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LA PRIMERA COMUNIÓN DE MI HIJO

25 de marzo de 2016

Por Hugo Wast


Mi hijo lleva mi nombre, no tiene ocho años todavía, y el día de la Inmaculada sus labios puros han tocado por primera vez la carne de Cristo.
Desde hace tiempo era ésta su grande ilusión. Los padres benedictinos lo han preparado, con otros niños del barrio, en su capillita, distante una cuadra de nuestra casa.

Todas las siestas yo lo veía abandonar sus juegos o sus libros, y disparar a la calle, asomándole el catecismo por el bolsillo del delantal.
Iba siempre solo. Nuestra calle es tranquila, sombreada de tipas inmensas que en esta primavera me parecen más floridas que nunca.
A trechos, la acera está cubierta por una alfombra de oro, y cuando el viento mueve las hojas, se desprende una lluvia de estrellas y flota en el aire un perfume acidulado.
A esa hora la puerta del monasterio está cerrada, y hay que ver los recursos de que se vale el pobre chico para tocar el timbre, cuyo botón está demasiado alto para él.
Un día lo vi salir con un pedazo de caña, y después supe que eso le servía en tales casos.
La puerta se abre y él entra. No tiene nada de místico, ni de taciturno, ni es apagado, ni siquiera es juicioso. Esa criatura más locuaz y alegre y traviesa que pueda pensarse y por eso mismo llama la atención la concentración misteriosa de ese espíritu inquieto en cuanto llega a la iglesia.
Ciertos filósofos se devanan los sesos en presencia de los dogmas de la religión, no para entenderlos, puesto que a priori los declaran absurdos, sino para explicarse cómo llegan a penetrar en un cerebro humano y cómo gentes que no son ni necias ni locas, y que a menudo son grandes sabios creen simplemente las afirmaciones del Credo.
Mi hijo no es crédulo; por el contrario, suele acoger con cómica desconfianza las explicaciones que superan su capacidad, y hasta se niega redondamente a aceptarlas cuando las halla demasiado complicadas.
Pero en su catecismo es tenaz y definitivo, y si a alguien se le ocurre sondear el cimiento de su fe, encuentra esa roca eterna sobre la cual Jesucristo fundó su Iglesia, que es su palabra «Todas las cosas pasarán, pero mi palabra no pasará.»
—¿Cómo se entiende esto?— le he preguntado— El Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios… Entonces, son tres Dioses.
—No, es uno solo… es un misterio…
—Pero qué es un misterio?
El chico saca el catecismo, pero me mira; desconfía de la sinceridad de mi duda, y lo vuelve a guardar. Se mete las manos en los bolsillos, y me dice, echándose para atrás, con un aire desdeñoso:
—¡Bah! ¡Te haces el que no sabes! Andá que te explique el padre Andrés…
El padre Andrés Azcárate es el superior de los benedictinos, y mi hijo adivina que es un sabio,
Esta es la fe sencilla y firme, que convive no con la credulidad o con la superstición, sino todo lo contrario; que barre de las almas todas esas patrañas en que se enredan los espíritus fuertes: el número 13, la «yeta», los tres cigarrillos encendidos con un solo fósforo, etc.
Mi hijo no solamente no cree en nada de eso, sino que es, diré, orgánicamente incapaz de aceptar ninguna de esas pamplinas, a tal punto que si su madre o yo tratáramos de inculcarle alguna agüería, experimentaría un invencible desencanto y nos despreciaría un poco dentro de su corazón,
Espero en Dios que será siempre así, y que vivirá dispuesto, como ahora, a dar su vida por defender su Credo, hasta en los tildes de la i.
Durante el último mes, cada vez que sentía sonar el timbre de la calle, él, que asegura conocer cuándo soy yo el que llega, atropellaba todo por volar a la puerta.
—¿Me compraste el moño?
—No, mi hijito; me olvidé,
—¿Por qué te olvidaste?
—Mañana te lo compraré.
—¿De veras? ¿No te vas a olvidar? también… si te olvidás…
—¿Qué vas a hacer?
—¡Nada! Pero vas a faltar a tu palabra.
Un día salgo resuelto a volver con el moño, así tenga que abandonar las más impostergables ocupaciones y recorrer en su busca todo Buenos Aires.
Compro el moño, y un libro de misa, y llego a mi casa enternecido, contagiado de antemano por la indescriptible emoción que le voy a causar a mi hijo por el presente. Porque el moño no es para él simplemente un bonito adorno. ¡Qué le importa eso! El moño es para él como el anillo de compromiso para la novia, la prueba tangible, la seguridad de que el 8 de diciembre hará su primera comunión.
