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LA VIRGEN INMACULADA, POR MONS. FULTON SHEEN

4 de octubre de 2014

 

13-Oblatio hostiae

 

Todo ser humano lleva en su corazón la reproducción fotográfica de la persona que ama. No existe “el amor a primera vista;” el amor es la realización de un deseo, el cumplimiento de un ensueño.

Tenemos dentro de nosotros un ideal forjado por nuestro mismo pensamiento, por nuestros hábitos, por nuestra experiencia y por nuestros deseos. De otra forma, ¿cómo íbamos a poder distinguir a primera vista qué personas y cosas nos agradan? Aun antes de tropezar con ciertas personas nos hemos creado anteriormente un modelo y una forma de lo que nos agrada y de lo que nos desagrada, y algunas de las personas que vemos son copia fiel del modelo y otras no. ¿Cómo es que cuando oímos por vez primera un motivo musical nos gusta o no? Lo juzgamos conforme a la música que llevamos en el corazón. Las mentes inquietas que no saben detenerse bastante en un mismo pensamiento y que no poseen continuidad de ideales sienten predilección por la música excitante y frenética que las distrae. Las mentes reposadas prefieren, en cambio, la música tranquila.

El corazón posee una melodía propia secreta, y el día en que se ejecuta por primera vez esa música exclama: “¡Esa es!” Lo mismo sucede con el amor.

En el corazón humano mora un diminuto arquitecto que trabaja en el interior, y que a la vista de las personas que ve, de los libros que lee, de sus esperanzas y de sus ilusiones, diseña los bocetos del amor ideal con el ardiente y apasionado deseo de que un día puedan sus ojos contemplar ese ideal y las manos palparlo.

La vida resulta más bella el día en que vemos realizarse nuestro sueño, y la persona amada nos parece la encarnación de cuanto apreciamos. La simpatía brota de repente, pero es que, en realidad, ya existía en nosotros desde largo tiempo.

También lleva Dios dentro de sí el modelo de cuanto ama en el universo.

Del mismo modo que un arquitecto lleva en su mente el plano de la casa que quiere construir, así también tiene Dios en Su mente una idea arquetipo de cada flor, de cada pájaro, de cada árbol y de cada melodía primaveral.

La primera pincelada en el lienzo, el primer golpe del escoplo en el mármol, no pueden existir sin que les haya precedido una idea luminosa.

Cada átomo, cada rosa, no son sino realidades y conexiones de una idea preexistente en la mente de Dios desde toda la eternidad.

Todas las criaturas por debajo del hombre corresponden a un modelo que Dios tiene en la mente. Un árbol es de verdad un árbol, porque corresponde a la idea que Dios tiene de un árbol. Una rosa es rosa porque es la idea que Dios tiene de una rosa formada por las sustancias químicas y el tinte de la vida.

Con las personas, sin embargo, no ocurre lo mismo. Dios debe tener de nosotros dos imágenes: lo que somos y lo que deberíamos ser. El Señor posee el modelo y la realización, el plano y el edificio, la partitura musical y el modo cómo se ejecuta.

Dios debe tener estas dos imágenes sobre nosotros, porque en cada uno de nosotros existe una desproporción insatisfecha entre el proyecto original y el modo de realizarlo personalmente nosotros. La imagen está oscura, el cuadro está descolorido; nuestros actos libres no corresponden a la razón de nuestro ser; no llegamos a lo que quisiera Dios que fuésemos. Aunque Dios tenga dos imágenes nuestras, existe, sin embargo, una sola criatura humana, entre todas las de la creación, de la cual posee una sola imagen, y en la que reinó y reina una perfecta conformidad entre lo que Dios pensara que fuese y lo que es en realidad; ésta es su bendita y santísima Madre.

Muchos de nosotros nos quedamos por debajo de la “marca” en cuanto que no hemos correspondido plenamente a las esperanzas que el Padre celestial abrigaba sobre nosotros; pero en el caso de la Virgen la “marca” ha sido plenamente alcanzada. María Santísima, es de carne y hueso, tal como la idea que de ella se había forjado Dios. El modelo y la realización son perfectamente iguales: la Virgen es todo lo que fue previsto, imaginado y soñado. La melodía musical de su vida es la perfecta interpretación de la partitura original.

Por esta razón, a través de los siglos, ha atribuido la liturgia cristiana a la Virgen las palabras del libro de los Proverbios. La Santísima Virgen es la realización de todo lo que Dios hubiese querido que fuésemos nosotros, y habla de sí misma como de la reproducción fotográfica de la idea existente en la mente del Señor, a la que ya amaba Dios antes de existir como criatura humana.

Dícese de María que estaba al lado del Señor, no sólo antes de la creación, sino también en el momento de ella.

Existía en la Mente Divina como pensamiento eterno antes de que existiese ninguna otra madre.

Es la Madre de las Madres.

