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LA GUERRA DE LOS CRISTEROS EN SÍNTESIS

28 de abril de 2015

COLIMA EN LA CRISTIADA

Parte del botín gubernamental tomado a los ciudadanos católicos de Colima

Parte del botín gubernamental tomado a los ciudadanos católicos de Colima

Aparentemente, el pequeño estado de Colima, zona limitada, aislada, ofrecía todas las condiciones, para que un ejército regular apoyado por la artillería, la marina y la aviación pudiera aplastar rápidamente una insurrección popular, rústica, improvisada.

Ahora bien, no obstante una serie de ofensivas masivas, lanzadas cada año por los mejores generales (liberales y masones) A:

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Los tres primeros cruzados de la Cristiada en Colima.

Ferreira, Talamantes, Beltrán, Buenrostro, los hermanos Ávila Camacho, Pineda Rodríguez, Flores, Martínez, Heliodoro Charis, Eulogio Ortiz y el propio ministro de Guerra Joaquín Amaro, quien había ido cuatro veces a Colima; los cristeros se mantuvieron invictos, controlando una zona “liberada” y no dejando un solo punto del estado al abrigo de sus incursiones.  Sin embargo, fueron incapaces de vencer, y su fracaso al intentar la toma de Manzanillo demostró los límites de la guerra de guerrillas.

En un mapa estratégico, la ciudad de Colima se vería como una ciudadela sitiada, comunicada con Jalisco y con Manzanillo gracias a un ferrocarril constantemente amagado. Los cristeros no se quedaban en los valles pero los recorrían cada día y mantenían una inseguridad permanente. Los volcanes (el de fuego y el de hielo) B, serán su refugio inexpugnable y sus bases. En el mapa no se ven los innumerables ranchos y rancherías de allá arriba, en la Arena, Caucentla, y otros ranchos aislados.

Arrimados a una corriente de agua, o rodeados de una huerta que a veces es de alguna importancia, plátanos, guayabas, cafetos, etcétera, que los interesados riegan por medio de tomas miniatura que les permitan llevar el agua por zanjas que se antojan de juguete, a humedecer la tierra de aquel solar, tampoco no es difícil encontrar cajones de abejas que con sus cosechas de cera y miel, ayudan a sus dueños a pasar la vida.[ 1 ]

Rancheros, medieros, pequeños propietarios, cazadores y salitreros de los volcanes, trabajadores de las haciendas, tales fueron los cristeros, gente de a caballo, pero también capaz de nutrir la infantería, que se organizó en grupos pequeños, que contaban entre 25 y 70 personas, dispersos en toda la zona. Tratándose de guerrillas -gente que vivía con sus familias-, tal cifra no se podía rebasar. Los hombres se agrupaban cuando los convocaban para dar un golpe; formaban entonces una columna de 200 a 300 hombres que no duraba más de algunas horas. La unidad de base, dirigida por un capitán, tenía de 35 a 40 hombres. No se podía juntar mucha gente durante mucho tiempo, por razones militares y económicas. Los combatientes vivían con sus familias en el cerro y trabajaban para comer. Los campamentos militares y los fortines se encontraban abajo de los campamentos, en los que vivían los civiles, para protegerlos.

La agricultura y la ganadería de esas rancherías mantenían a los cristeros, pero limitaban su número por la escasez de sus productos. Eso mismo complicó la tarea del ejército federal. Para entrar a los volcanes, sin perder mucha gente en esa guerra de emboscadas, de “pique y huye” en la cual eran maestros los cristeros, tenían que formar columnas grandes, lo que implicaba realizar campañas breves. En efecto, ¿cómo mantener a tanta gente y a los caballos? Las columnas (del ejército gubernamental) C. llevaban consigo alimentos y parque para una semana, y luego tenían que regresar, mientras que los cristeros divididos en grupitos podían subsistir -y pasar hambre siempre-.

Era (éste)”un ejército de hombres de buena voluntad. Se tuvo que sufrir tremendamente todo el 27. El 28 la cosa se puso algo mejor, los pacíficos se decidieron a ayudar efectivamente, se organizó militarmente, se purificó el pensamiento de lo que se quería, comentaría el padre José Verduzco, 40 años después.

