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ANACLETO: EL MÍSTICO DE LA PALABRA

17 de julio de 2014
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En la biografía de Anacleto escrita por Antonio Gómez Robledo encontramos descripciones muy profundas sobre lo que fue su principal característica, la oratoria: “Se distinguió siempre por sus cualidades oratorias”, dijo lacónicamente la prensa esclava del régimen callista al día siguiente del asesinato de Anacleto por la policía gubernamental. Fue tan grande orador que esta cualidad superó la censura del gobierno y le tuvo que ser reconocida.

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Arzobispo Orozco y Jiménez y Anacleto González Flores

 

Anacleto era un místico del verbo cuya figura se agigantaba cuando tomaba la palabra y cautivaba a sus oyentes por la conjunción de emoción, entrega, profundidad de las ideas, contagiando al auditorio de su propia emoción que estaba respaldada por una vida de congruencia con lo que decía; inflamada de un amor a la belleza y a la verdad y respaldada por un impresionante bagaje cultural. Esto desde luego era un don. Nosotros lo conocemos a través de sus escritos, que más que como literatura, tienen que ser leídos como si fueran grabaciones de un discurso apasionado y polémico, arengas ante un pueblo contagiado de la desilusión. Por eso decía:

“Las palabras no han fracasado, no fracasan nunca. Fracasan los que ignoran su alcance, su significación y su estrategia. No son sinfonías estériles que se pierden en una noche de inercia y melancolía, son la retaguardia irremplazable de toda acción y de toda reforma que tiende a rajar moldes envejecidos y trastos inservibles para la vida”.

La libertad era lo que marcaba sus discursos, enemigo de las exposiciones de memoria, menos aún de la lectura de un papel. Iba conectándose con su auditorio, avanzando por caminos que marcaba una compenetración plena entre los oyentes y el expositor; no se trataba de la exposición de una bella obra de arte, sino de caminar hacia la transmisión de una idea y de una emoción con la finalidad de buscar una transformación y un compromiso en los oyentes. No es que el maestro no preparara sus participaciones, pero las dejaba libres al momento de expresarlas.

En 1919 un auditorio un tanto escéptico en la gran Ciudad de México esperaba la presencia del maestro provinciano cuya fama de orador levantó muchas expectativas. El cine parisino estaba totalmente lleno ante la curiosidad de escuchar al orador invitado que venía de Guadalajara a la inauguración de un nuevo centro de la ACJM. Al entrar, parecía pequeño ante la elegancia y presencia de los otros invitados; su caminar firme pero no altanero lo condujo ante el estrado; seguramente en la mente de no pocos estaría la típica actitud de “vamos a ver si es tan bueno como dicen”. El escenario parecía demasiado grande para la figura del que tomaba la palabra.

Poco a poco las dimensiones empezaron a cambiar y el auditorio empezó a parecer pequeño ante la figura del orador que poco a poco se iba agrandando. Al finalizar la hora que tenía asignada, una gran ovación unánime fue el corolario de ese día. Cuando al finalizar fueron a pedir una copia del discurso pronunciado, esta no existía.

El orador va transformando la palabra durante su exposición y le va dando fuerza y vida con sus propias expresiones faciales y corporales, porque el hombre vale más que su propia palabra y en el caso de Anacleto, él mismo fue su propia palabra.

Corrían por sus discursos citas de la Biblia junto con Shakespeare, por ahí se colaban Hamlet, Macbeth y Lear, de pronto lo acompañaban San Pablo o Napoleón, y no faltaban los filósofos de la gloriosa Grecia y los generales de Roma; los autores contemporáneos de Anacleto también quería estar presentes; y, desde luego, la figura radiante y juvenil de Cristo, que era el mayor de todos los modelos. Personajes reales y literarios compartiendo la tribuna y las ideas del maestro para arrancar a sus oyentes de la apatía y situarlos en una realidad muy dramática de un México que luchaba por su libertad; porque para Anacleto la lucha por la libertad religiosa no era una lucha por un pedazo de libertad, sino por todas las libertades de los mexicanos.

El místico de la palabra le decían, su mensaje era polar, ataque a los que atacaban las ideas de libertad, y en el otro extremo impulsaba la transformación interior del hombre para preparar una lucha que era idealista y práctica a la vez, porque “la línea de fuego nos requiere”

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Yo Influyo

 

 

 

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