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LA VIRGEN DEL AMOR. POR MONS. FULTON SHEEN

16 de septiembre de 2014

Fulton Sheen Dominican missionaries 8 31 1956

«Quiero hablarles de un matrimonio que formó una familia: del constituído por la Virgen María y San José. Para explicar la singularidad de sus bodas, hay que tener presente una verdad: puede haber habido matrimonio aun sin unión física. Este caso puede existir por tres motivos: porque los sentidos, satisfechos ya, se hayan vuelto insensibles; porque los esposos, después de haberse unido, hayan hecho voto a Dios de renunciar al placer para dedicarse a los más sublimes éxtasis del espíritu; y, finalmente, porque los esposos, a pesar del matrimonio, hayan hecho voto de virginidad, renunciado a sus recíprocos derechos.

Y la virginidad resultó ser el centro de atracción de esta unión.

Una cosa es renunciar a los placeres de la vida conyugal por estar hartos de ellos, y otra muy distinta renunciar a esos placeres antes de haberlos probado para formar solamente una unión de corazones, como ocurrió con las bodas de María y José.

Ellos se unieron como dos estrellas que no se enlazan nunca mientras que sus rayos luminosos se entrecruzan en el espacio.

Fue un matrimonio parecido a lo que sucede en la primavera entre las flores que juntan sus perfumes o a dos instrumentos que juntan sus melodías al unísono formando una sola. Los esposos, al renunciar a sus recíprocos derechos por un móvil más elevado, no destruyen la esencia del matrimonio, pues como dice San Agustín, “La base de un matrimonio de amor es la unión de los corazones”.

Esto nos lleva a una pregunta: ¿Por qué fue necesario el matrimonio habiendo hecho voto de virginidad la Virgen y San José?

San José, ¿era viejo o joven?

El matrimonio era necesario a pesar del voto de virginidad para preservar a la Virgen de cualquier sospecha mientras no le llegase el tiempo de revelar el misterio del nacimiento de Jesús.

Se consideró, en efecto, que Nuestro Señor fuera hijo de San José. De este modo, no quedó expuesto al sarcasmo del pueblo el nacimiento de Cristo y no sirvió de escándalo para los débiles en la fe.

De esta manera, además, pudo tener en José un testigo la pureza de María.

Pero todo privilegio de la gracia debe tener su correspondencia, y María y José hubieron de pagarlo con su mayor dolor.

El Ángel no había dicho a la Virgen que revelase la obra del Espíritu Santo que se había realizado en ella, y por eso se calló María. San José, al no poderse explicar el fenómeno, pensó repudiarla.

Una vez hizo la Virgen la siguiente revelación a un Santo: “Nunca experimenté una angustia tan intensa, con excepción de la del Gólgota, como la que sentí al tener que desagradar, mal de mi gusto, a José, que era un hombre justo.”

San José sufría al no poder comprender lo sucedido: sabía que María, lo mismo que él, había hecho el voto de virginidad, y por eso la consideraba fuera de toda sospecha y no se atrevía ni a pensar que tuviese culpa alguna. ¿Cómo debería explicárselo entonces?

La sorpresa del casto José era comparable a la de la Virgen María cuando en el momento de la Anunciación hubo de preguntar: “¿Cómo puede suceder eso si no conozco a hombre alguno?” María deseaba saber cómo podría ser virgen y madre a un mismo tiempo, y San José no sabía cómo podría ser virgen y padre.

Y el Ángel del Señor explicó a ambos que solamente Dios tenía poder para hacer semejante cosa, y no la ciencia humana. Solamente pueden penetrar en estos misterios los que entienden la voz de los Ángeles.

Como quiera que San José quería repudiar secretamente a la Virgen, el Ángel le corrió el velo del misterio: efectivamente, tan pronto como tal pensamiento se afianzó en la mente del Santo, un ángel se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas de vivir con tu esposa, María, porque lo nacido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, al que le pondrás por nombre Jesús. El liberará a Su pueblo de los pecados” (San Mateo 1, 20-21).