Esa vez no salió a recibirme. Estaba en mi escritorio, en lo más alto de la casa, donde se refugia cuando se cansa de jugar, y se pone a hojear su Julio Verne, su Fenimore Cooper, su Robinson Crusoe en alemán, o a recortar retratos de boxeadores para pegarlos en un cuaderno.
Desde abajo le gritamos:
— ¡Aquí está el moño!
Y sentimos una avalancha que se viene escaleras abajo. Y llega él, seguido por sus hermanitos, alborozados todos con el alborozo de él y sin comprender ciertamente las razones misteriosas y profundas de su santa alegría.
El 7 de diciembre ha estado más diablo que nunca. Sus hermanos son siete, hay con él tres primitos, y todos viven, hace días, revolucionados por la perspectiva de la fiesta.
Seguramente existe una Providencia especial para los chicos. Sólo así se explica el que salgan sanos y salvos de las aventuras en que se meten, con el don de travesuras de que Dios los ha dotado.
Su madre llega, cargada de paquetes, y él se duerme después de haberlos abierto, para dejar listo, a los pies de su cama, todo el ajuar.
Su madre ha querido que el día de su primera comunión no se ponga una hilacha que no sea tan nueva como su moño blanco.
¡Bendita sea su previsión!
Al día siguiente hay que despertarlo, porque, como Napoleón en la víspera de la batalla de Jena, tiene los nervios en paz y ha dormido profundamente.
Él debe llegar antes que nosotros a la iglesia, y lo dejamos salir, loco de gusto, con su moño al brazo y su libro de misa.
Todos nosotros, ¡todos!, desde la madre hasta la más humilde sirvientita de la casa, lo acompañamos no solamente en la iglesia, sino también en el comulgatorio.
Hasta un camarada de juegos—«el Tito»—ha reclamado de los padres benedictinos el honor de ayudar la misa en que su amigo hará la primera comunión.
La mañana es radiante y fresca. En cualquier calle por donde uno pasa encuentra un niño con su moño o una niñita vestida de blanco, que acuden a su parroquia, y esta nota, emocionante por lo significativa, infunde a la gran ciudad una belleza profunda.
La capillita de los padres benedictinos es un amplio salón habilitado desde hace algunos años para iglesia. Situada en una calle tranquila bajo la sombra de su alta arboleda, donde pían los jilgueros y se persiguen los gorriones, es singularmente simpática, por su modestia, y se llena totalmente de fieles.
Era de presumirse que en el gran día de la Inmaculada muchos serían los que tendrían que oír su misa desde la puerta, y al sanctus arrodillarse sobre los ladrillos del patio.
El grupo de los primeros comulgantes está en dos filas de bancos cercanos al altar: de un lado las niñas, del otro los varones.
En el espectáculo del ancho mundo hay dos o tres escenas a las cuales no puedo asistir sin que los ojos se me arrasen en lágrimas. Una es el paso de la bandera argentina por la calle, al frente de su regimiento, y mucho más, si el desfile se hace sin fanfarrias, en silencio. Otra es la vista de una primera comunión de niños.
El altarcito lateral de la Purísima está lleno de azucenas, Las lengüitas de fuego de las velas se agitan en el aire que penetra libremente por las ventanas abiertas, y vuelve a la calle cargado con un cristiano perfume de cera y de flores.
Mi chico se sienta en la punta de un banco, y yo observo que está oprimido por la solemnidad y la ternura del acto, y que nos busca.
Junto a él hay un negrito en cuyo brazo izquierdo alguien en su casa ha atado una pobre cinta blanca. Es la insignia que ninguno ha olvidado, y por el gusto y esmero de ella puede colegirse la clase social a que pertenece. Lo mismo por la corona de rositas blancas que ciñe el velo sobre la cabeza de las niñas.
No hay una escuela de fraternidad como el templo. Allí se aprende la democracia prácticamente, sin ruido de palabras, sin confusión de doctrinas. La misma mano que absuelve a la dama elegante y poderosa, borra los pecados de la más humilde sirvienta, en el mismo confesonario y a la misma hora; y junto al niño, vástago de casas ilustres, que lleva un apellido retumbante, comulga el hijo sin nombre de una infeliz, perdida o engañada.
