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HOLOCAUSTOS ACEPTADOS

23 de abril de 2014

NUEVAS DISPOSICIONES

Durante este mismo mes de octubre el general cristero Dionisio Eduardo Ochoa, con su carácter de Jefe de las fuerzas de la región y como representante del Control Militar, cedió el mando de los grupos de Zapotitlán y San José del Carmen, al general libertador don Jesús Degollado. Era éste un virtuoso y distinguido católico de suma abnegación, gran desinterés, de comprobada recta intención y valor. Estas fuerzas quedaron, por el momento, a cargo inmediato del señor Manuel C. Michel, el capitán dé la hacienda de San Pedro, de quien ya se habló y que recibió el grado de coronel.

Después se formaron con aquellas fuerzas dos regimientos: uno, a cargo del general Bouquet, y el otro, a cargo del mismo coronel Michel. El general Bouquet organizó, con los grupos que se le dieron, su columna expedicionaria que no tuvo zona especial asignada, y el coronel Michel, con el resto, fue jefe militar de la región.

El mayor Filiberto Calvario, al frente en aquel entonces de toda la zona de Zapotitlán, Jal., cuyo mando se le había confiado desde la trágica muerte del capitán José Ortiz, no quiso separarse de la jefatura de Colima y quedó al lado de su antiguo Jefe el general Dionisio Eduardo Ochoa, quien lo puso como jefe inmediato en la región del Volcán.

Expiraba octubre cuando el general Ochoa regresó del recorrido por sus diversos campamentos ton el objeto de pasar revista a las fuerzas, y arreglar algunos otros asuntos militares. En su último viaje a Ciudad Guzmán, Jal., en los últimos días del mes, a través de las cumbres del Nevado, había traído una buena cantidad de cartuchos, y la brecha, al fin, estaba ya abierta para seguir consiguiendo elementos bélicos.

Ahora, entre los proyectos que Dionisio Eduardo Ochoa acariciaba, estaba una fiesta general que unificara más el espíritu de todos sus cristeros y les llenara de gracia y fortaleza sobrenatural. Para esto eligió el día de Cristo Rey, que cayó en ese año de 1927, el 30 de octubre. El lugar de la reunión fue el campamento de la Mesa de la Yerbabuena.

LA FIESTA DE CRISTO REY

Cristo cargando con la cruz (1)En la parte superior de la Mesa, bajo unos grandes fresnos que forman espeso y fresco bosque, en donde cantaban sin cesar los mirlos, bandadas de canarios y otras diversas clases de pájaros silvestres formando un casi no interrumpido concierto, se levantó una pobrísima y pequeña capilla. Su techo estaba formado por pencas de maguey, a modo de tejado; por detrás y los lados estaba abrigada con delgadas varas y hojas; su frente, completamente descubierto, dejaba ver el altar colmado de flores silvestres, adornado con lámparas y ostentando a Jesús Sacramentado en un diminuto y artístico Sagrario que había sido regalado a los libertadores, precisamente en esos últimos días de octubre.

Estaban presentes, si no la totalidad de los libertadores del Volcán, sí la mayoría: Marcos Torres con los suyos, el mayor Calvario, el coronel Salazar. y como en Zapotitlán y el Cedillo, las alabanzas no dejaron de resonar ni un momento, desde la víspera de la festividad, ante el sagrario del Divino Rey, ni de día, ni de noche.

Fue celebrada la Misa el lunes 31 muy en la madrugada, porque había precisión de salir y, a la hora de la Comunión, se acercaron todos a recibir al Señor Sacramentado. El mismo piadoso general Ochoa ayudó la Santa Misa y dirigió la acción de gracias.

De nuevo se escucharon los cánticos piadosos y, como sello magnífico de aquella gran fiesta, se recitó en coro el solemne juramento que todos habían hecho al ingresar a las filas libertadoras, de trabajar con valor y entusiasmo y hasta vencer o morir por la santa Causa de Dios.

El campamento estaba todavía cubierto por las sombras de la noche y un viento helado azotaba los encinares cuando los ecos de la montaña recogieron la voz vibrante y resuelta de los cristeros que renovaban su juramento. El Sagrario estaba ya vacío; la solemnidad del Rey Divino terminaba. Los ojos eStaban aún húmedos, y en los corazones se sentía agigantarse el espíritu de lucha y sacrificio. En cada palabra del juramento se había puesto toda el alma y un alma hecha fuego que encendía en nuevo ardor a aquellos luchadores. Todos estaban aún ante la pequeña capillita; era preciso separarse y que cada quien volviese a sus respectivos campamentos. Mas antes de dejar aquel lugar santificado con la presencia de Cristo, había que dar rienda suelta al entusiasmo, y entonces, con toda la fuerza de sus viriles pechos, iniciando el general Dionisio Eduardo Ochoa, vitorearon jubilosamente a Cristo Rey.

