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LA VIRGEN Y RUSIA, POR MONS. FULTON SHEEN

22 de octubre de 2014

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Se ha hecho tan corriente en nuestro mundo juzgar un acontecimiento cualquiera en función de algún otro, que se está despreciando otro elemento de juicio mucho más importante, cual es la intervención de lo Eterno en la historia para anular los mezquinos y fútiles valores del espacio y del tiempo.

Puesto que no cabe esperar que sepan algo acerca de ciertas revelaciones celestiales los que viven en un universo bidimensional en el que sólo existen derecha e izquierda, sin un “arriba” o un “abajo,” será útil recordar que las dos manifestaciones más importantes se produjeron cuando más necesidad tenía el mundo de ellas y cuanto menor atención les prestó el mundo.

La primera de esas manifestaciones celestes se verificó en el año en que nacieron las ideas que han formado nuestro mundo moderno y la segunda en el año en que las ideas se tradujeron en hechos.

Si cabe señalar algún año en que podamos decir que se inició la vida moderna –y como tal entendemos lo que está en contraposición con la vida cristiana-, ese año sería el de 1858.

En dicho año escribió precisamente un tal John Stuart Mill su “Ensayo sobre la libertad,” en que se identifica la libertad con el abuso y ausencia de responsabilidades sociales; EN EL MISMO AÑO, Darwin publicó su “Origen de las especies,” en el que, apartado la atención humana de los fines eternos, hizo fijar la vista de los hombres en un pasado animal. También fue en 1858 cuando compuso sus óperas Ricardo Wagner, en las que hizo revivir el mito de superioridad de la raza teutónica. Carlos Marx, fundador del comunismo, escribió en el mismo 1858 su “Introducción a la Crítica de la Economía Política,” en cuya obra se corona la Economía como reina y base de la vida y de la cultura.

De esos cuatro hombres nacieron las ideas madres que han regido y dominado al mundo por espacio de casi un siglo, sosteniéndose, por ejemplo, que el hombre no es de origen divino, sino animal; que su libertad es abuso y ausencia de autoridad y de ley, y que, privado de espíritu, forma parte integrante de la materia cósmica sin tener necesidad, por consiguiente, de religión alguna.

En tan importante año de 1858, el día 11 de febrero, al pie de los Pirineos franceses, en el pueblecito de Lourdes, aparecióse también la Santísima Virgen María, por vez primera entre dieciocho, a una aldeanita apellidada Soubirous. Hoy la conocemos por Santa Bernadette.

Cuatro años después que la Iglesia había definido el dogma de la Inmaculada Concepción, abriéronse los cielos y la Santísima Virgen, tan bella que no parecía criatura terrenal, hablo a Bernadette para decirle: “Yo soy la Inmaculada Concepción.”

En el preciso momento que el mundo negaba la culpa de origen y, sin que ello le constara, afirmaba que toda persona nace sin pecado original, nuestra Bendita Madre declaraba: “Yo sola soy la Inmaculada Concepción.”

Nótese bien que no dijo: “Yo he sido concebida inmaculada.” Entre ella y la Inmaculada Concepción hay la misma identidad, poco más o menos, que la declarada por Dios en el Monte Sinaí cuando afirmó: “Yo soy el que es.”

De igual modo que el “ser” es la naturaleza esencial de Dios, así la Inmaculada Concepción es el privilegio natural de la Virgen María.

Si solamente fue la Virgen concebida inmaculada, cualquier otro ser humano nace por tanto, con el pecado original; si no existiera el pecado original, todos seríamos concebidos inmaculados. El reclamar la Virgen este privilegio como suyo significó una condena implícita de las ideas que dieron principio al moderno mundo anticristiano.

La Virgen invitaba a los hombres a peregrinar hasta su altar, como señal de reconocimiento del espíritu, en contra de los que sostenían que en el ser humano, solamente existe naturaleza material; la Madre Divina estimulaba a los hombres a elevarse sobre el animal, con su aspiración suprema hacia Dios, en oposición a los que dejaban reducido el hombre a un animal, y éste a la naturaleza; el Eterno reafirmaba que solamente nos hace libres la Divina Verdad, con la gloriosa libertad de los hijos de Dios, en contraposición de los que pregonaban que la libertad era su abuso, haciéndola de general consecuentemente en libertinaje; la Virgen vino a sacar a los hombres del opio de la mentira emponzoñada para llevarlos a la excelsa posibilidad de ser herederos del cielo, en contra de los que proclamaban que la religión es el opio de los pueblos.

