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EL CASO DEL PAPA HONORIO I

7 de noviembre de 2015

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EL CASO DEL PAPA HONORIO I
Este breve ensayo de Maurice Pinay nos alerta sobre uno de los motivos por los cuales un Sumo Pontífice legítimo puede sufrir la condena de la Iglesia: a saber, negligencia en su deber de combatir el error. El caso de Honorio, un papa notablemente eficaz en ciertos aspectos del gobierno de la Iglesia, y diríamos “bienintecionado”, puesto que sus esfuerzos se centraron en promover la unidad de los católicos, no deja de ser ejemplificador para estos tiempos. Su error, según definió luego la Iglesia, fue pretender esa unidad por medio de unas fórmulas de compromiso doctrinal y no en la defensa de la pureza doctrinal.


 

La condena del Papa Honorio I

El texto en latín de la condenación del Papa, que obra en las actas del Santo Concilio, es literalmente el siguien­te: “Anathematizari praevidimus et Honorium… eo quod invenimus per scripta quae ab eo facta sunt ad Sergium, quia omnibus eius mentem secutus est et impia dogmata confirmavit”. (Llegamos a la conclusión de anatematizar también a Honorio […] porque encontramos que en los escritos que escribió a Sergio siguió en todo la mente de éste, y confirmó sus impíos dogmas). En otras palabras, al afirmar el Concilio Ecuménico que el Papa Honorio I era excomulgado por seguir las doctrinas del heresiarca Sergio, lo excomulgaba claramente por herejía, por esa misma herejía de Sergio, que era a su vez condenada por el mencionado sínodo universal.

En esos días falleció el Papa Agatón y fue electo pa­ra sucederle San León II, quien solicitó del emperador en la forma acostumbrada la confirmación de su nombra-miento y la autorización para ser consagrado, hecho lo cual revisó las actas del Concilio Ecuménico y les dio su aprobación. En lo relativo a la excomunión de Honorio, la confirmó también, dando como razón “que había per­mitido que fuese manchada esta Sede Apostólica y la Fe inmaculada, con una traición profana” (“hanc apostoli­cam Sedem profana proditione inmaculatam fidem maculari permisit”).

Igualmente el Papa San León, en carta dirigida al emperador Constantino Pogonato, al informarle que había aprobado las cartas del Concilio Ecuménico le decía : “Excomulgamos asimismo a esos inventores de un nuevo dog­ma, Teodoro de Faran, Ciro de Alejandría, Sergio, Pablo, Pedro, intrusos más que obispos de la Iglesia de Constan­tinopla, e igualmente a Honorio, quién en vez de purificar a esta Iglesia Apostólica, se esforzó, por una traición sacrílega en destruir la fe inmaculada”.

Terrible precedente de excomunión sentado por un Santo Concilio Ecuménico, con la aprobación del Sumo Pontífice, canonizado santo, para aquellos Papas que, en lo sucesivo, siguiendo los pasos de Honorio I, “se esfuercen, por una traición sacrílega, en destruir la fe inmaculada”,según las palabras textuales del Papa San León, quien no solamente condenó tales hechos en Honorio, sino también su Iglesia, destinada a enseñar la doctrina de Cristo y preservarla de falsificaciones. Si los obispos sucesores de los apóstoles, o si los Papas sucesores de Pedro, faltan a sus obligaciones de enseñar y mantener pura la Doctrina de Cristo, traicionan al Divino Maestro y pierden la razón de su investidura como tales. La traición a la Iglesia o la simple negligencia frente a ataques o falsificaciones de la Doctrina de Cristo, es decir, de la Divina Revelación, si en un seglar es de graves consecuencias, en un obispo, por su autoridad eclesiástica, puede causar a la Iglesia y a los fieles mayor daño y, en un Papa, puede causar daños catastróficos a toda la Santa Iglesia y a todos sus fieles. (…)

