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LA VIRGEN DEL SOL, POR MONS. FULTON SHEEN

15 de octubre de 2014

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En la Pascua de este hoy no hay la alegría que debiera haber. Los enemigos de Dios están muy contentos y los amigos se muestran demasiado pesimistas.

Los enemigos de Dios están muy contentos porque piensan que han ganado. A fines del siglo último, Nietzshe se jactaba de que “Dios había muerto”. Desde entonces, los enemigos de Dios han dado un salto enorme. El 37 por 100 de la población del mundo está hoy bajo los golpes del martillo o cortada por la hoz del comunismo ateo. En la carta de las Naciones Unidas no figura el nombre de Dios ni se menciona Su Ley moral. El último Congreso de una de las grandes organizaciones mundiales al servicio de la humanidad ha excluído de su preámbulo el nombre de Dios. Los enemigos de Dios pueden vanagloriarse de que en nueve Estados no puede predicarse el Evangelio de Cristo y en los que ha sido crucificado de nuevo y no sólo bajo el letrero escrito en hebreo, griego y latín, sino en la mayor parte de los idiomas del mundo.

Por otra parte, los amigos de Dios se muestran demasiado pesimistas. El ver expulsados de China a 13,000 misioneros y destruida su labor de siglos; a Rusia, tierra en otro tiempo sagrada, violada hoy por unos dictadores que siembran de bombas su camino hacia los tronos proletarios; a Polonia, antes la Irlanda del Este, reducida a un guiñol en manos ateas; el pulpo rojo extendiendo sus tentáculos para entenebrecer las inteligencias, contaminar la verdad, transformándola en mentira y llamando luz a la oscuridad, lleva a los amantes de Cristo Crucificado a exclamar en su turbación: “Domine, usquequo?”

¿Y qué otra cosa es ese falso optimismo de los enemigos de Dios y esa turbación injustificada de sus amigos sino la repetición de cuanto fue sucediendo en los últimos días de la vida terrena de Jesucristo cuando sus enemigos estaban demasiado contentos y sus amigos extremadamente pesimistas? ¡Los enemigos del Señor se mostraban demasiado optimistas! Por medio de la agitación y propaganda entre las masas y de demostraciones organizadas ante el palacio del Gobernador, decían a un político claudicante: “No queremos que este hombre sea nuestro rey.” Y ante Nuestro Señor, crucificado como un vulgar delincuente, dispararon sus injurias, que sonaban a vanagloria de su triunfo y la completa derrota del Señor. Le echaban en cara que había predicho que destruiría el templo y que lo reconstruiría y, en cambio, permanecía en pie como testigo contra Su vanagloria. Le reprochaban que habiendo librado a otros de sus males, no pudiese librarse Él de la cruz. Le recordaban que había dicho que era Rey, pero que en realidad lo era de la burla, con una corona de espinas por diadema, con un clavo por cetro y con una crucifixión en lugar de la ceremonia de coronación. Le enfrentaban diciéndole que su pretensión de ser Hijo de Dios no pasaba de ser una estúpida majadería desde el momento en que su pretendido Padre no acudía en su ayuda.

Bajado Jesús de la Cruz, José de Arimatea se apresuró a presentarse decidido a Pilatos para pedirle el sagrado cuerpo del Señor. Los Evangelios ponen en labios de José la palabra griega “soma”, que indica respeto por un cuerpo muerto, mientras que Pilatos, llevado de su optimismo, convencido de que el poder del César no declinaría nunca, repuso a José con la palabra “ptoma”, que significa cadáver o inmundicia. El optimismo final de los enemigos culminó con la colocación de guardianes, no para impedir la Resurrección, sino para evitar que los Apóstoles, después de robar el cuerpo, pudieran decir que había resucitado de entre los muertos. En fin, parecían haber triunfado definitivamente, y para mayor escarnio, ruedan un voluminoso bloque hasta la puerta de la tumba, y Quien se había llamado “piedra” estaba aprisionado por una piedra. Paro no levantarse ya más. Mucho antes de que Nietzsche escribiera su primer renglón blasfemo, ya los enemigos de Jesucristo habían celebrado su aparente victoria: Dios había muerto.