El mundo no prestó la debida atención a la llamada del cielo. Las ideas paganas de 1858, de que el hombre era un animal, que la libertad consistía en librarse de las leyes, que la religión era cosa antihumana, salieron pronto de las tapas de los libros y de las cuatro paredes de las aulas para desembocar en la violencia de la primera Guerra Mundial de 1914 al 18.

Pero dirijan una mirada al mundo y fíjense en lo que ocurría el 13 de mayo de 1917 en tres lugares diferentes de Europa (muy poco antes, el Viernes Santo del mismo año, acababan de entrar también en guerra los Estados Unidos). Roma: el 13 de mayo de 1917, Benedicto XV imponía las manos a Monseñor Eugenio Pacelli, haciendo de él un sucesor de los Apóstoles. Mientras las campanas de la Ciudad Eterna tocaban el Angelus, sentaba a la Iglesia de Dios un nuevo Obispo, que ascendería al cabo de los años, por oculto designio de la Providencia, al trono de San Pedro para gobernar a la Iglesia Universal como nuestro actual Padre Santo, Pío XII.

Moscú: el 13 de mayo de 1917 se hallaba María Alexandrovitch en una de las iglesias moscovitas enseñando el catecismo. Tenía sentados en bancos, delante de ella, a unos 200 niños. Percibióse un ruido fuerte en la puerta principal del templo: hombres a caballo irrumpieron en la nave central, saltaron por encima de la balaustrada de la comunión al presbiterio y destruyeron el altar mayor; luego cabalgaron por las naves laterales, destruyeron los altares que había en ellas y se llevaron a los niños, algunos de los cuales mataron. María Alexandrovitch salió a escape de la iglesia dando gritos. Era el primero de los intentos esporádicos de furor que precedieron a la revolución comunista. María fue en seguida a casa de uno de los revolucionarios, que pronto se hizo famoso, y le dijo: “Ha sucedido una cosa terrible: me encontraba enseñando la doctrina en la iglesia cuando de pronto, han aparecido unos hombres a caballo que se han llevado a los niños que había conmigo, matando a algunos de ellos.” El revolucionario le repuso: “Lo sé. He sido yo quien les ha mandado ir.”

Fátima, Portugal: el 13 de mayo de 1917, tres niños de la parroquia de Fátima, Jacinta, Francisco y Lucía, apacentaban su rebaño cuando se oyó el toque del Angelus de la cercana iglesia. Los tres pastorcitos se pusieron de rodillas, y, según su costumbre diaria, empezaron a rezar el santo Rosario.

Al acabar, decidieron hacer una barraca para guarecerse en ella los días de lluvia tormentosa. Los tres pequeños constructores vieron repentinamente interrumpida su labor por un relámpago cegador, lo que les hizo levantar su vista al cielo. Ni una nubecilla velaba el resplandor del mediodía. Se produjo entonces una ráfaga luminosa, seguida de otra. Los niños echaron a correr, pero a unos pasos de distancia, en el verde follaje de una encina vieron a una “señora muy preciosa” más resplandeciente que el sol. Con un ademán de maternal cariño, les dijo la Señora: “No tengan miedo, no les haré ningún mal.” La señora era muy guapa: parecía tener de quince a dieciocho años de edad. Su vestido era blanco como la nieve; lo llevaba sujeto al cuello con un cordoncito de oro y le caía hacia abajo hasta los pies, que apenas se veían y que los tenía descalzos, sobre una rama del árbol. Llevaba un velo blanco recamado de oro que le cubría la cabeza y le caía por los hombros, cayendo hasta los pies, lo mismo que el vestido. Sus manos las tenía juntas a la altura del pecho en actitud e rezar; de la mano derecha le congabe3 un rosario de perlas relucientes con una cruz de plata. Su cara, de belleza incomparable, estaba rodeada por un halo tan brillante como el sol, pero parecía tener un sello de tristeza. Lucía fue la que primeramente habló:

* ¿De dónde viene?

* Vengo del Cielo – contestó la señora.

* ¡Del Cielo! ¿Y para qué ha venido aquí?

* He venido para pedirte que vengas a este sitio durante seis meses consecutivos el día 13 de cada mes, a estas horas. En el mes de octubre, te diré quién soy y qué es lo que quiero.

