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EL REGRESO DEL GENERAL DIONISIO EDUARDO OCHOA

17 de marzo de 2014

EL REFUGIO

En la madrugada del lunes 25 de junio, el general Ochoa, en compañía de Jerónimo Zamora, llegó a la ranchería de Buena Vista. Después de arreglar algunos asuntos relacionados con la compra de elementos de guerra, ya que se encontraba a inmediaciones de la ciudad de Colima, pasó a la región del Volcán, tan grata para él. Ya ahí, por las faldas orientales, no había ningún campamento de soldados cristeros Carentes de municiones y bajo un muy nutrido temporal de lluvias, se habían remontado -como se dijo- a las altas cimas de las montañas -el Volcán y Cerro Grande-, para ponerse un poco a salvo de los ataques del enemigo que no había amainado en su intención de borrarlos y aniquilarlos por completo. De aquí que, al volver el jefe Ochoa, tuvo que subir hasta la Ladera Grande del Volcán, en donde se encontraban el tío Carmen y la tía Nacha, los mismos esposos que, en los días venturosos de Caucentla, habían acogido, en sus ranchitos humildes y bajo una enramada construida especialmente para ello, a él, el jefe del Movimiento y a sus compañeros que habían ido de Colima a organizarlo, y aun se habían echado a cuestas, con magnanimidad paternal, el problema de su alimentación y cuidado.

Ladera Grande es la última y más alta de las estribaciones de la serranía del Volcán, por el lado oriental. Tras de ella, casi ya al pie del cono, en el cañón de un arroyo, a más de 3,000 metros de altura, se instalaron don Carmen y doña Nacha, con grandeza cristiana difícilmente superable, bajo una ramadita endeble, para que pudiesen tener allí algún refugio, en los días de mayores angustias, los soldados cristeros, y los heridos y enfermos encontrasen repecho y asilo. Dionisio Eduardo Ochoa bautizó aquel lugar de la montaña con el nombre de campamento de El Refugio. Además de la ramadita de don Carmen y doña Nacha, había tres chocitas de zacate, tan estrechas y bajas, que en dos de ellas no cabía uno de pie, ni siquiera bajo el caballete.

EN BUSCA DEL JEFE

insurrectos__their_women_mexico_locEntretanto, sin saberse en Zapotitlán, Jal., el regreso del general Ochoa y agravándose cada vez más la situación, humanamente desesperante, de los soldados libertadores y sus familias, situación provocada, no sólo por los sufrimientos físicos sino, ante todo, por la carencia de su jefe, el general Ochoa, de acuerdo con su Padre Capellán, se decidieron los jefes cristeros Andrés Navarro y Norberto Cárdenas a ir ep su busca, si necesario era hasta Coalcomán, Mich., para exponerle, no ya lo que se estaba sufriendo en cuanto a frío, hambre, carencia de elementos de guerra, etc., sino, sobre todo, por la relajación de la disciplina, propiamente por la falta de él, el jefe. Antonio C. Vargas -el segundo de Dionisio Eduardo Ochoa- no tenía, no obstante su arrojo, su valentía, el don de hacerse seguir y obedecer, con el cariño y buena voluntad con que todos seguían al general Ochoa y, además, él se encontraba en los campamentos del jefe J. Jesús Peregrina, en Cerro Grande. Y aunque el Padre Capellán no cesaba de alentarlos, procurando sostenerlos en la dura prueba, el Padre, aunque hermano de Dionisio Eduardo Ochoa, era solamente el Padre, el Padre Capellán y no el jefe. Y ahí era necesario, imprescindible, que de nuevo estuviese el jefe para que ordenase lo conducente y reuniese a los dispersos.

De esta suerte, en la madrugada del 5 de julio, dispuestos a ir, en nombre de Dips, hasta donde fuere necesario, salieron de Zapotitlán, Jal., tomando el camino de las faldas occidentales del Nevado, atravesando barrancos y selvas casi vírgenes, para evitar algún encuentro con el enemigo, el Padre Capellán don Enrique de Jesús Ochoa y los jefes cristeros Norberto Cárdenas y Andrés Navarro con sus respectivos soldados. Iban, además, José Verduzco, Marcos Torres, Herón Montaño, Juan Hernández, Emilio Avalos, Juan Zamora y otros estudiantes que, dispersos en distintos lugares, se habían concentrado en Zapotitlán, Jal., para la fiesta del Seminario, celebrada el 27 de junio, y un chico de las Vanguardias de la A.C.J.M. de Comala, Nicolás Araiza.

