. Juntos han ido atravesando las edades, su mano puesta en su mano, ahora resistiendo grandes torbellinos y tempestades procelosas, ahora dejándose llevar mansa y regaladamente por pacíficos temporales, surcando el mar de la vida con grande bonanza y con sosegada fortuna. Al herir Dios con la vara de su justicia al hombre prevaricador, cerrándole las puertas del delicioso jardín que para él había dispuesto con sus propias manos, tocado de misericordia quiso dejarle algo que le recordara el suave perfume de aquellas moradas angélicas; y le dejó a la mujer, para que al poner en ella sus ojos, pensara en el paraíso.

Antes que saliera del edén, Dios prometió a la mujer que de sus entrañas nacería, andando el tiempo, el que había de quebrantar la cabeza de la serpiente: De esta manera, el Padre de todas las justicias y de todas las misericordias juntó el castigo con la promesa y el dolor con la esperanza. Conservose completa esta tradición primitiva, según la cual la mujer era dos veces santa, con la santidad de la promesa y con la santidad del infortunio, entre los descendientes de Set, que merecieron ser llamados hijos de Dios; alterose, empero, notablemente entre los descendientes de Caín, que, por su mala vida y estragadas costumbres, fueron llamados hijos de los hombres; los primeros respetaron a la mujer, uniéndose con ella en la tierra con el vínculo santo, uno e indisoluble que el mismo Dios había formado en el cielo; los segundos la envilecieron y degradaron, instituyendo la poligamia, mancha del lecho nupcial; siendo Lamec, el primero de quien se cuenta que tomó por suyas dos mujeres. Con estos malos principios fueron los hombres a dar en grandes estragos, hasta que, generalizada la corrupción, se hizo necesaria la intervención divina y la subsiguiente desaparición de los hombres de sobre la faz de la tierra, cubierta toda con las aguas purificadoras del diluvio.

Aplacado el rostro de Dios, volvió a poblarse la tierra, conservando, empero, para perpetua enseñanza de los hombres, claros testimonios de sus iras; dispersáronse los hombres por todas sus zonas, y se levantaron por todas partes grandes imperios, compuestos de diversas gentes y naciones. Hubo entonces, como en los tiempos antediluvianos, quienes fueron llamados hijos de Dios, y otros, que se llamaron hijos, de los hombres; fueron los primeros los descendientes de Abrahán, de Isaac y de Jacob, que llevan en la Historia el nombre de hebreos; fueron los segundos los otros pueblos de la tierra, que llevan en la Historia el nombre de gentiles.

Desfigurada entre los últimos la tradición de la mujer, no llegó hasta ellos sino una vaga noticia de su primera culpa, y no vieron en ella otra cosa sino la causa de todos los males que afligen al género humano; borrada, por otra parte, casi de todo punto la tradición del matrimonio instituido en el cielo, los pueblos gentiles ignoraban que la mujer había nacido para ser la compañera del hombre, y la convirtieron en instrumento vil de sus placeres y en víctima inocente de sus furores. Por eso instituyeron, como sus ascendientes antediluvianos, la poligamia, que es el sepulcro del amor; y por eso la dieron, cuando así cumplía a sus antojos livianos, libelo de repudio, instituyendo el divorcio, que es la disolución de la sociedad doméstica, fundamento perpetuo de todas las asociaciones humanas. Por eso la hicieron esclava de su esposo, para que estuviera sin derechos y para que permaneciera perpetuamente en su poder, como una víctima a quien la sociedad pone en manos del sacrificador o debajo de la mano de su verdugo.

Esto sirve para explicar por qué el amor, que es para nosotros el más delicioso de todos los placeres y el más puro de todos los consuelos, era considerado por los gentiles como un castigo de los dioses. El amor entre el hombre y la mujer tenía algo de contrario a la naturaleza de las cosas, que repugna como un sacrilegio toda especie de unión entre seres entregados por la cólera divina a enemistades perpetuas. Cuando en los poemas griegos aparece el amor, luego al punto pasa por delante de nuestros ojos un fatídico nublado, síntoma cierto de que están cerca los crímenes y las catástrofes. El amor de Elena la adúltera pierde a Troya y al Asia; el amor de una esclava, siendo causa del odio insolente y desdeñoso de Aquiles, pone a punto de sucumbir a los griegos y a la Europa. Hasta la virtud en la mujer era presagio de tremendas desventuras: la honestidad de las mujeres latinas puso el hierro en las manos romanas y por dos veces produjo la completa perturbación del Estado. Las catástrofes domésticas iban juntas con las catástrofes políticas. El amor toca con su envenenada flecha el corazón de Dido, y arde en llamas impuras, y se consume en los incendios de una combustión espontánea. Fedra es visitada por el dios, y se siente desfallecer, como si hubiera sido herida por el rayo, y discurre por sus venas una llama torpe y un corrosivo vitriolo. Vosotros los que os agradáis en las emociones de los trágicos griegos, no os dejéis llevar de sus peligrosos encantos, que son encantos de sirenas. Esos amantes que allí veis, están en manos de las Euménides; huid de ellos, que están señalados con la señal de la cólera de los dioses y están tocados de la peste.

