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SERMÓN PARA LA DOMINICA QUINTA DESPUÉS DE PASCUA, POR SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

25 de mayo de 2014

CONDICIONES DE LA ORACIÓN

Petite et accipietis

«Pedid y recibiréis»

(Joann, XVI, 24)

En otra platica demostraré la necesidad que tenemos de orar, y que ella es un medio eficacísimo para obtener todas las gracias que puedan ayudarnos a conseguir la salvación eterna. San Cipriano escribe, que la oración es omnipotente, y siendo una, todo lo alcanza. Dijo antes el Eclesiático: ¿Quién invocó al Señor que haya sido despreciado? (Eccl. II, 12). Esto no puede suceder; porque el Señor prometió oír a quien le invoca, cuando dijo Pedid, y recibiréis. No se olvide, empero, que para ser oídos es necesario que le pidamos como se le debe pedir. Muchos piden; con todo, algunos no reciben, porque no piden como deben pedir. Para obtener lo que deseamos debemos pedir:

 

 

  • CON HUMILDAD
  • CON CONFIANZA
  • CON PERSEVERANCIA

PUNTO 1

SE DEBE PEDIR CON HUMILDAD

1. Santiago dice, que «Dios no escucha las súplicas de los soberbios». (Jac. IV, 6). Dios no puede sufrir a los soberbios, y por tanto, se resiste a escuchar sus súplicas y no las oye. Tengan presente estos aquellos hombres soberbios, que confían en sus propias fuerzas y se creen mejores que los demás; y sepan que sus oraciones no serán escuchadas del Señor.

2. Al contrario; el Señor oye las súplicas de los humildes. La oración del humilde traspasará las nubes, y no reposará hasta acercarse al Altísimo. Y David escribió que «Dios atiende la oración de los humildes» (Psal. CI, 18). La oración de aquel que se humilla, sube al Cielo, y no vuelve sin que Dios la oiga y la atienda. Cuándo nos humillamos, Dios mismo viene a abrazarnos espontáneamente; pero si nos ensorbecemos y engreímos de nuestra sabiduría y de nuestras acciones, Dios nos abandona a nosotros mismos y se aparta de nosotros.

3. Dios no sabe despreciar, ni aún a los pecadores que han sido los más disolutos, cuando se arrepienten de corazón de sus pecados, y se humillan en su presencia, confesando que son indignos de sus gracias: Cor contritum et humiliatum. Desu, non despicies. (Psal. L, 19). Pasemos a tratar el segundo punto, sobre el cual tenemos mucho que decir.

PUNTO 2

SE DEBE PEDIR CON CONFIANZA

4. El Eclesiástico (II, 11) dice: «Ninguno que confió en el Señor, quedó burlado». ¡Oh, como alientan a los pecadores éstas palabras! Por muchas iniquidades que haya cometido, jamás ha habido uno que haya puesto su confianza en Dios que el Señor le haya abandonado. El que le ruega con confianza obtiene todo cuanto le pide. Cuando las gracias que pedimos son espirituales y útiles al alma, estemos seguros de que las alcanzaremos. Por esto es Señor nos enseñó, que cuando le pidamos alguna gracia, le llamemos con el nombre de Padre; Pater Noster: para que recurramos a Él con aquella confianza con que suele recurrir un hijo a un padre que le ama.

5. Si atendemos, pues, a la promesa que os ha hecho Jesucristo de escuchar a quien le ruega, ¿quién puede recelar, dice san Agustín, que falte a su promesa la misma verdad? ¿Es por ventura Dios, dice la Escritura, semejante a los hombres, que prometen y no cumplen, o porque mienten al prometer, o porque mudan de parecer después de haber prometido? Nuestro Dios no puede mentir, porque es la misma verdad; no puede mudarse, porque es la justicia, la rectitud, y sabe las consecuencias de cuanto dispone. ¿Cómo pues, ha de dejar de cumplir lo que nos prometió?

6. Por lo mismo que desea nuestro bien, nos exhorta y excita a que le pidamos las gracias que necesitamos. Por eso nos dice por san Mateo: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y os abrirán». Y ¿cómo nos había de exhortar a que le pidamos gracias, dice san Agustín, si no tuviese la voluntad de dárnoslas? Y debemos estar tanto más confiados en que nos dará lo que le pedimos, en cuanto Él mismo se obligó a oír nuestras súplicas.

