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LA PASIÓN DE LA IGLESIA

17 de abril de 2014

Non-Praevalebunt

Estos días que conmemoramos y revivimos la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, también conviene reflexionar sobre un acontecimiento paralelo que encontramos en las Sagradas Escrituras y en las profecías de diversos visionarios y místicos. Hablo de la Pasión de la Iglesia. Sabemos que la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, tendrá que sufrir una Pasión parecida a la de Nuestro Señor en los últimos tiempos, porque conviene que la Iglesia, la Esposa de Cristo, padezca lo mismo que padeció Nuestro Señor, para identificarse hasta el extremo con Su Divino Esposo. Por tanto, la Iglesia tendrá que ser traicionada por los que están dentro; condenada y humillada públicamente; azotada hasta ser desfigurada; crucificada; y finalmente enterrada. Sólo después de estos terribles sufrimientos llegará la verdadera restauración de la Iglesia, su Resurrección.

Esto es lo que dice el artículo 677 del Nuevo Catecismo sobre la Pasión de la Iglesia:

La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4).

Reflexionando sobre los acontecimientos de la Pasión de Nuestro Señor ahora en la Semana Santa, he visto un paralelismo con los tiempos que nos han tocado vivir, porque creo que estamos entrando en lo que el Señor llamó “la hora del poder de las tinieblas” (Lucas 22:53). Naturalmente no corresponde la duración los tiempos; la Pasión de Nuestro Señor duró desde el jueves santo por la noche hasta el viernes a las 15:00, y la Pasión de la Iglesia puede durar bastantes años. Pero sí vemos que la sucesión de acontecimientos sigue el mismo orden y la misma lógica en ambas historias. Veamos por partes en qué sentido podemos decir que la Iglesia está a punto de entrar en su Pasión.

La entrada triunfal en Jerusalén

El Domingo de Ramos Jesucristo, montado en un burro, entró triunfalmente en Jerusalén, la ciudad donde tenía que padecer y morir cinco días más tarde. En la década de los 50 la Iglesia se encontraba aparentemente en un momento glorioso, a tan sólo diez años del cataclismo. En los años 50 la Iglesia estaba en plena expansión misionera por todo el mundo; tenía un ejército disciplinado y eficaz de sacerdotes y religiosos que trabajaban y oraban por el triunfo de la fe católica; los fieles por lo general practicaban y vivían su fe con una intensidad encomiable; la Iglesia era gobernada con mano firme por un Papa valiente y santo; la doctrina católica era predicada en todos lugares (parroquias, colegios, universidades) sin ambigüedades ni concesiones a los gustos modernos; y las herejías eran duramente reprimidas dondequiera que surgían.

Pero como no es oro todo lo que reluce, dentro de la Iglesia ya había un cáncer. Hasta que no se encuentre en fase de metástasis, un cáncer no se manifiesta; se queda a veces en espera, y de pronto ataca y se extiende por el resto del cuerpo. En la primera mitad del siglo XX, tras la derrota del modernismo por parte del Papa San Pío X, los enemigos internos de la Iglesia no desaparecieron, sino que más bien hibernaron. Mientras se ocultaban, esperando su oportunidad, la Iglesia prosperó, y muchos creían que la Iglesia estaba en el umbral de una segunda “era dorada”, fuera de cualquier peligro. Con la elección de Juan XXIII los modernistas clandestinos obtuvieron lo que necesitaban; recuperar la legitimidad dentro de la Iglesia, y reorientarla a su gusto mediante un concilio. Pío XI y Pío XII habían tanteado la idea de convocar un concilio ecuménico, pero le habían desaconsejado sabiamente sus cardenales. Esto es lo que dijo el Cardenal Billot a Pío XI en 1923 acerca de convocar un nuevo concilio:

La existencia de profundas diferencias en medio del episcopado mismo no puede ser ocultada…  [Ellos] corren el riesgo de dar lugar a discusiones que serán prolongadas indefinidamente…  [un concilio puede ser] manipulado por los peores enemigos de la Iglesia, los modernistas, quienes ya se están preparando, como ciertas indicaciones muestran, a producir la revolución en la Iglesia, un nuevo 1789.

En los años 50 muy pocos católicos de a pie se imaginaban el desastre que ocurriría en la siguiente década. El cambio fue tan repentino y tan tremendo que pilló por sorpresa a la inmensa mayoría de fieles. Los católicos no se prepararon para resistir el embiste del modernismo de los años 60, porque no se lo esperaban, a pesar de las profecías que hablaban de una apostasía general. El Domingo de Ramos los apóstoles tampoco se esperaban que en tan poco tiempo la situación daría un giro tan espectacular, a pesar de que el Señor les había profetizado sobre lo que tenía que ocurrir. Mientras el Señor entraba a Jerusalén, Judas ya maquinaba contra su Maestro y el Sanedrín buscaba la manera de acabar con Él. Mientras el pueblo cantaba y recibía al Señor con palmos de olivos, el Demonio preparaba su jugada. El triunfo tiene un peligro enorme; la sensación intoxicante del éxito nos ciega ante los peligros que acechan.

La traición.

La traición de Jesucristo por Judas fue pactada con los líderes del Sanedrín el miércoles santo y consumada el jueves santo. El precio: treinta monedas de plata. La traición de la Iglesia Católica fue pactada en agosto de 1962 y consumada durante el Concilio Vaticano II (1962-1968). El precio: la asistencia en el Concilio de unos observadores representando la iglesia rusa (y de paso la KGB). Para un análisis del desgraciado Pacto de Metz, en mi opinión el acontecimiento que definió el rumbo que tomaría la Iglesia hasta nuestros días, leer este artículo. En Metz, al optar por callarse ante el mal más terrible del momento, el comunismo, la Iglesia traicionó a cientos de miles de mártires y a su deber sagrado de denunciar el error, con la ironía añadida que el Concilio, en palabras de Juan XXIII, quería dar respuesta a los problemas más acuciantes del hombre en el mundo moderno. ¿Qué problema era más acuciante entonces que el comunismo? Lejos de disiparse el peligro del comunismo, en los años 60 el comunismo estaba en plena expansión, y muchos vaticinaban que era inevitable que finalmente lograra su objetivo de conquista mundial. Con lo cual la necesidad de denunciarlo y combatirlo era aún más urgente. En 1937 Pío XI había denunciado sin paliativos el comunismo en su encíclica Divini Redemptoris. Mientras los Padres conciliares se reunían en Roma, ese “sistema de esclavitud de masas… intrínsicamente perverso”, en palabras de Pío XI, oprimía bajo una tiranía diabólica a una cuarta parte de la población mundial.

Los obispos católicos y el Papa a la cabeza, tienen el deber de advertir a los fieles de los peligros que amenazan a los cristianos, sobre todo en lo que toca la doctrina. Aunque el comunismo se plasme en un sistema político, antes de que triunfe la Revolución, primero tiene que corromper las almas con sus múltiples errores. En la década de los 60 errores intrínsicos al comunismo, como son el igualitarismo, el colectivismo, y el evolucionismo, estaban seduciendo a muchos católicos, entre ellos miembros del clero. Un obispo, entre otras cosas, es como un centinela, que vigila desde una atalaya. Donde vea herejías y falsedades debe desenmascararlas para proteger las almas de los fieles a su cargo. El Señor le pedirá cuentas si decide mirar para otro lado. El profeta Ezequiel da esta terrible advertencia a los centinelas negligentes que se duermen en su puesto y no dan la alarma cuando se acerca el enemigo:

Pero si el vigila ve que amenaza la espada y no toca el cuerno, si el pueblo no es avisado y llega a matar la espada a alguien del pueblo, ése será segado debido a su pecado, pero le pediré al centinela cuenta de su sangre. (Ezequiel 33:6)

A los dos meses de rubricar este pacto con los “ortodoxos”, que en realidad no eran más que títeres del régimen soviético, arrancó el Concilio Vaticano II, el escenario de un choque violento entre dos visiones completamente opuestos de la Iglesia. Por un lado estaban los conservadores, los obispos que aún conservaban la verdadera fe católica tradicional; y por otro lado estaban los progresistas que deseaban una completa renovación, no sólo en la estructura de la Iglesia, sino también en su doctrina y en su liturgia. Al contar con el apoyo de dos Papas liberales, primero Juan XXIII, y después Pablo VI, la victoria de los progresistas era un fait accompli. El grupo de obispos conservadores, reunidos en el Coetus Internationalis Patrum, hizo todo lo posible para mitigar los daños, pero las fuerzas modernistas estaban mejor organizadas y contaban con medios superiores.