La mujer hebrea era, por el contrario, una criatura benéfica y nobilísima. Poseedores los hebreos de la tradición bíblica y sabedores del fin para que la mujer fue criada, la levantaron hasta sí, amándola como a compañera suya, y aun la pusieron a mayor altura que el hombre, por ser la mujer el templo en donde había de habitar el Redentor de todo el género humano. No fue, a la verdad, el matrimonio entre la gente hebrea un sacramento, como lo había sido antes en el paraíso, y como había de serlo en adelante, cuando el anunciado al mundo viniese en la plenitud de los tiempos; fue, sin embargo, una institución grandemente religiosa y sagrada, al revés de lo que era en las naciones gentílicas. Las bodas se celebraban al compás de las oraciones que pronunciaban los deudos de los esposos para atraer sobre la nueva familia las bendiciones del cielo; con estas solemnidades y estos ritos se celebraron las bodas de Rebeca con Isaac, de Rut con Booz y de Sara con Tobías. El gran legislador del pueblo hebreo había permitido la poligamia y el divorcio, desórdenes difíciles de ser arrancados de cuajo, cuando tan hondas raíces habían echado en el mundo, y sobre todo en sus zonas orientales. Esto no obstante, ni el divorcio ni la poligamia fueron tan comunes entre la gente hebrea como entre los pueblos gentiles, ni produjeron allí la disolución de la sociedad doméstica, neutralizadas como estaban aquellas instituciones con saludables y santas doctrinas; por lo que hace a la esclavitud de la mujer, fue cosa desconocida en el pueblo de Dios, como quiera que la esclavitud no se compadece con aquella alta prerrogativa de ser Madre del Redentor, otorgada a la mujer desde los tiempos adámicos.

Las tradiciones bíblicas, que fueron causa de la libertad de la mujer, fueron al mismo tiempo ocasión de la libertad de los hijos; los de los gentiles caían en el poder de sus padres, los cuales tenían sobre ellos el mismo derecho que sobre sus cosas; los de los hebreos eran hijos de Dios, y uno de ellos había de ser el Salvador de los hombres. De aquí el santo respeto y ternísimo amor de los hebreos a sus hijos, igual al que tenían a sus mujeres; de aquí el exquisito cuidado de las matronas en amamantar a sus propios pechos a los que habían llevado en sus entrañas, siendo tan universal esta costumbre, que sólo se sabe de Joás, rey de Judá; de Mifiboset y de Rebeca que no hayan sido amamantados a los pechos de sus madres. De aquí las bendiciones que descendían de lo alto sobre los progenitores de una numerosa familia y sobre las madres fecundas. Sus nietos son la corona de los ancianos, dice la Sagrada Escritura. Dios había prometido a Abrahán una posteridad numerosa, y esa promesa era considerada por los hebreos como una de las más insignes mercedes; de aquí la esmerada solicitud de sus legisladores por los crecimientos de la población, cosa advertida ya por Tácito, que, hablando del pueblo hebreo, observa lo siguiente: Augendae tamen multitudini consulitur: nam et necare quemquam ex agnatis nefas.

Si ponéis ahora la consideración en la distancia que hay entre la familia gentílica y la hebrea, echaréis luego de ver que están separadas entre sí por un abismo profundo: la familia gentílica se compone de un señor y de sus esclavos; la hebrea, del padre, de la mujer y de sus hijos; entran como elementos constitutivos de la primera deberes y derechos absolutos; entran a construir la segunda deberes y derechos limitados. La familia gentílica descansa en la servidumbre; la hebrea se funda en la libertad. La primera es el resultado de un olvido; la segunda, de un recuerdo; el olvido y el recuerdo de las divinas tradiciones, prueba clara de que el hombre no ignora sino porque olvida, y no sabe sino porque aprende.