En 1927, el gobierno cargó toda su fuerza para deshacer esos brotes pero encontró la resistencia extraordinaria de los cristeros. Después de muchos combates, sin parque, un muchacho me preguntó que por qué no se hacía frente. Nunca tuvimos que lamentar deserciones, por la fortaleza y la certeza del ideal. No más privaciones, penas superiores; robos, violencia, abusos eran estrictamente prohibidos, claro que por más santa que sea la guerra (ésta es tremenda) D. Había de todo, pero dominaba la juventud de 20 a 40 años, en ese ejército de campesinos “huarachudos” (con sandalias) E. entre los cuales andaban algunos seminaristas.[ 2 ]

Uno de aquellos seminaristas, el joven Miguel Anguiano, organizó al principio la región de Pihuamo y de El Naranjo; después controló grupos de la región de Ciudad Guzmán, Tecalitlán, Jilotlán, Ahuijullo, hasta el río Tuxpan y Naranjo.

En el último año de la guerra, Andrés Salazar -un valiente general cristero, hombre maduro, campesino, jefe de acordada antes de 1927- fue el jefe indiscutible de los cristeros de Colima, aunque le haya costado trabajo imponerse.

El padre Enrique Ochoa, hermano del primer jefe cristero del estado, Dionisio Ochoa -otro seminarista-, muerto en 1927, convenció por fin a Salazar. Por cierto, ese sacerdote, quien años más tarde publicaría: “Los cristeros del volcán de Colima”, bajo el seudónimo de Spectator, fue la conciencia del movimiento en Colima.

También eran ex seminaristas Virginio García, el organizador civil; el mayor Filiberto Calvario; el mayor Candelario Cisneros -quien se ordenó después de la guerra-; J. F. Ramírez y Jiménez; el coronel José Verduzco B., futuro sacerdote, y el capitán, J. J. Dueñas Rolón. La gran mayoría de los antiguos alumnos del seminario militaron en la Liga, en la organización civil o se fueron a la guerra. Entre ellos estaban Marcos Torres, muerto en 1928; el mayor Pedro Radillo, muerto en combate; Rafael Borjas, quien fue correo para no verter sangre y fue fusilado en abril de 1927; Tomasito de la Mora, primer jefe civil, fusilado el 27 de julio de 1927; el capitán Martín Zamora, muerto en combate en septiembre de 1927; Prudencio Dávilo, jefe civil de El Naranjo, torturado y fusilado el 28 de abril de 1929; Manuel Hernández, civil, fusilado el 25 de julio de 1928 con el niño Francisco Santillán; Abraham B. Cisneros, civil, fusilado en compañía de todo el ayuntamiento cristero de Minatitlán, el 31 de mayo de 1929, y algunos otros más.[ 3 ]

José Verduzco, nacido en 1918 en Zapotiltic, coronel cristero, luego sacerdote y canónigo, habla de la “Cristiada” con emoción y también con sentido del humor: la llama “la ratería”. “¿Por qué no?, si nos decían los rateros. Para recibir una ayuda de los ricos, eran necesarias 20 amenazas, cierta violencia, ya que de su parte no hubo ninguna espontaneidad. Al principio Dionisio Ochoa pidió a la buena, pero con excepción de Enrique Schondube y de algún que otro, nadie dio”.[ 4 ] “Si tú pides y uno te da, lo llega a saber el gobierno y nos amuela. Si tú asaltas y te apoderas del dinero, nosotros aparecemos víctimas y de ninguna manera cómplices.” Tuvo que explicarle el hacendado Salvador Ochoa.[ 5 ]

Verduzco comenta que la teología y el derecho canónico enseñan que en la necesidad todo es de todos.

Fue la aventura de mi vida, la época en que más me sentí vivir. No se trataba solamente de obtener el derecho de rezar, sino de enderezar mi pueblo que había vivido siempre de rodillas, oprimido por unos pocos. Por eso nuestro programa iba mucho más lejos, hasta donde Vasconcelos [quien fue en 1919 candidato a la presidencia de la república. N. del A.]. No creo que nuestro combate haya sido vano, pues que entonces hubo una tentativa por parte del gobierno para aplastar definitivamente al pueblo.