INDUSTRIA DE GUERRA EN EL CAMPO CRISTERO

Las necesidades de la lucha imponían esfuerzos nuevos.

Habíanse reunido en la misma Mesa de la Yerbabuena, la mañana del 7 de noviembre, el general Dionisio Eduardo Ochoa, el’ coronel Antonio C. Vargas y las señoritas de las Brigadas Femeninas Sara Flores Arias, Faustina Almeida y María de los Angeles Gutiérrez, verdaderas heroínas, quienes después de haber estado en Colima procedentes de Guadalajara, Jal., para la fundación de las Brigadas, habían llegado al campamento de la Mesa, en la mañana del citado lunes día 7, escoltadas por el capitán Marcos V. Torres y sus soldados, con e! fin de fabricar para los libertadores, bombas explosivas de mano. El mismo día principiaron su trabajo con muy buen éxito, e hicieron en los días subsiguientes una considerable cantidad.

El día 11, por ser dedicado en la Nación Mexicana a Cristo Rey, estuvo e! Santísimo Sacramento, día y noche, en la humilde capilla del campamento, aquella que los cristeros habían construido para la festividad de Cristo Rey.

Con el fin de dedicarse al culto de Cristo Sacramentado, se suspendieron los trabajos en aquella ocasión y, en verdad, no cesaron ni de día ni de noche los cánticos y oraciones ante el pequeño y hermoso sagrario que guardaba a Jesús. Personalmente el general Dionisio Eduardo Ochoa adornó con flores silvestres e! altar en que estuvo el Augusto Huésped.

COMO PENSABA EL GENERAL OCHOA RESPECTO A LA MUERTE

El mismo día, cuando sentados en el suelo tomaban su pobre alimento, único que en ese día tenían -unos pedazos de pan seco con miel de abeja-, Dionisio Eduardo Ochoa, su jefe de Estado Mayor coronel Antonio C. Vargas, las señoritas venidas de Guadalajara y los cristeros de su escolta, uno de sus principales colaboradores, J. Trinidad Castro, tratando de la muerte de los mártires, dijo que él prefería morir en la ciudad, fusilado por los enemigos.

En el acto Ochoa, cortando casi la palabra del amigo y compañero, replicó:

– Me parece que e! desear morir públicamente en la ciudad, es cierta vanagloria. Yo creo que para morir por Jesucristo y tener el mérito del martirio da lo mismo morir en la ciudad, que acá donde estamos, y ser fusilados por los perseguidores, morir luchando contra ellos, como es nuestro deber como soldados de Cristo, o de la manera que Dios quiera.

Ese era su pensamiento.

Dionisio Eduardo Ochoa, a lo que parece, no estaba errado; ya en la alborada del cristianismo el grande Agustín había dicho:

Martyres, non poena sed causa facit. (No es la clase de muerte, sino la Causa, la que hace a los mártires) (Epístola LXXXIX).

Y siglos más tarde, el doctor de las Escuelas, Santo Tomás de Aquino, enseñaba que toda pena que a la muerte conduce sostenida con fortaleza cristiana por la causa de Dios, es martirio (Suma; 2, 2, Cuestión XXIV, Art. V., a 1° 3°). Y esto mismo de un modo más explícito, lo escribe en su libro Cuarto de las Sentencias, distinción 49, cuestión 5, artículo 3, en donde a la letra se lee:

Si alguno sufre la muerte por el bien común relacionado con Cristo, merecerá la aureola y será mártir, como el que defiende la República contra los enemigos que maquinan corromper la fe de Cristo y en tal defensa recibe la muerte.

Aquella humilde y viril declaración del jefe cerró la conversación y nadie dijo más sobre el asunto; pero Dios colmó los deseos de ambos interlocutores: el primero murió fusilado en la ciudad dos meses después y Ochoa pereció en la forma terrible que vamos a referir poco adelante.

Continuaron los cultos de adoración a Nuestro Señor, distribuyéndose los adoradores en turnos. A las 11 de la noche, en una solemne hora santa, fueron recibidos como miembros de la Asociación Nacional de Vasallos de Cristo Rey, el general Ochoa con los soldados de su escolta y las tres señoritas venidas de Guadalajara. Poco después de la media noche, ante el Sagrario, pronunciaron fervoroso y solemne el acto de consagración por el cual aquellos luchadores ofrendaban su vida entera en pro del reinado excelso del Corazón de Jesús:

Corazón divino de Cristo Rey, os ofrezco mi vida para que vuestra divina Realeza impere sobre México.