El mundo aplaudió el Concilio y los católicos se encontraron de pronto con una Nueva Misa. Esta Nueva Misa antropocéntrica transmitía perfectamente la nueva religión del Hombre, y significaba el impío matrimonio de la Iglesia con las falsas religiones. Sin una liturgia fiable donde refugiarse de los errores que inundaban la Iglesia, la mayoría de fieles hizo una de dos cosas; o abandonó su fe o la acomodó a los tiempos. Desde los púlpitos se predicaba todo tipo de herejías, sin que las autoridades eclesiales hiciera nada por impedirlo. La doctrina se corrumpió y la moral también. ¡Fuera la mortificación y la disciplina ascética! Ahora hay que darse gusto al cuerpo. Y ante un camino más fácil, la mayoría de los católicos lo prefirieron al camino estrecho y angosto de la moral tradicional. Así se cumplió lo que advirtió San Pablo:

Llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas. (2 Timoteo 4:3-4)

La condena

El viernes santo de madrugada Jesucristo fue condenado a muerte por el Sanedrín, la máxima autoridad religiosa de Israel. En 1988 Monseñor Lefebvre y Monseñor Antonio Castro-Meyer fueron excomulgados por consagrar a cuatro obispos sin permiso del Papa. La condena del Señor fue una farsa, con falsos testigos incluidos. Todo fue un complot destinado a quitar en medio a Aquel que amenazaba el status quo de los líderes religiosos del momento. Caifás y su gente querían seguir mandando, imponiendo sus “tradiciones de hombres”, recibiendo honores del pueblo por su “devoción”. No tuvieron la humildad necesaria para doblar la rodilla ante Dios-hecho-hombre, a pesar de haber visto con sus propios ojos como Lázaro había salido de la tumba cuatro días después de su muerte.

Juan Pablo II no podía soportar la idea de que él había traicionado la Tradición de la Iglesia al proseguir con el camino marcado por sus predecesores; la colegialidad, el ecumenismo y el dialogo interreligioso. La denuncia de estos dos obispos ante el acto sacrílego de Asís, donde dos años antes había convocado a representantes de todas las falsas religiones para rezar por la paz, le había dolido mucho, y había marcado una línea roja entre él y los tradicionalistas. Juan Pablo II se encontró ante un dilema. Era evidente que los tradicionalistas eran buenos católicos, que la persecución desatada contra ellos bajo Pablo VI era una iniquidad, y que sus peticiones eran justas. Sin embargo, si otorgaba libertad para decir la Misa Tridentina, tácitamente daba la razón a los que criticaban la Misa nueva; si admitía que los tradicionalistas tenían razón en cuestiones doctrinales, se descalificaba a sí mismo. En esta situación la opción más cómoda era la excomunión de los rebeldes, y fue la opción que escogió el Papa. Esta excomunión fue otra farsa, porque ni siquiera se sostiene según el nuevo código de derecho canónico, promulgado cinco antes por el propio Juan Pablo II. En el artículo 1323 de dicho código dice lo siguiente:

No queda sujeto a ninguna pena quien, cuando infringió una ley o precepto: … quien actuó coaccionado por miedo grave, aunque lo fuera sólo relativamente, o por necesidad o para evitar un grave perjuicio, a no ser que el acto fuera intrínsecamente malo o redundase en daño de las almas.

Durante la homilía de las consagraciones episcopales Mons. Lefebvre dijo explícitamente que obraba por necesidad, en una situación excepcional de crisis en la Iglesia, para asegurar la continuidad del auténtico sacerdocio católico. Aunque Mons. Lefebvre estuviera equivocadoen su valoración de un estado de necesidad, la excomunión seguiría siendo inválida, porque la sentencia se extralimitó al juzgar las intenciones, en contra de las palabras del condenado. Sólo Dios puede juzgar las intenciones; los demás nos tenemos que atener a los hechos. Y los hechos son muy claros en este caso; Mons. Lefebvre afirmó su lealtad al Papa y su fe en la Iglesia Católica, por lo que nadie puede acusarle de cismático, y no se puede aplicar la sentencia de excomunión.

Por grave e injusta que sea esta condena a los obispos Lefebvre y Castro-Mayer, no es la condena definitiva que tiene que producirse antes de la purificación de la Iglesia. Los dos obispos que desafiaron la jerarquía de Roma fueron condenados por las autoridades religiosas, pero no por las autoridades civiles. La Hermandad San Pío X hoy es una sociedad legal en muchos países del mundo, y nadie va a la cárcel por pertenecer a ella. Pero Jesucristo no sólo fue condenado por el Sanedrín, sino que esa condena injusta fue refrendada por la autoridad civil. Tiene que llegar el día en que los pocos católicos fieles a la Tradición sean condenados, no sólo por la Iglesia oficial en Roma, sino también por los gobiernos liberales que ostentan el poder secular. Lo más terrible es que, igual que con Caifás y Poncio Pilato, será un Papa quien instigue la persecución contra los católicos que permanecen fieles al Señor, y presione al gobierno ateo para que los declare fuera de la ley. Yo intuyo que tendrá algo que ver con la creación de una nueva religión mundial sincrética a la que se opondrán los católicos tradicionales. Cuando Roma y el poder de la élite mundialista se pongan de acuerdo en perseguir a los católicos tradicionales, habremos entrado de lleno en la Pasión de la Iglesia.

La flagelación, crucifixión y sepultura

Aún nos queda lo peor. La Iglesia tendrá que ser apaleada, azotada, crucificada y sepultada. Habrá un momento en que ni siquiera los más fieles verán donde está la Iglesia; sólo verán tinieblas y dolor. Igual que Nuestro Señor fue sepultado y ni siquiera los apóstoles creyeron en Su Resurrección, el mundo creerá que la Iglesia Católica ha muerto definitivamente, y que las puertas del infierno finalmente han prevalecido contra la Iglesia. Igual que el cielo se oscureció durante las tres horas que colgó Nuestro Señor de la Cruz, los místicos hablan de tres días de oscuridad en los últimos tiempos, una oscuridad preternatural, cuando los demonios serán liberados del infierno para llevarse con ellos a todos los hombres y mujeres que han renegado de Dios.

Estas profecías apocalípticas sobre un cataclismo mundial tienen fundamento bíblico, como demuestra esta cita del profeta Zacarías: Y sucederá en toda la tierra que dos terceras partes perecerán. Y la tercera parte quedará en ella. Ellos invocarán mi nombre. (Zacarías 13, 8-9.) Sin ánimo de asustar, pienso que conviene prepararse para lo peor. Nuestro Señor nos manda estar vigilantes, porque no sabemos cuándo puede llegar nuestra hora. Luego si nunca llega el Gran Castigo, nuestra preparación no habrá sido en vano. Toda la oración y penitencia que hagamos para la salvación de nuestra alma y las de los pobres pecadores será tenida en cuenta. Ninguna buena obra cae en saco roto. Esto es lo que dice sobre los tres días de oscuridad la beata Ana María Taigi (1769-1837):

Dios enviará dos castigos: uno en forma de guerra, revoluciones y peligros, originados en la tierra; y otro enviado desde el Cielo. Vendrá sobre la tierra una oscuridad total que durará tres dias y tres noches. Nada será visible y el aire se volverá pestilente, nocivo, y dañará, pero no solo a los enemigos de la Religión. Durante los tres días de tinieblas la luz artificial será imposible. Sólo las velas benditas arderán. Los fieles deben permanecer en sus casas rezando el Santo Rosario, y pidiendo a Dios Misericordia. Los malos perecerán en toda la tierra durante esta oscuridad universal, con excepción de algunos pocos que se convertirán. La tierra envuelta en llamas, hundiéndose numerosos edificios. La tierra y el cielo parecía que estaban agonizando. Millones de hombres morirán por el hierro, unos en guerras, otros en luchas civiles; millones perecerán en los tres días de tinieblas. Después de purificar al mundo y a su iglesia, y de arrancar de cuajo toda la mala hierba, Nuestro Señor operará un renacimiento milagroso.