Y el pueblo resistió. Claro, los arreglos, mejor dicho “los desarreglos”, fueron el gran golpe político para cortarle el paso al vasconcelismo (El Lic. José Vasconcelos fue candidato a la presidencia para contender contra Álvaro Obregón) F. Nosotros, los jefes con alguna cultura, éramos conscientes de lo que se jugaba, mucho más que las libertades religiosas, la posibilidad de la democracia en México. Vasconcelos iba a necesitar de la fuerza militar de los cristeros para hacer respetar su victoria electoral. Pero el pueblo peleaba (Por su religión católica y para defender a la Iglesia) G. para la Iglesia, nada más, y tan pronto como se oyó el primer repique de campanas, los cristeros -quienes en su inmensa mayoría no pensaban de otro modo-.

Se vieron amenazados de ser abandonados por el mismo pueblo que los había sostenido durante tres años, y de pasar de la calidad de “hermanos,” a la de “rebeldes y bandidos”.[6 ]

EL OBISPO, LOS SACERDOTES Y LOS CRISTEROS

No es verdad que “la Iglesia se rebeló”, dice el padre Verduzco. 
Monseñor Velasco no nos dio ni una orden ni un consejo. A sus sacerdotes les dijo que dejaran a sus hijos que se defendieran. Él no abandonó su diócesis nunca. Se fue a la montaña, al cerro del Cocoyul, en la sierra del Tigre, bajo la protección de los agraristas de Ahuijullo, enemigos de los cristeros, por cierto. Continuó dirigiendo su diócesis como si nada. Muchos sacerdotes se fueron también al monte, para no abandonar a sus parroquias; algunos se refugiaron en Guadalajara y en el Distrito Federal, pero la mayoría se quedó, aunque no eran capellanes militares y mucho menos dirigentes del movimiento. Su presencia, en medio de su grey, compartiendo los peligros, desde luego que animó al pueblo. Lo que es el cura, es el pueblo; si el llorado monseñor Velasco fue un valiente, lo natural era que su clero y su pueblo también lo fuesen.[ 7 ]

Vale la pena señalar que el padre Valera, vicario de Apulco, luego de El Mamey (Minatitlán), no vio con buenos ojos la Cristiada. Nunca dejó su trabajo pastoral y fue fusilado por fuerzas del gobierno, el 3 de junio de 1929, en Toxin.[ 8 ] El cura Negrete nunca abandonó su parroquia de Jilotlán (Manuel Diéguez); el cura Santana, de Pihuamo, anduvo en el monte hasta regresar al pueblo, en 1928, con el permiso del obispo y las garantías de las autoridades, para ejercer su ministerio de casas particulares.[ 9 ]

El cura Sixto Michel se quedó en San José del Carmen. En Tecomán, pueblo que no participó en la guerra, cuando el gobierno quiso arrestar al cura Arreguín hubo un motín, se soltó al cura y todo siguió igual.[ 10 ] En Tepames, el padre Juan Alvarado sirvió los tres años de la contienda. Ya contamos cómo el cura de Zapotitlán (Jalisco), J. Guadalupe Michel, fue fusilado en Manzanillo. También fueron fusilados el padre Miguel de la Mora, en Colima, el 7 de agosto de 1927,[ 11 ] y el cura Rodríguez en Tolimán. Además parece que en la Villa de Álvarez el cura Tiburcio Aguilar se registró con las autoridades.[ 12 ]

24

obispo Atenógenes Silva

“Lo que es el cura, es el pueblo.” Posiblemente, pero el dicho se puede rezar al revés: “Lo que es el pueblo, es el cura”. La presencia de un clero numeroso, nacido y formado en el mismo (Estado de) H. Colima: la presencia de numerosas y pequeñas parroquias de formación reciente, de una gran cantidad de capillas, iglesias y cofradías; la fuerza de la Acción Católica, del catolicismo social introducido por el obispo Atenógenes Silva, de los sindicatos católicos: todo indica la existencia de una sociedad profundamente católica.

¿UN GOBIERNO CRISTERO?

Se puede hablar de gobierno cristero en algunas regiones, como la Huejuquilla el Alto, en Jalisco y Zacatecas, o en la de Coalcomán, Michoacán, en las cuales desapareció la administración del estado, al quedar, de hecho, bajo el control militar de los insurgentes.

En Colima, a causa del carácter tan permanente y fuerte de la guerra, no fue posible organizar un gobierno civil con sus autoridades electas y sus escuelas: tanto el aparato civi,l como el militar, no podían ocuparse sino de la contienda extremadamente dura que, durante tres años, padeció la región. Como en Coalcomán o Huejuquilla, los cristeros estaban con sus familias pero, en lugar de permanecer con ellas en los pueblos, tuvieron que llevárselas consigo arriba, a los volcanes. Para ellos, no existía otra vida que la guerra ni más gobierno que el de los jefes militares. En otros lugares del estado, en la frontera con Michoacán y Jalisco, pudo establecerse un gobierno paralelo.