Ahora se comprenderá fácilmente por qué la mujer hebrea pierde en los poemas bíblicos todo lo que tuvo entre los gentiles de sombrío y de siniestro, y por qué el amor hebreo, a diferencia del gentil, que fue incendio de los corazones, es bálsamo de las almas. Abrid los libros de los profetas bíblicos, y en todos aquellos cuadros, o risueños o pavorosos, con que daban a entender a las sobresaltadas muchedumbres o que iba deshaciéndose el nublado o que la ira de Dios estaba cerca, hallaréis siempre en primer término a las vírgenes de Israel siempre bellas y vestidas de resplandores apacibles, ahora levanten sus corazones al Señor en melodiosos himnos y en angélicos cantares, ahora inclinen bajo el peso del dolor las cándidas azucenas de sus frentes.

Si reunidas en coros en las plazas públicas o en el templo del Señor cantaban o se movían en concertadas cadencias al compás de sonoros instrumentos, las castas y nobles hijas de Sión parecían bajadas del cielo para consuelo de la tierra o enviadas por Dios para regalo de los hombres. Cuando los míseros hebreos, atados al carro del vencedor, pisaron la tierra de su servidumbre, pesoles más de la pérdida de su vista que de la de su libertad; sin ellas érales el sol odioso, el día oscuro, el canto triste; y luego que por falta de lágrimas suspendieron su llanto y por falta de fuerzas sus gemidos, cerraron sus ojos a la luz y colgaron sus inútiles arpas en los sauces tristes de Babilonia.

Ni se contentaron los hebreos con fiar a la mujer el blando cetro de los hogares, sino que pusieron muchas veces en su mano fortísima y victoriosa el pendón de las batallas y el gobierno del Estado. La ilustre Débora gobernó la república en calidad de juez supremo de la nación; como general de los ejércitos, peleó y ganó batallas sangrientas; como poeta, celebró los triunfos de Israel y entonó himnos de victoria, manejando a un tiempo mismo con igual soltura y maestría la lira, el cetro y la espada.

En tiempo de los reyes, la viuda de Alejandro Janneo tuvo el cetro diez años; la madre del rey Asa le gobernó en nombre de su hijo, y la mujer de Hircano Macabeo fue designada por este príncipe para gobernar el Estado después de sus días. Hasta el espíritu de Dios, que se comunicaba a pocos, descendió también sobre la mujer, abriéndola los ojos y el entendimiento para que pudiese ver y entender las cosas futuras. Hulda fue alumbrada con espíritu de profecía, y los reyes se acercaban a ella sobresaltados de un gran temor, contritos y recelosos, para saber de sus labios lo que en el libro de la Providencia estaba escrito de su imperio. La mujer, entre los hebreos, ahora gobernase la familia, ahora dirigiera el Estado, ahora hablara en nombre de Dios, ahora, por último, avasallara los corazones, cautivos de sus encantos, era un ser benéfico, que ya participaba tanto de la naturaleza angélica como de la naturaleza humana. Leed si no el Cantar de los Cantares, y decidme si aquel amor suavísimo y delicado, si aquella esposa vestida de olorosas y cándidas azucenas, si aquella música acordada, si aquellos deliquios inocentes, y aquellos subidos arrobamientos, y aquellos deleitosos jardines no son, más bien que cosas vistas, oídas y sentidas en la tierra, cosas que se nos han representado como en sueños en una visión del paraíso.

Y, sin embargo, señores, para conocer a la mujer por excelencia, para tener noticia del encargo que ha recibido de Dios, para considerarla en toda su belleza inmaculada y altísima, para formarse alguna idea de su influencia santificadora, no basta poner la vista en aquellos bellísimos tipos de la poesía hebraica, que hasta ahora han deslumbrado nuestros ojos y han embargado nuestros sentidos dulcemente. El verdadero tipo, el ejemplar verdadero de la mujer no es Rebeca, ni Débora, ni la Esposa del Cantar de los Cantares llena de fragancias como una taza de perfumes. Es necesario ir más allá y subir más alto; es necesario llegar a la plenitud de los tiempos, al cumplimiento de la primitiva promesa; para sorprender a Dios formando el tipo perfecto de la mujer, es necesario subir hasta el trono resplandeciente de María. María es una criatura aparte, más bella por sí sola que toda la creación; el hombre no es digno de tocar sus blancas vestiduras; la tierra no es digna de servirla de peana, ni de alfombra los paños de brocado; su blancura excede a la nieve que se cuaja en las montañas, su rosicler al rosicler de los cielos, su esplendor al esplendor de las estrellas. María es amada de Dios, adorada de los hombres, servida de los ángeles. El hombre es una criatura nobilisíma, porque es señor de la tierra, ciudadano del cielo, hijo de Dios; pero la mujer se le adelanta, y le deslustra, y le vence, porque María tiene nombres más dulces y atributos más altos. El Padre la llama Hija, y la envía embajadores; el Espíritu Santo la llama Esposa, y la hace sombra con sus alas; el Hijo la llama Madre, y hace su morada de su sacratísimo vientre; los serafines componen su corte, los cielos la llaman Reina, los hombres la llaman Señora; nació sin mancha, salvó al mundo, murió sin dolor, vivió sin pecado.