Precisamente en el mismo instante en que en la extremidad oriental de Europa se había desatado el “Anticristo” en contra de la verdadera religión y contra la profunda idea de Dios, al mismo tiempo que contra la sociedad, mediante la más terrible mortandad de la historia, he aquí aparecer en la extremidad occidental de la misma Europa a la grande y eterna enemiga de la serpiente infernal.

La más importante de las seis apariciones de la Virgen a estos niños fue la del 13 de julio. Hay que recordar que estaba en el tercer año de la primera Guerra Mundial. Después de haber mostrado a los niños una espantosa visión del infierno, la hermosa señora dijo suavemente, con mezcla de tristeza: “Ustedes han visto el Infierno adonde van los pecadores. Para salvar a las almas, Dios quiere que se establezca en el mundo el culto a mi Corazón Inmaculado. Si la gente hace lo que les he dicho, muchas almas se salvarán y encontrarán la paz.”

Hablando luego de la primera Guerra Mundial, dijo: “La guerra terminará. Si la gente hace lo que les he dicho, muchas almas se salvarán y encontrarán la paz.”

Después vino el considerar que tal vez no hicieran penitencia los hombres, lo mismo que ocurrió en Nínive, y la Señora añadió: “Si la gente no deja de ofender a Dios, no pasará mucho tiempo, y será precisamente en el próximo Pontificado, sin que entable otra guerra más terrible.”

Fue en efecto, durante el Pontificado de Pío XI cuando se desencadenó la tremenda guerra española, preludio de la segunda Guerra Mundial.

En ese período, los rojos asesinaron cruelmente, en su odio contra la religión, a 13 prelados y a 14,000 sacerdotes y religiosos y destrozaron 22,000 iglesias y capillas.

La Virgen explicó cuándo sobrevendría la segunda Guerra Mundial. “Cuando vean una noche iluminada por luz misteriosa, sepan que con dicha señal les avisa Dios que está inminente el castigo del mundo por sus muchas maldades a través de la guerra, de la carestía y de la persecución de la Iglesia y del Padre Santo.

Mas tarde se le preguntó a Lucía cuándo aparecería exactamente, dicha señal, y ella dijo que se trataba de la extraordinaria aurora boreal que se vio desde gran parte de Europa en la noche del 25 al 26 de enero de 1938. Hablando de la nueva guerra, manifestó Lucía lo siguiente: “Será horrorosa, horrorosa.” Todos los castigos de Dios pueden evitarse con la penitencia. Fíjense bien que, según expresión de la misma Virgen Santísima, se habría podido evitar la segunda Guerra Mundial, porque dijo: “Para evitar esto a los hombres, pediré al mundo que sea devoto de mi Corazón Inmaculado y la Comunión en el primer sábado de cada mes. Si mis ruegos son atendidos, Rusia se convertirá y habrá paz. De otra forma, Rusia esparcirá sus errores por el mundo, dando lugar a guerras y persecuciones contra la Iglesia. El justo padecerá el martirio y el Padre Santo sufrirá mucho. Quedarán destruidas varias naciones.”

En este punto, la Iglesia ha creído conveniente callarnos una parte del mensaje; ignoramos el extremo al que se refería. Aparentemente, no habrá de contener muy buenas noticias, que probablemente se refieren a nuestros tiempos. De todas formas, conocemos el epílogo del mensaje, rebosante de alegría: “Al fin triunfará mi Corazón Inmaculado. El Padre Santo consagrará a Rusia a mi Inmaculado Corazón y Rusia se convertirá; entonces empezará en el mundo una era de paz.”

La última aparición se efectuó el 13 de octubre de 1917, cuando la Virgen prometió hacer un milagro tal, que todos los que lo vieran pudieran creer en sus apariciones.

En la tarde el 12 de octubre, todos los caminos que llevan a Fátima estaban atestados de coches, bicicletas y gentes de a pie que se dirigían al lugar de la Visión. Se congregó: una multitud de 60,000 personas, en su mayoría curiosos y burlones. Lucía dijo a los reunidos que miraran al sol. Paró de llover e inmediatamente desaparecieron las nubes, dejando ver una gran extensión de intenso azul.