7. Pero dirá alguno: Yo tengo poca confianza en Dios porque soy pecador: le he sido muy ingrato, y conozco que no merezco ser oído. Santo Tomás le contesta diciendo: «Nuestras súplicas no se apoyan en nuestros méritos, sino en la divina misericordia». Siempre que le pedimos cosas útiles a nuestra eterna salvación y le suplicamos con confianza, Dios nos escucha. He dicho «cosas útiles a nuestra salvación», porque si fueren cosas nocivas a nuestras almas, el Señor no nos oye ni puede oírnos. Por ejemplo, si alguno quisiese vengar una injuria, o llevar una ofensa a Dios , y le pidiese auxilio con éste fin, seguramente el Señor no le oiría, porque en tal caso, dice san Juan Crisóstomo, es una ofensa a Dios la misma súplica; y nunca debemos pedir a Dios cosas malas e injustas.

8. Del mismo modo, si imploráis el auxilio divino y queréis que el Señor os ayude, es preciso que vosotros no pongáis ningún impedimento que os haga indignos de ser oídos. Por ejemplo, si pidiereis a Dios que os dé fuerzas para no reincidir en el pecado, y no quisieseis evitar las ocasiones de pecar, ni absteneros de frecuentar tal casa, ni alejaros de tal objeto, o de tal mala compañía, Dios no os escuchará; porque ponéis un impedimento para que oiga vuestra plegaria. Si después pecáis, no debéis quejaros de Dios, diciendo: He pedido al Señor que me diera fuerzas para no recaer en el pecado, más no me ha oído. Porque esto sería desconocer que vosotros pusisteis impedimento, no quitando la ocasión, inutilizando de este modo vuestra súplica, y haciendo que Dios no la oyera.

9. Es preciso advertir, que la promesa que hizo Jesucristo de oír al que le suplica, no se entiende respecto a las gracias temporales que le pedimos, como ganar un pleito, tener buena cosecha, librarnos de alguna enfermedad o persecución; porque, aunque Dios concede también estas gracias cuando se las pedimos, solamente las concede cuando son útiles a nuestra salud espiritual, pues de otro modo nos las niega porque nos ama, sabiendo que tales gracias serían desgracias para nosotros y dañaría nuestra alma. Dice san Agustín (tomo III, cap. 212), que «lo que es útil al enfermo lo conoce mejor el médico que el enfermo mismo». Añade que Dios niega a algunos por misericordia, lo que concede a otros por castigo. Por esto san Juan Damasceno dice que: «Cuando no conseguimos las gracias que pedimos, debemos alegrarnos, porque es mejor para nosotros que tales gracias nos sean negadas, que concedidas». Sucede, en efecto, que muchas veces pedimos el veneno que nos ha de matar. ¡Cuántos, por ejemplo, se hubiesen salvados, si hubieran muerto durante el estado de aquella enfermedad o pobreza que sufrían! Pero que recobraron la salud, o porque consiguieron grandes honores y dignidades, se aumentó su soberbia, se olvidaron de Dios, y se condenaron. Por este motivo nos exhorta san Juan Crisóstomo, a dejar a la voluntad de Dios que nos conceda lo que pedimos, si es que nos conviene. Debemos por tanto pedir a Dios las gracias temporales, siempre con la condicion de que sean útiles a nuestra alma.

10. Al contrario, las gracias espirituales, como son el perdón de los pecados, la perseverancia en la virtud, el amor de Dios, debemos pedirlas absolutamente y sin condición, con firme esperanza de obtenerlas. Dice Jesucristo por san Lucas (XI; 13): que si los hombres, siendo malos, como con, saben a sus hijor dar cosas buenas que no le sean perjudiciales, mucho mejor sabrá el Padre celestial dar la virtud, el arrepentimiento de las culpas, el divino amor, la conformidad con la divina voluntad a los que piden estas cosas. Y «¿cómo podrá Dios, -dice san Bernardo-, negar a los que le piden las gracias convenientes a su salvación, cuando Él mismo nos exhorta a todos a que le pidamos?» (S. Bern. serm. 2, de S. Andr.)

11. Cuando al Señor se le pide, no atiende a si es justo o pecador el que le ruega; porque Él mismo dijo generalmente respecto de todos: Omnis enim, qui petit, accepit (Luc. XI, 10). El autor de la Obra imperfecta interpreta estas palabras y dice: «Quiere decir todo todo hombre, sea justo o pecador»  (Hom. 18) Y Jesucristo, para animarnos a pedir con gran confianza estas gracias espirituales nos dijo: «En verdad os digo, que mi Padre os concederá cuanto le pediréis en mi nombre» (Joann. XXIII, 23) Como si dijera: Pecadores si vosotros no merecéis obtener las gracias, yo tengo grandes méritoa ante mi Padre; pedid en mi nombre, es decir, por mis méritos, y os prometo que obtendréis cuanto pidiereis.