La Resurrección

Después del terrible castigo la Iglesia resucitará. El reino del Anticristo será destruido y comenzará el reino de Nuestro Señor, que durará mil años hasta el Armageddon y el Juicio Final. El mundo entero será católico, las falsas religiones desaparecerán como el rocío desaparece con el sol de la mañana. Todas las naciones reconocerán la soberanía de Jesucristo, y Él reinará en todo. Será la mayor época de  esplendor de la Iglesia, mucho más glorioso aún que la era de la Cristiandad. Durará hasta que Satanás es liberado una vez más, para la Batalla Final que precede la Segunda Venida de Nuestro Señor. Esto es lo que dicen las Sagradas Escrituras sobre el reino de mil años de Nuestro Señor:

Vi después a un ángel que bajaba del cielo llevando en la mano la llave del Abismo y una cadena enorme. Sujetó al dragón, la serpiente antigua, que es Satanás o el diablo, y lo encadenó por mil años. Lo arrojó al Abismo, cerró con llave y además puso sellos para que no pueda seducir más a las naciones hasta que pasen los mil años. Después tendrá que ser soltado por poco tiempo. (Apocalipsis 20:1-3)

Vivamos, pues, con intensidad esta Semana Santa. Hagamos penitencia por nuestros pecados y los pecados del mundo entero. Lo que tiene que pasar pasará. Eso no lo podemos cambiar. Lo que sí está en nuestras manos es nuestra santificación y la santificación de los que están a nuestro cargo. ¿Cómo podemos proteger a los nuestros de los peligros espirituales que ciernen sobre nosotros en estos tiempos tan oscuros que nos han tocado vivir? Con la asistencia frecuente a la Santa Misa tradicional, con la Confesión, con el rezo del Santo Rosario, con obras de misericordia, y con una vigilancia constante.

Por: Christopher Fleming

Ortodoxia Católica

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EL PACTO DE METZ

17 de abril de 2014

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Uno de los misterios de nuestro tiempo es la aceptación de la que goza en el seno de la Iglesia Católica la ideología más inicua jamás concebida por el ser humano: el comunismo. Este artículo pretende analizar las raíces históricas de esta connivencia impía entre comunismo y catolicismo e ilustrar algunos de sus efectos. Varias veces, en conversaciones con católicos, me han dicho cosas por el estilo; “el comunismo es algo bueno, aunque su puesta en práctica ha fallado”, “el comunismo es parecido al cristianismo, porque se preocupa por los pobres”, o “si el mundo entero fuera comunista habría justicia social y viviríamos mejor.” Ante esto suelo citar la condena fulminante del Papa Pío XI de 1937, en su Encíclica Divini Redemptoris, donde escribió, entre otras cosas, que el comunismo es intrínsecamente perverso; y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, quienes deseen salvar la civilización cristiana. Es una pena que los Papas post-conciliares no hablen con la rotundidad de Pío XI, porque se ahorra mucho esfuerzo y tiempo llamando al pan, pan y al vino, vino. Hoy en día no estilan las formas pre-conciliares; en lugar de excomulgar, condenar y anatemizar a los enemigos de la fe, se prefiere la “medicina de la misericordia” que invocó Juan XXIII. [1]

Para un católico laico de a pie con tendencias filo-comunistas, si su problema es sólo la ignorancia y conserva aún la buena voluntad, esta condena papal basta para que entre en razón. Sin embargo, resulta más difícil explicar la simpatía que sienten por el comunismo tantos teólogos, sacerdotes y obispos, porque no puede aducir ignorancia en su defensa. Para justificarse dirán que la pastoral de la Iglesia debe evolucionar, que no nos podemos anquilosar en el pasado, cuando el mundo ha avanzado tanto, etc., etc., etc. Han interiorizado tanto las ideas hegelianas de la evolución de la Historia [2], que creen sinceramente que lo que en 1937 era “intrínsicamente perverso”, hoy puede ser moralmente aceptable y hasta loable. Es triste decirlo, pero hoy en día ya no podemos dar por sentado que los pastores de la Iglesia “desean salvar la civilización cristiana”, porque es evidente que muchos están demasiado ocupados en colaborar con los artífices de su demolición.

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El Concilio Vaticano II, cuyos 50 años se recuerdan ahora, escribió un triste capítulo en esta demolición de la civilización cristiana. Dicho Concilio se negó a condenar el comunismo, debido al infame Pacto de Metz, la ciudad francesa donde se reunieron en agosto de 1962 (dos meses antes de la apertura del Concilio) el Cardenal Tisserant, enviado por Juan XXIII, y Nikodim, el patriarca ortodoxo de Moscú, un títere del Politburo soviético [ver ambos abajo]. Allí acordaron que la Unión Soviética permitiría que varios miembros de la Iglesia Ortodoxa Rusa aceptaran la invitación del Papa para asistir como observadores en el Concilio (¡las barbaridades que se cometen en nombre del ecumenismo!), y a cambio el Vaticano se comprometió a que no habría ninguna condena explícita del comunismo. Para que no piense el lector que me adentro en una oscura teoría de la conspiración, debo aclarar que este pacto, lejos de ser un secreto, fue anunciado en conferencia de prensa por el entonces obispo de Metz, Monseñor Schitt; fue detallado en el diario católico francés, La Croix; y ha sido confirmado públicamente por el que era entonces el secretario del Cardenal Tisserant, Monseñor Roche. [3]

Monseñor-Roche

Nikodim

Es sumamente interesante lo que cuenta Monseñor Lefebvre sobre lo ocurrido en el Concilio con respecto a este tema. La petición de condena al comunismo, redactada por el Coetus Internationalis Patrum [4], obtuvo la firma de 454 obispos, representando 86 países. Monseñor Lefebvre entregó personalmente esta petición, dentro del plazo previsto, el 9 de noviembre de 1965, al secretario del Concilio. En su reciente biografía del Arzobispo [5], Monseñor Tissier de Mallerais comenta en detalle cómo el Pacto de Metz fue rigurosamente respetado por Pablo VI. Creo que cualquier católico debería saber esto, por lo que a continuación ofrezco (con permiso de la editorial) un extracto de la mencionada biografía (pág. 421):

¿Qué pasó entonces? El 13 de noviembre, la nueva redacción del esquema no tomó en cuenta los deseos de los solicitantes; el comunismo seguía sin ser mencionado. Por eso, Monseñor Carli protestó el mismo día ante la presidencia del Concilio y presentó un recurso dirigido al tribunal administrativo… El Cardenal Tisserant ordenó una investigación que reveló… que, por desgracia, la petición se había “extraviado” en un cajón. En realidad, lo que pasó fue que Monseñor Achille Glorieux, Secretario de la comisión competente, después de recibir el documento, no lo hizo llegar a la comisión.

El “olvido” de Monseñor Glorieux fue objeto de disculpas públicas por parte de Monseñor Garrone, pero, como quiera que sea, el plazo concedido para introducir el párrafo sobre el comunismo ya había caducado. Por otro lado, una condena del comunismo habría discrepado demasiado con la intención del Papa Juan, que había decidido que el Concilio no condenaría ningún error; y además, en su encíclica Pacem in terris, del 11 de abril de 1963, Juan XXIII había evitado toda reprobación del comunismo, y aceptaba incluso que se pudiera “reconocer en él algunos elementos buenos y laudables.”

Eso era negar el carácter “intrínsicamente perverso” del comunismo, según el Papa Pio XI y aceptar la colaboración de los católicos con el comunismo…. Como árbitro del debate, pero heredero de Juan XXIII, Pablo VI mantuvo el silencio sobre la palabra “comunismo”, y se contentó con añadir el 2 de diciembre una mención de las “reprobaciones del ateísmo hechas en el pasado”, lo que era falsificar la doctrina de Pio XI, que condenaba el comunismo en cuanto organización y método de acción social perversos (una técnica de esclavitud de masas y una práctica de la dialéctica, en palabras de Jean Madiran), y no sólo en cuanto atea.

Karl-Marx

Este lamentable episodio explica muchas cosas que pasarían después en la Iglesia. Sin duda explica la traición al heroico Cardenal Mindszenty de Hungría [ver foto abajo]. Este prelado, tras años de encarcelamiento y tortura por el régimen comunista, estuvo refugiado en la embajada de EEUU en Budapest desde 1956 hasta 1971, cuando los diplomáticos del Vaticano consiguieron su liberación. El precio de su libertad fue su silencio ante el comunismo. Este acuerdo entre Roma y Moscú se hizo a espaldas del cardenal, por lo que éste se negó a respetarlo, y para su gloria fue una piedra en el zapato para los partidarios del Ostpolitik [6] hasta su muerte en 1975. A pesar de la valiente resistencia del Cardenal Mitszenty, los demás obispos húngaros firmaron en 1965 un acuerdo de sumisión al régimen soviético, con la esperanza de que así aplacarían a los comunistas y cesaría la persecución. Sus cálculos erraron por completo y sólo consiguieron neutralizar las fuerzas de resistencia católicas, y de esta manera dar una apariencia de legitimidad al régimen.

