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LA VIRGEN DE LA BONDAD. POR MONS. FULTON SHEEN

26 de septiembre de 2014

BishopFultonSheen

 

Desearía ilustrarles sobre una gran verdad sirviéndome de una sencilla analogía.

¿Se acuerdan de alguna vez que les haya recomendado su madre no tocar la pasta con la que hacía alguna torta?

Sabía muy bien que podía sentarles mal, y por experiencia quería evitar que les doliera el estómago. Tal vez pensáramos en semejante ocasión, o que nuestra madre no quería complacernos, o que no eran buenos los ingredientes de la torta.

Esto es, en pequeño, lo que sucedió en los orígenes de la humanidad; y ésta es, con algunas variantes, la historia que viene repitiéndose en lo más íntimo de toda alma que pasa por la tierra.

Dios quiere que seamos buenos y hagamos el bien. No quiere la incoherencia de mezclar el bien y el mal, que apega el corazón a las cosas imperfectas de aquí abajo y vive buscando un compromiso entre el cielo y la tierra, entre Dios y sus enemigos. La pasta blanda no es una torta que esté ya dispuesta. Y si Dios nos quiere despegados, si nos prohíbe lo malo, no es porque pretenda destruir la libertad que nos ha concedido, sino por quiere hacernos felices, como nos lo tiene prometido.

Hemos hablado de un dolor de estómago. Era por tratarse de un chiquillo.

A un adulto le hablaríamos mejor de complejos, es decir, del contraste entre lo que somos y lo que deberíamos ser.

Un complejo se reduce con frecuencia a una tensión exagerada entre nuestras preferencias y las de Dios, entre nuestros deseos y los suyos.

Una navaja se ha hecho para cortar, pero no para cortar el mármol. Si se le emplea para partir piedras, pronta la romperemos.

Hemos sido hechos para Dios, para la Vida, el Amor y la Verdad. Cuando no vivimos para Dios, nuestra conciencia se rebela y empiezan para nosotros las crisis que desembocan en neurosis y psicosis espantosas.

Al quererlo, podemos trazar un gráfico que les dará idea de un complejo.

Tracen sobre una hoja una vertical. Esta línea representará la voluntad de Dios. Completen el gráfico un una abscisa transversal, símbolo de la voluntad humana. Resulta, de ambas líneas, una cruz. La psicología la llama complejo.

Teológicamente se define con el concepto de una cruz la voluntad del hombre que se opone a la de Dios.

Por eso, quienes han pretendido negar la naturaleza recibida de Dios se encuentran cogidos en el nudo de las cruces y de las desilusiones.

El hombre sin Dios no es un turrón sin almendra; es una torta sin harina. Le faltan los ingredientes de la felicidad. Experimenta un vacío desolador, el vacío de Dios; siente el grave peso, lleno de remordimientos, del pasado que irrumpe en el corazón como una sombra negra, muy negra. Priven de oxígeno sus pulmones, y su cara se inflamará, le faltará la respiración; quítenle al corazón el amor de Dios y le negaréis la vida. El infierno debe ser una cosa parecida, sólo que eterna.

El remedio para estos males, para estas desilusiones, es aún el mismo que puede tener el chico que haya comido la pasta blanda: el de una madre. La madre no abandona a sus hijos aunque éstos se hayan causado el mal voluntariamente. Quien tenga una madre, no tiene por qué desesperarse, pues siempre tendrá ella una buena palabra que sea capaz de calmar el enojo de los hombres.

Invoquen, pues, a María, ustedes, mujeres que no han querido sustraerse a las consecuencias penosas de la culpa que queda expiada al presente con sus sufrimientos. Y ustedes también, madres que tienen hijos bajo las armas, invoquen a María.

También fue llamado el Hijo de María a combatir contra las fuerzas del mal, y ella lo acompañó en el campo de batalla, recibiendo una herida en el corazón. La Virgen hizo lo mismo que han hecho ustedes, madres que han dado un hijo a la Patria. ¡Qué ella las libre de pasar por el dolor de perderlo!

Madres que sienten el corazón oprimido por una pena muy grande, sin nombre, cual es la de tener quizá un hijo nacido con mal incurable, de cuerpo enfermizo, retrasado mental, incapaz de hablar, de entenderlas; ustedes que advierten como se abaten sobre ustedes y sobre sus hijos las alas de la muerte, cada día más próxima, de manera inexorable, confíen sus penas a María, díganle que les escuche ella, que vivió en angustiosa espera de esa misma marea cuajada de dolores.

