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LA VIRGEN DEL NACIMIENTO. POR MONS. FULTON SHEEN

6 de septiembre de 2014

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«Hoy hablaremos de un hecho maravilloso, único en la historia del mundo, cual es el nacimiento de Jesucristo de la Virgen María.

Puede parecer una cosa imposible. Pero nada hay imposible para Dios.

Y queremos probar el hecho al referirnos planteando dos problemas.

¿Por qué creemos en el nacimiento de Jesús de una Virgen?

¿Era conveniente que Dios eligiese este camino?

Tratándose de una verdad revelada, podríamos creerla sin más; pero prefiero considerarla como hecho histórico.

Es históricamente cierto que Jesús nació de la Virgen María, como lo es que César murió en los Idus de marzo.

El hecho de que la Biblia esté inspirado por Dios nos da la certidumbre de las verdades contenidas en ella. Pero esto no nos impide que consideremos el nacimiento de Jesucristo como un hecho histórico normal.

Muchísima gente cree que el Evangelio es el primer criterio de verdad del mundo cristiano. Pero hay algo anterior a los escritos del Nuevo Testamento: la catequesis oral de la Iglesia.

La Iglesia tuvo mártires antes de escribir el primer libro del Nuevo Testamento y el Papa continuaba la obra de Jesús y hablaba en Su nombre antes de haberse escrito la primera línea de las Epístolas o de los Evangelios. Jesucristo no mandó escribir sino enseñar y antes había dicho: “¡Quien a vosotros oye, a mí oye!”

El Evangelio salió de la Iglesia y no la Iglesia del Evangelio.

Cuando quedaron redactados los Evangelios, no fueron sino la síntesis inspirada de la Catequesis oral de los Apóstoles.

Del mismo modo que los patriotas de las guerras de la Independencia precedieron a la Constitución de la Unidad Italiana, así la Iglesia precedió a los Evangelios que, en último análisis, no fueron sino la síntesis inspirada de la primitiva Catequesis. San Lucas quiso explicar a su amigo Teófilo que había escrito para que pudiese “conocer la verdad de las palabras con las que ya había sido instruido.”

El nacimiento de Jesucristo es un hecho histórico, lo mismo que la crucifixión. No se creyó por estar escrito, sino que se escribió por ser verdad.

El Credo Apostólico no menciona los Evangelios, aunque contenga una síntesis definida de los Evangelios. Uno de los hechos mencionados en el Credo es que el Señor “nació de Santa María Virgen”.

Me parece interesante y curioso que San Lucas, médico, y que, por consiguiente, hubiera debido dudar más que otros del hecho, fuese el Evangelista que más hablase de esto. ¿Y quién se lo enseñó sino la Catequesis primitiva, basada en un hecho histórico ocurrido y comprobado?

No quiero ofender su discernimiento extendiéndome sobre el absurdo atribuido a “un solo testigo” que habla de los hermanos del Señor, de lo que deducen algunos que María no permanecería Virgen.

Cuando un predicador se dirige desde el púlpito a los oyentes con un “hermanos míos muy amados”, no quiere decir que sean todos hijos de una misma madre. La palabra “hermano” se emplea en la Sagrada Escritura con sentido muy amplio, y abarca no sólo a los parientes, sino incluso a los amigos. Así, por ejemplo, Abraham llama hermano a Lot.

Algunos de los llamados hermanos de Jesús, Santiago y José, son hijos de otra María, hermana de la madre de Jesús y esposa de Cleofás.

Santiago, que es designado especialmente como hermano de Jesús, figura en la relación de los Apóstoles como hijo de otro padre (San Mateo, 10, 3; San Marcos, 3, 18; San Lucas, 6, 55).

Vayamos ahora a la segunda pregunta.

¿Por qué quiso Cristo, Hijo de Dios, nacer de una Virgen?

Si les gustan los misterios, aquí tenemos uno.

La parte esencial de la cuestión, a nuestro modo de ver, es ésta: ¿Cómo podría Dios hacerse hombre y quedar libre de pecado?