En el sur de Jalisco, el general Manuel Michel encarnó la autoridad militar y civil. Sus archivos reflejan todas sus responsabilidades, que van desde los problemas espirituales -encontrar un sacerdote que atienda a sus soldados- hasta el arbitraje en asuntos de concubinato o de herencia, sin contar las tareas administrativas, económicas y militares.

Manuel Michel, muy conocido y apreciado en la región de Zapotitlán, donde había arrendado un gran rancho que trabajaba con 25 jornaleros, no encontró dificultad alguna en reunir un regimiento de 500 soldados y después organizar toda la región. En aquella zona pobre, el general impuso a todos una actividad incesante: cuando los soldados no estaban en campaña, recibían instrucción militar y cívica durante las horas de descanso; el resto del tiempo trabajaban con los “pacíficos” o “cristeros mansos” cultivando maíz y hortalizas en terrenos desmontados o en las tierras en descanso de las haciendas, repartidas de manera autoritaria por el militar.

El general impuso incluso a las comunidades agraristas esa misma forma de vida, protegiéndolas tanto de los demás grupos cristeros como del gobierno. Así, el 21 de enero de 1929 recibió la sumisión de los agraristas de Telcruz y Ayotitlán y les contestó: “Pregunten a las comunidades de Zapotitlán, Tetepan, Mazatlán, Santa Elena y Zacoapan, a ver si nuestro movimiento les da garantías y los protege”.[ 13 ] Dos días antes había recibido su queja: “Todos los vecinos de Telcruz y Ayotitlán comparecemos por escrito ante usted y su respetable personalidad, quejándonos de los atropellos que nos vienen cometiendo A. Contreras y F. Cobián [antiguos jefes agraristas convertidos en cristeros]. Le suplicamos operar en contra de éstos”.

Manuel Michel instaló por todos lados autoridades judiciales, nombró presidentes municipales y confirmó las autoridades tradicionales de las numerosas comunidades indígenas. Recibía, las quejas como justiciero supremo y procedía con severa rapidez contra los culpables. Esta rigidez que contribuyó a su popularidad se extendió a las costumbres y a la esfera económica: no toleraba la borrachera ni los tahúres ni las prostitutas. Manifestó la misma energía, pero con más éxito, en el campo de la producción. Llegó a trabajar toda su región, como si se tratara de una gran hacienda o de ejido colectivo. Exigía el respeto absoluto a la propiedad y prefería “morir de hambre a no pagar” lo que necesitaba. El 23 de febrero de 1929 mandó arrestar a Rincón y a Carrión, quienes robaban dinero a los agraristas de El Chante, y el 17 y 18 de abril del mismo año envió cartas a sus colegas, los generales Anguiano y Salazar, para reclamarles las requisas abusivas de sus soldados, “quienes en rigor les exigen ayudas imposibles, sin preocuparse de ir a traer de haciendas a enemigos”. El 9 de enero de 1929 mandó fusilar al capitán cristero Alfonso Rodríguez Tapia, quien a “algunos pacíficos les cometió faltas graves”.

Si no toleró robos y extorsiones, no tardó en enojarse contra los hacendados y rancheros: primero les pidió su cooperación comprensiva, luego les mandó una advertencia, luego pasó a los hechos, exigiendo un porcentaje de las cosechas de las haciendas y poniendo a cultivar las zonas no trabajadas. Llegó a realizar secuestros por cobrar las cantidades reclamadas. El 30 de marzo de 1929, escribió a don Alejandro Alfaro, en Sayula: “Me he permitido asignarle a usted en buena cuenta de 1 000 pesos […]; empleo esta forma amigable para solicitar su ayuda y me permito asegurarle que su negativa me autorizará para proceder en forma contraria”.

Todos los propietarios, hasta los pequeños, tuvieron que entregar, a la buena o a la mala, una parte de su cosecha, y las autoridades civiles cristeras se encargaban de cobrar esa especie de diezmo que repartían después a los cambiantes, a sus familias y a la gente necesitada. Era una necesidad para compensar las pérdidas que la guerra y la reconcentración periódicamente impuesta por los federales causaban. A la hora de la cosecha, Michel movilizaba a todo el mundo para levantarla con rapidez, antes de la llegada del ejército: “Con tu gente anda a traer maíz de los ranchos, lo mismo que el frijol. A los pacíficos los obligas a cargar y arrear los burros y tú con toda la gente los proteges”, escribió el 15 de enero de 1929 al capitán Aniceto Arias.