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El pacto de Metz también puede explicar la expansión de la Teología de la Liberación por toda Latinoamérica en los años inmediatamente después del Concilio, como un cáncer en plena metástasis. Explica la visita diplomática del Arzobispo Casaroli a Cuba y sus posteriores alabanzas a Fidel Castro. Fue precisamente este acontecimiento lo que motivó la Declaración de Resistenciade Plinio Correa de Oliveira en 1974, en la que se dirigió al Papa Pablo VI en estos términos:Ordene lo que quiera, Santo Padre, excepto que dejemos de luchar contra el comunismo. Esto, en conciencia, no obedeceremos. Sobre este asunto resistiremos. El pacto explica como durante los años ´70 una gran parte del clero de Nicaragua se alineó abiertamente a favor de la revolución sandinista, y que en 1979 la Conferencia Episcopal de Nicaragua publicara una carta pastoral alabando “la contribución de los cristianos a la causa revolucionaria”, sin que recibieran la menor sanción desde Roma. Cuando Juan Pablo II visitó el país en 1983 la situación había llegado a tal desmadre que el Papa tuvo que hacerse oír por encima de los abucheos de los asistentes a sus misas. Explica por qué, cuando este mismo Papa quiso cumplir con la petición de la Virgen en Fátima, consagrando Rusia al Inmaculado Corazón de María [7], fracasó las dos veces que lo intentó, en 1982 y 1984, por consagrar el mundo, sin siquiera mencionar Rusia. Es otro ejemplo penoso de hasta qué punto el Papa tenía miedo de contrariar al enemigo.

El Ostpolitik no se acabó con la caída del imperio Soviético, como demuestra el vergonzoso acuerdo entre el Vaticano y la Iglesia Ortodoxa en Balamand, (El Líbano) de 1993. Tras la caída de la Unión Soviética, la Iglesia Ortodoxa temía una desbandada por parte de los católicos orientales, que durante 80 años de comunismo habían tenido que renunciar, al menos oficialmente, a la Iglesia Católica para escapar de la persecución. Si esto ocurría era previsible que estos católicos además reclamaran la devolución de todos los templos que les habían sido usurpados por la Iglesia Ortodoxa. Llega la jerarquía católica al rescate, y se acuerda, en aras de la unidad ecuménica, que se evitaría “la conversión de gente de una Iglesia a otra”. Es decir, la Iglesia Católica prefiere que las almas se queden en una secta cismática, antes que reunirse al Cuerpo de Cristo en la Tierra. De esta manera el Vaticano negó implícitamente la declaración infalible delConcilio de Florencia (1431-1445), que afirma que “paganos, judíos, herejes y cismáticos” se encuentran “fuera de la Iglesia Católica”, y por tanto “nunca pueden ser partícipes de la Vida Eterna”, a menos que “antes de su muerte” se unan a la única verdadera Iglesia de Jesucristo, la Iglesia Católica. Según la doctrina tradicional de la Iglesia, la conversión de los ortodoxos no es una opción; es una OBLIGACIÓN.

Es curioso como el destino del mundo en los tiempos modernos parece girar alrededor de Rusia. La Virgen en Fátima ya avisó en 1917, apenas meses antes de la Revolución Bolchevique, que si Rusia no se convertía, esparciría sus errores por todo el mundo. Así ha ocurrido al pie de la letra, no sólo con el comunismo, sino con el aborto (el gobierno de Lenin fue el primero en legalizar el aborto en 1920). Aún seguimos esperando que el Papa vea bien cumplir con lo que la Madre de Dios le ha pedido. Antes el problema eran los comunistas; ahora son los cismáticos ortodoxos. Lo cierto es que mientras el Santo Padre anteponga intereses diplomáticos a la voluntad del Cielo, ni se convertirá Rusia, ni habrá paz en el mundo.

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Creo que la política de apaciguamiento del comunismo, notablemente el Pacto de Metz, explica en gran parte la actitud tan benevolente hacía esta ideología que tienen tantos católicos hoy, laicos y clérigos. Y, visto los resultados catastróficos del Ostpolitik en Europa oriental y Rusia (y no hablemos de China), creo que convendría retornar a la política que la Iglesia ha practicado tradicionalmente frente a sus enemigos. En lugar de buscar acuerdos y querer a toda costa llevarnos bien con ellos, lo que deberíamos hacer es primero llamarlos a la conversión, y luego, si se resisten a la gracia, combatirlos sin tregua.

NOTAS

[1] En su solemne discurso inaugural del Concilio Vaticano II del 11 de octubre de 1962, el Papa Juan XXIII dijo: Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad.

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La idea de este Papa era que la Verdad se imponía por sí misma, y que los errores se desvanecen como la niebla ante el sol, por lo que las condenas y excomuniones ya no eran necesarias. A mi juicio, fue una actitud tremendamente ingenua, teniendo en cuenta las gravísimas advertencias de todos sus antecesores inmediatos. Además, las consecuencias de esta “misericordia”, que a efectos prácticos se tradujo en laxitud, tanto doctrinal como disciplinaria, causaron un auténtico desastre en la Iglesia. Al abrir las compuertas, enseguida las herejías entraron en todas las instituciones de la Iglesia como un “tsunami”. Los pocos católicos ortodoxos que resistieron el impacto de la ola revolucionaria fueron sistemáticamente marginados y perseguidos por la jerarquía.

[2] Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831). Filósofo idealista alemán que ejercería una ponderosa influencia sobre Karl Marx por sus teorías sobre dialéctica histórica.

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[3] Este acontecimiento está también relatado en dos magníficos libros: Iota Unum de Romano Amerio, Angelus Press 1996 (p.65-66), y The Jesuits – The Society of Jesus and the Betrayal of the Roman Catholic Church de Malachi Martin, New York: Simon Schuster, 1987 (p.85-86).

[4] El Cœtus Internationalis Patrum (Grupo Internacional de Padres) era un grupo de 250 obispos conservadores, que durante el Concilio Vaticano II hizo frente a las tesis liberales que finalmente triunfaron. Su presidente era Mons. Lefebvre y su secretario el Cardenal de Proença Sigaud. Entre sus filas figuraba el Arzobispo de Madrid, Mons. Casimiro Morcillo.

[5] Marcel Lefebvre: La Biografía de Bernard Tissier de Mallerais, ed. Actas, 2012.

[6] La política de apaciguamiento de regímenes comunistas, iniciada bajo el pontificado de Juan XXIII por el Cardenal Agostino Casaroli, quien llegó a ser Secretario de Estado de la Santa Sede bajo Juan Pablo II entre 1979 y 1991. Se renunciaba a condenar el comunismo a cambio de una supuesta mejora de las condiciones de los católicos que vivían bajo estos regímenes.

[7] El 13 de junio de 1929 en Tuy, España, se le apareció la Virgen María a Sor Lucía, la única vidente de Fátima que seguía con vida. Esta vez le dijo: Ha llegado el momento en que Dios pide que el Santo Padre haga, en unión con los Obispos del mundo, la consagración de Rusia. Si esta consagración se hacía, Rusia se convertiría y habría paz en todo el mundo. Sor Lucía dijo en 1985: la consagración todavía no ha sido realizada, porque Rusia no fue el objeto claro de la consagración, sino el mundo. A pesar de ello, los neo-católicos, defensores a ultranza de TODO lo que hacen los Papas, insisten en que la consagración sí se ha hecho, pero lo que no logran explicar es por qué Rusia no se ha convertido ni porqué no hay paz en todo el mundo, tal y como prometió la Virgen.

Christopher Fleming

14 noviembre, 2012

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LA VIDA OCULTA EN DIOS

17 de abril de 2014

DOLOR

 

LA UNIÓN SE REALIZA EN LA CRUZ

Los signos del afecto de Dios revisten dos formas muy diferentes: tan pronto son agradabilísimos y muy dulces, como son dolorosos y crucificantes. Dios exalta el alma, y la rebaja. La colma, y luego la aplasta. Pero la une siempre. Sí; a pesar de lo contrario de las apariencias, los contactos crucificantes unen profundamente. Y no pensamos solamente en las pruebas purificadoras del alma, preludio obligado de la unión: pensamos, sobre todo, en esos dolores redentores que experimenta tan a menudo el alma que llega a la unión transformadora y perfecta. Hay allí una comunión real con los sufrimientos de Jesús Crucificado. Hay, pues, unión, y tanto más intensa cuanto más profundos son los dolores. ¿Cómo explicar este misterio? Parece que San Pablo nos da la clave cuando dice: Estoy crucificado con Cristo. ¡Qué unión en el sufrimiento y en el amor! El alma interior está también verdaderamente clavada en la Cruz con Jesús, y por el mismo Dios, según parece. Es que cuanto más querida es un alma a su Corazón de Padre, más quiere que sea imagen viviente de su amado Hijo. De ahí el cuidado que pone en mantenerla siempre sobre la Cruz. Le hace comprender de una manera sobrecogedora que Él, el Amor, no es amado; que ella misma no le da todavía todo el amor que podría darle. Le dice también que Él. que es la Verdad, no es conocido y que ella misma no lo contempla lo bastante. Entonces el alma siente que su corazón se deshace de dolor, y en ello hay un goce secreto inefable. Es el gozo de la caridad terrenal, imperfecto sin duda si lo comparamos con el goce del cielo, pero muy superior a todas las felicidades de la tierra. Sí, el sufrimiento bien aceptado une a Dios. Diríamos que es una mano de hierro de la que primero sentimos toda la dureza, pero que aprieta al alma cada vez más deliciosamente sobre el Corazón de Dios. La amargura va disminuyendo sin cesar, el gozo va siempre en aumento y la unión se hace más íntima a cada dolor mejor aceptado; si no siempre es más sentida, al menos es siempre más perfecta y más profunda. Es que para sufrir bien hay que amar mucho, y que en esas condiciones, y, por otra parte, en igualdad de circunstancias, cuanto más y mejor se sufre, más y mejor se ama. He ahí por qué el sufrimiento es un signo tan precioso del afecto de Dios.

