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EL ARTESANO DE NAZARET, POR FULTON SHEEN

22 de mayo de 2014

from-the pulpitEl Eterno Galileo

Fulton Sheen

Capítulo 3: El Artesano de Nazaret

Nuestro Bendito Salvador se retira por cuarenta días a la soledad de las montañas, donde no vería rostro humano ni oiría ninguna voz humana. Después de ayunar fue tentado por Satanás. Porque Él podía ser tentado, pues había tomado la armadura humana, no por ociosidad, sino para la batalla. ¡Oh! No os burléis del Evangelio diciendo que no existe Satanás. El mal es demasiado real en el mundo para afirmar eso. No digáis que la idea de Satanás está muerta y desaparecida. Satanás nunca gana más adeptos que cuando, en su astucia, esparce el rumor de que ya está muerto hace tiempo. No rechacéis el Evangelio porque diga que el Salvador fue tentado. Satanás siempre tienta lo puro: lo que no es puro ya es suyo. Satanás sitúa más demonios en los muros de los monasterios que en las pocilgas de iniquidad, pues estas últimas no ofrecen resistencia.

No digáis que es absurdo que Satanás se apareciera a Nuestro Señor, pues Satanás siempre tiene que acercarse a lo divino y lo fuerte: lo otro sucumbe a la distancia. ¿Pero en qué tentó Satanás a Cristo? He aquí el lado notable de esa tentación, y que tiene gran sentido para nuestros días. Satanás tentó a Nuestro Señor para que predicase otra religión distinta que la que Él estaba a punto de predicar. Nuestro Señor estaba a punto de predicar una religión divina. Satanás le tentó para que predicase una religión que no era Divina, pero una religión que el mundo moderno llama nueva: En una palabra, las tres tentaciones de Satanás contra Cristo son las tres tentaciones del mundo contra Cristo hoy día, a saber, para hacer una religión social, política y terrena.

Satanás primero tentó a Nuestro Señor para hacer una religión social: para hacerla girar alrededor de las cosas materiales de la vida, tales como el pan para cuerpos hambrientos como el Suyo. Señalando desde la cima de la montaña a las piedras cuyas formas semejaban pequeños panes, él le dijo: “Mandad que estas piedras se conviertan en panes”. Este fue el reto de Satán para hacer que la religión girase en torno a las materialidades de la vida. Pero la respuesta de Nuestro Bendito Señor fue inmediata: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios”. Con tal respuesta, nuestro Señor declaró que la religión no es social, en el sentido de que su función primordial sea dar alimento al cuerpo, sino más bien divina, en el sentido de que debe dar alimento al alma. ¡Los hombres deben tener pan! No hay discusión sobre ese punto.

Nuestro Señor nos enseñó que pidiésemos al Padre darnos “el pan de cada día”. Incluso fue más lejos, cuando los hombres se hallaban en extrema necesidad de este alimento en un lugar desierto y multiplicó el pan hasta en exceso. Pero también dijo a los miles que estaban en Cafarnaúm que El no iría más allá.

“Me buscabais… porque os he dado de comer… hasta saciaros. Trabajad para tener no tanto el manjar que se consume, sino el que dura hasta la vida eterna”.

La religión no es puramente social. Si la salvación fuera sólo un alivio económico, si la religión fuera solamente dar pan a estómagos hambreados, entonces los perros serán invitados a su banquete. ¡No! El hombre tiene un principio más alto que el de las bestias, y una vida superior a la del cuerpo. Nosotros venimos a este mundo no precisamente para sentarnos y descansar, trabajar y jugar, comer y beber. De aquí que la religión que hiciera de la seguridad del pan su primer objeto en la vida, y no buscara alimento divino, se moriría de hambre en medio de la abundancia. Deben venir horas negras en que hay que confiar en Dios, aun con hambre. Debe haber inclusive momentos de agotamiento por hambre en que debe rechazarse el pan, si éste significa el sacrificio de un principio que pone en peligro al alma.