Buen agricultor, pudo aplicar sus conocimientos coordinando la producción de las haciendas de varios municipios, estimulando el cultivo de maíz y la cría de ganado en todas partes.

“He enviado gente de trabajo a las pertenencias de la primera agua que usted administra –escribía a un administrador, Francisco Santana, en febrero de 1929-, para que trabajen en el próximo temporal de lluvias […], lo que pongo de su conocimiento para que no me les ponga ninguna traba, y en cuanto a rentas, si disfrutamos de paz al cosechar sus productos, religiosamente pagarán lo que les corresponde”

Este arrendamiento forzoso respondía al deseo de “que la región controlada por el movimiento libertador se trabaje en la mayor escala posible, obteniendo con ello el mejoramiento de la clase pobre”. Envió representantes hasta Minatitlán, Camotlán y Cedros para alquilar animales de labor en cantidad suficiente, siempre con orden de “defender en la mejor forma los intereses de los contratantes”. La circular terminaba de manera amenazadora: “No creo que habrá obstinación o egoísmo de parte de los dueños [22 de marzo de 1929]”.

Con el fin de diversificar las actividades y obtener algún dinero por la venta de los productos, Michel alentó el cultivo del café, del chile y de la caña, y vigiló personalmente la calidad del azúcar, del alcohol y de las pieles curtidas, creando talleres para el trabajo del cuero, de las fibras, del hierro y de la madera, plantando tabaco para que sus tropas pudieran fumar y llevando una contabilidad escrupulosa de todos los granos cosechados entre Zapotitlán, Tolimán y Tuxcacuesco.

En la región de Cerro Grande, donde se apiñaban las familias cristeras, mandó abrir 9 escuelas para 500 niños. La zona sometida a su dirección agrícola fue la del piedemonte del volcán, pero su autoridad administrativa se extendió hasta Ciudad Guzmán, San Gabriel, Atoyac y Sayula, cuyas autoridades, nombradas por el gobierno, colaboraban en secreto con él. En su correspondencia sobran pruebas de esto.

Otras autoridades que colaboraron con él fueron las de San José del Carmen, Toxin, La Salada, El Mamey, Tetapan, Tolimán, Tajipo, Tuxcacuesco, Mazatlán, Hitzoma, Zapotiltic y Tuxpan.
Michel trabajó siempre con el general Andrés Salazar, ya que la frontera entre Jalisco y Colima no constituyó un gran obstáculo.

LA ORGANIZACIÓN CLANDESTINA Y LAS BRIGADAS FEMENINAS

Nadie duda de los méritos de los combatientes, pero sin el heroísmo oculto de los civiles que hacen un trabajo de hormigas, los combatientes no tienen forma de manifestar su valor. Eso vale para todas las guerras y todas las revoluciones.

En la Cristiada, la participación de los “pacíficos” como correos, espías, pepenadores de armas, parque, dinero, alimentos, propagandistas, etcétera, tuvo una importancia decisiva. La jefatura civil de Colima estuvo primero a cargo de Tomás (“Tomasito”) de la Mora y, después del fusilamiento de éste, a cargo de Virginio García Cisneros, bajo el nombre de guerra de Juan Gómez Moreno. En sus memorias – Mosaico colimense -, Virginio García cuenta todo sobre la organización civil y las Brigadas Femeninas, da los nombres y la razón social de los que trabajaron con él, algunos de los cuales murieron en la raya. La red de simpatizadores cubrió todo el estado, incluyendo ferrocarrileros, jefes de estaciones, oficinistas, arrieros y caporales de haciendas, como Leonardo Aguilar, de San Marcos o Ignacio González, de Buena Vista.

brigadas_femeninasLas Brigadas Femeninas nacieron en 1927, a imitación de las de Jalisco, para ayudar a los cristeros que, sin parque, tenían que correr y correr siempre. En noviembre de 1927 los jefes militares y civiles se reunieron en la ciudad, calle Aldama -¡qué imprudencia!- para fundar una brigada. Algunas mujeres desde un principio habían trabajado de manera espontánea: las hermanas María y Marcelina Camarena, Amalia Castel, Adela López, de San Jerónimo, Judit Dueñas, Teresa Márquez, pariente de Miguel Angiliano Márquez, así como las profesoras Chonita Galindo, Juanita Pamplona y otras más. El contacto con Guadalajara fue fácil y se realizó por medio de unas muchachas colimenses que vivían en la ciudad tapatía y, después, mediante una sección de las brigadas (BB) de Colima especialmente organizada en Guadalajara.