Y esta lección silenciosa penetra mejor en los espíritus, porque no se dicta en medio de la disputa, sino que surge sencillamente de los hechos.
El padre Clemente dice la misa. Una señorita catequista indica a los niños lo que deben rezar, pronuncia voz alta las primeras palabras; y ellos la siguen a coro.
De pronto suena el armonio, tocado por la mano hábil del padre Nicolás, y callan los rezos, y se alza un canto que sacude los corazones porque es el mismo que todos hemos cantado de niños al comenzar y al concluir el catecismo.
¡Oh María, madre mía,
oh consuelo del mortal!,
amparadme y guiadme
a la patria celestial.
No incurra nadie en la ingenuidad de buscar ni en las palabras, ni en la música de estos cantos la razón de su eficacia. Pero no caiga tampoco nadie en la pretensión erudita de explicar la emoción que nos producen, por simple asociación de recuerdos.
Es algo más hondo que eso, porque lo que resuena en nuestras almas es no sólo el eco de nuestra niñez, sino la voz de nuestra conciencia.
El armonio se calla en el magnífico instante de la elevación.
El padre Clemente, después de comulgar, se vuelve, para una última exhortación a los niños que él ha preparado.
Está pálido, tiene los labios blancos y hay un imperceptible temblor en sus manos, que junta sobre el pecho.
La emoción le hace retardar las frases, y a cada pausa es tal el silencio que reina en la capilla, que sin el canto de los pájaros en los árboles próximos y sin el rumor de la ciudad, oiríamos el latir de los corazones.
El padre Clemente hace una gran cruz en el aire, y todos nos santiguamos, y los primeros comulgan corren a arrodillarse en la grada del comulgatorio, cubierto por un lienzo blanquísimo.
El sacerdote empuña el copón, toma la Hostia y, puesto de espaldas al altar, pronuncia claramente las palabras del Centurión: «Domine, non sum dignus…» ¡Señor, yo no soy digno de que entres en mi pobre morada, pero di una sola palabra y mi alma será sana…
Desde un rincón a la izquierda del altar, alcanzo a ver los ojos negros de mi chico, que me busca; también él está pálido. Quiero espiar su cara en el momento en que llega Cristo a su pecho puro, como a la casa del Centurión; pero una nube de lágrimas me impide verlo…
Después se acercan las niñas con sus velitos blancos Una de ellas es tan chiquita, que arrodillada desaparece detrás del comulgatorio. La hacen poner de pie y así comulga. En ella, más que en ninguna otra, se renueva la tradición de los primeros cristianos que recibían la comunión antes del uso de la razón.
Después viene el turno de los grandes, que comulgamos participando de la alegría de todos.
Cuando salimos, mi chico se echa en los brazos de su madre, y como ella le pregunta qué ha pedido a Jesús para todos nosotros, él le contesta refiriéndose a mí: “Que lo haga bueno y le de suerte en sus trabajos”
Esta seriedad no es su estilo, y me revela la profunda transformación experimentada en su alma.
En el patio, junto a la capilla, los padres benedictinos agasajan a los niños, y luego la amable bandada se dispersa por todos los rumbos de la ciudad.
Ese día hasta en los barrios obreros se ven niños con el moño al brazo y niñas coronadas de rositas y con el velo flotante en el viento de la calle.
No dejará esto de ser un cruel desengaño para los que trabajan día y noche para descristianizar a Buenos Aires, y que en ciertos momentos creen haber logrado su propósito.
Se han dormido tal vez un instante, y mientras ellos dormían, Jesús recorría su pueblo con su antorcha en la mano, de puerta en puerta, encendiendo la lámpara de la fe en las almas vírgenes que lo aguardaban.
¡Pobres espíritus fuertes que han podido creer apagada la fe, sino porque ellos dormían en las tinieblas!
La luz falta en sus almas, el amor falta en sus corazones y la esperanza faltará en sus últimas horas, si Él no se detiene en su umbral hasta que le abran sus puertas y le tiendan sus lámparas frías.

HUGO WAST, Obras Completas, Ediciones Fax, Madrid 1957, vol. II, pg. 1068.

FUENTE: https://www.facebook.com/pages/EL-COMPLOT-CONTRA-LA-IGLESIA

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