De este modo, conociendo las razones del nacimiento de Jesús, pudo San José volver a encontrar la paz. Su alma se llenó de felicidad al tener noticia de que sería el padre putativo del Salvador del mundo y guardián protector de la Madre de Quien no pueden contener los cielos.

Vayamos ahora a la segunda pregunta: ¿Era San José viejo o joven?

La mayor parte de las esculturas y de los cuadros nos presentan un San José viejo, con una larga barba canosa. No existe, desde luego, ningún dato histórico que nos indique su edad.

Si buscamos las razones por las que el arte nos lo representa viejo, descubrimos que se da ese aspecto por entenderse que es el que más se dice con su papel de custodio de la virginidad de María.

Sin embargo, notamos que el arte ha hecho de San José un esposo puro y casto más por edad que por virtud.

Eso se parece al creer que la mejor manera de representar a un hombre honrado, incapaz de robar, sería pintarlo sin manos.

Ante todo, se olvida que en los viejos pueden arder los mismos malos deseos que en los jóvenes. Tenemos un ejemplo en el caso de Susana, pues viejos eran los que la tentaron en el jardín.

Al representar tan viejo a San José, hasta de da un mérito a la edad de un hombre y no a su virtud.

A juzgar a San José puro, por ser viejo, es como querer ensalzar a un torrente de montaña, carente de agua.

Parece, además, lógico pensar que Nuestro Señor prefiriese escoger para padre putativo a un hombre que sabía y quería sacrificarse, y no a uno que se veía obligado a ello.

¿Es, además, presumible que Dios quisiese dar a un viejo por compañero a una jovencita? Si el Señor no tuvo a menos confiar, desde la Cruz, Su madre a un joven como San Juan, ¿por qué había de ligarla a un viejo desde el alborear de la vida?

El amor de la mujer determina al del hombre.

La mujer es educadora silenciosa de la virilidad de su esposo. Siendo María el símbolo de la virginidad y la sublime inspiradora de la pureza para todos, ¿por qué no habría de emplear esa su fascinación de maravilla con su José, el justo?

La Virgen conquistó el corazón de su joven esposo, no con la disminución del amor, sino sublimándolo.

A mi parecer, por tanto, San José debió ser, al casarse con la Virgen, un hombre joven, fuerte, viril, atlético, bien parecido y casto; un prototipo del hombre que puede verse hoy en una pradera apacentando un rebaño o piloteando un avión, o en el taller de un carpintero. Y no un impotente, sino, por el contrario, rebosante de vigor varonil; no un fruto secado, sino una flor lozana y llena de promesa; no en el ocaso de la vida, sino en el amanecer, derrochando energía, fuerza y pasión.

¡Cómo se agigantan las figuras de la Virgen y de San José cuando, deteniéndonos en el examen de su vida, descubrimos en ella el Primer Poema de Amor!

El corazón humano no se conmueve ante el amor de un viejo por una joven; pero ¿cómo no admirarse profundamente del amor de dos jóvenes unidos por un vínculo divino?

María y José eran ambos jóvenes, muy bien parecidos y llenos de promesas.

Dios siente predilección, por las impetuosas cataratas y por las turbulentas cascadas, pero estoy seguro de que las prefiere cuando, con la energía desarrollada por ellas, se alumbran las ciudades y con sus aguas se aplaca la sed de un niño, a cuando con su ímpetu tronchan las flores brotadas en la orilla.

En María y José no encontramos una cascada de aguas puras y encauzadas ni un lago desecado, sino dos jóvenes que antes de conocer la hermosura de una y la potente fuerza del otro, renuncian a su disfrute para darse por entero a la “pasión sin pasión” y a la “impetuosa calma” de Jesús.

María y José llevaron a su boda no sólo su voto de virginidad, sino también dos corazones llenos de un grande amor, más grande que cualquier otro amor que corazón humano haya podido nunca contener.

Ninguna pareja de casados se ha querido nunca tanto.