Las BB no se formaron sin problemas, pues esa organización clandestina tenía que ser secreta. Exigía un juramento de guardar el secreto y funcionaba en células cerradas, que no se conocían unas a otras. Eso disgustó a varias mujeres, que siguieron trabajando en forma independiente. Virginio García detalla la organización militar de las BB, desde su generala, la señorita Francisca Quintero (45 años); su coronela, la profesora Petra Rodríguez; sus mayores y capitanas, hasta los cabos. García tenía en sus archivos el estado completo del cuerpo que funcionó casi dos años de una manera estupenda y muy eficiente. Los agentes y el general Eulogio Ortiz encontraron algunos hilos de la organización hasta mayo de 1929, pero el secreto evitó un desastre.

Las BB tenían gente en Colima, desde luego, en Comala, San Jerónimo (Cuauhtémoc), Tecomán y Manzanillo, o sea unas 400 mujeres.[ 14 ] La brigada de Colima se llamó: “María de los Ángeles Gutiérrez”, por la muchacha que murió con Dionisio Ochoa y Sarita Ochoa, la jefe de las BB de occidente, en la explosión de sus bombas, en el volcán. Además de sus tareas militares, de acopio y entrega de elementos de guerra, ropa, alimentos, de información y vigilancia, las mujeres de las brigadas se encargaron del pequeño hospital cristero en los volcanes, a cargo de Amalia Castel, Viviana Aguilar y Salomé Galindo. En Colima y en los pueblos les tocó esconder y atender enfermos y heridos de gravedad, así como jefes civiles o militares en misión.

En agosto de 1927 la policía pudo arrestar a Benita Coria, Rosa Ávila y Consuelo Ochoa, una hermana del jefe Dionisio. La segunda racha ocurrió exactamente un año después, en agosto de 1928: cayeron María y Marcelina Camarena, Dolores Maldonado e Isabel Pérez. El golpe de diciembre de 1928 fue más duro: el grupo de Comala perdió unas diez militantes, a la señora Andrea Cisneros y a cuatro de sus hijas: Ramona T. viuda de Hernández, Victoria Ramírez, Margarita Martínez y M. Carmen Cruz de López. También fueron apresadas, en Colima, María de la Luz Gutiérrez y Mercedes Santillán.

Pero el gobierno no se enteró, sino hasta el final, de la importancia de esa red subterránea. A principios de junio, “agentes de la policía militar lograron echar el guante a una muchacha de nombre María Soledad Monroy, a quien se le recogieron 109 cartuchos para máuser y 30-30, teniendo conocimiento de que era una activa proveedora de parque para los rebeldes, con quienes se encontraba en constante  comunicación”.[ 15 ]
El 2 de junio, el gobierno había asestado un duro golpe a la Brigada de Colima, arrestando a las profesoras María Concepción Galindo y María Guadalupe Ramos, así como a Juanita Ochoa, Leonor Barreto, Adela López, M. Trinidad Preciado, M. de Jesús Vargas. Esa redada fue la última de una serie que empezó en Guadalajara a fines de marzo, pasó por Sayula, México y otros lugares, y llegó por fin a Colima. Tuvo mucho que ver en eso el conflicto que enfrentó a los dirigentes de la Liga en México con los jefes civiles de Guadalajara y con las brigadas, cuya cabeza estaba en el occidente. -16-.

NO TODOS FUERON CRISTEROS

Desde luego, como el tema principal de esta breve historia se ocupa de los cristeros, el autor no ha hecho la investigación que le permitiera decir, seriamente, quiénes y cuántos no fueron cristeros, quiénes y cuántos fueron neutrales, quiénes y cuántos fueron activamente, enemigos de los cristeros, los combatieron con las armas en la mano y por qué.

