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LA VIRGEN DE LA REDENCIÓN, POR MONS. FULTON SHEEN

9 de octubre de 2014

MONSEÑOR_FULTON

A todos les gusta hablar de bodas. Si un corazón humano no encuentra en sí bastante amor, lo va a buscar entre los enamorados. La boda más conocida de la historia se verificó en Caná. Es la única vez, en la Sagrada Escritura, en que a María, la Madre de Jesús, se la nombra antes que a Él. Resulta atractivo y consolador que el Señor, venido al mundo para enseñarnos el sacrificio y a inclinarnos a abrazar, día tras día nuestra cruz, diera comienzo a Su vida pública asistiendo a un banquete de boda.

Estas bodas orientales duraban en ciertas ocasiones hasta siete días consecutivos, pero tratándose de gente humilde, lo más que duraban eran dos días. No sé a qué categoría pertenecería esta boda de Caná, aunque lo cierto es que en un determinado momento faltó el vino. Siendo Caná un pueblo vinícola, es muy probable que el novio hubiese hecho abundante acopio de vino. La falta debe atribuirse principalmente al hecho de que el Señor fue a la boda en compañía de Sus Discípulos, los primeros “portugueses” de la historia cristiana. Y este hecho fue el que influyó poderosamente sobre las existencias de vino. El Señor y los suyos llegaron tras un viaje a pie de tres días, durante los que habían cubierto una distancia de casi 145 kilómetros. No es extraño, pues, que faltasen vino y comida para personas tan hambrientas y sedientas.

El hecho más sorprendente de estas bodas fue que se percatara antes la Virgen que los mismos camareros de la falta de vino. María advierte nuestras necesidades antes que nosotros mismos. A Su Divino Hijo le hizo una ligera indicación: “No tienen vino.”En estas palabras, no sólo se encierra el reconocimiento del poder del Hijo, sino que aparece implícito el deseo de poner fin a una situación embarazosa. Creo que la Santísima Virgen habría presenciado otros prodigios del

Señor, aunque tal vez no los hubiera realizado en público. Si no hubiese tenido el firme convencimiento de que era el Hijo de Dios Omnipotente, la Virgen no le hubiera podido pedir un milagro. Algunos de los más grandes milagros del mundo se deben a la influencia de una Madre porque “quien mece la cuna gobierna al mundo”.

La respuesta del Señor fue: “Y eso ¿qué nos va a ti y a mí, mujer? Aun no ha llegado mi hora”. Detengámonos en analizar estas misteriosas palabras. Fíjense en que el señor dice: “aún no ha llegado mi hora”, expresión que emplea siempre que se refiere a Su Pasión y Muerte; por ejemplo , la noche en que Judas atravesó el torrente Cedrón para herir sus labios con un beso, dijo el Señor: “Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.” Pocas horas antes, durante Su Última Cena en la tierra, hablando anticipadamente de Su muerte, había dicho: “¡Ha llegado la hora…! ¡Oh Padre, glorifícame en Tu presencia con la gloria que tenía junto a Ti antes de que el mundo existiese!” Antes aún, cuando su vida había quedado amenazada con tentativas de lapidación, consigna el Evangelio: “Todavía no había llegado su hora.” El Señor quiso dejar bien patente que, según la voluntad del Padre, su hora no había llegado aún porque en la insinuación de María iba implícita la necesidad de anticiparla. Y la Sagrada Escritura añade: “De esta forma, Jesús hizo el primero de sus milagros y manifestó Su gloria en Cana de Galilea y sus discípulos creyeron en Él.”