La Virgen María sabe perfectamente lo que significa tener un hijo que sea una cruz que pesa cada día sobre el corazón. El día en que Jesús vino al mundo, los Magos de Oriente le ofrecieron mirra, que es símbolo de su muerte. Cuando el Niñito sólo contaba cuarenta días, al anunciar el anciano Simeón que sería signo de contradicción, le anticipaba la crucifixión y profetizaba a María la lanzada que, al traspasar el Corazón del Hijo, atravesaría también su alma de madre. Haga la Virgen, que conoce su dolor, que abracen la voluntad de Dios oculta en su cruz y la conviertan en merecimiento para el cielo.

Déjenme luego que, por mi parte, pida a María que todos los pueblos conozcan pronto a Su Jesús.

El arte indígena va pintado a la Virgen como si hubiera nacido en el país, como una mujer de su tierra. Y muy acertadamente, desde luego. De la misma manera que en las rosas de Chartres y en la gruta de Lourdes se aparece como una francesa, y se la ve en Fátima como una portuguesa, así también resplandece con Su Cara de Bondad, negra como el azabache, ante las gentes del África Ecuatorial; espléndida y luminosa como la gloria del sol naciente, ante los japoneses; transforma, en fin, Su Belleza sin ocaso, conforme a los gustos de cada país, como una señora elegante que no pierde ni altera su atractiva hermosura aunque se cambie de vestido.

Todas las almas desilusionadas, inquietas, temerosas, deben recobrar ánimos pensando en la bondad de María.

Cuéntase que, dando una vuelta por el Cielo, vio el Señor un día bastantes almas que habían entrado en él con demasiada facilidad. Al momento fue a verse con San Pedro, al que le dijo: “Te entregué las llaves del Paraíso para que la usaras pensando con la cabeza y haciendo las cosas con juicio. Dime cómo ha sido el entrar esas almas aquí en mi Reino.”

San Pedro, un poco amoscado, le repuso: “Señor, no debes tomarla conmigo. Cuando yo cierro la puertas, tu Madre abre la ventana.”

Bernard Shaw debía pensar en esto mismo, pues, según nos ha descubierto el escritor y poeta W.T. Titterton, el célebre Shaw, apreciaba mucho a una monja que todos los días rezaba por su conversión.

Un día quiso explicarle a la monja las dificultades que tenía para creer en la Divinidad de Cristo. Antes de marcharse, le dio Shaw unas amables palmaditas en la espalda y le añadió: “Pienso que al fin me verá Su Madre entrar en Su casa.”

Para la Virgen, siempre seremos nosotros unos chicos no bien conocidos que otra vez seremos mejores.

El corazón de una madre piensa más en el hijo que se ha caído y se ha causado mal.

El padre ofendido se fija más en la culpa, pero la madre, en la persona.

María vela por nosotros, débiles y pequeños hijos suyos, del mismo modo que velaba por su Jesús, y siendo, como es, la Madre del Juez, pueda susurrarle al oído alguna palabra de piedad y de perdón para nosotros.

El pecado y la Redención encuentran en la Virgen la posible armonía de la esperanzas. La Virgen no puede perdonarnos; pero puede, sin embargo, interceder por nosotros, conciliando la Justicia y la Misericordia de Dios con su ruego de Madre.

Sin la misericordia, la justicia sería extremadamente rigurosa; y si no hubiese justicia, la misericordia permanecería indiferente ante la culpa.

Hay un dulce matiz en el perdón obtenido por una madre y no deja ningún amargor en el perdonado.

La justicia puede castigar con mano dura nuestro delito; la misericordia nos deja en el corazón el disgusto de no haber estimado convenientemente a quien nos apreciaba.

Por ese motivo es quizá por lo que un delincuente castigado por la justicia recae en el mismo delito; pero un hijo salvado por las lágrimas de su madre promete en su corazón ser mejor en lo sucesivo.

Hay otro misterioso poder en el corazón de una madre: el de aminorar la culpa de los hijos. Los deshonestos no podrán nunca tolerar a los castos; pero los limpios de corazón comprenden a los metidos en el fango; por eso un buen confesor siente especial afecto por el pobre pecador y está siempre predispuesto a disminuir la gravedad de la culpa; por eso mismo Dios no agrava las conciencias, sino que las libera del pecado.