Se mencionó, por ejemplo, que el pueblo de Tecomán se mantuvo al margen de la contienda. Supo conservar su sacerdote, no permitió que el gobierno se lo quitara, autoridades inteligentes lo respetaron. Tecomán, pues, no fue ni cristero ni anti-cristero.

Fueron anti-cristeros muchos agraristas -en aquel entonces se usaba muy poco la palabra “ejidatario”-; muchos, pero no todos.

En Colima, el agrarismo estaba aún en pañales en 1926; el estado seguía siendo una zona de haciendas, en la cual las propiedades de más de 5 000 ha representaban en 1923 el 60% de la superficie.[ 17 ] Al lado de las haciendas existían comunidades indígenas, ranchos, así como numerosas rancherías de medieros y pequeños propietarios. Según datos de la Comisión Nacional Agraria, parece que en Colima, entre 1917 y 1926, 1 100 agraristas recibieron 28 000 ha y, en los tres años de la guerra cristera, unos 1 400 recibieron otro tanto.[ 18 ] O sea que la “Cristiada” presionó al gobierno del estado, hasta entonces tibiamente repartidor, a acelerar el reparto, para tener campesinos que pelearan contra los campesinos insurgentes: “Para los toros del Jaral, los caballos de aquí mismo”.

El gobierno armó a los agraristas, formando “defensas”, y en la primavera de 1929, cuando la situación se puso muy dura, a un cuerpo de voluntarios de cerca de 300 hombres; les dijo que los cristeros eran los guardias blancas de los hacendados y que les iban a quitar su tierra. Para los cristeros, los agraristas armados resultaron unos incomprensibles traidores -incomprensibles porque, casi siempre, eran tan católicos los unos como los otros, y muchas veces hasta parientes-. Al usar “una cuña del mismo palo”, el gobierno desató una fuerza incontrolable, la fuerza del odio. Los cristeros no iban contra los agraristas por agraristas, y los agraristas no iban contra los cristeros por católicos. Muchísimos cristeros, después de la guerra, organizaron ejidos.

Los de Ahuijullo (Jalisco) y de El Tigre, apodados “los conchos” por el nombre de su jefe, fueron contra los cristeros siempre, pero respetaron y protegieron al obispo Velasco, al cual el general Eulogio Ortiz hubiera arrestado con gusto. De la misma manera, el cura Flores pudo seguir atendiendo su parroquia y vivir en su curato en medio de los “conchos”.

En Suchitán fue posiblemente donde se concedió el primer ejido del estado; en 1916 Gorgonio Ávalos consiguió la restitución contra las haciendas San Antonio y Noguera. Fogueados en duras luchas, esos agraristas que habían visto sus ranchos quemados por el adversario tenían que apoyarse en el gobierno y, lógicamente, apoyarlo. Lucharon contra los cristeros, tanto más cuanto que Comala fue un pueblo cristero con el cual estaban peleados desde antes.

Minatitlán es un caso diferente, un pueblo al cual no llegaba todavía el agrarismo pero que estaba dividido, quizá desde los años del carrancismo y del villismo, o tal vez desde antes. En 1913 los “indios” de Ayotitlán y Telcruz saquearon El Mamey, luego fueron villistas y en 1920 aniquilaron a la defensa de El Mamey. El Mamey fue cristero en su mayoría, Ayotitlán y Telcruz fueron anticristeros hasta principios de 1929, cuando se sometieron al jefe Manuel Michel.

Así que de Minatitlán salieron jefes cristeros como Miguel y Anselmo Figueroa y Jesús Rodríguez, y jefes gobiernistas como José Larios y Arnulfo Elías.[ 19 ]

Otros enemigos de los cristeros tampoco tenían nada de agraristas: en 1924, Tranquilino Corona, de Minatitlán, mató a un diputado, líder agrarista de Autlán (Jalisco), llamado Casimiro Castillo. Por conveniencia, Corona se levantó con los cristeros; cuando vio que la cosa iba para largo, se amnistió y volvió sus armas contra los cristeros, hasta que le tocó morir en combate.

Adolfo Valdés, administrador de la hacienda de Barreras (Jalisco), organizó una defensa armada para luchar contra los cristeros. Parece que tal defensa fue aniquilada el 7 de abril de 1928 por el capitán cristero Agustín Carrillo, con la ayuda de gente del coronel Guadalupe Lucatero de Michoacán. Valdés pudo salvarse.[ 20 ] Estos datos aislados no son más que botones de muestra del carácter trágico de toda guerra civil.