FECUNDIDAD DE LA CRUZ

Tu Esposa, Dios mío, domina el mundo desde lo alto de su amor. Pero su dominación nada tiene de duro ni de tiránico. Es todo benignidad y bondad. Esta alma ha sido situada graciosamente por encima de las demás. Ella lo sabe y lo ve tan claro como el día. Nunca lo olvida. Si contempla las cosas desde lo alto y desde lejos, es para poder iluminar a los que están en la noche y para dirigir hacia Ti a los que podrían extraviarse. Si vive sobre las cimas y cerca del cielo, es también para hacer subir a ellas a quienes están atascados en la tierra o a los que amenaza tragarse el mar. Tú lo quisiste así, divino Salvador Jesús; elevado a la Cruz, atraes todo hacia Ti. Toda alma unida a Ti por el amor eleva al mundo.

¿De dónde viene este poder sobre las almas y sobre el mundo? Sin duda del amor, pero de ese amor que se alimenta de sacrificios. Hay que decirlo: la vocación a la vida interior profunda es una, vocación al martirio. Efectivamente, el alma llamada por Dios no sólo debe pasar por las duras refundiciones de su sensibilidad y por las impotencias, todavía más dolorosas, de sus facultades superiores obligadas, como, a pesar suyo, a renunciar a su manera normal y natural de obrar, sino que se le piden nuevas inmolaciones, no tanto para ella como para los demás. Sufre por no poder amar a su Dios como Él merece serlo. Sufre al verlo tan poco conocido y tan poco amado. Más aún: siente gravitar sobre ella con todo su peso al mundo y sus pecados. El misterio de la agonía y de la Cruz se renueva para ella, y comulga en él en la medida de su amor. Su vida, como la de Jesús, es «cruz y martirio». Pero hay que decirlo también: es un martirio amado. ¿Qué mejor prueba de afecto puede dar a Jesús y a sus hermanos que aquélla? ¿Dónde encontrar una prueba de amor más auténtica? Y el fruto de la caridad es el gozo, un gozo totalmente espiritual, gustado en lo más íntimo del alma y compatible con el verdadero dolor, que llega a ser como su fuente. ¡Qué no sufriría Jesús sobre la Cruz! Y, no obstante (sin hablar de la visión beatífica), ¡cuál no sería su gozo al glorificar a su Padre y salvar a sus hermanos por sus mismos sufrimientos! Profundo misterio, es cierto, ¡pero cómo ilumina el de las almas esposas y víctimas y cómo hace entrever el de su dulce Madre, Nuestra Señora de los Dolores!

He ahí por qué semejante alma atrae al Rey de Reyes y lo cautiva. ¡Se siente tan dichoso al encontrarse en ella y al poder hacer que los hombres se beneficien por ella de los frutos de su inmolación! Para Él es como la renovación de los goces del Calvario, puesto que sus sufrimientos no pueden ser renovados. Y puesto que esta alma comprende tan bien sus deseos y realiza tan bien sus voluntades, ¿por qué Él, a su vez, no había de cumplir todos los deseos de su Esposa? Y eso es lo que se produce. Dios pone a su disposición todos sus tesoros. El alma puede sacar de ellos lo que quiera y distribuirlos a su arbitrio. A causa de la profunda armonía que entre ambos existe, nunca hay que temer un conflicto en este aprovechamiento. Si fuese necesario, Jesús sabría hacer comprender, desde dentro, que tal empleo no responde a sus planes, y el alma, inmediatamente, renunciaría a él sin pensar más. El alma es verdaderamente reina. Tiene todas las cosas bajo su dominación; las gobierna, tiene la impresión de que participa en tu monarquía universal, ¡oh Jesús!, y de que lo dirige todo contigo y por Ti al único fin de todo: a la gloria de la adorable Trinidad. Desde ahora, nada la sobresalta, nada la turba en su fondo. No solamente sabe y cree, sino que, en cierto modo, ve cómo todas las cosas se mueven para tu gloria, Dios mío, y para el bien-de los que te aman: “Dios hace concurrir todas las cosas para bien de los que le aman” (Rom. 8, 28) incluso sus pecados, añade San Agustín.

El filósofo soñaba con encontrar por su pensamiento el orden del mundo para contemplarlo; pero el alma unida a Ti, Dios mío, lo contempla sin esfuerzo y desde mucho más arriba.

LA ACCIÓN DEL ALMA UNIDA A DIOS

Toda alma que te quiere, Dios mío, es un alma fuerte, y su fuerza aumenta con su amor. Cuando te ama con todo su corazón y cuando su corazón es grande, su fuerza llega a ser una verdadera potencia. ¿Cómo sucede eso, Dios mío? Es que el amor une a Ti. Cuanto más profundo es, más perfecta es la unión contigo. Pero Tú eres el Dios fuerte. Todo ésta sometido a tu poder, el cielo y la tierra, los ángeles y los hombres. Nada sucede en el mundo sin expreso permiso de tu parte; no puede desaparecer una nación, ni morir un jilguero, sin que Tú lo hayas permitido. Ahora bien, el alma que te está íntimamente unida por el amor comulga en tu poder y participa de tu fuerza. Llega a ser, para las demás, una fuente de vigor y de energía. Ordena, y la obedecemos; exhorta, y progresamos; camina valerosamente hacia Ti, y la seguimos; se lanza hacia las alturas, y hace que los demás subamos hasta allí con ella. Lo que añade mucho al encanto de esta alma es la gracia con que se desarrolla su vida y se despliega su fuerza. Tú, Dios mío, lo haces todo con dulzura y firmeza, suaviter et fortiter. El alma que te está íntimamente unida participa tanto de esta suavidad como de esta fuerza. Todo en su acción es medido, ponderado, equilibrado, armonizado. Habla como conviene hacerlo; se calla cuando es mejor callarse. Se adelanta si es preciso; se esfuma muy gustosa y sin siquiera hacer notar que se borra. Y así en todo. Eso es lo que da tanto encanto a su acción. Tiene un algo acabado, perfilado, completo, perfecto, que extasía. Nada encontramos que sobre en ella. Nada le falta. Es un fruto hermoso y bueno, de aspecto agradable, de sabor delicioso. Hay allí algo divino. «Hizo bien todas las cosas».

 PODER DE ESA ALMA EN OBRAS E INCLUSO EN SILENCIO

El amor que la consume por dentro se manifiesta exteriormente por la riqueza, la abundancia y la perfección de sus obras. El alma interior está serena, apacible, pero no está inactiva. Dondequiera que está, el amor actúa. Cuanto más fuerte es, más poderosa es su acción. Quiere ardientemente el bien de Dios. Trabaja sin cesar para realizarlo. Aun privada de los medios ordinarios e la acción, que son la palabra y las obras, sigue actuando y tal vez más eficazmente que nunca. Le quedan la oración. el sufrimiento, la misma impotencia. Todo lo encuentra bien. Convierte en flecha cualquier madera. Alcanza su objeto. Ilumina a los que no lo conocen. Consuela a los que no piensan en Él. En el silencio, sin ningún ruido, ignorado de todos, Él comunica la vida, la verdadera vida, la que no se acaba.. ¿Por qué extrañarse de esta acción oculta y de su poder? El amor ha unido al alma interior a Dios. Dios le ha dado todo por contrato. Se ha dado a Sí mismo. Se ha convertido en su prisionero, en su cautivo. Pero, al dar y al darse, nada ha perdido de su fuerza y de su riqueza, sigue siendo el Dios bueno, constantemente ocupado en hacer bien a sus criaturas. Y del mismo modo que entre Él y el alma, su Esposa, son idénticos los gustos y los sentimientos, así también lo son el poder y el deseo de hacer el bien. Sin duda que Dios podría actuar directamente y por Si solo en las almas; pero le agrada ser no solamente artesano, sino peón. Lo cual es más hermoso, más dulce también, para el alma que comulga a sabiendas en tu acción santificadora. ¡Es tan bueno, Dios mío, darte como a manos llenas! Nada es tan dulce para el alma interior como sentir que en cierto modo, tiene mando sobre Ti. Te pertenece por completo, es verdad; pero también Tú le perteneces a ella por entero. Entre Tú y ella se diría que existe la más perfecta igualdad, incluso la más real identidad, no en el orden del ser, sino en el orden del amor. El alma se siente potencia divina, amabilidad divina. Unida a Ti por el fondo de si misma, siendo una misma contigo en un sentido muy real, trata de comunicar a otros su riqueza y su felicidad.. Pero todo está regulado por tu sabia Providencia, Dios mío. No le corresponde a tu Esposa escoger a tus amigos. Todo su oficio consiste en buscarlos, en reconocerlos y en darles luego, contigo y por Ti, el tesoro de tu amor.

