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MÁS SANGRE SACERDOTAL: EL PADRE DON GUMERSINDO SEDANO

11 de abril de 2014

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El día 7 de septiembre el Padre don Gumersindo Sedano, Capellán del Grupo Libertador de la región de Tuxpan y Tamazula, de quien en el Libro tercero de esta obra se habló, se encontraba en Ciudad Guzmán, Jal., a donde había entrado con el fin de proveerse de cosas que le eran necesarias y de atender algunos asuntos. Oculto en una casa amiga se encontraba en unión de cinco cristeros pertenecientes al grupo a que él prestaba, tan heroica y caritativamente, sus servicios sacerdotales.

Como se ha visto por nuestros lectores en páginas anteriores, propiamente por esos días, había estado ailí en Ciudad Guzmán, Jal., proveniente de sus campamentos del Volcán de Colima, el general Dionisio Eduardo Ochoa acompañado de algunos soldados de su escolta, con el fin de entrevistarse con Javier Heredia, el Jefe Representante del Comité Especial de Guerra de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Esa llegada del jefe cristero Ochoa había sido conocida por los callistas y había habido serio movimiento militar de ellos y, en patrullas, se estuvo recorriendo la ciudad, registrando los lugares que creían sospechosos.

El general Dionisio Eduardo Ochoa había logrado salir el día 6 por la noche; pero el Padre Sedano, que también se encontraba allí en la ciudad, fue descubierto y denunciado.

Se dice que una mujer perversa, una anciana de corazón miserable, fue la que, después de haberse dado cuenta de la presencia del sacerdote y de los cinco libertadores, en la casa en donde se alojaban, se presentó ante los perseguidores, reclamó de ellos una gratificación mezquina, e hizo la denuncia.

HACIA LA MUERTE

Lo cierto es que a la puerta de la casa en donde el Padre Sedano estaba posado, se presentó, en la mañana del día 7 de septiembre, de manera intempestiva, un camión lleno de soldados del callismo, que descendieron con prontitud y entraron tumultuosamente en la casa, haciendo prisioneros al sacerdote y a los cinco cristeros.

Al instante que cayó en manos de los perseguidores, comprendió el Padre Sedano cuál iba a ser el fin del suceso y ya no pensó sino en prepararse a morir; contempló muy cerca la palma del martirio y su alma se llenó de júbilo indecible.

Los enemigos les obligaron a subir al camión en que ellos habían ido, para llevarlos prisioneros hasta el cuartel en donde el capitán Urbina esperaba ansioso el resultado. El Padre sacó su rosario y con él en las manos se puso a rezarlo en voz alta. De vez en cuando prorrumpía en exclamaciones y cánticos piadosos y con todo el fervor. del alma y la fuerza del pecho: ¡Viva Cristo Rey!, gritaba, ¡Viva Santa María de Guadalupe! ¡Viva el Papa!

Corazón Santo,
Tú reinarás,
México tuyo
siempre será.

Y mientras más los soldados trataban de hacerle callar, él, más enérgico, gritaba y con mayor emoción cantaba. Al pasar frente al templo parroquial, su corazón latió impulsado por un fervor más ardiente:

– San José, Patriarca mío, a quien este templo está dedicado, momentos antes de morir por Cristo, te saludo y te invoco; dentro de breves momentos te veré en el Cielo.

Y dirigiéndose a los transeúntes que se agolpaban a su paso para verle, les decía en voz alta:

Soy sacerdote y voy a morir por Cristo. ¡Viva Cristo Rey! Vengan a ver cómo mueren los cristianos.

ULTIMOS INSTANTES DEL MÁRTIR

Llegaron a la estación del ferrocarril, en donde estaba instalado el cuartel. El impío capitán los esperaba en la puerta y los recibió con injurias. El sacerdote continuaba orando y prorrumpiendo en exclamaciones de fervor santo.