Editó: Luis Ozden

Los paréntesis con las letras: A,B.C.D.E.F.G.H. son míos.


Fuentes:

Archivos

Archivo General de la Nación, Gobernación Presidentes.

The National Archives of Washington (Estados Unidos Americanos), Military Intelligence,Division Department of State Records (informes consulares).

Archivos particulares

Doctor José Gutiérrez y Gutiérrez (joven oficial, luego general de la División del Sur)

General Manuel Michel (del sur de Jalisco)

Archivo de don Miguel Palomar y Vizcarra (Liga Nacional de Defensa de las libertades Religiosas), depositado en la Universidad Nacional Autónoma de México, microfilmado en el Museo de Antropología

Archivo de don Virginio García Cisneros (Colima)

Archivo del General Amado Aguirre

Periódicos

Excélsior, 1926-1929.

El Informador, 1926-1929.

El Estado de Colima, periódico oficial.

Entrevistas

Fonoteca del padre Nicolás Valdés (I 1982), depositada en el Arzobispado de Guadalajara y en el Centro Regional del Instituto Nacional de Antropología e Historia en Guadalajara.

Entrevistas realizadas por el autor

El Colima, con Virginio García (22 y 23 de junio de 1969), con el canónigo Enrique de Jesús Ochoa (22 y 23 de junio de 1969), con el canónigo José Verduzco (22 y 23 de junio de 1969), en Nezahualcóyotl, con el padre Miguel Anguiano (12 de mayo de 1969).

[ 1 ] Virginio García, Mosaico colimense, Colima, s. e., 1972, p. 82.

[ 2 ] Entrevista de J. Meyer al sacerdote José Verduzco, el 23 de junio de 1969, en Colima. El padre terminó sus estudios y se ordenó después de la Cristiada.
[ 3 ] Datos proporcionados por los padres Ochoa, Verduzco, Anguiano y por Virginio García,Mosaico colimense, Colima, s. e., 1972.

[ 4 ] Entrevista Verduzco-Meyer.

[ 5 ] Spectator, t. I, p. 251.

[ 6 ] Entrevista Verduzco- Meyer.

[ 7 ]Entrevista Verduzco- Meyer.

[ 8 ] P. C. Brambila, El obispado de Colima, Colima, 1964, p. 207.

[ 9 ] P. C. Brambila, El obispado de Colima, Colima, 1964, p. 178. 

[ 10 ] P. C. Brambila, El obispado de Colima, Colima, 1964, p. 241.

[ 11 ] P. C. Brambila, El obispado de Colima, Colima, 1964, p. 224. 

[ 12 ] El Informador, 3 de mayo de 1927. 

[ 13 ] Archivos de Manuel Michel, primera sección, 19 y 21 de enero de 1929.

[ 14 ] Virginio García, Mosaico colimense, Colima, s. e., 1972, p. 53-61.

[ 15 ] El Informador, 13 de junio de 1929. Los datos anteriores se encuentran en Spectador, los criste ros…, t. II, p. 143-145.

[ 16 ] Quien se interese por las BB, encontrará más información en las páginas 120-134 del t. III de Jean Meyer, La Cristiada, 11 a. ed., México, Siglo XXI, 1991.

[ 17 ] Anuario Estadístico 1923 Southworth. Official directory of mines and haciendas in México, 1913, p. 185. 

[ 18 ] Archivos de la Secretaría de la Reforma Agraria. Según ciertos documentos había trece ejidos en 1926. Por orden de antigüedad: Cuauhtemotzin, Coquimatlán, Tepames, Cofradía de Suchitlán, Suchitlán, Juárez, Alcaraces, Cuyutlán, Cuauhtémoc, Camotlán de Miraflores, Armería, Cardona y Colomos. 

[ 19 ] P. C. Brambila, El obispado de Colima, Colima, 1964, p. 47 y 269

[ 20 ] Los datos sobre T. Corona son de P. C. Brambila, El obispado de Colima, Colima,

1964, p. 269. Sobre A. de Valdés, consúltese la entrevista García-Meyer, Colima, 23 de

junio de 1969. 

Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Álvaro Matute (editor), Ricardo Sánchez Flores (editor asociado), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, v. 16, 1993, p. 101-113.

Crónicas de un Cristero


 

 

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  1. 28 de abril de 2015 4:44 PM

    Reblogueó esto en Laus Deo.

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