 ACCIÓN SOBRE LAS ALMAS

El bien se difunde de modo espontáneo. El alma interior, rica en Dios, lo da al que se lo pide sinceramente, a unos más, a otros menos, según la voluntad de Dios y las disposiciones particulares de cada cual. Uno recibe treinta, otro sesenta, otro ciento. Pero todos padecen su benéfica influencia. Da a todos y se da toda a todos. Lo cierto es que de su afecto inteligente, abnegado, desinteresado, sobrenatural, puede decirse lo que se ha dicho del amor de una madre por sus hijos: «Cada uno tiene su parte, y todos lo tienen integro.»

Así como no hay bien «que pueda entrar en comparación con Dios», que es el Bien absoluto, tampoco hay limosna comparable a la que el alma interior distribuye a todos los que a ella vienen con el corazón ávido de ese Bien de bienes. El alma interior ejerce, en efecto, un verdadero atractivo sobre las demás almas, principalmente sobre aquellas en cuyo interior actúa la gracia. Éstas comprenden como por instinto que existe una misteriosa armonía entre ellas y esa alma privilegiada. Vienen, pues, hacia ella confiadas. Se sienten seguras a la sombra de esta alma. Están persuadidas de que si pueden contarle sus penas, sus temores, sus deseos y sus esperanzas, no sólo serán comprendidas, lo que ya es mucho, sino que se verán iluminadas, consoladas, fortificadas, reanimadas. En fin, que encontrarán así, de un golpe, todo lo que les falta. Y eso es verdad. He ahí por qué es tan preciosa un alma totalmente interior. He ahí por qué, aun viviendo lo más a menudo oculta, ejerce una influencia tan profunda.

Aunque piensa poco en su interés personal y se olvida gustosamente de sí misma -tal vez incluso a causa de eso-, el alma interior ve que todas las cosas resultan bien para ella. Todo lo que hace le sale bien. Es que, en el fondo, su voluntad, perfectamente unida con la voluntad de Dios, llega a ser tan eficaz como ésta. Lo que el alma emprende, lo emprende sólo para Dios y según Dios. Lo que hace, es Dios, más que ella, quien lo hace en ella y por ella. ¿Por qué asombrarse, pues, de sus éxitos? Incluso lo que parecen sus fracasos acaban, en fin de cuentas, saliendo de algún modo en provecho suyo. Sucede con ella como con Jesús. Que en la hora en que todo parece definitivamente perdido es cuando, al contrario, está todo definitivamente ganado. De la muerte sale la vida; de la humillación, la gloria. La última palabra sigue correspondiendo siempre a los amigos de Dios.

MATERNIDAD ESPIRITUAL

Dios da al alma interior, su Esposa, una verdadera fecundidad espiritual. Hay en el mundo algunas almas que le están unidas por el mismo Dios y a las cuales debe de alimentar como una madre alimenta a sus hijos. No es necesario que conozca a estas almas para que ante Dios las tenga ella a su cargo. Sin embargo, a veces, cuando El lo juzgue oportuno, Dios hará de modo que el hijo y la madre se encuentren. Ese encuentro será para los dos un gozo profundo, totalmente espiritual y de corazón. El alma interior no puede comunicar la vida divina sino del modo como el Padre la comunica al Hijo, y el Hijo al Espíritu Santo. La carne no entra aquí para nada, y nada hay para ella. Lo que nació del Espíritu es Espíritu y debe seguir siéndolo.

En los orígenes de las familias religiosas hay siempre un alma que vive sobre las cumbres cerca de Dios. Por lo común caen sobre ella las dificultades en tan gran número como las gotas de una lluvia tempestuosa o los copos de una borrasca de nieve. Pero el amor que guarda ella en su corazón más fuerte que todo. Y así, lo que debía abatirla, la levanta. Lo que debía extinguir su llama, la reaviva. El obstáculo se convierte en medio. La ruina es el comienzo de la prosperidad. Cobra entonces todo su impulso y recorre en derechura su camino, atrayendo y arrastrándolo todo tras de sí.

LUCHA CONTRA LOS MALOS

En el mundo espiritual, el alma interior es una fuerza. Ama a Dios. Y nada es tan fuerte como el Amor divino. El alma interior lo impone a quien la conoce como tal y también a quien no la conoce. Es una fuente de energía; los débiles vienen a beber en ella. Los fuertes encuentran allí con qué fortificarse todavía más. Pero los malos la temen instintivamente. Los demonios le hacen la guerra, y, a veces, una guerra cruel. Pero es ella la que triunfa. Pues no sólo llega a rechazarlos, sino incluso a derrotarlos, por la sola acción de su corazón unido a Dios. Incluso puede expulsarlos de aquellos a quienes poseen o a quienes obsesionan.

El alma tiene en su mano, a su disposición, todos los medios de que se sirvieron los Santos en el transcurso de los siglos para vencer al mundo, para derrotar al demonio y para vencerse a sí mismos. Y aunque jamás haya oído hablar de tales medios, los emplea. El Espíritu Santo, que la mueve en todas las cosas, se los hace descubrir. Ella es muy feliz luego cuando se entera de que tal Santo, o tal alma piadosa, utilizó antes que ella ese mismo procedimiento para obtener o hacer obtener la misma victoria. Hay una maravillosa armonía entre las obras de Dios, aunque estén separadas por siglos enteros. En todas las épocas, incluso en las más sombrías, ha tenido Dios sus amigos fieles, sus defensores intrépidos, sus capitanes audaces, para dirigir valerosamente el buen combate, cada uno a su manera, y para dar valor y confianza a las almas de buena voluntad.

EL AMOR DIVINO IGNORA LOS CELOS

El alma interior no querría guardar esta felicidad para sí sola. Arde en deseos de difundirla. Le parece que amarla más a su Dios, a «su amigo», si lo amase en unión con otras almas a las cuales hubiera podido comunicar algunas chispas del fuego que la devora. El Amor divino ignora los celos humanos. Al darse, no se extingue, se reaviva. Sin duda que el alma interior anhela que nadie en el mundo ame a su Dios más que ella; pero si así sucede, se alegra de que ocurra. Cuanto más amado es su Dios, más feliz es ella. El descubrimiento de las almas más adelantadas que ella en la intimidad divina no hace más que estimular su ardor. Ruega por esas almas para que amen todavía más. Comulga humildemente en su amor. Su alegría es ofrecer a su «Amado» el afecto de estas almas privilegiadas. Lo ama con todo su corazón.

Quédate conmigo, Jesús, no me abandones; quédate siempre, siempre. Que yo te sienta allá en el fondo de mi corazón, presente y oculto a un tiempo. Haz de, mi alma el lugar de tus delicias y de tu descanso. Yo no te perturbaré, Amado mío. Me pondré a tus pies, te contemplaré, te amaré sin ruido; te daré todo lo poco que tengo. Reinarás, sobre todo, en mí, y tu reino no tendrá fin.

Gracias, Dios mío, por tanta bondad. No tengo nada que decir, sólo tengo que amar. Sí, te amo. Sí, querría repetirte noche y día esta frase como la única que te agrada y que es digna de Ti; soy tuyo, Jesús mío, Dios mío; querría también ser Tú mismo, Salvador mío; quiero todo lo que Tú quieres, es decir, te quiero para mí, todo para mí, cada vez más para mí y para siempre.

Quédate, Jesús mío. Consúmeme. Úneme a Ti. Divinízame.

Robert de Langeac - La vida oculta en Dios 

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LA SEMANA SANTA: SEMANA DE VACACIONES O DE LUTO? R.P. MICHAEL BONIFACE FSSPX

17 de abril de 2014

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LA SEMANA SANTA:

¿Semana de vacaciones o de luto?

Queridos católicos:

El Jueves Santo, el Viernes Santo y el Sábado Santo forman el Triduo Sacro. Son los días de la Semana Santa, de la semana más importante de la historia de la humanidad. Porque para nada hubiera servido la creación si no hubiera habido la salvación.