Por otra parte, los amigos de Jesús estaban muy desmoralizados y pesimistas. Aunque habían oído decir al Señor que resucitaría al tercer día de después de su muerte, no lo creían. Las mujeres iban al sepulcro con perfumes que habían preparado, no para festejar al Señor Resucitado, sino para ungir su cuerpo muerto. Muy lejos de esperar la resurrección, se decían: “¿Quién nos apartará la piedra del sepulcro?” La misma María Magdalena que había resucitado de la muerte del pecado a la renovación de la vida divina, y que había oído decir al Señor que Él era la Resurrección y la Vida, acudió con perfume y lloros, pero no de alegría esperando la resurrección, sino de pena por haber muerto el amado. Y al encontrar vacío el sepulcro, no piensa que hubiese podido resucitar, sino que contesta al Ángel, que llora porque se han llevado al Señor y no sabe ella dónde lo han podido poner. Y cuando se le aparece el Señor en el huerto, ni siquiera levanta la mirada y trata de señor a la persona que a ella se le figura el hortelano y le dice: “Si te lo has llevado tú, dime dónde lo has colocado, para ir yo por Él.” La santa esperaba encontrar un cadáver al que dar nueva sepultura; no estaba preparada para enfrentarse con el vencedor de la muerte. Pero al hablarle el Señor, Lo reconoce al momento y le llama con el nombre de Sus íntimos: “Rabóni”, ¡Maestro!, y se apresura a comunicar la noticia a Pedro y a Juan, quienes no la creen y toman sus palabras por “fantasías de mujer”. En la tarde del día de Pascua, yendo como compañero de viaje por el camino de Emaús con dos de sus discípulos, Jesús los ve abatidos por el desaliento, motivado por el hecho de haber transcurrido tres días desde Su Muerte; y temen que no sea el Redentor de Israel, conforme lo habían creído. Y siete días después afirmaba el apóstol Santo Tomás que no creería la noticia de la resurrección del Señor hasta no meter los dedos en Sus manos y su mano en el costado. Aparecióse Jesús en aquel preciso instante, y le dijo: “Mete aquí tu dedo y examina mis manos. ¡Alarga tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente!” Con toda evidencia, lo que menos se esperaban los Apóstoles y los seguidores del Señor, era Su Resurrección. Se les apareció en su niebla, al disiparles su temor les dijo: “¿Por qué están turbados y por qué abriga su corazón tantos recelos?”

Pido que en este día de Pascua repita el Señor a sus amigos: “¿Por qué están tan deprimidos, abatidos, y por qué esta turbado su corazón?” Alégrense de que en el mundo existan negruras y persecuciones. ¿No dijo el Maestro que del mismo modo que le persiguieron a Él perseguirían también a sus seguidores? ¿Es que hemos perdido la cristiana virtud de la esperanza? ¿Por qué ha de ser nuestra conducta diferente de la de los cristianos del primer siglo de nuestra era? También miraban ellos el mundo con recelo, esperándose de un momento a otro su fin, precedido por la venida de Jesucristo y el juicio. Pero lo esperaban animosamente: buscaban las cosas más elevadas con fe en la Resurrección.

Hoy, por el contrario, son mayoría los que, de la Resurrección, anhelan la seguridad más que la felicidad. Son o somos como los que durante una travesía marítima se preocupan más del chaleco salvavidas que del camarote, o que en un viaje aéreo se interesan más por el paracaídas que por la hermosura del cielo de Dios, o que en un viaje por ferrocarril piensan más en que haya puestos de socorro que en la excursión que están efectuando. Digamos, en cambio, con San Pablo: “Si Cristo no ha resucitado, somos los seres más miserables del mundo.” ¿Cómo podemos creer que Dios reserve a sus enemigos todas las satisfacciones y alegrías y a sus hijos todos los lutos y contrariedades? ¿Estamos condenados acaso a colgar nuestras armas en los sauces llorones, a entonar tan sólo dolorosos lamentos, mientras los hijos de Satanás rían y triunfen? ¡Oh, no! Vayamos a Dios y llamémosle “Padre”, como hijos suyos que somos por adopción, que no es lo mismo que por esclavitud. ¡No temamos! Estemos plenamente convencidos de que Quien entró en el sepulcro era la mismísima Verdad, y que la Verdad, pisoteada resurgirá nuevamente de manera irresistible.

Dostoievsky cuenta la siguiente anécdota de dos hombres que estaban observando el cuadro de Holbein “El descendimiento de la Cruz”. Decía uno: “Me gusta contemplar este cuadro.” Respondióle el otro: “Muchos han perdido la fe por causa de esta obra.” Y con razón. Ese cuadro destruirá la fe de un materialista, de un ateo, de un comunista y de todos los que crean que después de la muerte ya no hay nada más. Si Cristo murió y no resucitó, no cabe pensar ni en la bondad de Dios ni en la de los hombres. Pero si Quien escogió lo peor de la vida, venció, el mal no podrá prevalecer nunca. ¡Alegrémonos porque Quien estaba muerto vive ahora; y aunque toquen las campanas por la ejecución de la Iglesia, la ejecución quedará eternamente aplazada.

