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EL PECADO EXPIADO POR NUESTRO SEÑOR

20 de abril de 2015

POR SAN PEDRO JULIÁN EYMARD

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Meditemos sobre el modo como Jesús expió el pecado, pues así comprenderemos la malicia de éste, a la par que encontraremos las verdaderas ideas de reparación y penitencia.

Se dice: “Después de todo, ¿qué mal hace a Dios el pecado? En realidad, ni toca ni destruye la esencia de Dios, a cuya felicidad nada quita: ¿qué pueden contra un gigante los pigmeos?”

Así razona el mundo, y lo mismo poco más o menos el de la piedad, para excusarse de los pecados.

Mirad la respuesta: “Para dar Dios a entender perfectamente el concepto que tenía del pecado, entregó para que pagase rigurosamente la deuda de éste a su propio Hijo, y para expiarlo de un modo equivalente a la ofensa. – Todo lo que Jesús padeció lo merecía el pecado, pues al condenarle Dios a la terrible pasión y a muerte en cruz no hizo más que satisfacer las exigencias de su justicia.”

Jesucristo ha venido, y tomando de nosotros nuestros pecados y constituyéndose en nuestro fiador, ha padecido todo lo que debíamos nosotros padecer. – Por consiguiente, si queréis comprender la magnitud del mal, estudiad la magnitud de la reparación: el pecado es Jesucristo crucificado.

Ahora bien: como todos los pecados vienen de estos tres orígenes: orgullo, codicia y placer de la carne, mirad de qué manera ha expiado Jesucristo este triple mal.

I. Jesucristo para reparar todo orgullo, tomó sobre sí toda humillación. El Verbo se ha humillado hasta tomar la forma de esclavo; ha venido para ser anonadado; toda su vida no es más que una prolongada humillación, terminada en el oprobio del Calvario.

Vedle humillarse en su nacimiento. – Gustan las gentes de elogiar su cuna, la nobleza de su origen, y se habla con agrado del palacio que nos vio nacer. Para confundir este orgullo de prosapia, Jesús nació en un establo.

Con complacencia se habla de la educación recibida y de los maestros ilustres que se han tenido; mas Jesús huye a Egipto y vuelve a Nazaret, país tan difamado que podía decir un hombre honrado: ¿Es posible que de Nazaret salga algo bueno? Para la opinión pública un nazareno era menos que nada.

Gusta decir: “Soy de una tierra hermosa, de una gran ciudad, de una comarca rica.” Jesús dijo: “Soy de Nazaret” aunque realmente era de la real ciudad de Juda; se dijera que su flaco era la humillación; consistió su orgullo en ser anonadado.

Se habla de los propios éxitos y estudios: ¡gusta tanto pasar por sabio! Jesús era el Verbo de Dios; todo lo sabía, y durante treinta años se calla, pasa por ignorante; es un obrero, un carpintero.

Más adelante ejecutará obras admirables, pero ordenará que las oculten, que las callen; y cuando por ellas quieran glorificarle, huirá al desierto.

Gusta exonerarse con las relaciones que se tienen con los grandes y poderosos, y decir: “Tal hombre ilustre es amigo mío; me conoce, me recibe”: porque de esta manera se eleva uno entre sus amigos.

Nuestro Señor no fue conocido de los grandes, ni conoció a persona alguna de influencia; sino que, por el contrario, sus enemigos fueron los ricos y los grandes, porque era pobre y venía de Galilea.- Vedle rodeado solamente de pobres e ignorantes de rudas costumbres; los pobres, el pueblo bajo, le siguen y forman su auditorio ordinario, pues los demás sólo acuden a oírle para sorprenderle; si a pesar de esto uno o dos grandes del pueblo llegan a El atraídos, se ocultan y sólo de noche van en su busca; causa cierta vergüenza el frecuentar su trato.

Ahí tenéis de qué modo nuestro Señor repara durante su vida el orgullo.

Pero ¿cómo decir las humillaciones de su Pasión? No entro en pormenores, pues los conocéis; pero seguid a nuestro Señor por las casas de Caifás, Herodes y Pilatos, y ved lo que cuesta el orgullo. Miradle en la Cruz entre dos ladrones, maldecido por todos, y con cierta apariencia de razón, porque ha querido pasar por culpable, y habiéndole condenado la justicia de su país, todos los que le miran en la cruz dicen: ¡maldito el que pende de la cruz!

Así resultad maldecido por Dios y por los hombres, un gusano de la tierra; ni siquiera se atreven a mirarle, pues tanta humillación, humillaciones de toda clase, le desfiguran y envuelven; nunca un leprosa causó tanta repugnancia.