La Semana Santa es la semana de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Pasión significa sufrimientos, muerte de Cristo en la Cruz. Pasión, Redención, Salvación y vida eterna para nosotros están vinculadas. Sin los sufrimientos, la Cruz y la muerte de Cristo no hay salvación para ti, pecador ingrato.

Cristo se hizo nuestro cordero que carga con nuestros pecados. Cristo quiere “morir a fin de satisfacer en nuestro lugar a la justicia de Dios, por su propia muerte”, dice Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica (III, 66, 4).

Cristo acepta ser maltratado, para que tú no lo seas eternamente; Cristo acepta ser flagelado para que tú no seas flagelado por los demonios y el fuego en el infierno.

Cristo acepta gustar la tremenda sed de la crucifixión y la muerte amarga de la cruz, para que tú no padezcas la sed eterna de felicidad. Cristo acepta ser deshonrado en la cruz para que tú no seas deshonrado y con-fundido en el día del Juicio final.

Y tú, hijo ingrato, ¿qué haces en esos días de la Semana Santa mientras que tu Señor está muriendo en tu lugar para salvarte? ¿Cómo los utilizas? ¿A dónde vas? ¿Por qué los profanas?

Si en esos días tu patrón te dispensa de trabajar porque es Semana Santa, Semana de luto, Semana de la muerte del Hijo de Dios; tú deberías saber muy bien que esos días santos no son días de vacaciones, ni de disipación, ni de playa. Son días de penitencia, de oración y de lágrimas.

El Hijo de Dios hecho hombre está luchando contra el demonio y la justicia divina para librarte. Sí, para librarte a ti y a tu familia del más grande peligro que pueda existir: el de la perdición eterna. Sábelo, incúlcalo a tus hijos para que sean agradecidos con su Salvador.

Es Dios mismo quien te lo dice: “Sin efusión de sangre no hay remisión de pecados” (Hebreos 9, 22). Y esa sangre que borra tus pecados es la de tu Bienhechor: Nuestro Señor Jesucristo. Sobre todo no digas que no has pecado y no necesitas del perdón. Si lo dijeras manifestarías tu gran ceguedad e ignorancia.

Ningún hombre puede conseguir por sí mismo el perdón de sus pecados. Debe buscarlo en otra parte: ¿dónde? en la Sangre del Hijo de Dios que murió en la Cruz el Viernes Santo. San Pablo dice: “En Él, por su Sangre tenemos la redención, el perdón de los pecados…” (Efesios 1,7).

El hombre no puede ofrecer sacrificio propiciatorio por sus pecados. Nuestro Señor Jesucristo se hizo propiciación por nuestros pecados. El se ofrece el Viernes Santo en sacrificio propiciatorio por tí. Sólo, mediante la sangre de Cristo, puedes purificarte, puedes liberarte de las cadenas del pecado y de la tiranía del demonio.

Y en estos días durante los cuales Cristo está en los tormentos de la Cruz para merecerte la salvación, tú, pecador necesitado, tú te vas a la playa, a pasearte, divertirte, quizás acumular más pecados a los que ya hayas cometido. ¡Despiértate, hermano mío, despiértate de tu letargo! ¡Sé agradecido con tu Bienhechor! ¡Actúa  como católico verdadero!

Ve al templo a ver y a escuchar lo que en tu lugar está padeciendo Cristo. Sábelo que la ingratitud atrae el castigo de Dios más bien que su misericordia. No seas, pues, ingrato sino agradecido.

La gratitud cristiana consagra el Triduo Santo para conocer más lo que hizo Nuestro Señor Jesucristo por nosotros e impulsarnos a la penitencia, a la sincera conversión y enmienda de nuestra vida tibia y mediocre.

El Jueves Santo es el día en que el Señor Jesús antes de ir a su Pasión te dejó el Memorial de su muerte. Para aplicar los frutos de su Pasión a tu alma, instituyó el sacramento de su amor que es la Santa Eucaristía y el sacerdocio para consagrarla. El dijo: “haced esto en memoria mía”, para recordarnos lo que padeció por puro amor hacia los ingratos que somos; para comunicar a nuestras almas la santidad y el remedio contra el pecado mediante la digna recepción de su Cuerpo. Y tú ¡irías a divertirte en ese día! No sabes que Cristo dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y Yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en Mí y Yo en él” (San Juan 6, 54-56). Y tú que pretendes ser discípulo de Cristo ¿por qué te privas del Pan celestial que sana, purifica, santifica y pacifica tu alma y tu hogar? Si por tu culpa no aprovechas del remedio que Cristo te ofrece ¿por qué te quejas de tener problemas en tu vida, familia y trabajo?

El Viernes Santo es para que grites con y en la Iglesia misericordia para tí mismo y para todo el género humano. El Viernes Santo es para que participes en las exequias de Cristo, escuchando el Evangelio de la Pasión y las Siete Palabras que son las últimas recomendaciones de Cristo, Nuestro Redentor.

Aprovecha el Viernes Santo para confesar con lágrimas tus iniquidades, lavar tu alma de la lepra del pecado con la Sangre de Cristo, participar en la Pasión de tu Salvador, para tener parte con Él en su victoria.

El Viernes Santo, sufrió Cristo para merecerte el ser librado del pecado que es el más horrible cáncer que pueda existir, y del infierno que es la más grande de las des-gracias. Y tú ¿irías de vacaciones con tantos otros neopaganos quizás para matarte en el camino de la ingratitud?

El Viernes Santo es para que hagas el Vía Crucis, medites lo que hizo y padeció por ti tu Señor; para darte cuenta de lo que merece el pecado. Lea los últimos capítulos de San Mateo, Marcos, Lucas y Juan o vea la Pasión de Cristo por Mel Gibson para que te des cuenta del precio que Cristo pagó para librarte del poder del pecado y del demonio, hacerte hijo de Dios y heredero de la vida eterna. Puedes también leer y meditar Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo por San Alfonso María de Ligorio y La Pasión del Señor por Fray Luis de Granada, o Las Siete Palabras de Cristo por Antonio Royo Marín.

El Viernes Santo es día de ayuno y penitencia, silencio y lágrimas y no día de playa y placeres.

El Sábado Santo es día de luto. Hombres y mujeres deberían vestirse con ropa de luto para acompañar a la Santísima Madre de los Dolores. El Sábado Santo debería servir para meditar con espanto lo que merece el pecado, porque si al Justo que cargó con nuestros crímenes así se le castiga, ¿qué será del culpable si muere con su pecado?

En resumen, hermano mío, escucha a Dios mismo que dice a cada uno de nosotros: “No tardes en convertirte al Señor, ni lo difieras de un día para otro; porque de repente sobreviene su ira, y en el día de venganza acabará contigo” (Eclesiástico, 5, 8).

Católico, aprovecha la Semana Santa para convertirte al Señor, porque la sincera conversión y el verdadero arrepentimiento aseguran el perdón de los pecados; dan paz al alma y, al fin, la vida eterna que pedimos por ti.

 

Padre Michel Boniface

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ABERRACIONES LITÚRGICAS LI

16 de abril de 2014

CELEBRACIÓN DEL DÍA DE LA MUJER (PARROQUIA SANTO IGNACIO DE LOYOLA, BEBEDOURO, SAN PABLO)

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FLORECEN Y SE MULTIPLICAN LOS MÁRTIRES

16 de abril de 2014

EJUTLA

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Pocos días después tocó al apacible pueblo de Ejutla, Jal., contemplar escenas más horribles aún.

Ejutla es un pueblo humilde colocado entre altas montañas que lo aprisionan. Eclesiásticamente pertenecía a la Diócesis de Colima, y civilmente, al Estado de Jalisco. Hoy pertenece a la Diócesis de Autlán. Sus moradores son de espíritu muy cristiano. Entre éstos y los de las rancherías que existían en las faldas del Volcán de Fuego y del Nevado, puede decirse que casi no había diferencia en cuanto a la pureza de vida, pero sí en cuanto a instrucción, pues Ejutla fue, no hace aún muchos años, el centro de cultura de la región. Hubo allí un Seminario que dio muchos y dignos sacerdotes a la Diócesis de Colima, un Colegio para niñas que era el mejor en más de setenta kilómetros a la redonda, y un convento de Adoratrices del Santísimo Sacramento, que existe aún en los tiempos actuales.

Era el jueves 27 del mismo octubre: la mañana estaba limpia, el cielo azul, el viento se agitaba frío, como presagio del cercano invierno. Contrastando con la hermosura del día, la angustia se reflejaba en los semblantes; de boca en boca circulaba la noticia de que se aproximaban los soldados callistas y todos temblaban de zozobra. En efecto, serían las 11 de la mañana cuando se vio avanzar por el sureste una columna de federales a cargo del general callista Juan B. Izaguirre.