“El Señor me tuvo consigo al comienzo de su obra, en el nacimiento del tiempo, cuando inició la creación. Estuve constituida desde toda la eternidad, antes de que existiese la tierra; ya había sido concebido cuando los abismos fueron una realidad y cuando las fuentes del agua no habían brotado todavía de la tierra, ni habían surgido las montañas con sus moles inmensas; fui engendrada antes que los collados, cuando Dios creó los cielos, cuando refrenó las aguas con marcos inviolables, cuando fijó la atmósfera por encima de todas las cosas, cuando niveló los manantiales de las aguas en las concavidades. Estaba presente cuando Dios encerró el mar dentro de sus límites, estaba al lado del Creador, y desde la mañana a la noche, mientras me recreaba inclinada delante de Él, sentía crecer mi alegría; jugaba en este mundo de polvo, teniendo por compañeros de mis juegos a los hijos de Adán. Escúchenme, pues, ustedes que son hijos míos. Dichosos los que me escuchan y, atentos a mi portal, esperan día tras día el momento en que abra mis puertas. El que me encuentre encontrará la vida y beberá completa felicidad en el cáliz de Dios.” (Proverbios, 8, 22-36).

Dios no pensó en la Virgen solamente desde la eternidad, sino también al principio mismo del tiempo.

Cuando el género humano se hubo perdido por culpa de una mujer, Dios habló al demonio de la siguiente manera: “Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella aplastará tu cabeza mientras que tú pondrás asechanzas en su calcañar” (Génesis, 3, 15).

Dios quería significar que, si por culpa de una mujer, se había perdido el hombre, también se salvaría a través de la mujer.

El mal prosperaría, y bajo místicas apariencias llegaría a instaurar un reino comunista y satánico; pero la mujer tendría también su progenie: A Nuestro Señor, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo.

Cuando Dios determinó hacerse hombre, debió escoger el tiempo de Su Venida, el país donde nacería, la población en la que nacería, la gente y la estirpe con las que viviría, los sistemas políticos y económicos que le rodearían, la lengua que hablaría y las reacciones psicológicas con las que estaría en contacto, como Señor de la historia y Salvador del mundo.

Todos estos problemas los resolvería con un solo factor, con la mujer que habría de ser Su Madre.

Escoger la Madre significaba también elegir una determinada posición social, un idioma, una población, un ambiente, un momento decisivo en el destino.

Su Madre no era como la nuestra, aceptada por nosotros como algo establecido en la historia y que no nos es dado cambiar; el Señor, en cambio, nació de una madre que se eligió antes de nacer.

Este es el primero y único caso en la historia en el que un hijo haya elegido la propia madre y en el que una madre haya elegido a su hijo. Y eso es lo que expresan las palabras del Credo: “Nació de Santa María Virgen.” La Virgen fue llamada por Dios como lo fue Aarón, y Nuestro Señor nació, no sólo de su seno, sino también de su mismo deseo de concebirlo.

No debemos extrañarnos que se hable de la Virgen María como de un pensamiento que cruzó por la mente de Dios antes de crear el mundo.

Cuando Whistler pintó el retrato de su madre, ¿no tuvo acaso la imagen suya ante sus ojos antes de ordenar los colores en el cuadro?

Si les hubiera sido dado existir antes que su madre, no artísticamente sino en la realidad objetiva, ¿no la habrían hecho como la mujer más perfecta del mundo –una criatura tan hermosa que habría despertado la envidia de todas las demás mujeres- como una criatura tan gentil y cariñosa que todas las demás madres habrían deseado imitar sus virtudes?

¿A qué, pues, pensar que Dios obraría de manera diferente?

Cuando a Whistler le elogiaron el retrato de su madre contestó: “Ya saben lo que pasa: cada cual trata de hacer a su madrecita lo mejor que puede.”

También creo que cuando Dios iba a ser Hombre, haría a Su Madre lo mejor que pudiese y, consecuentemente, la hizo perfecta.

Dios no obra nunca sin la más depurada ponderación.

Las obras maestras de Dios son la creación del hombre y su segunda creación y redención.

La creación se hizo para los hombres cuando aún no habían caído en el pecado original; pero Su Cuerpo Místico, en cambio, para los hombres pecadores.

Antes de crear al hombre, Dios creó un jardín delicioso, tan bello como sólo Dios podía hacerlo; en ese Paraíso se celebraron las primeras bodas entre el hombre y la mujer.

Cuando el hombre renunció a los bienes divinos cediendo a lo más bajo de su naturaleza y se rebeló contra el cielo, Dios estableció crear al hombre por segunda vez, redimiéndolo; pero antes de proceder a ello creó otro jardín.

