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LA VIRGEN DEL MUNDO. POR MONS. FULTON SHEEN

9 de septiembre de 2014

 

 

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«No hace mucho vino a verme un misionero de la tribu Bantú, del Congo (África), y me contó el siguiente hecho.

“Un niño se vio acometido por una tos pertinaz, y su madre, una negra bantú, creía que eran los espíritus del mal los que molestaban a su hijito. Nunca se le había ocurrido a la mujer encomendarse a Dios a pesar de que los bantúes tienen un nombre para llamar a Dios: “Nzakombita.”

“Para esta gente, Dios es un ser completamente extraño y que se desinteresa de los dolores humanos.”

“Esa es la característica fundamental de las tierras de misión. Los paganos se preocupan más de apaciguar a los espíritus malignos que de amar a Dios.”

“La hermana misionera que atendía al enfermito trato en vano de convencer a la mujer de que Dios es amor. Por fin le preguntó cómo podría expresarse en bantú la frase “el amor materno.” “La respuesta fe una palabra completamente diferente: “Eefee”.

“Entonces la hermana misionera le dijo: “El amor de Dios es como este

“Nzakomb’aeok’Eefee”. Dios tiene para nosotros el mismo sentimiento de afecto que tiene una madre por sus hijos”. En otras palabras, el amor materno es el símbolo del amor de Dios. Y la bantú lo entendió.”

Esto aclarará una pregunta verdaderamente importante: ¿Puede existir la Religión sin la maternidad?

Es evidente que no pueda existir sin la paternidad, puesto que uno de los principales y más conocidos atributos de Dios es el de Su “Providencia”.

Pero siendo la maternidad tan necesaria en el orden natural, ¿podrá existir una religión sin la figura de una mujer a quien amar?

En el reino animal, las madres luchan por sus crías al par que los padres las abandonan con frecuencia.

La vida entre los hombres sería extremadamente gris si no se pudiese pensar a cada instante, con gratitud, en la madre que nos abrió las puertas de la vida y nos sostuvo después con el más grande e insustituible amor del universo.

Una mujer es una criatura íntimamente ligada al tiempo, pues aun viviendo, puede quedarse viuda: una madre, en cambio, está fuera del tiempo: muere, pero siempre es una madre.

La madre es la imagen de la eternidad, la sombra del infinito.

Desaparecen los siglos y las civilizaciones, pero la madre es la diosa de la vida. El hombre trabaja con su generación; la madre, con la futura. Un hombre consume su vida; una madre, la renueva. El hombre, si es héroe, se crea una fama, si en un momento determinado concentra sus sentimientos y sus energías a favor de una persona o de su patria. La madre nunca es espectacular. Sus heroísmos de cada hora y de cada día ocupándose de los hijos, curando sus heridas, cuidando la casa y siendo lo que se dice una mujer, hacen grande lo que es sencillo. La madre multiplica sus sacrificios en la sombra, ignorada, en silencio.

No cabe imaginar que semejante amor no tenga su correspondiente prototipo materno. Cuando se ven tantos millares de reproducciones de la “Inmaculada de Murillo”, se comprende que deba existir un modelo del que se han sacado. Si la paternidad tiene su prototipo en el Padre Eterno, Dispensador de todas las gracias, también tendrá un modelo original de madre que sirva de inspiración a todas las madres del mundo, una cosa tan bella y tan magna como la Maternidad.

El respeto que inspira toda mujer procede del ideal que vemos detrás de cada una de ellas.

¿Por qué todos los pueblos precristianos pintaron, esculpieron, cantaron y soñaron a una mujer ideal sino porque creían que aparecería alguna vez? Todos los pueblos la esperaron del tiempo y la hicieron más divina que humana.

Fíjémonos, por ejemplo, en la bellísima leyenda de Dwanyin, la diosa china de la Misericordia a la que tantas plegarias de labios chinos le han dirigido. Según la leyenda, esta princesa vivía en China siglos antes del nacimiento de Cristo. Su padre, el Rey, quería casarla, pero ella, deseosa de conservar su virginidad, se refugió en un convento.

Enojado el padre, incendió el convento y la obligó a regresar al palacio.

Puesta en la alternativa de casarse o de morir, persistió en su voto de virginidad y murió estrangulada. Su cuerpo fue llevado a los infiernos por un tigre,  y allí fue donde obtuvo el título de “Diosa de la Misericordia”.

Su intercesión en pro de la misericordia fue tan poderosa, que enterneció el corazón de los demonios, quienes le ordenaron que se marchase del infierno porque temían que lo dejase vacío.