Ved ahí la mujer, señores, ved ahí la mujer; porque Dios en María las ha santificado a todas: a las vírgenes, porque ella fue virgen; a las esposas, porque ella fue esposa; a las viudas, porque ella fue viuda; a las hijas, porque ella fue hija; a las madres, porque ella fue madre. Grandes y portentosas maravillas ha obrado el cristianismo en el mundo; él ha hecho paces entre el cielo y la tierra, ha destruido la esclavitud; ha proclamado la libertad humana y la fraternidad de los hombres; pero, con todo eso, la más portentosa de todas sus maravillas, la que más hondamente ha influido en la constitución de la sociedad doméstica y de la civil, es la santificación de la mujer, proclamada desde las alturas evangélicas. Y cuenta, señores, que desde que Jesucristo habitó entre nosotros, ni sobre las pecadoras es lícito arrojar los baldones y el insulto, porque hasta sus pecados pueden ser borrados por sus lágrimas. El Salvador de los hombres puso a la Magdalena debajo de su amparo, y cuando hubo llegado el día tremendo en que se anubló el sol y se estremecieron y dislocaron dolorosamente los huesos de la tierra, al pie de su cruz estaban juntas su inocentísima Madre y la arrepentida pecadora, para darnos así a entender que sus amorosos brazos estaban abiertos igualmente a la inocencia y al arrepentimiento.

Ya hemos visto de qué manera el sentimiento religioso y el del amor y la noticia completa o desfigurada de la Divinidad y de la mujer sirven hasta cierto punto para ponernos de manifiesto las diferencias esenciales que se advierten entre la poesía bíblica y la de los pueblos gentiles. Sólo nos falta ahora, para dar fin a este discurso, que va creciendo demasiado, poner a vuestra vista, como de relieve, la inconmensurable distancia que hay entre las constituciones políticas de los pueblos más cultos entre los antiguos y la del pueblo hebreo, depositario de la palabra revelada, y el diverso influjo que esas distintas constituciones ejercieron en la diferente índole de la poesía gentílica y de la hebraica.

Ya he manifestado antes, y confirmo ahora mi primera manifestación, que las fuentes de toda poesía grande y elevada son el amor a Dios, el amor a la mujer y el amor al pueblo, de tal manera que la poesía pierde las alas con que vuela allí donde los poetas no pueden beber la inspiración en esos manantiales fecundos, en esas clarísimas fuentes. Para que existan esos fecundísimos amores, una cosa es necesaria: que sea conocida la Divinidad con toda su pompa, la mujer con todos sus encantos, el pueblo con todas sus libertades y todas sus magnificencias; por esta razón, allí donde se da el nombre de Dios a la criatura, de mujer a una esclava, de pueblo a una aristocracia opresora, puede afirmarse, sin temor de ser desmentido por los hechos, que la poesía, con toda su pompa y majestad, no existe, porque no existen esos fecundísimos amores.

Ahora bien: la noción del pueblo es el resultado de estas dos nociones: la de la asociación y la de la fraternidad. ¿Sabéis lo que es el pueblo? El pueblo es una asociación de hermanos, y ved por qué la noción del pueblo no puede coexistir en el entendimiento con la de la esclavitud. De donde se sigue que el pueblo no ha podido existir ni ha existido sino en las sociedades depositarias de la idea de la fraternidad, revelada por Dios a la gente hebrea, por Jesucristo a todas las gentes. Lo que en las repúblicas griegas se llamó pueblo no fue ni pudo ser un verdadero pueblo, es decir, una asociación de hermanos, sino una verdadera aristocracia, o, lo que es lo mismo, una asociación de señores.

