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SOBRE LA ASISTENCIA A MISA, POR SAN JUAN CRISÓSTOMO

28 de mayo de 2014

san_juan_crisos«Cuando veo con mis propios ojos el escaso número de los concurrentes y advierto que en cada reunión va siendo menor, me entristezco y a la vez me gozo. Me gozo por vosotros los que estáis presentes; me entristezco por los ausentes. Vosotros merecéis encomios puesto que ni aun el ser vuestro número escaso os ha vuelto desidiosos; mientras que los otros merecen reproches, puesto que ni siquiera el empeño que vosotros ponéis los ha alentado. A vosotros os llamo bienaventurados y os juzgo dignos de imitación, porque en nada os ha dañado la negligencia de aquéllos; pero a ellos los llamo míseros y los lloro, ya que vuestra diligencia en nada ha podido ayudarlos.

¡No han escuchado al profeta que dice: Prefiero estar postrado a las puertas de mi Dios a morar en las tiendas de los pecadores! No dijo: he escogido habitar en la casa de mi Dios, ni vivir, ni entrar en ella; sino preferí estar postrado. Es decir, aun cuando sea contado entre los últimos, yo lo amo, yo me contento de eso, con tal de que se me conceda siquiera entrar en el vestíbulo. Tengo por gran beneficio siquiera ser contado entre los últimos que entran en la casa de mi Dios. El amor hace que al Señor común de todos lo tenga por su Señor particular. ¡Tal es la virtud de la caridad! En la casa de mi Dios.

Quien ama no únicamente desea ver al que ama, ni sólo ama su casa, sino que ama aun el vestíbulo solo. Y no únicamente la entrada de la casa, sino siquiera la encrucijada de las calles en donde está la casa. Y si logra ver el vestido o el calzado de la persona a quien ama, ya le parece que contempla a la persona misma a quien ama. 

Tal disposición de alma tenían los profetas. No podían ver a Dios porque es incorpóreo; pues veían por lo menos su casa, y con ver su casa ya les parecía verlo a Él presente. Preferí estar postrado en la casa de mi Dios a morar en las tiendas de los pecadores. Cualquier lugar, cualquier sitio, comparado con la casa de Dios es tienda de pecadores, ya sea que hables del foro o de la curia o de las casas particulares. Porque aun cuando en ellos se hagan oraciones, aun cuando se eleven preces, sin embargo hay ahí discusiones, disputas, injurias; y es indispensable que haya reuniones para tratar de asuntos seculares necesarios para la vida. En este sitio, en cambio, nada hay de eso y está del todo libre. Por tal motivo los otros sitios son tiendas de pecadores; este en cambio es casa de Dios.

Como un puerto resguardado de las olas y los vientos ofrece a las naves que lo escogen para estacionarse grande seguridad, así la casa de Dios a quienes en ella entran, como si fueran arrancados del seno de una tempestad de los negocios seculares, los pone en gran seguridad y tranquilidad, y los hace partícipes de la predicación de las Sagradas Escrituras. Este sitio es ocasión de virtudes y escuela de moderación. Y no solamente durante las reuniones cuando se leen las Sagradas Escrituras y se proporciona la enseñanza espiritual y está presente el venerable Senado de los Prelados, sino en toda ocasión, cuando entras a sus vestíbulos, dejas al punto fuera todos los cuidados del siglo. ¡Entra en su vestíbulo y al punto sentirás el soplo de un suave viento espiritual en tu alma!

Impresiona esta tranquilidad y obliga a meditar y a ser bueno. Levanta los pensamientos y no permite recordar las cosas presentes, sino que arrebata de la tierra al cielo. Y si aun sin la reunión ni la predicación sacas ganancia con sólo presentarte aquí, cuando los profetas exclaman, cuando los apóstoles predican el Evangelio, cuando Cristo se presenta en medio, cuando el Padre Eterno está recibiendo los misterios que aquí se realizan, cuando el Espíritu Santo derrama su alegría y gozo ¿de cuan grandes ventajas salen cargados los que acá vienen, y cuan grave daño sufren los que permanecen ausentes!

