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SANGRE ESCOGIDA

29 de marzo de 2014
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PADRE DON MIGUEL DE LA MORA

EL PADRE DON MIGUEL DE LA MORA

Se ha hablado ya del primer sacerdote colimense mártir de Jesucristo Rey, el anciano don Martín Díaz Covarrubias.

Habían pasado apenas un mes y días de este acontecimiento, cuando otro sacerdote, el Pbro. don Miguel de la Mora, bañó con su sangre la tierra de la ciudad de Colima.

Se le aprehendió en su propia casa, uno de los días de la primera semana de agosto, sin ningún otro motivo, ni real, ni aparente siquiera, que el de ser sacerdote católico y no acatar la Ley Calles; por lo cual se le formó proceso como a enemigo del Gobierno y de sus leyes.

Sin embargo, bajo fianza, se le permitió regresar a su casa; pero con la obligación de presentarse todos los días a la Jefatura Militar, en tanto que seguía el curso del ilegal proceso. Este tendría que dar por resultado, o la formal prisión, o el que se inscribiese el Padre en los libros municipales y, de acuerdo con las leyes de Calles, reanudara el culto en la misma Catedral de Colima, según ya muchas veces se lo habían declarado los perseguidores; porque el anhelo más grande de éstos era romper la unidad de resistencia y ver a la Iglesia de Dios sujeta al Estado.

Al principio, creyó el Padre don Miguel que no sería difícil su libertad; mas el cerco cada vez se iba estrechando y vio que no le quedaba más que, o claudicar y reanudar el culto en la Catedral, apareciendo ante el pueblo fiel como cismático, y siendo en realidad un claudicante, o un largo y cruel martirio: su conciencia sacerdotal rechazaba con indignación y al momento lo primero; pero su corazón humano se estremecía ante el cuadro segundo. Concibió entonces un camino intermedio: la fuga, aunque se hiciese efectiva la fianza carcelera y, sin perder tiempo, salió de la ciudad en la madrugada del domingo 7 del mes de agosto.

El proyecto era llegar hasta la ranchería de El Tigre, lugar situado al lado oriente de la sierra del mismo nombre, en donde tenía amigos y familiares y disfrutaría de paz y libertad fuera del control de los hombres de Calles. Le acompañaba otro sacerdote, quien en años anteriores había sido párroco de Purificación, Jal., el Padre don Crispiniano Sandoval, ya de edad y de aspecto apacible.

Después de más de una hora de camino, cuando ya había amanecido, llegaron ambos sacerdotes a la ranchería de Cardona, en donde había muchos agraristas enemigos, pero los Padres fugitivos, por el hecho de ir disfrazados, creyeron no ser reconocidos como sacerdotes, y se detuvieron, por unos momentos, para tomar algún alimento y poder proseguir su marcha. Tomaban una taza de café, cuando algunos de los enemigos empezaron a sospechar de ellos, dado su porte digno y no vulgar, y al punto los aprehendieron y, custodiados, los hicieron regresar y los entregaron en manos de los militares.

Envuelto en un humilde cobertor, él Padre don Crispiniano Sandoval caminaba a pie detrás de los soldados que conducían al sacerdote don Miguel de la Mora, perfectamente identificado ya. Una y muchas veces se le quiso obligar a apresurar la marcha; pero dada su edad, esto no le era posible, y le fueron dejando los soldados que marchase cada vez más atrás. Por otra parte, no estaba identificado y no tenían en su contra saña especial.

Así llegaron a la ciudad y atravesaron la calzada de la Piedra Lisa y, en una de tantas callecitas a lo largo de las cuales caminaban, viéndose el Padre Sandoval en circunstancias propicias para salvarse, dobló simplemente en una esquina y se escondió. Los perseguidores nunca supieron ni siquiera quién había sido aquel pnsionero.

En cambio, el Padre de la Mora fue llevado a la Jefatura Militar.