Auque ni una sola nubecilla vela el espacio, no deslumbraba el sol, que estaba en todo su apogeo, y se le podía ver con toda comodidad. De repente, el sol comenzó a vibrar con bruscos movimientos y empezó a girar vertiginosamente sobre sí mismo como una rueda de fuegos artificiales, desprendiendo en todas direcciones chorros de luz verde, roja, violeta, amarilla y azul, coloreando de manera fantástica las nubes, los árboles, las rocas y la tierra. En unos cuatro minutos, el sol se quedó quieto y un momento después volvió a su rapidísimo movimiento, con la sorprendente danza de luz y de color cual no cabe imaginar en el más extraordinario castillo de fuegos de artificio. Una vez más dejo el sol su prodigioso bailoteo al cabo de unos minutos, pero tras una breve pausa, por tercera vez se hizo más brillante. Durante doce minutos pudieron percibir el maravilloso fenómeno en un radio de más de 25 millas todas y cada una de las 60,000 personas congregadas. Pero no fueron estas tres rotaciones del sol lo que más impresionó a la muchedumbre: el mayor estupor lo causó un terrible descenso del sol, que fue el momento culminante del grandioso milagro, el momento más terrible que hizo finalmente que de todos los pechos se dirigiera a Dios un acto único de Contrición y de Amor. En medio de aquella loca danza de fuego y colores, como si una gigantesca rueda pirotécnica que por su excesivo girar se desprendiese del eje que la sujeta, dejó el sol su posición en el firmamento y cayó en zigzag hacia el suelo como si fuera a precipitarse sobre la aterrada muchedumbre, dando a los espectadores una clara impresión de la escena del fin del mundo anunciada por el Evangelio, cuando el sol y las estrellas caerán en la tierra. Aquel momento arrancó de la multitud anonadada un repentino grito de espanto, un inmenso clamor impregnado de religioso temor lanzado por las lamas de los que se preparaban a morir profiriendo actos de fe y pidiendo a Dios perdón por los pecados cometidos. Como si se hubieran puesto secretamente de mutuo acuerdo, los reunidos cayeron de rodillas en el barro y elevaron al cielo con voz interrumpida por los sollozos el más sincero acto de contrición jamás salido de sus corazones. Por fin, deteniéndose el sol de repente en su alocada caída, termino por subir a su sitio en zigzag, conforme había sido el descenso, y acabó recobrando gradualmente su acostumbrada luminosidad en el cielo despejado. Aunque todos habían quedado empapados por la lluvia de la mañana, encontraron completamente secas sus ropas inmediatamente después de la Visión.

No estoy aquí para probar la autenticidad de estas revelaciones, porque quienes creen en el reino del Espíritu y en la Madre de Dios, no necesitan pruebas, y los que reniegan del Espíritu, no aceptarían las pruebas en modo alguno. ¿Qué significado puede tener para nosotros la aparente caída del sol sobre las gentes congregadas en Fátima en aquel octubre de 1917? No podemos estar muy seguros, pero intentaremos una explicación a la vista del espanto que se apoderó de los que la presenciaron. Podría significar que un día se apropiarían los hombres de una parte de la energía atómica solar y la utilizarían, no para iluminar al mundo, sino como bomba terrorífica que lanzarían a través del espacio sobre una población indefensa ante semejante proyectil. Cuando la carestía se enseñoreaba de la tierra, mientras la guerra destruía y consumía los bienes acumulados durante siglos, mientras el hombre se mostraba como un lobo con el hombre, y mientras enormes campos de concentración, cual nuevo Moloch, se tragaba a millones y millones de pobrecitos, los hombres siempre podrían alzar la vista al cielo para esperar. Si esta tierra es tan cruel, podían decirse, al menos se nos mostrará clemente el cielo. Pero tal vez quisiera presagiar la visión de Fátima, que ahora, a causa de las nuevas y terroríficas armas, también se mostrarían los cielos contra el hombre y sus fuegos se abatirían contra los indefensos hijos de Dios. No sabemos, en definitiva, si sería o no un anuncio de la bomba atómica. Pero una cosa es segura, que no perderemos con todo eso nuestra esperanza, pues en medio de tantas nubes, aun podremos alzar nuestra vista para ver a la Virgen con la luna a sus pies, coronada de estrellas y con el sol bajo sus plantas también. El Cielo no está contra nosotros y no nos destruirá para que podamos ver a Nuestra Señora como Reina de Cielos y Tierra.

Otra razón es que la Divina Providencia confió a una mujer el encargo de vencer al demonio. En el primer día tan funesto en que el demonio se introdujo en el mundo, Dios habló en el Paraíso Terrenal a la serpiente para decirle: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya y tú permanecerás a la espera de su talón.”