De tal suerte abrazó, amó e hizo suya nuestro Señor la humildad, que fue la única cosa de que se gloriaba y que quería que en El se viese: Discite a me, quia humilis corde.

Ahí tenéis lo que ha costado el orgullo, lo que el Padre, para satisfacer su justicia y para restablecer los derechos de su Majestad, ofendidos por el pecado tuvo que exigir de su Hijo. – ¿Diréis todavía que el pecado es indiferente a Dios?

Ahora bien; cuantas veces cometemos un pecado de orgullo, renovamos todas las humillaciones de nuestro Señor.

Nuestro fondo es orgullo, del cual directa o indirectamente proceden todos nuestros pecados; suprimid el orgullo, y habréis cegado el manantial de ellos: hasta la lujuria no es las más veces sino castigo de aquél, “porque Dios – dice San pablo, a los hombres que obedecieron a su orgullo los abandonó a los deseos insensatos de su carne”. El avaro no lo es sino por orgullo; la última palabra de éste es el egoísmo: él, aunque sea con perjuicio de todo; el, que se erige en fin de todo. – Así es que todos los pecados pueden establecer su parentesco con el orgullo y reconocer en él su progenie. Por eso nuestro Señor lo expió más que a todos los demás y quiso especialmente ser en todo y siempre humillado.

Pero hay una especie de orgullo más pernicioso, que sobre todo hay que evitar, y es el orgullo espiritual, que consiste en glorificarse por las gracias de Dios; en ponerse como fin de sus dones sobrenaturales, en coronarse con sus beneficios; un orgullo originado de la nobleza de la vocación del sacerdocio, por el cual procura uno elevarse ante los hombres a causa de las prerrogativas de que se goza y atraerse su estima y confianza. Este fue el orgullo de Lucifer en el cielo, el peor de todos: un orgullo sacrílego. El cual es el más sutil y duradero; porque cuando alguien se enorgullece a causa de alguna cualidad natural, como la ciencia o la fortuna, esto no dura mucho, pues muy pronto se halla otro más rico y sabio que uno. Pero en este orgullo satánico, ¿quién podrá ver vuestro fondo? El exterior de vuestra vida confirma lo que queréis que de vosotros se crea; el mundo no ve más que vuestras gracias, el puesto que ocupáis en el santuario, sin saber cuán indignos de él sois en el fondo: de esta suerte ese orgullo se arraiga cada vez más. Entonces se comete un robo sacrílego, y apoderándose de los dones de Dios, se le arrebata el amor de las almas, a que sólo Él tiene derecho, valiéndose para ello de su gracia, de las funciones que se desempeñan, de los dones sublimes de que nos constituyó ministros.

Deseamos la estimación de los hombres por la dignidad en que Dios nos ha colocado, como si la tuviésemos merecida y en propiedad la poseyésemos, en justa recompensa de nuestros méritos. Con todos estos dones gratuitos que nos confía Dios nada más que a fin de que los fructifiquemos para ÉL y los transmitamos a su familia cristiana, algunos se forman un trono para sí, donde aspiran a ser honrados en vez de Dios, a quien arrojan de allí. Este sacrílego orgullo digo que es peor que el del mismo Lucifer y de sus ángeles en el cielo, porque éstos no llegaron a ver a Jesús sacramentado.

¡Y nosotros tenemos orgullo en presencia de nuestro Señor anonadado, humillado hasta inauditos excesos! ¡Así hay quien llegue a elevarse aun a costa de los abatimientos de nuestro Señor, sirviéndose de Él como de escalón!

Por esta causa tengo la convicción de que todos los castigos que Dios envía a sus elegidos, a los de su santuario, son únicamente para castigar este orgullo abominable, porque hay un fondo de verdad y tan engañadoras apariencias, que sólo Dios puede castigar. ¡Por eso ved a qué caídas y a qué abismos ruedan los que a sí mismos se erigieron en fin propio y recompensa, coronándose con sus dones y poniéndose por término de los homenajes de las almas!

Suelen decir los mundanos que nada hay tan orgulloso como los religiosos con sus privilegios y sus hermosos hábitos. – Para que nunca puedan decir esto de nosotros, recordad continuamente que Jesucristo está en medio de vosotros, oculto, anonadado, privado de toda gloria y aun de toda apariencia de gloria divina y humana; envolveos en la oscuridad en que oculta su divinidad con su humanidad, su gloria y sus dones todos y nunca salgáis de allí.

¿No consideráis que para expiar el orgullo quiere nuestro Señor seguir siendo humillado en la Eucaristía hasta el fin de los siglos? De los sufrimientos de su vida mortal no ha conservado más que su humillación; por eso le veis siempre en ella humillado o, por mejor decir, ni aun le veis, porque no tiene ser, sino apariencias de ser únicamente.