¡No pierdan el ánimo los que crean en la Resurrección! Acuérdense que la Iglesia, lo mismo que Jesús, no sólo tiene una vida continuada, sino que ha sobrevivido a millares de crucifixiones a través de otras tantas resurrecciones. Aunque se haya bajado el telón de acero contra el Evangelio de Jesús en Rusia y el de bambú contra la Iglesia en China, estén seguros de que Quien rompió la Piedra, inflingiendo a la tierra la única herida grave recibida de ella, de una tumba vacía, levantará un día los telones, disipará la oscuridad que precede a la luz y Quien creían que estaba muerto volará en alas de la mañana.

No se dejen desmoralizar por el pensamiento de la bomba atómica, preguntándose despavoridos: “¿Moriremos”, sino que, por el contrario ante la luz de la Redención, habremos de preguntarnos: “¿Resucitaremos?” Aunque los sabios modernos puedan llevarse el átomo del sol para despedazarlo y dividirlo, recuerden que en Fátima se apareció la Virgen con el Sol a merced suya para que nos fijáramos en que el sol y sus rayos le pertenecen a Ella y a la vida, y no a los ateos y a la muerte.

Si oyen hablara de la maldad diabólica de unos hombres cuya bandera está enrojecida con la sangre de sus víctimas; si oyen hablar de los que martirizan los cuerpos y las almas, creando lo que podríamos llamar martirios áridos, como el de Mindszenty, Stepinac y Beran, estén seguros de que las mentes hechas pedazos y los cuerpos macilentos provocarán un castigo del cielo más fuerte que el originado por la sangre del inocente Abel y que alboreará un nuevo día de esperanza cuando estos varones perseguidos entonen un “requiem” en la tumba de los que ganaron una batalla y perdieron la guerra.

Dios no consiente nunca el mal sin sacar de él un bien. El comunismo es un mal, pero para la Divina Providencia puede convertirle en el fertilizante de una nueva civilización; la muerte se ha extendido por el mundo durante el invierno de su insatisfacción para preparar a la tierra inerte a revelar sus secretos en la nueva primavera del espíritu.

Puede darse que en este segundo milenio de historia cristiana se encuentre el mundo en los dolores de un nuevo nacimiento y que el mensaje cristiano vaya desde el Occidente al Oriente. Dentro de poco, el crucificado Cuerpo Místico de Cristo tenderá Sus manos sangrantes a los japoneses, que pondrán en ellas sus flores de loto para trasmutar las heridas del odio en las llagas cicatrizadas del amor. A los chinos les llevará Su cuerpo contusionado y lacerado para que los lisiados, paticojos, ciegos y famélicos tiendan sus manos curadas ya después de haber hecho desaparecer de nuestra vista los vestigios que quedaban de una noche ida para siempre. A los pueblos de la India les mostrará la llaga abierta de Su costado, y ellos, que han buscado la paz en un Nirvana e inconsciencia acudirán por fin a Su Corazón con el amor que es la salvación para el alma. Finalmente, penetrando en la oscuridad a través de una corona de espinas, se dirigirá al África y a los pueblos de la Virgen negra, y esos africanos Le sacarán las espinas y Lo coronarán de flores y de capullos, tan blancos como sus almas y tan perfumados como su fe.

¡No se desanimen! Recuerden que su Rey, aunque tambaleándose a veces en Su trono y concediendo al mal sus horas, vence siempre en la contienda. Digan con San Pablo:

“¿Quién nos separará del amor de Cristo?”, ¿la tribulación o la angustia?, ¿el hambre, la desnudez, los peligros, la persecución o la espada? Estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni los Ángeles, ni los Principados, ni las Virtudes, ni cosas actuales o futuras, ni poderes, ni alturas, ni profundidades, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús Señor Nuestro.

¡Por el amor de Jesús!

adornos5

One Comment leave one →
  1. 16 de octubre de 2014 12:36 PM

    Gosto muito dos artigos de Fulton Sheen. Desde 1960, aprendi a admirá-lo como escritor e como ser humano. Pudesse os sacerdotes se espelhar no seu exemplo…

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