(Génesis, 3, 15). En otras palabras, el Mal tendría descendientes y simiente, pero que también los tendría el Bien, y que el mal sería derrotado a través de la mujer. Ahora vivimos en la hora del demonio, pues si el bien tiene su día, el mal tiene su hora. Nuestro Señor le dijo a Judas la noche en que fue al Huerto de los Olivos: “Esta es tu hora, el reinado de las tinieblas.” (San Lucas, 22, 53). Todo lo que el demonio puede hacer en su hora es apagar la luz del mundo. Si vivimos entonces en un tiempo en el que se le ha dado una larga cuerda al demonio, no podremos superar el espíritu de Satanás, sino es a través del poder de la Mujer, a la que Dios omnipotente le confió el encargo de aplastar la cabeza de la serpiente.

Traduciendo todo esto a los problemas concretos de nuestro mundo, puede significar que la tercera guerra mundial, que tanto tememos, vendrá a agravar aún más la miseria y el dolor de una humanidad que ha sufrido dos guerras mundiales en veintiún años. ¿Será posible evitar esa catástrofe cósmica? Lo que sí es cierto que no será la política la que pueda detenerla, porque al abandonar los principios de justicia de la “Carta del Atlántico”, se ha esparcido la semilla de otra guerra. También es cierto que no podrán detenerla ni una acción económica, ni social o militar, porque existirá el peligro de conflagración mientras los hombres estén alejados de Dios y sean egoístas y avariciosos de los bienes de la tierra. La única esperanza de salvación es un milagro. Solamente Dios puede paralizar la guerra, y lo hará por mediación de la Santísima Virgen. ¿Cómo sucederá eso?, no lo sabemos, pero es seguro que si Rusia tuviese de nuevo el don de la Fe, ésta conduciría al mundo a la paz. Piensen un momento en la transformación que se produciría en Rusia con una sola visión de la Santísima Virgen. Recordemos que México se convirtió a través de una visión en Guadalupe. La Roma pagana se convirtió después de perseguir a la Iglesia por espacio de trescientos años. La Rusia atea no se halla más alejada de la gracia divina que Roma.

Debemos rogar a Dios por la conversión de Rusia, porque si esta conversión se efectuara, llevaría a todo el mundo a la paz, que sólo puede proporcionar la fe religiosa. Pero el género humano debe hacer lo que le corresponda, pues no debemos olvidarnos de que somos cooperadores de la divina voluntad. Antes de que se produzca semejante milagro, debe haber una gran manifestación colectiva de amor a Dios a través de la devoción al Inmaculado Corazón de María. Nuestra Señor pidió la consagración del mundo, y el Padre Santo consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María el año 1942, es decir, en el vigésimoquinto aniversario de su consagración episcopal y en el vigésimoquinto aniversario también de las apariciones de Fátima. Ahora esperamos la consagración de Rusia al mismo Inmaculado Corazón de María hecha por el Sumo Pontífice con todos los Obispos de la Iglesia.

Por nuestra parte, además de llevar el escapulario de Nuestra Señor la Virgen del Carmen, como contribución mínima a esta cruzada de oración, hemos de demostrar nuestra fe:

1) Recibiendo la sagrada Comunión los primeros sábados de mes y rezando durante quince minutos a la Virgen para reparar por los pecados del mundo.

2) Rezando diariamente el santo Rosario por la conversión de Rusia.

Los que creemos, no hemos de olvidar que el día 8 de diciembre de 1846, hace un siglo, el Congreso de Baltimore consagró los Estados Unidos de América al Corazón Inmaculado de la Virgen y ocho años después proclamaba la Iglesia el dogma de su Inmaculada Concepción.

En nuestras monedas está grabada la leyenda: “En Dios confiamos.” Sobre nuestro suelo campea escrita con caracteres invisibles la consagración de nuestra Patria de cien años atrás. Por encima de los Cielos y de la historia está escrita la promesa Divina contra la Serpiente del Mal: “Y Ella quebrantará tu cabeza.” Queda por escribir en nuestros corazones un amor contrito para el Inmaculado Corazón de María. Que este amor pueda expresarse cada día con tales muestras de amor y de virtud, que cuando comparezcamos ante Dios en el último día para ser juzgados, podamos oírle pronunciar las palabras más consoladoras, garantías de nuestra eterna salvación: “He oído a mi Madre hablar de vosotros.”

¡Por el amor de Jesús!

 

FIN

 

angel

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