Esto explica por qué entre los griegos la poesía es eminentemente aristocrática. Homero canta a los reyes y a los dioses, nos dice sus genealogías, nos cuenta sus aventuras, nos describe sus guerras, celebra su nacimiento y llora su muerte. Los poetas trágicos presentan a nuestra vista el espectáculo, soberbiamente grandioso de sus amores, de sus crímenes y de sus remordimientos. Los humanos infortunios y las pasiones humanas, para ser elevadas a la dignidad y a la altura de sentimientos trágicos, debían caer sobre las frentes y conturbar los corazones de hombres de regia estirpe y de nobilísima cuna. El fratricidio no era un asunto trágico si los fratricidas no se llamaban Eteocles y Polinice y si la sangre no manchaba los mármoles del trono. El incesto no era digno del coturno si la mujer incestuosa no se llamaba Fedra o Yocasta y si el horrendo crimen no manchaba el tálamo de los reyes. Por donde se ve que entre los griegos no había asuntos trágicos, sino personas trágicas, y que la tragedia no era aquella voz de terror, aquel acerbo gemido que la humanidad deja escaparse de sus labios cuando la turban las pasiones, sino aquella otra voz fatídica y tremenda que resonaba lúgubremente en los regios alcázares cuando los dioses querían dar en espectáculo al mundo las flaquezas de las dinastías y la fragilidad de los imperios.

Si volvemos ahora los ojos al pueblo de Dios, nos causará maravilla la grandeza y la novedad del espectáculo. El pueblo de Dios no trae su origen ni de semidioses ni de reyes; desciende de pastores. Hijos todos los hebreos de Abrahán, de Isaac y de Jacob, todos son hermanos. Rescatados todos de la servidumbre de Egipto, todos son libres; sujetos todos a un solo Dios y a una sola ley, todos son iguales. El pueblo de Dios es el único de la tierra, entre los antiguos, que conservó en toda su pureza la noción de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad de los hombres. Cuando Moisés les dio leyes, no instituyó el gobierno aristocrático, sino el popular, y les concedió derecho de elegir sus propios magistrados, que, en calidad de guardadores de su divino estatuto, tenían el encargo y el deber de mantenerlos a todos, así en la paz como en la guerra, bajo el imperio igual de la justicia. Desconocíanse entre los hebreos los privilegios aristocráticos y las clases nobiliarias, y temeroso su gran legislador de que la desigual distribución de las riquezas no alterase con el tiempo aquella prudente armonía de todas las fuerzas sociales, puestas como en equilibrio y balanza, instituyó el jubileo, que venía a restablecer periódicamente esa justa balanza y ese sabio equilibrio. Dieron a sus magistrados supremos el nombre de jueces, sin duda para significar que su oficio era guardar y hacer guardar la ley que les había dado Dios por su Profeta, sin la legítima intervención de su voluntad particular y de sus livianos antojos. En este estado se mantuvo la república largo tiempo, hasta que el pueblo, amigo siempre de mudanzas y novedades, cambió su propio gobierno, instituyendo la monarquía por un acto solemne de su voluntad soberana. Este cambio, sin embargo, tuvo menos de real que de aparente, como quiera que el rey no fue sino el heredero de la autoridad del juez, limitada por la voluntad de Dios y por la voluntad del pueblo.

Por eso, el pueblo es la persona trágica por excelencia en las tragedias bíblicas. Al pueblo se dirige la promesa y la amenaza; el pueblo es el que acepta y sanciona la ley; el pueblo es el que rompe en tumultos y rebeliones, el que levanta ídolos y los adora, el que quita jueces y pone reyes, el que se entrega a supersticiones y agüeros, el que bendice y maldice a un tiempo mismo a sus profetas, el que ya los levanta sobre todas las magistraturas, ya los destroza con atrocísimos tormentos; el que magnifica al Dios de Israel y recibe con himnos de alabanza a los dioses egipcios y babilonios; el que, puesto en el trance de escoger las iras del Señor y sus misericordias, en el ejercicio de su voluntad soberana renuncia a sus misericordias y va delante de sus iras. En Israel no hay más que el pueblo: el pueblo lo llena todo, al pueblo habla Dios, al pueblo habla Moisés, del pueblo hablan los profetas, al pueblo sirven los sacerdotes, al pueblo sirven los reyes, hasta los salmos de David, cuando no son los gemidos de su alma, son cantos populares.