No se justifica decir que debemos vivir, porque la vida corporal en sí misma no es necesariamente lo mejor para nosotros. Es mejor para nosotros no vivir, si no podemos vivir sin pecado. Pues no tenemos derecho a dejar morir de hambre nuestra naturaleza espiritual para conseguir pan para nuestro cuerpo. A veces lo mejor que podemos hacer con nuestra vida es perderla; y lo mejor que podemos hacer con nuestro cuerpo es no temer a los que pudieran matarlo, sino más bien temer a los que podrían arrojar nuestra alma en el infierno. La religión no necesita descuidar la sociología; el sacerdote en el comulgatorio no necesita olvidar la fila de menesterosos que están implorando pan; el ministro en el santuario no necesita olvidar los patios de recreo. Lo terreno, lo humano y lo social, son parte de la religión, pero no la parte esencial, como Satanás nos haría creer. Más bien, cuando estamos buscando las cosas superiores, encontramos las más bajas: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia: que todo lo demás se os dará por añadidura”. En seguida Satanás tentó a Nuestro Señor para que hiciese una religión política cambiando el Reino de Dios por el reino de la tierra: “El diablo… le puso a la vista en un instante todos los reinos de la redondez de la tierra, y díjole: Yo te daré todo este poder y la gloria de estos reinos… Si tú quieres pues adorarme, serán todos tuyos. Jesús en respuesta le dijo: Escrito está: adorarás al Señor Dios tuyo, y a él sólo servirás”. Con esta respuesta Nuestro Señor declaró para las edades futuras que la religión no es política, que el patriotismo no es la más alta virtud, que el nacionalismo no es el más alto culto, que el Estado no es el más alto bien. La devoción al Estado debe existir; la lealtad a los reyes de la tierra debe existir; el tributo al César debe existir. El hombre es social y como vive en sociedad debe gobernar y ser gobernado; debe ser patriota no sólo para apoyar las medidas justas de los que gobiernan, sino también hasta el punto de entregar su vida en justa guerra por un bien común. Estas cosas son evidentes por sí mismas. Pero Satanás quería hacer que Cristo adorase los reinos de la tierra, convirtiera los pulpitos en una plataforma, y al Evangelio en un himno nacional, Nuestro Señor quería hacernos conocer que los reinos de la tierra son más que andamiajes para el Reino del Cielo, que el patriotismo por el país es apenas el plantel para la adoración de Dios y que nada nos aprovecha si ganamos el mundo entero y perdemos nuestra alma inmortal. La política y la religión tienen parecida relación que el cuerpo con el alma. Ambos tienen sus derechos y sus deberes, pero uno es superior al otro. El interés primario de la religión no es la rehabilitación de los reinos de la tierra o el sostén de las medidas económicas, pues Nuestro Señor no vino a restaurar la política del mundo sino a hacer un nuevo Reino que no necesita ni ejércitos ni marina, ni soldados ni monedas, ni esclavos ni jueces, sino solamente almas renovadas y vivientes. El no dijo que la religión no debía relacionarse con la injusticia social o indiferencia por los trafiques políticos.

Nuestro Señor amó tan profunda y calurosamente a su propio país que, como el primer patriota Cristiano, lloró sobre él. Pero también amaba el Reino del Cielo en tal medida, que estuvo dispuesto a dejarse ejecutar por el mismo país que amaba. Mientras el tiempo exista, Satanás tentará siempre a la religión para que sea totalmente política, pero hasta el fin de los tiempos debe conservarse el orden: “Pues pagad a César lo que es de César; y a Dios lo que es de Dios”.

El último asalto de Satanás fue un esfuerzo por hacer mundana la religión. El Evangelio nos dice que Satanás: “llevóle a Jerusalén, y púsole sobre el pináculo del templo, y díjole: “Si tú eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo. Porque escrito está que mandó a sus Angeles que te guarden: y que te lleven en las palmas de sus manos, para que no tropiece tu pie contra alguna piedra”. Jesús le replicó: “Dicho está también: No has de tentar al Señor Dios tuyo”. ¡Qué lección se halla oculta para aquellos que quisieran hacer mundana la religión, vaciándola de toda responsabilidad y haciendo de Dios un espectador meramente pasivo de nuestras caídas y nuestros suicidios! El ruego de que Él se arrojara desde el pináculo, no era un signo de confianza en Dios. No fue un llamado a un deseo natural, sino a un orgullo pervertido, que supone que Dios es indiferente a nuestras acciones y desinteresado en nuestras decisiones.