Entonces la diosa se retiró a una isla, adonde acuden aún hoy día muchos peregrinos.

Los chinos han pintado algunas veces a la diosa con la imagen de Dios en la cabeza, a cuyo paraíso lleva las almas de los creyentes, aunque ella no quiere entrar mientras haya una sola alma fuera del cielo.

En África, la madre ocupa un lugar importante en la administración de la justicia en las tribus. En la Uganda del Nordeste, en donde los Padres Blancos trabajan con singular celo y resultado, todas las decisiones más importantes, incluso la coronación del Rey; deben ser ratificadas por la Reina Madre.

Su decisión es definitiva. Cuando la Reina Madre va al palacio de su hijo el Rey, ella es la que dicta las leyes y no el Rey.

Uno de los motivos por el que no ha habido allí más de dos mártires entre los muchos mártires de Uganda es el de haber intercedido por ellos la Reina Madre pagana.

El Rey Mutari II y su madre se han convertido, y muchos de los poblados gobernados por este Rey y su madre la Reina han intervenido en la filmación de la película “Las minas del Rey Salomón”.

Nuestros misioneros nos han relatado las más sensacionales escenas desarrolladas en territorios de Misión al paso de la Virgen peregrina.

En el Norte del Nepal, a 300 católicos se unieron 3,000 hindúes y mahometanos para llevar la imagen de la Virgen a lomos de cuatro elefantes a una humilde iglesita, donde se rezó el Rosario y se dio la Bendición.

El Alcalde de Naiad leyó un saludo de bienvenida. Durante doce horas, la muchedumbre, compuesta por no cristianos, no cesó de pasar por la iglesia mientras se celebraban misas ininterrumpidamente desde las dos hasta las nueve y treinta de la mañana. Un anciano indígena dijo: “La Virgen nos ha demostrado que su Religión es sincera, y no como la nuestra. Su Religión es de amor; la nuestra, ¡de miedo!”

En Patua, el brohamán hindú, Gobernador de la provincia, visitó la iglesia y rogó delante de la sagrada imagen de Nuestra Señora. En una aldehuela de Kkesra-Mec, más de 24,000 personas acudieron a rezar ante la Virgen. El Rajá envió 250 rupias y su mujer recomendó que se rezase por ella y su esposo.

En Karachi se hizo una excepción de la costumbre implantada por los mahometanos. Anteriormente, siempre que los cristianos pasaban en procesión por delante de una mezquita, debían interrumpir sus plegarias. Esta vez tuvieron permiso de los musulmanes para rezar delante de la mezquita porque también honran los musulmanes a la Virgen María y a Su Inmaculada Concepción.

Por su mediación irán un  día a Cristo.

Al estudiar la historia, tanto de antes como de después de Jesucristo, se nota en todo ser humano una aspiración hacia la maternidad ideal.

Desde la más remota antigüedad hasta María, a través de diez mil proféticas Judit y Ruth, y mirando hacia atrás desde el tiempo actual a través de la neblina de los siglos, todos los corazones buscan el reposo en Ella. ¡Es la mujer ideal!

María es la MADRE. No produce extrañeza el que una mujer de edad, cual Isabel, al contemplar su hermosura desde el umbral de la puerta, gritase: “¡Bendita seas entre todas las mujeres!”

Y la joven futura madre, María, lejos de rechazar una tan alta glorificación de su privilegio, va más allá, anticipándose al juicio de todos los tiempos y de todos los pueblos, que cantarán sus alabanzas.

Las mujeres viven pocos años y la inmensa mayoría de los muertos caen en el más completo olvido.

María sabe que es la excepción.

Atreviéndose a predecir que se suspenderá a su favor la ley del olvido, proclama la Virgen la eterna recordación que tendrá de ella aun antes de nacer el Hijo que la haría eternamente famosa.

Por aquellos días Nuestro Señor no había realizado todavía ningún milagro; Sus manos no se habían puesto encima de los miembros paralizados; aún estaba escasamente velado por la gloria celeste y sólo hacía unos pocos meses que estaba guardado en la Virgen como en un tabernáculo; y ya esta sublime Mujer mira allá, a los lejanos senderos del tiempo, y al ver en ellos a los pueblos desconocidos de la China, del resto del Asia, del Japón, proclama con absoluta certidumbre: “Desde este momento, todas las generaciones me llamarán bienaventurada.”