Había un militar callista -el general Flores- en cuyo corazón ardía un grande odio hacia los católicos, y al ver que su víctima, el Padre de la Mora, había tratado de escapar, se exacerbó su saña sobremanera y ordenó, sin más trámites, que el reo fuese inmediatamente fusilado.

Le condujeron a un corral sucio y pestilente de la misma Jefatura, en cruzamiento de la Avenida Revolución con calle Hidalgo, donde hoy se encuentra la Escuela Federal Tipo República Argentina, y allí, sobre el estiércol de los caballos, se le puso de pie para la ejecución.

Con mansedumbre y resignación inmensa, desabotonó el mártir su cuello, sacó su crucifijo, lo besó y, declarando explícitamente a sus verdugos que les perdonaba con toda el alma, les bendijo con él.

Luego, la descarga le derribó al suelo y, entre aquella inmundicia, bañado con su sangre, quedó el cuerpo del mártir, sin que fuese permitido que se le diera sepultura honrosa y cristiana. Los mismos perseguidores se encargaron de hacerle llevar al cementerio municipal, sin ningún acompañamiento, en donde le arrojaron a una fosa ordinaria.

Cinco o seis días más tarde, el mismo general callista Flores, con un grupo de soldados, en las altas horas de la noche, creyendo que el Padre de la Mora llevaba en sus bolsillos alguna cantidad respetable de dinero, fue al cementerio a exhumar su cadáver. El cadáver fue exhumado y registrado. Luego, de un golpe, fue”arrojado de nuevo a la fosa y cubierto de tierra. A los choferes que llevaron a los militares al cementerio, se les dijo que si esto llegaba a saberse, se les mataría.

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Tres semanas más tarde fue de nuevo santificada la ciudad de Colima con la muerte de otro mártir, el joven Tomás de la Mora, de la A. C. J. M.

Como ya se dijo anteriormente, el 18 del mes de agosto, en un combate, cerca de la hacienda de Chiapa, fueron encontradas por los enemigos, unas cartas que Tomás había escrito hacía unos días, dirigidas al jefe cristero Dionisio Eduardo Ochoa. Y, aunque Tomás se firmaba con su seudónimo Juan Moreno, principiaron luego las investigaciones detectivescas que culminaron con la aprehensión de Tomasito, al caer la tarde del sábado 27.

Era Tomás un joven de corazón muy limpio, de piedad muy ardiente y de entusiasmo muy grande por la causa de Cristo. Tenía 17 años y pertenecía a una muy cristiana familia de Colima. Estudiaba en el Seminario Conciliar de la Diócesis, en donde era modelo de piedad y dedicación. Tal vez, viendo en conjunto sus méritos, era el mejor de los colegiales.

Como se habló ya en el Libro primero, cuando se suspendió el culto en el Estado de Colima, él fue uno de los que más se empeñaron por la causa de su Religión. Entonces, la Autoridad Eclesiástica, con el fin de procurar el bien de la niñez, echó mano de los seglares para el estudio catequístico en la ciudad, de tal suerte que en cada manzana se fundase un pequeño centro para el estudio de la Religión. Todo esto se hacía en medio de muchos trabajos y peligros. Tomás, celoso y ferviente, trabajó cuanto pudo. en esta empresa; siempre andaba de aquí para allá procurando la buena atención y el progreso de aquellos grupos.

EL JOVEN EUCARISTICO

Todos los días recibía la Santa Comunión. Aun suspendido el culto, él tuvo la dicha de comulgar casi diariamente y aun de ayudar la Santa Misa, lo cual era en verdad gracia muy singular, pues en la ciudad, sobre todo, se extremó la vigilancia a tal grado, que era muy difícil que los fieles pudiesen frecuentar los Sacramentos. Sólo después, cuando la Santa Sede, con tan extraordinaria benevolencia concedió la gracia de poder comulgar a cualquier hora del día y aun sin guardar el ayuno natural, fue menos difícil y peligroso el recibir la Sagrada Comunión.