Y Jesús, complacido, tomó la palabra de aquellos luchadores, reservándoles para pocas horas más tarde, la prueba más ardua de su fidelidad y de su amor.

LA HORRENDA CATASTROFE

Llegada la mañana comulgaron todos en la Santa Misa, que ayudó personalmente el general Dionisio Eduardo Ochoa. Después, reanudaron sus trabajos … Era el mediodía; cuando una fuerte detonación dio a conocer muy a lo lejos el desastre … ¡Las substancias explosivas se habían incendiado! Densa nube cubrió la humildísima choza y empezaron a oírse, desgarradores, los lamentos de las víctimas, que ardiendo sus ropas y temblando por el sufrimiento, mostraban sus brazos y su cara completamente ardidos.

– Nuestra última hora, ¡Padre! ¡Padre! -decían las señoritas clamando al Capellán y levantando en alto sus brazos ardidos y desnudos- ¡el perdón! ¡la absolución!
– Yo había ofrecido mi vida a Dios Nuestro Señor -fueron las primeras palabras de Dionisio Eduardo Ochoa al Sacerdote su hermano, ardiendo todavía sus ropas-, y hubiera preferido morir en manos de los enemigos.

Y con acento de resignación cristiana y honda tristeza que él dejó escapar con un suspiro que le salió de lo más profundo, dice:

– ¡Dios así lo quiso! -y calló un instante.

Luego, rehaciendo las fuerzas de su espíritu, interrogó con acento de esperanza y de consuelo:

– Pero ¿también esto es morir por Cristo?

Y el Padre Capellán, el sacerdote hermano suyo, le contesta al momento con tono decidido, categórico:

– Sí, también esto es morir por Cristo.

Y queriendo el Sacerdote confirmar su aserto añade:

– ¿Qué no únicamente por Cristo, por amor de El, abrazaste esta vida, dispuesto a morir cuando y como El lo determinase?
– Sí -contestó con voz humilde Dionisio Eduardo.
– Pues si únicamente por Cristo abrazaste esta vida: si únicamente por El has continuado en esta lucha, por El han sido todas las penas, las hambres, los desvelos, las privaciones mil. Es también por Cristo esto que ha acontecido; también esto es morir por Cristo -dice el Padre Capellán.

Al oír Dionisio Eduardo aquella declaración, dio muestras grandes de alegría.

– ¡También esto es morir por Cristo! -principió a exclamar en voz alta-. Muchachos: ¡Viva Cristo Rey!
– ¡Viva Cristo Rey! -contestó Antonio C. Vargas quemado al igual que él.
– ¡Viva Cristo Rey! -decían aquellas admirables mujeres que temblaban de dolor.

Dionisio Eduardo se puso entonces a exhortar a sus compañeros de infortunio glorioso, a sufrir con grandeza de alma aquella prueba a que Cristo los sujetaba.

– Ya nos ha dado Cristo lo que habíamos anhelado, la gracia de morir por El. Ya ésta es la última prueba que nos resta.

Desde ese momento no se interrumpieron, como por espacio de una o dos horas, los Vivas a Cristo Rey y a la Santísima Virgen de Guadalupe. El Padre Capellán oraba por los moribundos y administró los últimos Sacramentos a las tres señoritas que con dolor desgarrador se lamentaban y los pedían.

Todas las víctimas fueron acomodadas en la humilde y estrecha capillita que les sirvió de sala de hospital, pues no había ningún otro ranchito, y en el vil suelo y sin almohada o cabecera alguna. Se vivía con mucha pobreza y se carecía de todo.

En aquellos instantes aumentó el fervor de un modo tan admirable en aquellas santas víctimas, que los dolores terribles que sufrían no alcanzaban a contenerlo.

Era casi imposible a los circunstantes soportar con serenidad aquel espectáculo: las carnes ardidas trepidaban con la intensidad del dolor. La luz de este mundo había ya desaparecido para ellos, pues habían quedado ciegos por las quemaduras; pero la luz de la fe fulguraba en sus almas, y de sus labios negros y convulsos no dejaban de brotar alabanzas a Dios.

Dionisio Eduardo Ochoa dice a Antonio, exhortándolo a sufrir con toda valentía cristiana:

No nos quejemos; es la última prueba que Dios nos manda.