PUNTO 3

SE DEBE PEDIR CON PERSEVERANCIA

12. Sobre todo, debemos pedir con gran perseverancia hasta la muerte, sin cansarnos jamás de hacerlo. Esto nos dan a entender aquellos textos de la santa Escritura: «Conviene orar perseverantemente» (Luc. XVIII, 1) «Velad pues, orando todo el tiempo» (Luc. XXI, 36) «Orad sin intromisión» (I. Thess. V. 17) Por esta razón el Eclesiástico nos amonesta, diciendo: «Nada te detenga de orar siempre que puedas» (Eccl. XVIII, 22); porque dejando de orar nos privaremos de los auxilios divinos, y quedaremos vencidos en las tentaciones. La perseverancia en la gracia de Dios es un don absolutamente gratuito, que no podemos merecer nosotros, como lo declaró el Concilio de Trento (sess. 6, cap); pero san Agustín dice que este don puede merecerse suplicando o por medio de la oración. Y por esto dice el cardenal Belarmino, que la gracia de la perseverancia debe pedirse cada día, para obtenerla todos los días. De otro modo, caeremos en el pecado el día que dejemos pedirla al Señor.

13. Si queremos, pues, perseverar y salvarnos, porque sin la perseverancia ninguno se salva, debemos pedir continuamente. Nuestra perseverancia hasta la muerte, no depende solamente de un auxilio, sino de muchos, los cuales esperamos alcanzar de Dios durante toda nuestra vida, para conservarnos en su santa gracia. Pues a esta cadena de los auxilios divinos, debe corresponder la cadena de nuestras súplicas, sin la cual el Señor suele dispensar las gracias. Y si nosotros interrumpimos las cadenas de nuestras súplicas, y dejamos de pedir, el Señor interrumpirá también la cadena de los auxilios, y perderemos la perseverancia.  Dice san Lucas (XI, 5, 8): «Si alguno de vosotros tuviese un amigo, y fuese a encontrarle a media noche, y a decirle: Amigo, préstame tres panes, porque otro amigo amigo mío acaba de llegar de viaje a mi casa, y no tengo nada que darle, aunque aquél, desde adentro, le respondiese: «No me molestes, la puerta está ya cerrada, y mis criados están como yo acostados: no puedo levantarme a dártelos». Si el otro porfiase en llamar y más llamar, yo os aseguro que cuando no se levantase a dárselos por razón de su amistad, a lo menos por librarse de su impertinencia, se levantaría al fin, y le daría cuantos hubiese menester. Pues si le dais al amigo tres panes para que no os inoportune, ¿cuánto mejor, dice san Agustín, nos dará Dios lo que le pedimos con instancia, cuando nos exhorta a que le pidamos, y se disgusta si no le pedimos.

14. Los hombres se incomodan cuando se les importuna, pidiéndoles alguna cosa; más Dios nos exhorta a que le pidamos repetidamente; y no se incomoda, antes se complace ver  que le pedimos incesantemente. Escribe Cornelio a Lápide (in Luc. 11): que el Señor quiere que perseveremos, pidiéndole  hasta ser inoportunos. Y antes que él, dijo san Jerónimo: que esta importunidad con Dios es oportuna, porque Él mismo nos dijo por san Lucas: «Pedid y se os dará…

15. Luego, si queremos que Dios nos conceda la perseverancia, debemos pedírsela hasta serle importunos al levantarnos por la mañana, cuando oramos, cuando oímos misa, cuando visitamos al santísimo Sacramento, cuando nos acostamos, y, especialmente, cuando nos induce el demonio a cometer algún pecado; de manera que debemos estar con la boca abierta, suplicándole y pidiéndole: Señor, ayudadme, asistidme, alumbradme, dadme fuerza, no me abandonéis. Y esta inoportunidad con que le suplicamos, no le incomoda como dice Tertuliano: Hæc vis grata Deo, antes bien le es muy agradable, y le mueve a concedernos cuanto le suplicamos. y por lo mismo que se complace mucho de ver honrada a su divina Madre, quiere también, como dice san Bernardo, que recibamos por intercesión de Ella todas las gracias que nos dispensa. Acerca de esta poderosa intercesión añade el mismo santo: «Pidámosle la gracia por medio de María; porque es su Madre, y no puede negarle alguna cosa». (S. Bern. de Aquœd) ¡Ea, pues, amados oyentes míos! Si queréis que Dios os conceda la perseverancia en la virtud, y la gracia divina que necesitáis para salvaros, pedidla con confianza a Dios incesantemente, cuando os levantéis, cuando coméis, cuando os acostéis, de noche, de día, y, especialmente, cuando os veáis tentados por el enemigo de vuestras almas: y poned por mediadora a la Virgen María, su purísima Madre, que es consuelo de los pecadores, el auxilio de los afligidos y la fuente de toda gracia.

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