Sirviéndonos de nuestra habitual manera de hablar, podemos expresar que el Señor dijo a Su Santa Madre: “Mi querida mamá, ¿no te das cuenta de que me estás pidiendo que aparezca ante el mundo como Hijo de Dios hecho hombre y que demuestre con hechos y milagros mi Divinidad para que ésta quede proclamada ente los hombres? En el momento que empiece a hacer eso, me habré puesto en el camino real de la Cruz. El mundo no quiere la Bondad perfecta sino sólo mediocridades. Mi hora no ha llegado todavía, pero ¿quieres de verdad que la anticipe? ¿Es voluntad tuya que comience a andar hacia el Calvario? ¿Quieres verme repudiado por los hombres? ¿No sabes que cambiarían nuestras actuales relaciones. Ahora tú eres mi mamá y en nuestro pueblecito se te conoce como la madre de Jesús. Si en este instante me manifiesto como el Salvador de los hombres y doy comienzo a la obra de la Redención, su papel va a cambiar también. Lo que me afecta a mí, te afectará a ti también. En cuanto yo empiece la salvación de la humanidad, ya no serás únicamente mi madre, sino que serás asimismo la Madre de los redimidos. Cuando haya salvado al cuerpo, como cabeza de la humanidad,, tú, madre de la cabeza, serás también la Madre de Mi Cuerpo Místico, la Iglesia. Vendrás a ser la Madre Universal, la nueva Eva, del mismo modo que yo soy el nuevo Adán. Te llamo “mujer” para conferirte el título de la maternidad universal, para indicarte el papel que tienes asignado en la Redención. A Ti aludía cuando le anuncié a Satanás que pondría enemistades entre él y la mujer, entre su descendencia y la tuya; es decir, entre él y yo, que soy tu Hijo. Te revisto en este momento con el título de Mujer; también te investiré el mismo título cuando esté izado en la Cruz, como un águila mal herida. Somos una sola cosa en la obra de la salvación; lo que es tuyo, es mío. Desde ahora en adelante ya no seremos Jesús y María solamente, sino el nuevo Adán y la Nueva Eva. Vamos a dar una nueva vida a la humanidad cambiando el agua del pecado en el vino de la vida. Y sabiendo todo eso, madrecita mía, ¿aún quieres que solicite mi Cruz y me ponga en camino hacia el Calvario?”

Jesús dejó bien claramente expuesto que el mundo no toleraría su Divinidad, y después de cambiar el agua en vino, también se cambiaría el vino en sangre. ¿Qué respuesta daría la Madre? ¿Impulsaría al Hijo hacia la Muerte Redentora? Su respuesta fue de completa colaboración con la Cruz. Habla por última vez en las Sagradas Escrituras; dirigiéndose a los coperos les dice: “Hagan cuanto les diga.” ¡Magnífica despedida! María nos invita a cumplir la voluntad del Hijo que ha asegurado que ha venido a la tierra para cumplir la voluntad del Padre. Y llenan las ánforas, las llevan al Señor y, según la admirable expresión de Richard Crashaw, “el agua inconsciente vio a su Dios y se puso encarnada”.

Detengámonos para dos lecciones espirituales. La primera se resume en el “Ayúdate y Dios te ayudará”. Jesús hubiera podido sacar el vino de la nada, como de la nada había sacado antes el

mundo, pero exigió, en cambio, a los criados que le llevasen las ánforas llenas de agua. No podemos esperar que el Señor nos transforme si no le ofrecemos algo. Es inútil que nos limitemos a decirle:”Señor, ayúdame a vencer los malos hábitos; hazme sobrio, puro, honesto!” Esta clase do oraciones no valen nada si no van acompañadas de esfuerzo personal. No debemos esperar pasivamente la manifestación del poder de Dios. Debe proceder el acto determinante de nuestra libertad, aunque lo que ofrezcamos a Dios no sea más que una cosa sin espíritu, agua insípida de nuestra vida cotidiana.

Antes de que nosotros mismos nos demos cuenta, interviene la Virgen para cuanto nos hace falta; esta es la segunda enseñanza de Caná. Ni el mestresala, ni los sirvientes ni los invitados sabían que se hubiese acabado el vino y el que ya no podían pedir más. Si no sabemos lo que necesita nuestra alma, ¿cómo vamos a pedir por nuestras necesidades? Muchos de nosotros no llegaríamos al Señor si alguien no conociese mejor que nosotros mismos nuestras necesidades y no pidiese al Señor que las remedie. Ese fue el papel de María en Caná; ese es el papel de la Santísima Virgen hoy en día también.