El Señor quería ser hombre en el sentido más completo de la palabra, para poder actuar en nuestro nombre, para implorar a favor nuestro y para pagar nuestras deudas.

Pero, por otra parte, no habría podido ser Redentor nuestro si, al igual que nosotros, hubiese nacido contaminado por el pecado original.

En ese caso, también habría de haber sido redimido Él.

Si yo me estoy ahogando, no puedo auxiliar a otro que también se ahogue.

El Señor debía estar exento de toda culpa de la humanidad para poder ser su Salvador.

Creo que vemos el problema. Tratemos de resolverlo.

¿Cómo podría Dios hacerse hombre y quedar libere de pecado?

¿Cómo podría el Señor, según San Pablo, “ser todo como nosotros, con excepción del pecado?”

Al nacer de una mujer, podría ser solamente hombre.

Podría quedar exento del pecado original naciendo de una Virgen.

Resulta obvio que al nacer de una mujer formaría parte de nuestra humanidad.

¿Y por qué podría quedar exento al nacer de una Virgen?

El pecado original se transmite en el género humano a través del acto de generación, acto que en sí mismo carece de culpa.

Al querer iniciar el Señor una nueva humanidad e interrumpir lo que había sido malo desde el tiempo de Adán, debía evitar el acto de generación por medio del hombre.

En otros términos, debería nacer de una Virgen.

En tal caso, sería hombre por ser hijo de una mujer, y estaría libre de pecado por nacer de una Criatura intacta.

En el Nacimiento del Señor, la Virgen fue como la esclusa en un canal. Un barco que navegue por putrefactas aguas bajas y desee hacerlo por aguas más elevadas y puras, no puede pasar directamente de unas a otras, pues si tal se pretendiera, al mezclarse ambas aguas quedarían igualmente contaminadas. Pero al existir una esclusa entre ambas en cuyas aguas pudiese estar el barco permaneciendo separadas las aguas, entonces sí que podría pasar dicho barco de las aguas pestilente a las altas y limpias sin dejar de navegar.

La Navidad fue parecida a una esclusa.

Permaneció la continuidad de la naturaleza humana y hubo una interrupción del pecado.La Navidad separó una cosa de otra.

¿Por qué hemos de sorprendernos ante una generación sin intervención humana?

Así fue creada la primera mujer. ¿No están ustedes bautizados? Pues en cierto modo tienen también un nacimiento virginal.

San Juan nos dice en su Evangelio que nosotros, al pertenecer a Cristo, no hemos nacido de la carne, ni de la sangre, ni de la naturaleza humana, sino del poder de Dios.

Esto explica la Natividad del Señor. Y de no haber ocurrido, ¿cómo podríamos imaginarnos los cristianos una generación sin intervención humana, sin la carne?

La Navidad es ideal de Dios y no de los hombres.

No creo que hubiésemos podido ni siquiera pensar en cosa semejante. Comprendo que quienes niegan que Jesucristo sea Hijo de Dios vivo, no crean en el nacimiento virginal, yo mismo lo creería pura fantasía e imposible, si no creyera, Dios me libre, que Cristo es verdadero Dios y verdadero Hombre.

Imaginemos el honor que supone para la humanidad el parto virginal.

Ningún amor humano, ni entre amigos, ni entre marido y mujer, es perfecto. Tiene debilitamientos, altos y bajos y, a veces, se llega a la hartura.

A los primeros días de casados se les llama luna de miel porque son tan dulces como la miel y tan variables como la luna.

El mejor amor humano es sólo un destello del Divino.

Así como la luna recibe su luz del sol, así también todo amor terreno recibe vida de Dios. Cuando autorizo un casamiento en el altar, les digo a los esposos: “Si una chispa de amor humano es tan luminosa, ¿qué será la llama de donde procede?” “Si un corazón humano puede producir tanto embeleso, ¿qué será el corazón de Dios?”

¡Qué satisfacción más grande para nosotros, pobres mortales, saber que una criatura humana fue esposa, no de una chispa, sino de la misma Llama!

Entre todos los amores reflejos que reciben su luz del sol divino, hubo un alma digna de ser elegida para enamorarse de Dios, para ser la Novia, la Esposa del Espíritu de Amor.