Tomás, aunque de los más jóvenes, era siempre el consejero de sus compañeros y amigos, y aun de sus hermanos mayores. Deseaba ser santo y una de sus más doradas ilusiones era el morir mártir.

Cierta ocasión, escribía a Lupe su hermana, residente en esos días en la ciudad de México, una bella carta que respira pureza y santidad, como todos sus escritos. He aquí algunos trozos:

Colima, 31 de mayo de 1926.

Querida hermana:

Te escribo de carrera, porque acabo de cenar y porque tengo que ir a un negocio …

A pesar de ser tan tibios y tan poco virtuosos … según pienso, esta persecución va a ser que México brille por la heroicidad de sus Mártires.

Tú que estás junto al Santísimo Sacramento (se refiere Tomás a que en la capital de la República aún no se clausuraba el culto público, como ya en ese tiempo acontecía en Colima), pídele que nos dé valor a todos los católicos para no flaquear. Ya no hemos de pedir que cese la persecución, sino que en cada católico haya un héroe, como en tiempo de Nerón.

No dejes de luchar por adelantar en la virtud; pues si no adelantas, con toda seguridad, retrocedes.

Ya se acabó el papel.

Tu hermano.

Tomás de la Mora.

En otra carta posterior decía:

¡Cuántos recuerdos lúgubres de nuestro finado abuelito (don Ignacio de la Mora, muerto hacía poco) entristecieron los días que permanecimos en este ranchito (el rancho de Las Trancas, no lejos de Ixtlahuacán, Col.), tan alegre cuando estaba cuidado por su anciano dueño! Con razón los santos desprecian lo terreno; pues las alegrías de hoy serán mañana recuerdos que dirán: Pronto morirás; es preciso, pues, que busques bien en la eternidad …

Pide a Dios que sea un mártir.

Tomás de la Mora.

Y este pensamiento del martirio lo llenaba de entusiasmo: una ocasión, conversando con el Padre Ochoa, decía saltando de alegría y con el rostro iluminado por el contento:

– Los mártires son Santos, ¿verdad?
– Sí -se le respondió.
– Y si a nosotros nos matan por Jesucristo, ¿seremos mártires?
– El que da la vida por la causa de Jesucristo, es mártir -contesta el sacerdote.
– ¡Oh! -dice entonces y sus ojos brillaban por el regocijo-, ¡cuando por la causa de Cristo Rey nos ahorquen, entonces seremos mártires, entonces seremos santos!

El día 15 de agosto, día de la Asunción de la Santísima Virgen, asistió por última vez a la Santa Misa y recibió la Sagrada Comunión. Fue la Misa que celebró el Padre Capellán de las Fuerzas Cristeras Colimenses cuando, acompañando a su hermano el general Ochoa, estuvo en Colima en calle Venustiano Carranza No. 82.

EL ARRESTO

Dos semanas más tarde, el sábado 27 de agosto, habiendo descubierto los perseguidores que él tenía algunas relaciones con los cristeros, fue aprehendido en su propia casá, mientras estaba jugando con sus hermanitos menores.

En verdad, Tomás, así como todo buen católico durante aquellos días, no podía menos que aprobar y alabar la conducta heroica de los que por la Causa de Cristo formaban el Ejército Cristero. El, de buena gana hubiese tomado las armas, como muchos de sus amigos y compañeros; pero no pudiendo hacer esto por muchas circunstancias, entre otras por su salud bastante delicada, les ayudaba desde la ciudad en lo que a él era dable, les alentaba con frecuentes cartas encendidas en fe y entusiasmo, les felicitaba en sus triunfos, los consolaba en sus penas que él conocía perfectamente y no dejaba pasar ocasión propicia, sin que les mandase una palabra siquiera que inflamase su valor.

Desde el principio del Movimiento Cristero, no habiendo sido posible que José Ray Navarro quedase en la ciudad como él y Dionisio Eduardo Ochoa lo proyectaban, Tomás de la Mora fue autorizado para representar en Colima, como jefe civil, al jefe militar Ochoa, en todo lo que fuese menester, principalmente en lo relativo a suministrar noticias y proveer a los soldados libertadores de lo que para ellos era dable conseguir, sea con dinero, ropa o municiones.