¡Quisiera yo saber en dónde se encuentran los que descuidaron el venir a la presente reunión, y qué los detuvo y los apartó de la sagrada mesa y de qué cosas conversan entre sí! O mejor dicho ¡lo sé muy bien! O platican de cosas absurdas y ridículas o están presos entre los cuidados del siglo! ¡Ocupaciones ambas que no merecen perdón, sino que son culpables y están expuestas a los extremos castigos. De la primera de éstas no se necesitan pruebas. Pero en lo tocante a quienes echan por delante las ocupaciones domésticas y se quejan de hallarse oprimidos por urgentes necesidades, tampoco pueden alcanzar perdón; puesto que se les llama a este sitio apenas una vez en la semana, y ni aun entonces se dignan anteponer las cosas espirituales a las terrenas, como ya se ve por el Evangelio.

Los que fueron invitados a las nupcias espirituales, pusieron como pretexto, el uno haber comprado una yunta de bueyes, el otro haber adquirido una finca, el tercero haber contraído matrimonio. Y, sin embargo, fueron todos castigados. Cierto que tales causas obligan; pero cuando es Dios quien invita no hay excusa que valga. Todas las cosas.; aun las necesarias, las debemos posponer a Dios. Una vez que se haya cumplido con el honor que a Él se le debe, ya puede ponerse empeño en el resto de las cosas. Porque, pregunto: ¿qué criado hay que atienda a su casa antes de haber cumplido con lo que se debe en servicio de su amo? ¿No será, en consecuencia, cosa absurda mostrar al amo tan gran reverencia y obediencia acá entre los hombres, en donde la palabra dominio es sólo palabra, y en cambio al verdadero Señor no sólo nuestro sino también de las Potestades celestes, no honrarlo ni siquiera con la reverencia y obediencia que prestamos a quienes son nuestros consiervos?

Y ¡ojalá pudierais entrar en la conciencia de los consiervos! ¡Entonces comprenderíais perfectamente cómo andan cubiertos de heridas y cuántas espinas tienen! Porque a la manera que un campo sin cultivo de parte de los agricultores queda desierto y se convierte en selva, igualmente el alma que no se nutre con la doctrina del espíritu, produce espinas y abrojos. Si nosotros, los que diariamente disfrutamos de la lectura de los profetas y los apóstoles, apenas si refrenamos las pasiones y cohibimos la ira y dominamos los alborotos de las codicias y con dificultad rechazamos la peste de la envidia, a pesar de que estamos continuamente repitiendo en medio de nuestras perturbaciones los versículos de la Escritura, y con trabajo y apenas domesticamos semejantes bestias feroces e impudentes ¿qué esperanza de salud queda, pregunto, para quienes jamás han usado de la dicha medicina ni han escuchado tratar de las virtudes?

¡Yo quisiera poder poner delante de vosotros sus almas! ¡las veríais entonces manchadas, escuálidas, confusas y viles, cubiertas de vergüenza! Del mismo modo que quienes no acostumbran el baño andan cubiertos de mugre y suciedad, el alma que no se ha cultivado con la enseñanza espiritual se encuentra cubierta con las horruras del pecado abundantemente. Las prácticas que aquí en la Iglesia se usan son a la manera de un baño espiritual que mediante el calor del Espíritu Santo limpia de toda suciedad. Más aún: el fuego del Espíritu Santo no únicamente quita las inmundicias sino que renueva el color.

Porque dice en la Escritura: ¡Aun cuando vuestros pecados fuesen como la grana, quedarían blancos como la nieve! Y esto aunque por otra parte sea verdad que los pecados se pegan al alma no menos tenazmente que si ella hubiera contraído algún color mediante una tintura indeleble. Hasta tal punto tengo poder, como si dijera, para poner en el alma la cualidad contraria; porque me basta con sólo mi querer para que todos los pecados se borren.

No lo digo para que vosotros lo oigáis, pues, por gracia y benignidad de Dios no necesitáis de semejante medicina; sino para que por vuestro medio lo sepan los que no han concurrido. Si yo pudiera saber en qué sitio se han congregado, no os daría a vosotros semejante molestia. Pero como no me es posible –es decir, el conocer a tan numeroso pueblo, no siendo yo sino sólo uno– os encomiendo el empeño y cuidado de vuestros hermanos: ¡andad solícitos de ellos! ¡hacéoslos amigos ! ¡invitadlos! ¡Yo sé bien que ya muchísimas veces lo habéis hecho! Pero lo de haberlo hecho muchísimas veces de nada sirve si no perseveráis en hacerlo hasta que de hecho los atraigáis y los persuadáis.