Las humillaciones de la Eucaristía se perpetúan tan sólo para contrapesar los funestos efectos del orgullo espiritual que tan terribles estragos causa aun en reuniones de santos. Y en último resultado, ¡cuánto horror debe inspirar a Dios para que haya condenado a su glorioso Hijo, que debiera reinar en majestad y esplendor, a estos excesos de humillación en la Eucaristía y hasta lo último!.

II Poco diré del modo con que nuestro Señor repara la codicia de los bienes terrenales; porque la avaricia casi no puede ser pecado de religiosos como vosotros, puesto que nada tenéis, ni pretendéis conquistar una fortuna.

Sin embargo, tened cuidado con la codicia espiritual, con la ambición espiritual, pues habéis de saber que nada es más vergonzoso que venir a la religión para formarse una posición en ella y encontrar aquí lo que en el mundo no podía adquirirse. Algunos hay que no logrando por falta de talento distinguirse, vienen a la religión para heredar algo de su nombre, de su posición, de su influencia, o porque, a causa del glorioso nombre que ostenta un instituto religioso, esperan tener un púlpito frecuentado o personajes que confesar: los que hacen esto son muchos más de lo que se piensa. ¡Y cuán acreedores son a ser fulminados por la cólera divina! Acaso no nos engañaríamos mucho si buscásemos la causa de los terribles castigos que cayeron sobre las órdenes religiosas durante la Revolución, en aquellos miembros suyos que antes eran religiosos para ellos que para Dios y que, más que por la gloria de Éste, trabajaban por sus intereses personales.

Para expiar los males de la codicia, nuestro Señor vino pobre, de padres pobres; trabajó para ganar su pan, recibió asistencia de la caridad, y murió pobre, sin poseer siquiera un sudario con que ser sepultado. Vivió sin apoyo ni protectores; nunca tuvo una posición, sino que yendo de aquí para allá según adonde el Espíritu le impulsaba, predicando a todos, ya seguido, ya abandonado, pudo decir de sí mismo: “El Hijo del hombre ha venido para servir y no para ser servido.”

III. Nuestro Señor ha expiado la concupiscencia de la carne con la austeridad y los sufrimientos de toda su vida, y especialmente con los padecimientos de su Pasión.

Pregúntase que como pudo el Padre condenar a nuestro Señor a tormentos tan crueles como los que sufrió: así convenía para reparar nuestra sensualidad, los pecados de nuestra carne. El Padre nada dispensó a su Hijo; ni siquiera se dejó aplacar por el prolongado ruego, acompañado de lágrimas, sudor y sangre que le hizo Jesucristo durante tres horas en el Jardín de las Olivas. ¡No! Para expiar los pecados de la sensualidad era menester todo aquello.

Con su agonía sangrienta en Gethsemaní, opinan algunos Santos que especialmente dio reparación nuestro Señor por los pecados de pensamientos.

¿Luego tan graves son estos pecados? – Sí, muchas veces hay más sensualidad en los pensamientos que en los hechos, pues por lo menos cabe renovarlos sin interrupción y permanecer en ellos siempre, mientras que los hechos tan sólo de pasada se efectúan. Por eso sufrió nuestro Señor aquella crucifixión de su alma durante tres horas, la cual fue tan grande y tan intenso sufrimiento como el de la cruz, porque necesitó singularísima asistencia de su divinidad para no sucumbir allí, pues su alma quebrantada ya le abandonaba. – ¡Oh! ¡Cuánto le han hecho sufrir nuestros malos pensamientos, supuesto que bastaron por sí solos para hacer que padeciera toda aquella pasión de Gethsemaní.

¿Y la sensualidad de gula? – El Salvador, que siempre vivió como los pobres, contentándose la mayor parte de las veces con pan y agua, nada tomó durante toda su Pasión, y después de sudar sangre y agua, de haber sido azotado con tres mil golpes y haber recorrido bajo el sol de Oriente las calles de Jerusalén cargado con su cruz, cae, no pudiendo más, abrasado de sed devoradora. ¡Mas con todo, espera hasta el Calvario, y sólo allí pide que aplaquen su sed y para eso le ofrecen vinagre!

La sensualidad del lecho.- ¿No es bastante duro el lecho de la cruz? ¿Y el de Gethsemaní? Había principiado por la paja en un establo, y la desnuda tierra y la piedra de un camino fueron su cama y su almohada durante su vida: la paja, la tierra y la cruz: esos son los medios de que se vale para reparar las faltas de mortificación referentes al dormir.