Puedo preguntarles a los que son casados: “¿A qué aspiran después de haberse amado? Al Infinito, a un eterno éxtasis sin fin. Pero no se puede probar en su plenitud porque el Infinito al que aspira su alma está aprisionado por el cuerpo. Este les obstaculiza la progresión hacia Dios, al que se tiende.

Pero si hoy no se les hace gustar una delicia infinita el acto de amor, les será dado gozar de ella en el cielo.

En el cielo no será necesaria la unión de los cuerpos porque su amor será infinito.

He aquí por qué ha dicho Dios que en el cielo no existirán matrimonios. No serán necesarias las apariencias porque tendremos la sustancia.

¿Nos afanaríamos por un rayo de sol reflejado por un espejo pudiendo gozarlo directamente? Pues bien: María y José ya probaron la dicha sin igual que es la posesión del amor eterno del cielo, sin ansiedades, al que tiende vuestro matrimonio en Cristo.

Ustedes los casados tienen ahora necesidad de la unión material porque no poseen la realidad de Dios. Como la Virgen y San José poseían a Jesús, ya no deseaban nada más.

Se tiene necesidad de la comunión física para comprender la unión de Cristo con su Iglesia.

Ellos no tenían esa necesidad porque poseían a la Divinidad.

Como dijo León XIII de modo admirable: “Su matrimonio fue consumado con Jesús.” Ustedes se unen con los cuerpos. María y José se unieron con Jesús.

¿Para qué querían afanarse tras los efímeros goces de la carne, cuando en su amor estaba la Luz del Mundo?

En realidad de verdad, Jesús es la voluptuosidad de los corazones, por lo que estado Él presente, todo lo demás sobra.

Del mismo modo que marido y mujer se olvidan de sí mismos al contemplar ambos al hijito recién nacido recostadito en su cuna, así también María y José no pensaron más que en Jesús.

Amor más profundo, ni lo ha habido ni lo habrá ya nunca en esta tierra.

La Virgen y San José no llegaron a Dios a través de su amor recíproco, sino que gustaron del grande y puro amor del uno para el otro después de haberse dirigido antes a Jesús.

José renunció a la paternidad de la sangre, pero la encontró en el espíritu, porque fue padre putativo de Jesús. La Virgen renunció a la maternidad y la encontró en su propia virginidad.

La Virgen María fue como el jardín cerrado en el que sólo penetró la Luz del Mundo, que no rompió nada para entrar, de la misma manera que la luz solar atraviesa los cristales y entra en una habitación.

Dedico esta transmisión a los que están casados cristianamente y a todos los que un día serán admitidos en el gran misterio del amor.

Que el ejemplo de María y José les sirva para hacerles comprender que el mayor error de una pareja matrimonial es creer que para el casamiento sólo se precisan dos personas: él y ella.

¡No! Se necesitan tres: él, ella y Dios.

¿Me permiten ustedes, marido, mujer e hijos, que les pida que recen juntos en familia, como homenaje al perfecto amor de la Sagrada Familia, un Rosario todas las noches?

Todas las parejas que he unido en matrimonio podrán atestiguar que mi recomendación de siempre ha sido ésta: recen juntos.

La oración de una familia reunida es más grata a Dios que la hecha por separado, porque la familia representa la unidad de la sociedad.

El Cristianismo es la única religión que tiene un carácter familiar, porque tiene su origen en una Madre y un Hijo.

Mientras recen todas las noches el santo Rosario en familia, la Virgen les revelará el secreto del Amor y tal vez susurren el uno al otro: “Te quiero, pero no según mi voluntad, sino conforme a la de Dios.”

Si en su cariño solo buscan el amor terreno, no encontrarán nada, pero si a través de él buscan a Dios, entonces lo tendrán todo, porque, lo repito para que haya amor verdadero, se necesitan tres: él, ella y Dios.

¡Por el amor de Jesús!»

angel

One Comment leave one →
  1. Pilar permalink
    17 de septiembre de 2014 4:53 AM

    Que articulo tan maravilloso, claro y despejador de dudas sin fin. Desde otra óptica de ver las cosas, el alma del hombre tiene que cambiar y entender que Dios lo es todo y nosotros somos la nada.

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