María de los Angeles Gutiérrez, la más joven de las señoritas, se incorporó del suelo con energía y levantando al cielo su rostro y brazos ardidos, dice:

– Vamos cantando, muchachas, vamos cantando -y principió luego con entonada voz, seguida por sus compañeras, aquel cántico de misión-:

Al cielo, al cielo,
al cielo quiero ir.
Al cielo, al cielo,
al cielo quiero ir.

Dionisio Eduardo Ochoa quiso que el Padre Capellán les rezase el acto de contrición propio de los libertadores, y los cinco lo recitaron en alta y sonora voz:

No quiero ni sufrir, ni morir,
sino sólo por tu Iglesia y por Ti …
Quiero recibir la muerte como un castigo
merecido por mis pecados …

El Gral. Ochoa pronuncia estas palabras con tal devoción y firmeza, que hace derramar lágrimas a los circunstantes.

Sarita Flores Arias, contestando al Sacerdote que los exhortaba a sufrir por Jesucristo y les hacía ver la gloria del sufrimiento, contesta, en nombre suyo y de sus dos compañeras:

– Bien conocemos, Padre, que es una muy grande gloria morir por Nuestro Señor. Nosotras no somos dignas de sufrir por El, ayúdenos a darle gracias.

Faustina Almeida, con una modestia a toda prueba, sufre en silencio tal, que parece que nada le afecta:

– Perdónenme -decía con humildad-, perdónenme, que yo fui la culpable de tanto desastre -decía esto únicamente por ser ella la comisionada para el trabajo de la fabricación de las bombas; pues las demás eran, en esa industria guerrera, sólo ayudantes y compañeras.

Antonio C. Vargas contestaba con voz que resaltaba entre todas, a todos los Vivas y oraciones que oía a sus compañeros.

Dionisio Eduardo, en tanto, también tendido en el suelo y moribundo, contestaba con voz clara a las oraciones litúrgicas de su hermano Sacerdote que administraba la Extrema Unción a las fervientes moribundas.

Cuando ese acto hubo terminado, al ver que no se continuaba con él administrándole los últimos Sacramentos, dice:

– ¿A mí no? También a mí, hermano.

El Padre don Enrique le replica, diciéndole que no lo veía a él en estado de muerte.

– Aunque no me veas muy grave, yo sí me siento grave -responde Dionisio Eduardo.

Añadiendo luego con la grandeza de su alma humilde estas textuales palabras:

– Es que soy muy cobarde. Yo creo que sí se me puede administrar la Extrema Unción. De todas maneras, es una bendición de Dios. ¿Me la administras?

Vencido el Padre Capellán, no replicó más y administró la Santa Unción a los dos heroicos y piadosos jefes del movimiento cristero del Volcán. Después principió a exhortarlos para que ofreciesen sus sufrimientos y su vida por el reinado de Cristo en México.

Dionisio Eduardo Ochoa contestó:

– Ofréceme tú, hermano, tú lo harás mejor, yo casi no puedo; ofréceme como tú dices. Haz el ofrecimiento de mis sufrimientos y de mi vida en nombre mío.

ULTIMAS PALABRAS DEL GENERAL MORIBUNDO

El Sagrado Viático no fue posible administrárselos: ya el Sagrado Depósito había sido consumido. Sin embargo, aquella mañana habían comulgado ellos cinco. Dionisio Eduardo hacía ya varios años que comulgaba diariamente. Siempre, desde niño, había sido piadoso; pero en los últimos años su piedad se había encendido mucho más, y en su vida de cristero él comulgaba todos los días en que se celebraba la Santa Misa. Más aún, raras veces no la ayudó él, personalmente, como gloria, como gracia, como honor que él se disputaba cuando le era posible.

Cuando el general Ochoa sintió más de cerca la proximidad de su muerte, conociendo mejor que nunca la carga que por Jesucristo había tomado sobre sus espaldas, al ser jefe y sostén del movimiento libertador en el Estado, convocó a sus soldados como un buen padre a sus hijos, y les habló diciendo:

– Nosotros vamos a morir. Ustedes no vayan a desalentarse por nuestra muerte; ya Dios así lo quiso. ¡Sea por Dios! Acuérdense ustedes que juraron luchar hasta vencer o morir. Cuidado con desalientos por causa de nuestra muerte.

El coronel Vargas, el fiel compañero del general Ochoa, que moría muy cerca de él, cooperaba con empeño en aquella tarea.

ATROZ AGONIA

A medida que adelantaban las horas, avanzaba también la muerte a cortar la vida de los mártires.