Con toda entereza cristiana, al ver invadida su casa por los soldados callistas, dijo:

– Si a mí me buscan ustedes, aquí estoy; yo solo soy el responsable de todo; no quieran perjudicar a mi papá.

Sin embargo, según se dice, a pesar de aquella virilidad heroica, fue oprimido algunos momentos por la humana debilidad, y con angustia dijo a su madre:

– ¡Mamá, me van a matar! … -y su rostro, ya habitualmente pálido, se cubrió de mayor palidez.

Su madre lo tomó entonces de la mano y le acompañó en medio de la turba de soldados que le conducían de aquí para allá, registrando todo, en su afán de descubrir lo que hubiese de comprometedor. Cuando estuvo cerca de su cama, tomó el joven la medalla de su querida Congregación Mariana, de la cual era, no sólo piadoso miembro, sino durante aquel año, el Prefecto mismo; la besó y, con grande afecto, la colgó a su pecho.

Pasados estos primeros momentos de zozobra, recobró su valor heroico y ya no dio muestra alguna de temor.

De su casa fue conducido al ex Seminario, convertido a la sazón en cuartel, donde, lleno de santa alegría porque se cumplían sus deseos de ser mártir de Cristo, prorrumpía con frecuencia en exclamaciones de agradecimiento y alabanza a Dios.

– Esta es la casa -decía- donde juré ser fiel a Jesucristo; aquí le prometimos a Cristo morir primero que verle desterrado de México.

Este cuartel -antiguo edificio del Seminario Diocesano- estaba en el lugar que hoy ocupa la escuela Gregorio Torres Quintero, en cruzamiento de calles Guerrero y 27 de Septiembre.

EL INTERROGATORIO

En presencia del general Flores que lo juzgaba, se portó tan admirablemente como aquellos célebres mártires de los primeros tiempos del Cristianismo.

Flores fue en Colima duro e impío. A los católicos los trató generalmente no sólo con rigidez militar, sino con inhumanidad.

– Eres un mocoso -le dice el militar-, tú no eres capaz de nada; tienes que decirnos quién es el que te aconseja.
– No diga usted -responde Tomás de la Mora- que soy un mocoso, porque yo sé muy bien lo que hago: nadie me aconseja.
– Mira -se le replica-, si nos dices lo que sabes acerca de quiénes son los comprometidos con los cristeros, te perdonamos la vida, te damos en libertad.
– Será en vano -contesta Tomás con santa indignación-, porque si hoy se me deja libre, mañana continuaré trabajando y luchando por Cristo, en unión de mis compañeros: el luchar por la libertad religiosa es un deber de todo verdadero católico.
– Bueno -dice el general Flores-, tus expresiones indican que tú sabes perfectamente quiénes son los que ayudan a los cristeros. Además, las cartas descubiertas indican que tú tienes la clave de todo. ¿No es así?

Tomás quedó en silencio.

– Habla -dice colérico el militar-. ¿O no sabes nada? ¿Lo niegas? Mira, mira tus cartas, aquí están.
– Sí, sé todo; pero no me arrancarán una palabra; no diré nada. Mejor acepto la muerte.
– Eres un mocoso, no sabes lo que es la muerte -dice ya irritado el general-. Contesta pronto lo que te preguntamos. ¿Quiénes son los que ayudan a los cristeros?
– Ya dije que no diré. Si usted dice que no sé lo que es la muerte, porque no me he muerto ni una vez, usted tampoco lo sabe, porque no se ha muerto nunca.
– No pierdas tiempo, muchacho.
– No lo pierda usted, general -contesta el santo joven-. Ya he dicho a usted que yo no diré nada; estoy dispuesto a sufrir la muerte antes que ser traidor a la causa de los que luchan por Cristo. Con gusto muero; amo mi religión y ofrezco por ella mi vida. Usted no conoce lo que es la religión, y por eso la persigue; pero yo sí la conozco y la amo. Si usted la conociera, también la amaría.
– Piensa bien lo que dices.
– Ya lo he pensado todo.