El Espíritu la invadió, la cubrió tan profundamente, que de Ella nació el mismo Dios y por eso le dijo el Ángel en la Anunciación: “El Espíritu Santo te cubrirá y el que nazca de ti será llamado Hijo de Dios.

La diferencia entre el hombre y la mujer es que el hombre teme morir y la mujer teme no vivir. La mujer tiene por misión dar la vida, pero la vida que vino al mundo por María no procedía del pobre resplandor humano, sino de la gran llama de amor del Espíritu Santo.

No hay nacimiento sin amor, pero es posible el nacimiento sin amor humano. Este es el sentido de la natividad del Señor.

Fue el Amor Divino el que actuó sin la carne y en cuya virtud pudo María contener en ella Al que no puede contener el cielo.

Y ese fue el principio de la propagación de la fe en Jesucristo Nuestro Señor, por ser su cuerpo virginal nuevo Edén en el que se cumplieron las bodas entre Dios y el género humano.

Quiso la voluntad de Dios demostrar que al mundo le son necesarias la virginidad y la maternidad, uniéndolas en esta Mujer Única. En la Santísima Virgen María aparece fundido lo que en los demás mortales está separado.

La made es la guardesa de la Virgen, y la Virgen es la inspiración de la maternidad.

Sin madres, no habría vírgenes en la generación siguiente.

Sin vírgenes, las madres podrían olvidarse del sublime ideal que vive más allá de la carne.

Se complementa mutuamente como el sol y la lluvia.

Sin sol, no habría nubes, y sin nubes, no habría lluvia. Las nubes, al igual que la maternidad, se desprenden de algo para fecundar la tierra, mientras que el sol, como la Virgen, compensa la pérdida llevando desde la tierra al cielo las gotas anteriormente caídas.

¡Qué hermoso es que Quien fue engendrado en el cielo sin madre, naciera en la tierra sin padre!

¿Se puede imaginar un pajarito que se construyera el nido en el que luego viese la luz primera? Eso es imposible, porque para ello debería existir el pajarito antes de poder construir su propio nido. Pero, sin embargo, eso es lo que precisamente sucedió cuando Dios eligió a María por Madre suya.

Dios pensó en la Virgen desde la eternidad, e hizo a Su Madre, el nido en el que se encarnaría. Con frecuencia oímos que nos dicen: “Te pareces a tu padre”, o “te pareces a tu madre”, “tienes los ojos azules como tu madre” o “tienes la desenvoltura de tu padre”.

Pero el Señor no tuvo padre en la tierra. ¿De dónde sacó su hermoso Rostro, de dónde su Cuerpo robusto, su Sangre pura, su Boca sensible, sus Dedos delicados, sino de su Madre? ¿De dónde tuvo su Divinidad, su mente Divina, que lo conoce todo, hasta nuestros más íntimos pensamientos, su poder Divino sobre la vida y sobre la muerte, sino de su Padre Celestial?

Estoy firmemente convencido de que así como Jesucristo se formó “físicamente” en María, así también seríamos formados nosotros “espiritualmente” por Ella. Pues ¿quién podrá saber formar un cristiano mejor que Quien formó al mismo Jesucristo?

Por eso nos la dio el Señor desde la Cruz cuando dijo: “He ahí a tu Madre”, y por eso nos confió a Ella a cada uno de nosotros como hijos suyos.

Es muy doloroso que haya quien no conozca a su padre, pero me inspiran mayor compasión los millones de hombres que no conocen a su Madre del Cielo.

Y me consideraría el ser más dichoso del mundo si algo de lo que he dicho en esta radiotransmisión moviera a uno solo de ustedes a amar a Nuestra Madre de modo que pudiese Ella formar a Jesús en su mente, en su corazón, en su alma.

Y si en el transcurso de los años les preguntara alguien de dónde habríamos conseguido su amor en Cristo por los pobres y su espíritu en Cristo para ayudar a las Misiones y para difundir la Fe en países extranjeros, sea su respuesta: “en la imitación de María”.

¡Por el amor de Jesús!

adornos6

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