En cuanto al pecado impuro, ni aun siquiera hay atrevimiento para hablar de él y manifestar de qué manera el Salvador lo expía. ¡Tan humillante es para Jesús el tener que cargar también con este horrible pecado!

A él, la misma pureza, condúcenle a presencia del incestuoso Herodes: ¿quiénes componían la corte de aquel impuro? ¿Cuáles miradas no tendría que sufrir el Salvador? También Pilato y los verdugos paganos, ¿qué eran sino idólatras de sus sentidos, como todos los paganos? Jesús consintió en sufrir la vergüenza de la desnudez; de que por completo le despojasen en presencia de aquellos miserables; y así en la desnudez de la cruz se mostrará hasta el fin del mundo, expuesto a las burlas de los libertinos, lo mismo que a la adoración de las almas puras: ¡es un gusano de la tierra! Está desnudo en la expiación y cubierto de ignominia para expiar el pecado que Adán cometió en la desnudez inocente revestido de gloria; no, en toda la creación no hay un solo ser que esté desnudo como nuestro Señor en su Pasión.

Ved también a nuestro Señor reparando la vanidad de la sensualidad, la vanidad del cuerpo. – Adoran algunas personas sus cabellos y se empolvan las mejillas, en tanto que nuestro Señor tiene la cabeza agujereada por una corona de espinas y las mejillas salpicadas de gargajos. – Los pies que se calzan finamente y que guían hacia el mal, y las manos que se emblanquecen y suavizan para ejecutarlo, vedlos en nuestro Señor atravesados de clavos. Como labradas por el dolor están todas las partes de su cuerpo, porque somos vanos y sensuales en todos nuestros miembros.

Observad de qué manera se efectúa una reparación digna, tomando todo lo contrario del mal y reparándolo bajo todas sus formas.

Y esa es la razón de que los Santos pasaran toda su vida mortificándose.

Todo el hombre se resume en estas tres cosas: la mente y su orgullo, el corazón y su codicia, la carne y su concupiscencia: Jesús expió estos tres males, estos tres focos de pecado.

IV. Mas si el Padre celestial ha exigido de su Hijo tamaña reparación, ¿qué será de nosotros? ¿Qué tormentos inventará contra nosotros, no ya para expiar, sino para castigarnos?

Veis, pues, en nuestro Señor lo que es el pecado; que si fuese poca cosa, no se armaría Dios con toda su justicia contra su Hijo, únicamente por haber éste aceptado toda la responsabilidad, aunque nunca lo había cometido. – Antes dejaría Dios de ser Dios, que sufrir el pecado sin castigarlo; y aunque vivieseis como Santos y haciendo milagros, como al fin de vuestra vida os quedara un solo pecado, únicamente un poco de polvo de pecado, iríais a limpiaros de él a las llamas del purgatorio.

Dios no mira el pecado como un juego; así es que aunque somos hijos suyos y nuestro sitio está en el cielo, donde nos espera y quisiera estrecharnos en sus brazos, mientras tuviéremos un solo pecado, nos retendrá alejados de Él, si fuere menester, durante siglos.

Ahora escuchad: ¿habéis cometido un pecado mortal en vuestra vida? Pues habéis merecido el infierno. ¿Por qué no estáis en él? La justicia que no castiga a los culpables, no es justicia: ¿luego Dios, no es justo? Sí, pero ve a su Hijo que le suplica que os perdone. “No hiráis – dice Jesús al Padre irritado,- esperad todavía” Y estrechándoos sobre su corazón os cubre con su cuerpo, y dice: “Quiero resucitarle, darle mi sangre para que se purifique; ¡dejadme que le salve!

Y el Padre nos perdona. La justicia detiene su carrera, y en vez del castigo, llegan a nosotros honores, y somos colmados de favores y gracias. En esta vida puede más la bondad que la justicia; pero después de morir sucederá de otro modo.

Expiad, pues, vuestros pecados; lloradlos incesantemente; San Pedro no estuvo mucho tiempo en su pecado, y sin embargo lo lloró toda su vida. Sobre todo expiad ciertos pecados que hieren a nuestro Señor en el Corazón. Cuando se tiene un amigo, nunca se perdona uno el haberle causado un pesar.

Dios, sin duda, os ha perdonado, pero vosotros no os perdonéis. Para con Dios, que es tan bueno, seamos como el niño a quien su madre ha perdonado y que, sin embargo de eso, vuelve incesantemente a pedir perdón. ¡Tan gran pesar le causa el haber ofendido a una madre que tanto le ama!

San Pedro Julián Eymard. La divina eucaristía.

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