Nathanael Hawthorne ha dicho: “Siempre les he envidiado a los católicos su dulce y Santa Virgen Madre que campeo entre ellos y la Divinidad. La Virgen intercepta lo que, procedente de la Divinidad, podría ser demasiado intenso para nuestros ojos mortales y sólo permite que todo el amor de Dios riegue el corazón de sus fieles después de haberse vuelto más humano y más inteligible por la ternura de la Señora.”

Para San Efrén, la Virgen es la Patrona de los abocados a la perdición.

Dejen, pues que les describa alguna de las almas heridas y desilusionadas que pueden invocar a María y pueden ser salvadas por Ella.

Hay dolores en la vida que son propios de las mujeres, y que no entienden los hombres. Tal vez por eso, lo mismo que hubo un Adán y una Eva en el día del primer pecado, debía haber un nuevo Adán y una nueva Eva en la Redención. Adán, Eva, el árbol del paraíso.

Cristo, María, el árbol de la Cruz.

Cristo padeció mentalmente todas las agonías de la humanidad; pero las ansias y los espasmos que sólo puede pasar una mujer las soportó María en unión de Él.

Hay una pena muy amarga que sólo puede experimentar el corazón de una mujer: la vergüenza de una madre no casada. La Virgen María estaba desposada con San José; pero mientras no advirtió el Ángel al esposo que la Virgen había concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y

no por obra de varón, María hubo de sufrir el atroz suplicio de las mujeres que llevan en su regazo el fruto de un pecado.

Tal vez sin saberlo, Bernardo Shaw ha hecho resaltar con su conclusión una verdad sublime y consoladora. Quienes no se hallan aún dispuestos a aceptar a Cristo como Mediador entre Dios y el hombre, quizá lleguen a la Fe por medio de María que será la Mediadora entre esas almas infelices y Cristo, Virgen de la Esperanza, para quienes están muy próximos a la desesperación.

Marcelo Proust, siendo joven, contó un día a su madre todas las bestialidades que había cometido. La madre no pudo comprender todo lo que su hijo le contaba; pero con una bondad a la par suave e impresionante, le habló con ternura al corazón, le hizo más liviana la carga de su responsabilidad, y Marcelo Proust pudo entender el íntimo sentido encerrado en el título dado a la Virgen, mediante la bondad de su madre.

¿Pero cómo podrá la Virgen María identificarse con las penas de los que todavía no se han acercado a Jesucristo? ¿Cómo podrá sentir en Ella el sangrar de las heridas de los pecadores? La Virgen María es como la azucena en el barro de una charca cenagosa: es inmaculada, pero comprende lo que les pasa a los que han caído. El pecado nos separa de Dios. La Virgen perdió también a Su Jesús, Su Dios, si bien no lo perdió moralmente, sino físicamente, durante tres días inacabables. Y su Hijo sólo tenía doce años. ¡Cuántas preguntas hizo, cuántas indagaciones realizó y cuanto rezó para encontrarlo! María nunca pecó, pero experimentó en sí el efecto, el desesperado vacío que acongoja el corazón de todo pecador que ha perdido a Dios. Los que han pecado, acuérdense de que la Virgen María irá en su busca, y cuando los haya encontrado les dirá unas suaves palabritas: “Hijo mío, te hemos buscado apenados.” La Virgen les comprende y puede llevarles a su Hijo.

No está escrito en el Evangelio, pero creo que Judas evitó encontrarse con la Virgen antes de traicionar a Jesús y después de su traición, cuando, con el cabestro en mano, fue a colgarse de un árbol. Nadie habría encontrado nunca un perdón más cordial.

Si Judas está hoy en el infierno, ello lo debe al hecho de haber vuelto la espalda voluntariamente a la Virgen María. Si no está allí, será porque en el instante en que, desde su colina, miró la del Calvario, vería en ella a la Madre con su Hijo y moriría con la siguiente plegaria en los labios: “Refugio de pecadores, ruga por mí.” No perdamos nunca la esperanza de salvación.

Recen el Rosario y no olviden que el último acto realizado por el Señor en la tierra fue dejarnos a Su Madre como Madre nuestra.

¡He ahí a tu Madre!

¿Y no van a quererla aceptar?

Jesús se la ha ofrecido.

|Un hijo tiene necesidad de su madre.

Una madre no puede desentenderse de su hijo.

Quisiera proporcionar un consuelo a las almas que se encuentran solas, insatisfechas y apenadas, dejándoles un recuerdo: el hijo que recibe más besos de la madre es el que más veces se cae.

Puede darse el caso de que tenga también alguno para ustedes.

¡Por el amor de Jesús!

 

adornos5

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