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NOCHE VIEJA

31 de diciembre de 2014

HOMBRE-LEYENDO

Hoy cierras un volumen más de la historia de tu vida. Cuando comenzaste, este libro era todo tuyo; te lo puso Dios en las manos; podías hacer de él lo que quisieras: un poema, una pesadilla, una blasfemia, una oración.

Podías; hoy ya no puedes; no es tuyo; ya lo has escrito; ahora es de Dios.

Te lo va a leer todo Dios el día mismo en que te mueras, con todos sus detalles. Ya no puedes corregirlo. Ha pasado al dominio de la eternidad.

Piensa unos momentos en esta Noche Vieja. Coge tu viejo libro y hojéalo despacio; deja pasar sus páginas por tus manos y por tu conciencia. Ten el regusto de leerte a ti mismo.
Lee todo. Repite aquellas páginas de tu vida en las que pusiste tu mejor estilo. No te olvides de que uno de tus mejores maestros eres tú mismo.

Lee también aquellas páginas que nunca quisieras haberlas escrito. No…, no intentes arrancarlas…, es inútil. Ten valor para leerlas. Son tuyas. No puedes arrancarlas, pero puedes anularlas cuando escribas tu volumen siguiente. Si lo haces así, Dios las pasará de corrida cuando te lea tu libro en el último día.

Lee tu libro viejo en la Noche Vieja. Hay en él trozos enteros de ti mismo. Es un drama apasionante en el que el primer personaje eres tú. Tú en escena con Dios, con los hombres, con la vida. Tú lo has escrito con el instrumento asombroso de tu libre albedrío sobre la superficie inmensa y movediza del mundo.

Es un libro misterioso que, en su mayor parte (la más interesante), no puede leerlo nadie más que Dios y tú.

Si tienes ganas de besarlo, bésalo; si tienes ganas de llorar, llora fuerte sobre tu libro viejo en esta Noche Vieja.

Pero, sobre todo, reza sobre tu libro viejo. Cógelo en tus manos, levántalo hacia el cielo y dile a Dios dos palabras: «¡Gracias!» y «¡Perdón!».

Después, dáselo a Cristo. No importa; como está, aunque tenga páginas negras. Cristo sabe perdonar. Esta noche te va a dar Dios otro libro completamente blanco y nuevo. Es todo tuyo. Vas a poder escribir en él lo que quieras.

Pon el nombre de Jesús en la primera página. Después dile que no te deje escribirlo solo. Dile que te tenga siempre de la mano… y del corazón.

Pedro María Iraolagoitia, S. I.
Meditaciones para los que no Meditan

 

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