Muy larga y acalorada fue la disputa. Se trató de intimidarle; después se le ofreció la libertad y, no bastando esto, se le hicieron halagadoras ofertas; mas todo rechazó el joven mártir con santa y viril indignación.

– Pues bien -terminó el general Flores-, ya que todo rechazas, te haré ahorcar esta misma noche.
– Muy bien -contesta Tomás de la Mora-, solamente concédame una hora para prepararme a la muerte …

PREPARACIÓN PARA MORIR

Y aquella hora, de rodillas, en el ángulo de una estancia -al entrar, por Guerrero, el primer salón a la derecha- con la piedad de un ángel, pálido el semblante, la pasó orando … Sólo Dios sabe lo que oró el héroe y los sentimientos de aquel corazón. Mas la lucha no cesaba. Varias veces, cuando él estaba de rodillas, se acercó alguno de los oficiales a hacerle más proposiciones en nombre del general; pero él al momento las rechazaba diciendo:

– Es en vano: yo no diré nada, ni dejaré de trabajar por la causa de Cristo.

Y como Flores insistiese con fingida dulzura, él, sin dar oídos a aquello, sólo contestaba apaciblemente:

– Tenga la bondad de dejarme; no me quite usted el tiempo. ¿No ve que me queda muy poco de vida? Hágame el favor de retirarse y dejarme en paz. Me estoy preparando a la muerte.

HACIA EL MARTIRIO

Era ya cerca de la media noche, cuando lo sacaron del cuartel. Los soldados que lo conducían iban silenciosos, no hablaban ni una palabra, tenían sueño y fastidio. Tomás, empero, iba contento, el alma despierta: era la hora de su triunfo; era su gran día tan esperado, tan anhelado, tan suplicado a Dios.

– ¿Por qué van ustedes tan callados? -dice a los soldados-. Hablen algo. ¡Ni yo que voy a morir!

Y como ellos continuasen en silencio, les inició algunas conversaciones.

– Aquí es la casa donde yo nací, donde pronuncié por vez primera el Santo Nombre de Dios -les decía cuando pasaban por la casa en donde transcurrió su infancia (la esquina NE. de cruzamiento de calle Zaragoza e Ignacio Sandoval).

Por fin llegaron a la calzada Galván, o de la Piedra Lisa, como es más comúnmente llamarla por el pueblo. Allí, al pie de uno de los árboles, hizo alto la escolta. Este árbol estaba al cerrarse la calle Zaragoza por el lado oriente de la calzada.

Un soldado arrojó la soga a Tomás y le dijo con frialdad:

– Póngasela.

Tomás responde casi sonriendo y con su acostumbrada jovialidad de colegio:

– Yo no sé cómo se pone: es la primera vez que me ahorcan. Dígame cómo.

El verdugo, con tosquedad, se la echó al cuello.

Los ojos de Tomás se elevaron con fe y amor hacia el cielo, invocó el nombre del Señor, y el grito de ¡Viva Cristo Rey! y ¡Viva Santa María de Guadalupe!, saliendo de su pecho con toda la fuerza y devoción de su alma, vibró en medio del silencio majestuoso de la media noche.

Algunos instantes después recogió el Señor aquella alma santa que había dado testimonio de su Realeza.

El cuerpo del joven de la Mora, suspendido de una rama del árbol, osciló en medio de las sombras de la noche.

Era un día sábado. Así le encontró la aurora del domingo; allí le rodearían los ángeles, bendiciendo al Señor; así lo encontraron los buenos cristianos que no se hartaban de contemplarle con veneración y amor. De allí lo recogieron sus padres, cuando les fue cedido su cadáver. En su casa, como suele pasar con los santos, una verdadera romería de fieles desfiló ante su lecho para venerarle como a verdadero mártir de Cristo.

acjm

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