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LA ENCÍCLICA HECHA EN EL INFIERNO

2 de julio de 2015

Desde las palabras iniciales de Laudato Si’, emitida por el Papa Francisco y escrita supuestamente por una comisión dominada por John Schellnhuber, agente británico y maltusiano radical, esta encíclica está en franca oposición a todas las otras encíclicas papales que han tenido que ver con temas sociales, desde León XIII a fines del siglo 19. Mientras que esas encíclicas siempre pusieron al ser humano en el “centro” como lo más amado del Creador, Laudato Si’ describe a la humanidad como el gran contaminador, si no es que la contaminación misma.

Es más, es el contaminador de un creador diferente, la llamada “Madre Tierra”. La Encíclica inicia “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas”.

“Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores (una mejor traducción sería “tener dominio sobre ella”), autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el aire, en el agua, en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más maltratados y abandonados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que “gime y sufre dolores de parto” (Rm 8:22). Olvidamos que nosotros mismos somos tierra, (Gn 2:7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura”.

El adorar a la madre tierra como al creador, es paganismo, incluidas sus formas satánicas. Este es un rechazo tanto a la perspectiva científica de la actividad humana como al cristianismo, al mismo Génesis.

“En la medida en que todos generemos pequeños daños ecológicos, estamos todos llamados a reconocer nuestra contribución, grande o pequeña, al desfiguramiento y destrucción de la creación”. ¿Desfiguraron y destruyeron los antiguos griegos la costa sobre la cual construyeron Atenas, o el mar sobre el que navegaron? ¿Desfiguró y destruyó Kepler el sistema solar al descubrir el diseño que Dios le dio? ¿Lo hicieron los astronautas al explorarlo? ¿Las naves espaciales al mapear y medir la tierra? ¿Desfiguró el petróleo la sociedad que quemaba leña que le precedió, o los descubrimientos de los isótopos nucleares desfiguraron y destruyeron a los pacientes en la medicina?

A pesar de tratar de cubrirse con citas sin contexto de todo tipo imaginable de documentos papales anteriores, éste es exactamente lo opuesto. Compare lo que Schellnhuber y demás citan de la encíclica Redemptor Hominis de Juan Pablo II:

“El auténtico desarrollo posee un carácter moral y supone el pleno respeto a la persona humana, pero también debe prestar atención al mundo natural y tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un mundo ordenado”. “Por lo tanto la capacidad de transformar la realidad que tiene el ser humano debe desarrollarse sobre la base de la donación originaria de las cosas por parte de Dios”.

Con lo que Schellnhuber y demás escriben en Laudato Si’:

“Debemos estar agradecidos por los esfuerzos encomiables hechos por los científicos e ingenieros dedicados a encontrar soluciones a los problemas causados por el hombre (énfasis agregado). Pero una mirada seria a nuestro mundo nos muestra hasta qué grado la intervención humana está en realidad volviendo menos rica y menos bella a nuestra tierra, incluso más limitada y gris, aún cuando los avances tecnológicos y los bienes de consumo continúan abundando ilimitadamente. Parece que creemos que podemos sustituir una belleza irremplazable e irreversible con algo que nosotros mismos hemos creado”.

La mayor parte de la encíclica tiene la forma más superficial de dos o tres párrafos glosados en forma de “contaminación”; casi apelando a la consciencia preadolescente de “contaminación, ¡huy, que horror!” sin intentar ninguna explicación científica o ingenieril, posibles avances o posibles soluciones.

Lo que es más criminal es que el sujeto de la misma es negar que el progreso científico y tecnológico pueda elevar al pobre, lo que convierte a esta encíclica hecha en el infierno en un ataque directo a las naciones en vías de desarrollo.

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