– ¡Cállese! -le decía el militar.
– Mientras esté con vida, no dejaré de gritar -respondió el sacerdote,

Y en tono de protesta, lanzó un sonoro:

– ¡Viva Cristo Rey!
– ¡Cállese, cobarde! -le intimó de nuevo el militar, lleno de cólera.
– Los católicos no somos cobardes -replica el sacerdote con serenidad-. Y las pruebas ustedes mismos las tienen. Si éstos, al aprehendernos, no han hecho fuego, es que no tenían máuseres; facilite usted armas y tendrá una prueba de la heroicidad de los libertadores. Los cobardes son ustedes. Pueden matarnos en seguida, estamos dispuestos a morir. ¡Viva Cristo Rey!

Temblando entonces de rabia el capitán callista sacó su pistola y disparó sobre el sacerdote, quien cayó moribundo sobre el camión mismo en que le condujeron y del cual aún no había descendido.

Al caer desplomado y sentirse moribundo, ya bañado con su sangre, murmuró todavía su glorioso y triunfador ¡Viva Cristo Rey!

Los demás fueron inmediatamente fusilados y los seis -el sacerdote Sedano y los cinco cristeros- suspendidos, unos de los postes del telégrafo, otros de las ramas de unos eucaliptos que allí existen. Para hacer el cuadro más espantoso, fueron colgados, en unión de ellos, cinco cadáveres de callistas que habían sido traídos ese día, como resultado de un combate, y éstos fueron despojados de su uniforme, para hacer aparecer a los diez como si fuesen cristeros. Así completaron los sicarios un cuadro espantoso, que hacía crispar los nervios.

Muerto ya el Padre Sedano, la soldadesca le despojó de sus zapatos y de todo cuanto pudo; después, con una soga al cuello, le arrastraron hasta el pie de uno de aquellos árboles y trataron de suspenderle; pero la rama crujió y se vino al suelo. Por segunda vez le quisieron colgar, con igual resultado. Entonces, pasando la soga por la parte superior del tronco, en el nacimiento de las primeras ramas, y dando el cadáver contra el grueso eucalipto, fue elevado un poco del suelo. Los impíos prorrumpieron en gritos, rechiflas y blasfemias y el cuerpo del mártir, cubierto de sangre y tierra, quedó a la expectación pública. En sus rodillas se fijó un papel con un letrero que decía: Este es el cura Sedano.

19 años. Con su alegría juvenil, cualquier descanso lo amenizaban poniéndose a cantar, acompañados de sus armónicas que gran parte de ellos llevaba consigo; inquietos, valientes, casi temerarios. Como lugarteniente de Marcos estaba Martín Zamora, que asumía el mando del grupo siempre que su capitán estaba ausente.

El día 9 de septiembre Marcos Torres tuvo necesidad de alejarse de sus muchachos, llevándose únicamente a 5 o 6 de ellos para escoltar al Padre Capellán que, procedente de Colima, se dirigía a los campamentos del Volcán.

El día 10, Martín Zamora, con unos doce de sus soldados, salió en gira, por el rumbo de la hacienda de la Capacha. Su capitán Marcos Torres, con los 5 o 6 que llevaba, aún no regresaba. En el campamento quedaron solamente el cabo Juan Hernández, que estaba muy enfermo de una pierna, y dos soldados más, para que lo acompañaran. Así transcurrió el día 11; pero el día 12, cerca del medio día, cuando llegaban de los campamentos del Volcán algunos de los soldados cristeros del grupo, entre los cuales venía el cabo Lucio Borjas, principió a oírse, ahí a inmediaciones, un nutrido tiroteo: era que el grupo de Martín Zamora había sido atacado por sorpresa en su regreso y no habían tenido más que huír en desbandada, haciendo muy débil resistencia, pues las condiciones eran muy desventajosas para ellos, ya que los enemigos venían en buena caballada y ellos iban a pie y en un terreno casi plano y al descubierto, pues hay pocos árboles en ese lugar.