En las necesidades humanas, María se hace nuestra intérprete, lo mismo que una mamá para su nene enfermito. El bebé sabe llorar, pero no sabe expresarse. Puede ser que un alfiler le pinche o sienta hambre o algún malestar. La mamita lo sustituye para determinar lo que haya que hacer. De igual manera que una madre conoce las necesidades de su niño mejor que él, así también conoce nuestras lágrimas y nuestras preocupaciones la Virgen mejor que nosotros mismos. Lo mismo que una madre sabe cuándo tiene su hijo necesidad de que lo vea un médico, también sabe la Virgen la necesidad que tenemos de Su Hijo. Así como el Señor es mediador entre nosotros y el Padre celestial, así también es la Virgen mediadora entre Jesucristo y nosotros. La Virgen llena nuestras ánforas vacías, nos provee del elixir de la vida y salva nuestras dichas. María no es nuestra redención, no somos absurdos, de igual manera que la madre no es el médico; pero del mismo modo que muchos de nosotros debemos la conservación de nuestra vida física a nuestra madre terrena, así hay muchos que deben la conservación de su vida espiritual a la Madre de todas las madres, a la Virgen María.

Tres años después de las bodas de Caná, todo se había cumplido. Había llegado la hora; el vino se cambiaba en sangre. Jesucristo había realizado muchos milagros y los hombres lo crucificaban.

El Señor mira desde la Cruz a las dos personas a quienes mayor cariño tenía en la tierra: a San Juan y a Su Santa Madre. Volviendo al tema de Caná, se dirige a la Virgen en una segunda Anunciación, dándoles el mismo título que le había conferido en las bodas: “Mujer”. Con un movimiento de sus ojos llenos de polvo y de su Cabeza, coronada de espinas, mira con ternura a Quien, conscientemente, lo impulsó hacia la Cruz y que ahora permanece derecha al pie de ella, y le dice: “Ese es tu hijo.” Luego se dirige a San Juan, y no lo llama por su nombre porque no habla solamente al hijo de Zebedeo, sino a todos nosotros, y le dice: “Esa es tu Madre.” Después de tantos años, esa fue la respuesta a las palabras misteriosas del Evangelio de la Encarnación: “…dio a luz a su Primogénito”. ¿Quería esto, acaso, significar que la Virgen habría de tener más hijos? Sí, cierto; pero no según la carne. Había de tener otros hijos según el espíritu: Juan es el segundo de sus hijos; Pedro, Andrés, Santiago, los tercero, cuarto, quinto, y así sucesivamente hasta nosotros, los millonésimos de los millonésimos hijos suyos. Había engendrado a Su Primogénito, Jesús, con la alegría de Belén. Con el dolor de al pie de la Cruz, engendró a Su hijo segundo y a todos nosotros, no por figura metafórica, sino en virtud de los dolores del parto. Así como una madre no puede olvidarse de los hijos de sus entrañas, tampoco puede la Virgen olvidarse de los hijos engendrados con semejante dolor y agonía. Del mismo modo que tenemos una madre terrena que nos ha traído al mundo mediante los sufrimientos de la carne, asimismo tenemos otra Madre que nos lleva a Jesús a través de los sufrimientos del espíritu. No creo que ninguno de ustedes vaya a permitir que un prejuicio de algunos centenares de años le impida aceptar la necesidad de tener por Madre a Quien nos dio el Señor al pie de la Cruz.

A nuestra Señora y Madre, la Virgen María, les encomiendo a cada uno de ustedes. Que de de sus labios se eleve una sola oración esencial: la de hacer la voluntad de Dios para poder cumplir

el mandato de Caná: “Hagan cuanto Él les diga.” Y terminamos con las palabras de Mary Dixon Thayer:

Bella Señor, vestida de azul, ¡Quiero que me enseñes a rezar!

Dios era sólo tu hijito Jesús,

¡Dime qué puede o le deba expresar!

¿Estaba a veces el Rey de naciones

Con ternura indecible en tus rodillas

Y tú le entonabas dulces canciones

Al igual que hacen hoy las madrecitas?

¿Tomabas de noche sus manecitas

Para contarle con todo candor

Historias tristes y también bonitas

Que al Niño causaban risa o dolor?

¿Puede gustarle al escuchar mis cosas

Pequeñas, no importantes, personales, O pueden impedirlo, rumorosas, Las ligeras alas angelicales?

¿Me escucharán ahora el Niño y tú?

Dímelo, Virgen, pues sí que lo sabrás.

Bella Señora, vestida de azul, ¡Quiero que tú me enseñes a rezar!

Dios era sólo tu hijito Jesús

Y sabes lo que yo deba expresar.

¡Por el amor de Jesús!

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