Explicación de los motivos de la condena

Como el Papa Honorio en su conducta impuso silencio a los defensores de la ortodoxia y dio, al menos aparentemente, la razón a Sergio y a sus partidarios, se .supone que erró dogmáticamente, por lo cual no se puede decir que ‘el Papa sea infalible. Este argu­mento lo han esgrimido y lo siguen esgrimiendo hasta nuestras días todos los enemigos del Pontificado, y es bien conocido que, cuando se discutió en el Concilio Vaticano el dogma de la infalibilidad pon­tificia, la cuestión del papa Honorio fue una de las más agitadas y de las que proporcionaron armas constantemente a los impugnadores de la definición de este dogma.

Ahora bien, ¿qué solución cabe dar a este enmarañado pro­blema? Algunos apologistas, sobradamente expeditivos, han querido resolverlo negando a estas cartas el carácter de documentos dog­máticos o ex cathedra. Según esta solución, como la infalibilidad pontificia sólo se extiende a los documentos emanados ex cathedra, no pueden estas cartas ofrecer dificultad ninguna al dogma. Aun-que contuvieran algún error, éste sería muy de lamentar en un papa, más sería puramente error personal, un error privado, sin consecuencias para la infalibilidad pontificia.

Pero esta solución no puede admitirse. La razón que suele darse para quitar el carácter ex cathedra a estas cartas es que van dirigidas sólo a Sergio o que no contienen anatema ninguno y dan solamente normas prácticas de conducta, como es el silencio impuesto sobre aquellas discusiones. Este argumento resulta en verdad inconsistente, y, si bien se advierte, echaría abajo una buena parte del magisterio eclesiástico pontificio primitivo. Para que se pueda decir que el Papa habla ex cathedra, no es necesario que emplee un tipo especial de documentos, ya se llamen bulas, ya en-cíclicas, privilegios o decretos, en los que con toda solemnidad de-fina alguna verdad revelada. Lo importante es que hable como papa y maestro de la Verdad, determinando con autoridad suprema algún punto referente al depósito de la fe. Aunque esta enseñanza la publique en forma de carta, breve o rescripto, no deja de tener el carácter de documento ex cathedra.

Si no se admite este principio, deberíamos decir que la Epístola dogmática de San León a Flaviano, por ejemplo, no tiene ca­rácter dogmático. Evidentemente, detrás de Flaviano, a quien se dirige la carta, veía San León a toda la Iglesia, como detrás de San Cirilo veía el papa Ceferino a todos los fieles, y, en nuestro caso, el papa Honorio, al dirigirse a Sergio y Sofronio, enseñaba a toda la Iglesia. Por lo demás, no se trataba en nuestro caso úni­camente de cuestiones prácticas o disciplinares, sino que se debatía un punto dogmático de importancia fundamental en la doctrina cris­tológica. Así lo entendían de hecho todos los que intervinieron en la discusión.

Solución de la cuestión del papa Honorio

Descartada, pues, esta solución y partiendo de la base de que las dos cartas de Honorio son documentos doctrinales y, en tales condiciones, que deben ser consideradas como declaraciones ex ca­thedra, debemos afirmar que no contienen error ninguno dogmáti­co. Por consiguiente, no ofrecen dificultad ninguna contra la infa­libilidad pontificia. Lo único que debemos conceder es que el papa Honorio no estuvo acertado en el modo como resolvió el asunto, al imponer silencio a las dos partes. Fue un error de táctica, de graves consecuencias para la Iglesia, pero no un error doctrinal, que es lo único que comprometería la infalibilidad.