Este nuevo jardín no sería ningún jardín terrenal, sino un jardín humano; sería un jardín en cuyas puertas nunca estaría escrita la palabra “pecado”; un jardín en el que nunca crecería la mala hierba de la rebelión para sofocar las flores de la gracia; un jardín que daría vida a cuatro ríos de redención cuyas aguas correrían por los cuatro puntos cardinales de la tierra; un jardín tan limpio que Dios Padre no vacilaría en hacer vivir en él a su propio Hijo; y este “Jardín Encantando” cuyo jardinero sería el nuevo Adán, fue nuestra Bendita Madre.

Así como el Edén había sido el Paraíso de la creación, la Virgen María sería el Paraíso de la Encarnación, y en Ella, como en un jardín, se celebrarían las primeras bodas entre Dios y el hombre.

Cuanto más se aproxima uno al fuego, tanto más calor experimenta; cuanto más nos aproximemos a Dios, mayor pureza encontraremos; pero del mismo modo que nadie estuvo más cerca de Dios que la mujer, cuyas puertas humanas abrió Él para andar por esta tierra, nada existe tampoco tan puro como Ella.

A esta pureza la llamamos la Inmaculada Concepción.

La palabra “Inmaculada” no viene del “nacimiento de la Virgen”, sino de otras dos latinas que significan “no manchada”. “Concepción” quiere decir que en el momento en que fue concebido en el seno de Santa Ana, nuestra Bendita Madre fue preservada del pecado original en virtud de los méritos de la redención de Su Hijo.

No he llegado a comprender por qué a estas alturas aún encuentra el hombre algún motivo para reírse de la Inmaculada Concepción cuando pretende, como modernos pagano que es, haber sido concebido también sin mancha alguna. Si no existiese el pecado original, entonces es cuando naceríamos sin mancha todos los mortales.

¿Por qué ha de mostrarse, pues, el hombre tan reticente en atribuir a María lo que se atribuye a sí mismo?

Sin embargo, a pesar de su Inmaculada Concepción también debió ser limpiada de pecado la Virgen María. ¡También ella!

María es el primer caso de redención, en cuanto que fue preservada del pecado en el mismo instante en que fue concebida, mientras que nosotros lo somos también, aunque de modo menor, después del nacimiento. Ese privilegio se le concedió a la Virgen, no por Ella sola, sino por el amor de Dios.

Supongamos que Dios, al crear de nuevo al hombre, no hubiese creado igualmente una nueva mujer, una nueva Eva. ¡Qué desastre más grande se hubiese producido!

¡La Cristiandad estaría acusada de ser una religión de hombres solamente!

¡Las mujeres habrían de haberse procurado otra religión exclusiva de mujeres solamente! Se habría insinuado que la mujer debiera ser siempre la esclava del hombre y que el mismo Dios entendía que fuese así al no haber creado una nueva Eva, como lo había hecho para Adán. La Inmaculada Concepción de María es el más grande tributo de la Cristiandad a la parte confiada a las mujeres en la redención. Y esto nos conduce de nuevo al principio.

Dijimos que cada uno de nosotros lleva en su corazón la reproducción fotográfica del amor ideal. Todo hombre que busca a su mujer, toda mujer que desea ser cortejada por los hombres, cualquier vínculo de amistad en el mundo, buscan desesperadamente un amor que no sea solamente el amor de “él” o de “ella”, sino algo que comprenda a ambos y que ellos llaman “nuestro amor”.

Cada uno de nosotros se halla enamorado del amor ideal, amor tan superior al físico, que hace olvidarlo por completo.

Todos nosotros sentimos mayor apego por unas cosas que por otras. Cuando pasa la onda, el apego, el amor por esas cosas ha terminado. Para decirlo con el poeta: “Podría amarte así de bien, o querida, si no amase todavía más el honor.”

Así como se necesita el aire para respirar, así también se necesita una atmósfera especial para amar, debiendo estar constituida la esencia de esa atmósfera por Jesucristo y por María.

El amor ideal que sabemos existe más allá del amor terreno, ese amor al que nos dirigimos cuando nos quedamos sin el amor físico, es el mismo ideal que Dios lleva en el corazón desde la eternidad la mujer que Él llama “Madre Santa”-, la que cada uno de nosotros ama cuando ama a una mujer, lo sepa o no lo sepa.

La Virgen es como toda mujer quisiera ser cuando se mira en el espejo de la vida.

Ella es la mujer con la que todo hombre quisiera desposarse; es el ideal latente en el sentido de rebelión que toda mujer experimenta cuando el hombre se hace demasiado agresivamente sensual; es el secreto deseo que toda mujer siente de que la honren y la protejan.

Para conocer a una mujer, poseyéndola, se precisa que el hombre la haya poseído antes en sueños.

Para ser amada por el hombre que la posee, la mujer debe haber deseado antes ser amada por él idealmente.

María es el ideal y el amor, imagen de lo que es posible; la Virgen es el ideal de amor que Dios amaga aún antes de crear el mundo; es la Virgen Inmaculada, Madre de Dios. Dejad, pues, que diga con ustedes: “Ella es a quien yo quiero.”

¡Por el amor de Jesús!

 

adornos6

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