Julia la hija de Augusto y esposa de Tiberio; Octavia la hermana de Augusto y de la que se divorció Antonio para casarse con Cleopatra, nombres muy familiares un día a todos los pueblos del mundo, hoy ya no reciben ni tributos de admiración ni alabanzas; pero la amable jovencita que vivía n un apartado rincón de los últimos confines del Imperio Romano, en un pueblo cuyo nombre estaba asociado a la reprobación, se ve hoy más homenajeada y más celebrada que ninguna otra mujer.

La Virgen sabía el porqué: “Porque Él, que es poderoso, ha obrado en mí grandes cosas, y Su Nombre es Bendito.”

¡Hermosísima, Inmaculada, Reina, Madre! Otras mujeres habrán podido tener alguno de estos atributos, pero ninguna todas juntas a un tiempo. Cuando el corazón humano contempla a María, ve la realización y la concreción de todos sus deseos y exclama en un éxtasis de amor: “¡Esta es la Mujer!”

Así como Cristo es Mediador ente Dios y el hombre, María es la Mediadora entre Cristo y nosotros. La Virgen María es el principio terrestre que nos lleva al celestial Principio del Amor.

La relación existente entre ella y Dios es semejante a la que existe entre la lluvia y la tierra.

La lluvia cae del cielo y la tierra produce cosechas.

La Divinidad procede del Cielo, pero la naturaleza humana del Hijo de Dios procede de María. Si hablamos placenteramente de la tierra porque nos da la vida a través del celeste don del sol, ¿por qué no estar reconocidos a la Señora del mundo habiéndonos dado Ella la luz eterna de Dios?

María, la Señor del mundo, existe hasta donde Cristo no es conocido aún, en lugares donde todavía no está visible el Cuerpo Místico.

Para los pueblos orientales que gimen bajo el yugo del terror –el terror a los espíritus del mal- y para los modernos pueblos occidentales que viven en el temor –que se deriva de la pérdida de la fe-, la fórmula de su remedio debiera ser: “Cherchez la femme!” Diríjanse a la mujer, que les llevará a Dios.

Todo el mundo puede áun pasar por la experiencia de la mujer bantú que no tuvo idea del amor de Dios hasta que no se lo tradujeron al amor materno.

Hay en el mundo 220,000,000 de personas para las que está prohibida la predicación del Evangelio de Jesucristo, no pudiendo penetrar en sus países ningún misionero.

El 37 por 100 de los pueblos del mundo viven bajo la tiranía del Comunismo.

Estos pueblos, juntamente con los hindúes, los budistas y los paganos en general, no pueden decir: “Padre nuestro”, porque Dios no es Padre si no tiene un Hijo.

Pero sin embargo pueden decir “Ave María”, porque creen en una Mujer ideal.

En esos países, aún no se le ha concedido asilo a Jesús, del mismo modo que se le negó un albergue en Belén, pero está María entre ellos preparándolos para la Gracia. La Virgen es gracia donde no hay Gracia; es el Adviento donde no existe Navidad.

En todas las tierras donde hay una mujer ideal o donde son veneradas las vírgenes, o donde una señora es colocada por encima de todas las demás señoras, la tierra es fértil porque acepta a la Mujer por excelencia como preludio del abrazo de Cristo.

Donde está presente Jesús, lo está también Su madre, como ocurre entre nosotros, que tenemos Fe; pero donde está ausente Jesús, bien por la ignorancia o por la maldad de los hombres, está, sin embargo, presente María.

Así como María llenó el intervalo entre la Ascensión y Pentecostés, llena también el intervalo entre los sistemas éticos del Oriente y su incorporación al Cuerpo Místico de Su Divino Hijo. María es la tierra fértil en la que, al tiempo designado por Dios, florecerá la Fe y se abrirá en el Oriente.

Aunque estén ocultos aún los iconos, veo escritas en las fronteras de todas las naciones las palabras consignadas por el Evangelio al principio de la vida pública de Nuestro Salvador: “Y allí estaba María, la Madre de Jesús.”

Veo también en nuestras tierras entre millones de personas, a todos los que sienten temor y están tristes y desilusionados, y les digo: “Recen: jamás se ha oído decir que ninguno de los que se han puesto bajo su protección e implorado su intercesión se haya visto abandonado.” Aunque María sea la Madre del mundo, es también “mi Señora,” “mi mujer.” ¡La Mujer-Señora! ¡Oh Dios!

Si viene la guerra, será porque no nos encomendamos a esta Señora, a la que Dios concedió el poder de aplastar la cabeza de la Serpiente.

¡María! ¡Madre de la Paz! ¡Señora del mundo, ruega por nosotros! ¡Por el amor de Jesús!»

 

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