La sed que sufrían era terrible:

Tengo sed, repetían, como Cristo en su agonía; agua, más agua y esta exclamación era casi ininterrumpida.

Este tormento de la sed duró hasta ya entrada la noche.

Agua, agua.

Sin interrupción.

La luz de la tarde apenas alumbraba, cuando María de los Angeles Gutiérrez, incorporándose violentamente dice:

– ¡Padre! ¡Padre! ¿En dónde está usted? Me muero. Réceme, Padre ¿me está ya rezando? Encomiéndeme a Dios …

Y cuatro o cinco minutos después, moría en un ataque de asfixia.

Y no había ningún medicamento para al menos calmar los dolores de aquellas víctimas.

Dionisio Eduardo fue el primero que advirtió que estaban muriendo, más que de las quemaduras, de intoxicación; pues entre las sales que habían ardido, había arsénico. Pero no había ningún antídoto con qué atenderlos.

A la luz del crepúsculo, sucedió una noche llena de pesares. Alumbrados por dos pequeñas velas de parafina que ardían a los lados del altarcito, siguieron agonizando los demás. Eran las 11 de la noche cuando Faustina Almeida murió igualmente en un acceso de asfixia.

A las doce Ochoa repite con fervor, pero con voz ya entrecortada por la agonía, el acto de contrición que veinticuatro horas hacía había hecho, al recibirse como vasallo de Cristo Rey. Vargas, que tenía aún más vida que él, siguió con voz más fuerte y clara:

– Os ofrezco mis sufrimientos y trabajos de este día, para que tu divina Realeza impere sobre México …

En voz baja Dionisio Eduardo dice a su hermano el sacerdote que lo que le dolía, mucho más que las quemaduras, era el corazón.

Désde este momento el general Ochoa no hacía sino repetir, con suma frecuencia y con voz muy fuerte, que se oía a lo lejos, en medio del silencio de la noche:

– ¡Hágase, Señor, tu voluntad! ¡Ave María Purísima!- y suplicaba, con voz muy entrecortada, a su hermano sacerdote, que se rezase el Santo Rosario.

Era, al par que su fervor filial a la Virgen, como fiel congregante mariano, el deber que a sí mismo se había marcado de que por ninguna circunstancia el Rosario de María se dejase de rezar en sús campamentos.

Eran las cuatro menos un cuarto de la mañana, cuando se consumó el sacrificio de su vida.

Sóbre los altos fresnos del campamento, cuando el cuerpo fue sacado de la capilla, principiaba a brillar, anunciando el nuevo día el lucero del alba.

Tres cuartos de hora más tarde, expiró su hermano de ideales y de luchas el coronel cristero Antonio C. Vargas.

Los cuerpos de ambos jóvenes, por insinuación apremiante de J. Trinidad Castro, hermano de ambos en los ideales de la A.C.J.M., no se sepultaron luego, sino que fueron tendidos en el suelo, sobre humildes petates de tule, a la sombra de los encinas del campamento del capitán Ramón Cruz, allí mismo en la Mesa de la Yerbabuena, y ante ellos, llorosos y devotos, desfilaron los soldados libertadores; soldados que aquellos héroes habían agrupado alrededor de la Santa Bandera y a quienes ellos habían obedecido, no sólo con la sumisión del inferior a su jefe, sino con el amor del hijo a su padre.

Eran las diez de la noche, noche singularmente helada para los cuerpos y las almas, cuando los cristeros, ordenados y silenciosos, con velas encendidas en las manos y en larga caravana, conducían los restos de sus amados jefes para darles cristiana sepultura. Los sepulcros se cavaron, allí mismo, en la Mesa de la Yerbabuena, en un pequeño cementerio que sobre una pequeña colina se preparó.

Veinticuatro horas más tarde, el día 14 por la noche, principió a agonizar Sara Flores Arias, y con gran placidez expiró en la madrugada del 15. Dos veces recibió, así moribunda, el Cuerpo de Jesús, Rey Eucarístico, en las mañanas de los días 13 y 14.

Así terminaron su vida aquellos infatigables luchadores cristianos.

Sus sepulcros fueron desde esas fechas objeto de veneración, en especial el de Dionisio Eduardo Ochoa, y sus soldados principiaron a asegurar, desde luego, haber obtenido, invocándolo, grandes favores del Cielo. Su nombre lo siguieron repitiendo con entrañable afecto y veneración.

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One Comment leave one →
  1. RuyDIaz permalink
    23 de abril de 2014 10:05 AM

    Conmovedoras historias, que nos dan gran ejemplo de fortaleza y Fe en Nuestro Senor

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