Las pompas de la monarquía duraron poco, y se desvanecieron como la espuma. Fueron David y Salomón príncipes temerosos de Dios, amigos del pueblo, en la paz magnánimos y en la guerra felicísimos; gobernaron a Israel con imperio templado y justo, y su prosperidad pasaba delante de sus deseos; el último fue visitado por los reyes del Oriente, levantó el templo del Señor sobre piedras preciosas y le enriqueció con maderamientos dorados; la fama de sus magnificencias y de su sabiduría más que humana se extendió por todas las gentes. Pero cuando estos príncipes dichosos bajaron al sepulcro, luego al punto comenzó a despeñarse la majestad del imperio, sin que nunca más tornara a volver en sí; dividiéronse las tribus, y, rota la santa unidad del pueblo de Dios, se formaron de sus fragmentos dos imperios enemigos, dados ambos a torpezas y deleites. Siguiéronse de aquí grandes discordias y guerras, furiosos temporales y horrendas desventuras. Los reyes se hicieron idólatras y adoraron los ídolos; los sacerdotes se entregaron al ocio y al descanso. El pueblo se había olvidado de su Dios, y las muchedumbres tumultuaban en las calles.

En medio de tan procelosas tempestades, y corriendo tiempos tan turbios y aciagos, despertó Dios a sus grandes profetas, para que hicieran resonar en Judá el eco de su palabra y sacaran de su profundo olvido y hondo letargo a los reyes idólatras, a los sacerdotes ociosos y a aquellas bárbaras muchedumbres, dadas a sediciones y tumultos. Jamás en ningún pueblo de la tierra, antiguo ni moderno, hubo una institución tan admirable, tan santa y tan popular como la de los profetas del pueblo de Dios.

Atenas tuvo poetas y oradores; Roma, tribunos y poetas. Los profetas del pueblo de Dios fueron poetas, tribunos y oradores a un tiempo mismo; como los poetas, cantaban las perfecciones divinas; como los tribunos, defendían los intereses populares; como los oradores, proponían lo que juzgaban conforme a las conveniencias del Estado. Un profeta era más que Homero, más que Demóstenes, más que Graco; era Graco, Homero y Demóstenes a un mismo tiempo. El profeta era el hombre que daba de mano a todo regalo de la carne y a todo amor de la vida, y que, mensajero de Dios, tenía el encargo de poner su palabra en el oído del pueblo, en el oído de los sacerdotes y en el oído de los reyes. Por eso los profetas amenazaban, imprecaban, maldecían; por eso dejaban escaparse de sus pechos, poderosas, tremendas, aquellas voces de temor y de espanto que se oían en Jerusalén cuando venía sobre ella con ejército fortísimo y numerosísimo el rey de Babilonia, ministro de las venganzas de Jehová, y de sus iras celestiales.

Los poetas cesáreos miraban siempre, antes de hablar, los semblantes de los príncipes. Los oradores y los tribunos de Atenas y de Roma tenían puestos los ojos, antes de soltar los torrentes de su elocuencia, en los semblantes del pueblo; los profetas de Israel cerraban los ojos para no lisonjear ni los gustos de los pueblos ni los antojos de los reyes, atentos sólo a lo que Dios les decía interiormente en sus almas; por eso hicieron frente a los odios implacables de los príncipes, que, habiendo puesto su sacrílega mano en el templo de Dios, no temían ponerla en el rostro augusto de sus profetas; por eso resistieron con constantísimo semblante a la grande indignación y bramido popular, creciendo su constancia al compás de la persecución y al compás de las olas de aquellas furiosas tempestades, sin que se doblegasen sus almas sublimes al miedo de los tormentos; por eso, en fin, casi todos, o entregaron sus gargantas al cuchillo o buscaron en tierras extrañas un triste sepulcro.

Yo no sé, señores, si hay en la Historia un espectáculo más bello que el de los profetas del pueblo de Dios luchando armados con el solo misterio de la palabra, contra todas las potestades de la tierra. Yo no sé si ha habido en el mundo poetas más altos, oradores más elocuentes, hombres más grandes, más santos y más libres; nada faltó a su gloria: ni la santidad de la vida, ni la santidad de la causa que sustentaron, ni la corona del martirio.

Con los profetas tuvo fin la época de la amenaza; con el Salvador del mundo comienza la época del castigo. Antes de poner término a este discurso hagamos todos aquí una estación; recojamos el espíritu y el aliento, porque el momento es tan terrible como solemne.