Efectivamente, la expresión “unde et unam voluntatem fate­mur Domini nostri Iesu Christi” y otras semejantes que se emplean, si se estudia bien el contexto, se refieren a la unidad moral de las dos voluntades de Cristo, no a la unidad física, que es lo que de­fendían los monoteletas. Ciertamente era una expresión que engendraba confusión; pero el sentido que tenía en la mente de Honorio era plenamente ortodoxo: unidad moral. Por esto habla de un único operante, de dos naturalezas unidas en un solo Cristo; dos naturalezas que obran lo que les es propio sin confusión ni separación, pero en unidad moral perfecta. Todo esto, que es doctrina expre­sada por Honorio en sus cartas, no es otra cosa que el dogma or­todoxo católico. El que Sergio y sus secuaces interpretaran en favor suyo la expresión de única voluntad en Cristo, como si Honorio defendiera una sola voluntad física, no debe inducirnos a error. También en otro tiempo los adversarios de San Cirilo, los nestoria­nos, interpretaban algunas expresiones de sus anatematismos como si fuera partidario del monofisitismo, y, en realidad, sus palabras daban pie para esta sospecha; pero, si se atiende al conjunto de su doctrina, aparece claramente que no contienen ningún error.

No de otra manera opinaban sobre el sentir del papa Honorio los prohombres de la causa católica que intervinieron en estas dis­cusiones. Todos ellos lo presentaban como autoridad en favor de sus ideas contra los monoteletas, sin temor de que nadie los con­tradijera. Así, el más insigne de todos, San Máximo Confesor, afirmaba que, en las conocidas cartas, Honorio solamente había querido “explicar que jamás de ninguna manera la naturaleza hermana, concebida virginalmente, fue de hecho arrastrada por la voluntad de la carne”; es decir, que únicamente quiere salvar la unidad moral de las dos voluntades. Precisamente esta argumen­tación era la que más fuerza daba a San Máximo en sus encarni­zadas luchas contra los monoteletas, como se verá después. Por otra parte, él, contemporáneo de los acontecimientos, podía estar muy bien enterado del verdadero sentido de las palabras del papa Honorio, tanto más cuanto que nadie le contradijo de hecho en todo este razonamiento.

Del mismo parecer era el abad romano Juan, quien se supone haber redactado la primera carta. Pero, sea de esto lo que se quiera, el hecho es que, según él atestigua, el papa Honorio únicamente defendía una voluntad moral, no una sola voluntad física.

A la misma conclusión llegaríamos si consideramos la manera como más tarde se condenó al papa Honorio. En todas las fórmu­las de condenación y anatema contra él no se le atribuía ningún error dogmático ni se afirmaba que hubiera defendido ninguna he­rejía, sino únicamente que había sido negligente en el desempeño de su oficio y que no había sido bastante enérgico, fomentando con su descuido la herejía.

En realidad, pues, esta es la verdad en la cuestión del papa Honorio. Con una sólida argumentación histórica y a basa de documentos convincentes, se puede probar que no erró dogmáticamente ni enseñó ningún error ex cathedra.

En cambio, no puede librarse al papa Honorio de una conducta desacertada y verdaderamente dañina a la causa católica. Se dejó prender demasiado fácilmente en las redes de Sergio, como en otro tiempo el papa Zósimo en las de Pelagio y Celestio. Creyó con demasiada facilidad en las falacias de este hombre astuto, por lo cual tomó aquella medida desacertada de imponer silencio a los defensores de la verdadera causa. Este sistema no podía favorecer más que al error, el cual podía de este modo extenderse sin que nadie se le opusiera, y esto por obra del que debía haberle cortado los pasos. La obligación del vigilante supremo de la Iglesia ha sido siempre imponer silencio al que compromete la verdad, no a los que la defienden. Si hubieran seguido esta misma norma, el papa Julio I (337-352) hubiera impuesto silencio a San Atanasio en su campaña contra los errores arrianos, y Celestino I (422-432) a San Cirilo contra los nestorianos. La gran falta de Honorio con­sistió en dejarse alucinar por Sergio y juzgar toda aquella contienda como cuestión de palabra, ordenando, en consecuencia, guar­dar silencio a los defensores de la fe y dando con ello ocasión a que se propagara el error. En este sentido deben entenderse todas las condenaciones subsiguientes de este Papa.

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