La respuesta de Nuestro Señor fue un recordatorio de que la religión tiene su centro alrededor de las personas responsables, y no en torno a cuerpos decadentes; que el hombre está dotado de libre voluntad y por consiguiente es responsable por cada una de las acciones hasta en lo más mínimo; que el universo en el cual vive es moral, y por lo tanto un universo en que ascendemos haciendo que nuestros yo muertos pisen escala por escala hasta cosas más altas. Esa religión mundana que niega la responsabilidad, el pecado y el juicio, nos reduciría a meras piedras cayendo desde las inmensas alturas de los pináculos de piedra. Nos haría meros cuerpos materiales obedeciendo la ley de la gravitación que nos atrae a la tierra, en lugar de seres espirituales que, como el fuego ascienden más allá de las estrellas hasta la Luz del Mundo. La verdadera religión no dice: “Échate de aquí abajo”, sino: “Asciende hasta las alturas”, pues nosotros no estamos destinados a ser piedras de la tierra, sino Hijos inmortales de Dios. El Cielo y no el mundo es nuestro destino final. Y así, en vez de arrojarse a Sí mismo como un mago barato y vulgar, Nuestro Señor arroja abajo a Satán, y luego sale hacia otra cima de montaña para dar desde sus alturas las Beatitudes de Dios, que conducen a la Beatitud con Dios en la perdurable gloria de los cielos.

De esta manera la así llamada nueva religión resulta ser una vieja religión que Satanás quería establecer en la tierra. No hay ningún parto nuevo en esta nueva fe, sino el mismo espíritu viejo en el mismo Adán, lleno de egoísmo, envidia y pecado. Al vencer la tentación el Eterno Galileo anunció para todas las naciones y para todos los tiempos la verdad suprema de que la religión no es esencialmente social, ni política ni mundana. Más bien sus funciones son administrar la Vida Divina a la sociedad, la Justicia Divina a la política, y el Perdón Divino a las cosas del mundo. Hoy día el mundo en realidad está buscando una religión Divina como ésta, y se halla a punto de morir de hambre, pues las sectas modernas aportan a la religión solamente los bagazos del humanismo.

Las mentalidades de hoy están empezando a ver que nuestros problemas no son primero que todo, económicos y políticos, sino religiosos y morales; que la sociedad no será reformada ni podrá ser reformada desde afuera, sino sólo desde dentro. Es solamente por el Espíritu de Cristo y el espíritu de oración como la libertad del hombre, ganada con derramamiento de sangre y sacrificios nacionales, puede ser salva-guardada y preservada.

El derrumbamiento de todas nuestras ilusiones materiales durante la Guerra Mundial y durante la presente depresión económica han hecho ver claramente a nuestras mentalidades de nuestros días que la apostasía de los principios del Salvador, el abandono de la vida espiritual, y la transgresión de los mandamientos de Dios, han conducido necesariamente a empeorar nuestra ruina y confusión.

adornos6

2 comentarios leave one →
  1. Hernando Leal permalink
    23 de mayo de 2014 9:28 AM

    Este comentario del representante de la iglesia tiene un profundo contenido de reflexión espiritual muy pocas veces visto en los canales de estos tiempos de confución espiritual …….perdonen la redundancia

  2. Codreanu permalink
    23 de mayo de 2014 3:11 PM

    Para quienes deseen ver completo el libro El Eterno Galileo de Fulton sheen con 153 paginas en formato PFD, les adjunto el link:
    http://www.jesustebusca.com.ar/UsArchivos/file/eleternogalileosheen_%20fulton.pdf
    VENI DOMINE JESÚS

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