Sófocles escribió una de las más bellas tragedias del mundo, que intituló Edipo rey. Esta tragedia ha sido traducida, imitada, reformada por los más bellos ingenios, y a nosotros nos ha cabido la suerte de poseer con ese título una de las tragedias que más honran nuestra literatura clásica.

Pero hay otra tragedia más admirable, más portentosa todavía, que corre sin nombre de autor, y a quien su autor no puso título, sin duda porque no es una tragedia especial, sino más bien la tragedia por excelencia. Son sus actores principales Dios y un pueblo; el escenario es el mundo, y al prodigioso espectáculo de su tremenda catástrofe asisten todas las gentes y todas las naciones. Entre esa gran tragedia y la de Sófocles, a vuelta de algunas diferencias, hay tan maravillosas semejanzas, que me atrevería a intitularla Edipo pueblo.

Edipo adivina los enigmas de la esfinge, y es reputado por el más sabio y el más prudente de los hombres; el pueblo judío adivina el enigma de la humanidad, oculto a todas las gentes, es decir, la unidad de Dios y la unidad del género humano, y es llamado por Jehová antorcha de todos los pueblos. Los dioses dan a Edipo la victoria sobre todos los competidores y le asientan en el trono de Tebas. Jehová lleva como por la mano al pueblo hebreo a la tierra de promisión y le saca vencedor de todos sus enemigos. Los dioses, por la voz de los oráculos délficos, habían anunciado a Edipo, entre otras cosas nefandas, que sería el matador de su padre; Jehová, por la voz de los oráculos bíblicos, había anunciado a los judíos que matarían a su Dios. Un hombre muere a manos de Edipo en una senda solitaria; un hombre muere a manos del pueblo de Dios en el Calvario; este hombre era el Dios de Judá; aquel hombre era el padre de Edipo. Yo no sé lo que hay; pero algo hay, señores, en este similiter cadens de la Historia, que causa un involuntario pero profundísimo estremecimiento.

Ya lo veis, señores: unos mismos son los oráculos y una misma la catástrofe; ahora veréis cómo una misma ceguedad hace inevitable esa catástrofe y hace buenos aquellos tremendos oráculos.

Edipo sabe que mató a aquel hombre en aquella senda; pero su conciencia está tranquila, porque su padre era Polibio; Polibio estaba muy, lejos de allí, y el que murió, a sus manos era desconocido y extranjero. Los judíos saben que mataron al hombre de Nazaret, saben que le pusieron en una cruz en el monte Calvario y que le pusieron entre dos ladrones para más escarnecerle; pero su conciencia está tranquila; su Dios había de venir, pero aún estaba lejos; su Dios había de ser conquistador y Rey, y había de rugir como el león de Judá, mientras que el hombre de la cruz había nacido en pobre lugar, de padres pobres, y no había encontrado una piedra en donde reclinar su frente. «Si eres hijo de Dios, ¿por qué no bajas de la cruz?», dijo el pueblo judío. «Si el que murió a mis manos me había dado el ser, ¿cómo al darle la muerte no saltó el corazón en mi pecho?» « ¿Cómo es que no me habló la voz de la sangre?», esto dijo el rey parricida. Y el pueblo matador de su Dios y el hombre matador de su padre se complacieron en su sagacidad, y escarnecieron a los oráculos y se mofaron de los profetas.

Pero la Divinidad implacable, que calladamente está en ellos y obra en ellos, los empuja para que caigan y quita la luz de sus ojos para que no vean los abismos. Ambos se hallan poseídos de súbito de una curiosidad inmensa, sobrehumana. Edipo pregunta a Yocasta, pregunta a Tiresias, pregunta al anciano que sabe su secreto: «¿Quién es el hombre de la senda? ¿Quién es mi padre? ¿Quién soy yo?» El pueblo judío pregunta a Jesús: «¿Quién eres? ¿Eres, por ventura, nuestro Dios y nuestro Rey?» El drama aquí comienza a ser terribilísimo; no hay pecho que no sienta una opresión dolorosa, inexplicable, increíble; ni frente que no esté bañada con sudores, ni alma que no desfallezca con angustias.