También sé que con frecuencia se os ha tenido como inoportunos y se os ha visto como molestos, y en fin que no los habéis persuadido. Tal vez por semejante motivo os habéis vuelto algo remisos. [Argumento de autoridad de la Sagrada Escritura.] Pero que os consuele Pablo que dice: La caridad todo lo espera, todo lo cree: la caridad nunca se desanima. ¡Haz lo que está de tu parte, que aun cuando el otro no admita el remedio tienes tu premio delante de Dios! Si tú arrojas la simiente a la tierra y la tierra no produce espigas, necesariamente te quedas sin nada; pero en lo tocante al alma, no sucede lo mismo. Siembra tú la doctrina; y aun cuando el alma no dé su asentimiento a lo que le dices, tienes asegurada tu recompensa completa, y no menor que si te hubiera hecho caso. Porque Dios no se fija simplemente en el éxito, sino en la intención de quienes trabajan, para decretar sus premios.

¡Os exhorto, por tanto, a que procedáis como los que andan locos por el teatro o las carreras de caballos! ¿Cómo proceden? ¡Desde la víspera se reúnen y se ponen de acuerdo! Y apenas apunta la aurora van a las casas de los demás y señalan los sitios de reunión. Todo para poder, juntos en mayor cantidad, acudir con mayor placer al espectáculo satánico. Pues a la manera como ellos empeñosamente se ocupan en esas cosas que dañan la salud de sus almas y mutuamente se empujan a ellas, cuidad vosotros de vuestra alma y mutuamente guardaos los unos a los otros. Cuando se acerca el tiempo de la reunión, ve a la casa de tu hermano y espéralo por fuera del vestíbulo y detenlo cuando sale. Aunque lo apuren infinitas solicitudes, no le permitas, no le dejes acometer negocio alguno secular, antes de que lo traigas a la Iglesia y lo persuadas de que asista a la reunión.

Aunque discuta, aunque te contradiga, aunque te ponga delante mil dificultades y excusas, no se las creas, no se las aceptes. Dile y demuéstrale que después más fácilmente, en cuanto se haya terminado la reunión y haya participado de las oraciones y haya recibido la bendición de sus Padres espirituales, entonces podrá apresurarse a sus negocios. Y atado ya con éstas y otras razones, tráelo a la mesa sagrada, para que logres una doble recompensa: una por tu venida y otra por la de él. En absoluto, si ponemos semejante empeño en dar caza y atraer a los más desidiosos, conseguiremos nuestra salvación.

No importa que tus hermanos sean demasiadamente impudentes y sanguinarios: acabarán por respetar tus asiduos embistes y al fin desistirán de su pereza. Puesto que no serán más duros que el juez que nada tenía que ver con Dios ni con los hombres: aun cuando fueren cruelísimos. Aquel juez feroz, duro, férreo, diamantino, acabó por doblegarse a la asiduidad de una simple viuda. Entonces, ¿de qué perdón seríamos dignos si una mujer viuda a un juez cruel y que no temía a Dios ni a los hombres, pudo doblegarlo y compelerlo a que le hiciera un beneficio, y en cambio nosotros a nuestros hermanos que son mucho más llevaderos que el juez y más moderados, no los podemos atraer cuando los exhortamos a que procuren su propia salvación?

Muchas veces lo he dicho y no cesaré de repetirlo hasta ver sanos a quienes andan enfermos. Los buscaré cada día hasta que por vuestro medio los encuentre. Y con todas mis fuerzas me empeño en que vosotros trabajéis en buscar a los negligentes con tanto empeño cuanto es el dolor con que yo os lo digo. No únicamente a mí sino también a vosotros nos ha mandado Pablo y nos ha dicho: Así pues consolaos mutuamente y edificaos, como ya lo hacéis. Gran recompensa se ha preparado para quienes cuidan de sus hermanos; y al contrario, amenaza grave y castigo contra quien en absoluto no cuide de salvarlos y los abandone.

Por tal motivo mucho confío, y bien lo creo, que vosotros pondréis todo el empeño que he dicho».

 

adornos6

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