Rápido, cuanto más pudo, el cabo Lucio Borjas se afortinó con cuatro soldados tras las piedras de una cerca sencilla que estaba en aquel paraje, con el fin de salir a la defensa de los que venían huyendo y defender la retirada del cabo Juan Hernández que casi no podía caminar por su pierna enferma; pero la defensa fue vencida y también ellos tuvieron que huír a una barranquilla vecina, para salvar su vida.

Entre tanto, Martín Zamora caía herido sin que lo advirtieran los compañeros. En un zacatal espeso, cubierto por la maleza, murió él solo, sin que pudieran sus compañeros darle algún auxilio.

El capitán Marcos Torres, al regresar, se encontró con esa pena. El recogió el cadáver del compañero muerto y le dio sepultura.

Después de la muerte de Martín Zamora quedó como segundo del jefe Torres, el joven Pedro Radillo, muchacho ejemplarísimo en su vida de rectitud, en su compañerismo fraterno y en su valentía. Es aquel mismo de que ya se habló cuando el fusilamiento de Rafael Borjas; el que logró escapar cuando era llevado a la ejecución.

CRUELES VEJACIONES A SALVADOR VIZCAINO

Llegó el mes de octubre, pródigo también en flores purpúreas. El día 4 la escena se desarrolló en el pueblo de San Jerónimo, Col.

Tres libertadores, entre ellos el coronel Miguel Anguiano Márquez y Salvador Vizcaíno, llegaron en la noche para proveerse en una tienda de la orilla, de algunas cosas necesarias. Habían comprado ya lo que deseaban cuando fueron sorprendidos por los agraristas del lugar, quienes empezaron a hacer fuego contra ellos. Batiéndose en retirada, los libertadores, a su vez, quemaron algunos cartuchos para detener el avance enemigo y poder escapar. Habían logrado salir del caserío y subían por un callejón lleno de fango en donde iban cayendo y levantando, cuando una bala, sin advertirlo los compañeros debido a la obscuridad, hirió a Salvador haciéndolo caer en el lodo.

Era Vizcaíno originario de aquel mismo lugar, joven, virtuoso y de no poca cultura; miembro de los más activos de la A.C.J.M.

Durante dos años, había sido alumno del Seminario; pero la necesidad de trabajar y algunas otras circunstancias, le habían hecho abandonar su carrera antes de que se desatase la persecución. Al regresar a su pueblo, cuando el conflicto religioso en Colima, fue uno de los apóstoles más fervorosos y, en la defensa armada, no sólo fue de los primeros que correspondieron a la actitud del general Dionisio Eduardo Ochoa, el iniciador, sino uno de sus mejores amigos y colaboradores, compañero en los trances más difíciles y cuya opinión consultaba en los problemas intrincados. Debía tener unos 22 años.

Cuando terminó el tiroteo que hemos referido, sus compañeros le esperaban, allá en un lienzo de piedra, fuera del pueblo, creyéndole sano y salvo; mas él, por el contrario, moribundo, caía en manos de los enemigos. Llenos de satisfacción y entre risotadas burlescas y dolorosos sarcasmos, le ataron una soga como si hubiese sido perro y lo arrastraron por las calles, a la vez que la campana de la torre, muda hacía tiempo, tocaba agonía para mayor mofa. Al oír los gritos de los agraristas y el toque inusitado del campanario, las gentes salían de sus casas y contemplaban aquella crueldad.

Unas pocas de corazón perverso, unieron su alegría a la de los perseguidores; pero las más, heladas de espanto y angustia, con los ojos llenos de lágrimas e inmóviles por el dolor, fueron testigos de aquellas espeluznantes escenas. Salvador expiraba; su alma volaba al cielo y su cuerpo hecho pedazos seguía siendo el ludibrio de los enemigos.

Angel_viñeta

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