Entre tanto, la cólera de los dioses cae sobre Tebas: la peste diezma las familias y envenena las aguas y los aires. El cielo se deslustra, las flores pierden su fragancia, los campos su alegría. En la populosa ciudad reina el silencio y el espanto, la desolación y la muerte. Las matronas tebanas discurren por los templos, y con votos y plegarias cansan a los dioses. Sobre Jerusalén la mística, la gloriosa, cae un velo fúnebre; por aquí van santas mujeres que se lamentan, por allí discurren en tumulto muchedumbres que se enfurecen. Todas las trompetas proféticas resuenan a la vez en la ciudad sorda, ciega y maldita, que lleva al Calvario al justo. «Una generación no pasará sin que vengan sobre vosotras, matronas de Sión, tan grandes desventuras, que seréis asombro de las gentes; ya, ya asoman por esos repechos las romanas legiones; ya cruzan por los aires, trayendo el rayo de Dios, las águilas capitolinas. ¡Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Ay de tus hijos! Porqué tienen hambre, y no encuentran pan; tienen sed, y no encuentran agua; quieren hacer plegarias y votos en el templo de Dios, y están sin Dios y sin templo; quieren vivir, y a cada paso tropiezan con la muerte; quieren una sepultura para sus cuerpos, y sus cuerpos yacen en los campos sin sepultura y son pasto de las aves.»

Edipo sale de su alcázar para consolar a su pueblo moribundo, y gobernando los dioses su lengua, los toma por testigos de que el culpable será puesto a tormento y echado de la tierra; lanza sobre él anticipadamente la excomunión sacerdotal; le maldice en nombre de la tierra y del cielo, de los dioses y de los hombres, y carga su cabeza con las execraciones públicas. El pueblo judío, tomado de un vértigo caliginoso, poseído de un frenesí delirante, puesto debajo de la mano soberana que le anubla los ojos y le oscurece la razón y ardiendo en la fragua de sus furores, exclama diciendo: Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. ¡Desventurado pueblo! ¡Desventurado rey! Ellos pronuncian su propia sentencia, siendo a un tiempo mismo jueces, víctimas y verdugos. Y después, cuando los oráculos bíblicos y los délficos se cumplieron, los torbellinos arrancan al pueblo deicida de la tierra de promisión, y el parricida huye del trono de Tebas.

Edipo fue horror de la Grecia; el pueblo judío es horror de los hombres. Edipo caminó con los ojos sin luz, de monte en monte y de valle en valle, publicando las venganzas divinas; el pueblo judío camina, sin lumbre en los ojos y sin reposarse jamás, de pueblo en pueblo, de región en región, de zona en zona, mostrando en sus manos una mancha de sangre, que nunca se quita y nunca se seca. Prefirió la ley del talión a la ley de la gracia, y el mundo le juzga por la ley que él mismo se ha dado; dio bofetadas a su Dios, y ha ya diecinueve siglos que está recibiendo las bofetadas del mundo; escupió en el rostro de Dios, y el mundo escupe en su rostro; despojó a su Dios de sus vestiduras, y las naciones confiscan sus tesoros y le arrojan desnudo al otro lado de los mares; dio a beber a su Dios vinagre con hiel, y con beber en ella a todas horas el pueblo deicida, no consigue apurar la copa de las tribulaciones; puso en los hombros de su Dios una cruz pesadísima, y hoy se inclina su frente bajo el peso de todas las maldiciones humanas; crucificó, y es crucificado. Pero el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob al mismo tiempo que justiciero, es clemente; mientras que los dioses ningún otro consuelo dejaron a Edipo sino su Antígona, el Dios que murió en la cruz, en prenda de su misericordia, dejó a sus matadores la esperanza.

Entre la tragedia de Sófocles y esa otra tragedia sin nombre y sin título, cuya maravillosa grandeza acabo de exponer a vuestros ojos con toda su terrible majestad, hay la misma distancia que entre los dioses gentílicos y el Dios de los hebreos y los cristianos; la misma que entre la Fatalidad y la Providencia; la misma que entre las desdichas de un hombre y las desventuras de un pueblo que ha sido el más libre de todos los pueblos y el más grande de todos los poetas.

He terminado, señores, el cuadro que me había propuesto presentar ante vuestros ojos; sí os parece bello y sublime, su sublimidad y su belleza están en él, como trazado que, ha sido por el mismo Dios en la larga y lamentable historia de un pueblo maravilloso; si en él encontráis grandes lunares y sombras, esas sombras y esos lunares son míos; por ellos reclamo vuestra indulgencia; vuestra indulgencia, señores, que nunca ha sido negada a los que, como yo, la imploran y a los que, como yo, la necesitan.



LA PUERTA ANGOSTA

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