LA INVASION

Cuando los cristianos habitantes del lugar se cercioraron de la realidad del peligro, dejando casas y posesiones huyeron en gran parte a las montañas, para refugiarse entre las malezas, en los barrancos o en las entrañas de las cuevas.

Cuando llegaron las fuerzas callistas del general Izaguirre, ocuparon el poblado y lograron aprehender a muchos de los que huían.

Una de las primeras casas que invadió la soldadesca fue el Convento de las Adoratrices, cuya Superiora, la Reverenda Madre María de los Remedios, estaba enferma de gravedad. Para aquellas santas mujeres el atropello fue terrible: en un momento quedó su casa llena de soldados: templo, azoteas, celdas, corredores, escuela, jardines, huertas. Luego, el estruendo de los muebles que los soldados destrozaban y echaban por puertas y ventanas; los hachazos con que eran derribadas las puertas, los gritos incoherentes y las palabrotas soeces de aquellos vándalos; el ruido de las espuelas sobre tarimas y encementados; pero, en medio de todo, la Mano Omnipotente de Dios protegiendo a sus esposas de una profanación. Las religiosas estaban lívidas de angustia.

LA SALIDA DOLOROSA

Eran como las seis de la tarde cuando el general callista Izaguirre ordenó que las Adoratrices abandonaran su casa, y, en pequeños grupos, principiaron a salir. ¿A dónde irían? Sólo Dios lo sabía. Sin techos, sin alimentos, sin dinero y hasta sin abrigos. Muchas usaban el delantal a guisa de chal o bufanda. Pálidas, con el dolor pintado en el semblante, cabizbajas unas, otras con los ojos elevados al cielo, iban a donde la Providencia las llevase: el Señor Omnipotente que las había librado del hálito emponzoñado de la soldadesca, no las abandonaría jamás. Sólo quedaron en la casa, la Superiora enferma, y algunas de las hermanas religiosas, para hacerle compañía, pero carecían de todo alimento para sí y para la venerable paciente.

 

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SALVEMOS LA SAGRADA EUCARISTIA

Entre tanto, dos religiosas intentaron salvar el Copón del Divinísimo Sacramento, llevándolo consigo fuera de la población. Sin ser molestadas llegaron hasta la última casa, cuando ya obscurecía; pero ¡ah! los soldados del retén se encontraban allí. Trataron estos impíos de registrarlas y, cuando hubieron descubierto los vasos sagrados que llevaban aquellas fugitivas, se lanzaron sobre ellas para arrebatarlos. La religiosa que traía el copón, depositó en su chal las hostias consagradas y lo entregó vacío. La compañera se arrodilló y dijo temblando:

- Es el Dios que los ha de juzgar. ¡Viva Cristo Rey!

Aquellos hombres, al oír a la religiosa que con su ferviente ¡Viva Cristo Rey! hacía profesión de su fidelidad a Cristo, se pusieron furiosos y la golpearon en la cara con la culata de sus máuseres. Entre tanto, otros pusieron una soga al cuello a la otra religiosa -la que envuelta en su chal y contra su pecho defendía las sagradas hostias -y con puñal la amenazaban queriendo que las soltara.

Las agredidas no manifestaban temor.

- Pueden matarnos si gustan; pueden matarnos ustedes. No tememos la muerte.

No obstante los esfuerzos de las pobres monjas para consumir las hostias consagradas, muchas cayeron al suelo, en los movimientos de lucha tan desigual.

El sacrilegio estaba consumado. Un soldado de sentimientos más humanos, intervino para que dejasen libres a las religiosas, y éstas pudieron huír mientras los enemigos quedaban disputándose entre sí los vasos sagrados.

Tres días más tarde, pisoteadas por los caballos y por los mismos impíos, fueron recogidas por los fieles, de entre la tierra y basura del camino, algunas de las hostias consagradas, hechas ya pedazos. Otras se las había llevado el viento.

LA POBRE MADRE ENFERMA

Entretanto Sor María de los Remedios, la Superiora enferma, continuaba en su lecho rodeada de unas pocas religiosas que en tomo de ella, de rodillas, estaban lívidas de espanto. Era ya de noche.

Los callistas a cada instante penetraban en la habitación de la Madre, molestando a las pobres monjas cuanto podían, insultándolas y amenazándolas soezmente.

La enferma estaba angustiadísima, no ya por el temor de la muerte, sino por sus pobres hijas, a quienes veía en medio de crueles vándalos.

Hubo un momento en que quedaron solas en la habitación y entonces, confiando en el poder de Dios, cerraron la puerta y atrancaron por dentro con cuanto pudieron. Los perseguidores se pusieron furiosos con esto, y entre gritos, insultos y amenazas, pretendían echar abajo la puerta; pero ésta resistió milagrosamente, mientras las religiosas por dentro, más que con tranca material, estaban sosteniéndola con oraciones fervientes que, de rodillas y temblando, no dejaban de elevar.

A la mañana siguiente resolvieron las religiosas sacar del convento a la enferma, pues aquella situación era insostenible y ella, con tanta angustia, se agravaba por momentos; la pusieron en un colchón, y cuando de esta manera la llevaban, los soldados del brutal general Izaguirre se dieron cuenta de ello y, a golpes con los máuseres, las hicieron soltar su carga, cayendo al suelo la atribulada Superiora.

Momentos después, cayó la enferma en estado comatoso y así, en lenta y prolongada agonía, duró hasta el primero de noviembre -la alegre fiesta de Todos los Santos- en que su alma voló al Señor para recibir la doble y celestial corona de mártir y esposa fiel.

EL SEÑOR CURA RODRIGO AGUILAR

Rodrigo_Aguilar

Una de las personas que la soldadesca de Izaguirre logró aprehender, cuando intentaban huír en la mañana del 27, fue el sacerdote don Rodrigo Aguilar, Párroco de Unión de Tula, de donde había tenido que salir huyendo el 20 de enero anterior.

Era el Padre Rodrigo Aguilar un sacerdote al par que muy ilustrado, muy pjadoso. Diariamertte pasaba varias horas al pie del Sagrario y suspiraba continuamente por alcanzar la palma del martirio. Muchas veces llegó a suplicar a las religiosas de Ejutla, que pidiesen a Dios le concediese morir mártir de su Religión. Dios atendió a sus deseos y le dio la gloria de sufrir y dar la vida por El.

Personas que vieron al sacerdote mártir la triste tarde de su prisión, cuando el más grande desconcierto reinaba en aquel piadoso pueblo invadido por los perseguidores, aseguraban que estaba completamente tranquilo, como si nada adverso pasase, y esto no obstante que se encontraba en medio de una turba maldiciente y soez.

A la una y minutos de la madrugada del día 28 fue llevado a la plaza central de Ejutla, para ser ahorcado. El heroico sacerdote continuaba tranquilo; casi toda la tarde y las horas que habían transcurrido de esa noche, las había pasado orando; su alma estaba levantada de la tierra y unida a Dios.

El silencio más completo reinaba y sólo lo interrumpían las voces de los callistas, que a cuantos las escuchaban hacían estremecer de pavor.

Al pie de un grueso y alto árbol de mango, que aún existe en la plaza de aquel pueblo, hicieron alto los enemigos. Las sombras de la noche envolvían el cuadro; el aire helado azotaba el rostro y mecía las frondas del árbol. Arrojaron los verdugos una cuerda sobre una de las ramas más gruesas, hicieron una lazada y se puso al cuello del sacerdote mártir.

Un soldado, con cinismo escalofriante, queriendo poner a prueba, aún más, la fortaleza del sacerdote, le dice altaneramente.

- ¿Quién vive?
- ¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! -contestó con voz firme.

Entonces la soga fue tirada con fuerza y el sacerdote don Rodrigo Aguilar quedó suspendido.

Se le bajó de nuevo, y con enojo y altanería se le volvió a preguntar:

- ¿Quién vive?
- ¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! -respondió por segunda vez sin titubear.
- ¿Quién vive? -se le gritó de nuevo, con soez provocación.
- ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! -dijo el santo Párroco, arrastrando su lengua agonizante.

Fue suspendido de nuevo y su alma, laureada con la corona del martirio, voló al cielo.

Eran como las dos de la madrugada. A esa hora -y lo aseguran personas dignas de fe -el pueblo de Ejutla fue inundado de una extraña y vaga claridad, y en el cielo, limpio entonces y sereno, apareció una luz clara y distinta que por tres veces se intensificó para luego desaparecer. De estos fenómenos fueron testigos muchos de los que habían huído y se encontraban en vigilia, presas del espanto, en las montañas que encierran el pueblo mártir, entre ellos el Padre don Emeterio C. Covarrubias que los refería.

Angel_viñeta

ABERRACIONES LITÚRGICAS L

15 de abril de 2014

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