Mojados por la lluvia que había caído, cansados y con hambre atravesaron, ya como a las 9 de la noche, por la cuchilla de El Borbollón. Allí había, en donde más tarde fue el célebre cuartel cristero de El Borbollón, bajo unos encinos, dos ranchitos con una tiendecita de montaña, alumbrada con un mecherito de petróleo. Allí compraron algo de cafe y unas cajetillas de cigarros. Una hora más tarde, llegaron a la Mesa de la Yerbabuena, en donde se pasó la noche.

A la mañana siguiente se continuó el camino y, por la empinada cuesta de El Cordobán, principió a escalarse la serranía del Volcán. Cuando llegaban a la cima de esa cuesta, un soldado cristero que bajaba por la misma vereda, dio la noticia al Padre Capellán y soldados libertadores que subían, de que allí en el Volcán, en el campamento de El Refugio estaba, desde hacía tres días, el Jefe don Nicho; que estaba llagado y herido de las piernas por golpes que se había dado en un combate y que caminaba con dificultad; que esperaba aliviarse un poco para seguir hasta Zapotitlán, Jal.

La alegría de los cristeros fue grande. Dos o tres horas más tarde se llegaba al campamento de El Refugio, en Ladera Grande.

NO OBSTANTE TODO, ¡ARRIBA!

Y Dionisio Eduardo Ochoa, con arrestos de hombre de grande fe, tomó de nuevo las riendas de los grupos cristeros de los Volcanes.

La situaci6n era, en verdad angustiosa: a la falta de parque, al frío y a la lluvia se unía el hambre: el que faltasen las tortillas y la sal era cosa casi ordinaria; en gran número de ocasiones no había otra cosa, como alimento del día, que unos tragos de caldo, hecho con algún pedazo de carne vieja, maloliente y aun con gusanos, sin sal ni nada que le diese buen sabor. Hubo ocasiones en que un mismo hueso, ya descarnado, seco y hediondo, se estuvo hirviendo durante varios días. ¡El agua que con aquel hueso se cocía era el caldo con que se alimentaban los abnegados luchadores! Multitud de veces sólo guayabas silvestres hubo para comer y hubo ocasiones en que no se tuvo ni siquiera agua, y esto en medio de las fatigas de una dura caminata por las montañas, o de un rudo combate.

La ropa de muchos se había convertido en miserables andrajos y todos -aun los jefes, aun el venerado Capellán- vivían completamente sucios. El blanco de las prendas de vestir se había hecho bermejo y, no por desidia, sino por falta de jabón y oportunidad para lavarla: sólo de cuando en cuando bajaban en grupos a los arroyos, para bañarse ellos y lavar su ropa, en verdad con gran zozobra, por la multitud de enemigos que no cesaban de acecharlos y perseguirlos.

Como resultado de tanta miseria, los inmundos parásitos, los piojos blancos, pululaban en el cuerpo de todos.

Durante este tiempo, el general Amaro, el sanguinario Secretario de Guerra, estuvo en Colima y, con él, su flotilla de aeroplanos provistos de ametralladoras y bombas explosivas. Y, para hacer todavía más terrible la prueba, el hipócrita y mil veces detestable perseguidor, al mismo tiempo que perseguía con furia infernal, halagaba, adulaba e invitaba a nuestros héroes a que depusieran las armas.

A pesar de tanto sufrimiento, cuando en verdad era explicable una honrosa capitulación, los viriles, los bravos libertadores de Colima, arrojaron a la faz del Secretario de Guerra este hermoso manifiesto que hace brillar aún más el temple de alma de aquellos héroes. Su redacción fue obra del propio jefe de las fuerzas cristeras de Colima, Dionisio Eduardo Ochoa.

PROCLAMA CRISTERA

A LA NACIÓN

Seis meses hace que, invocando el Santo nombre de Dios, nos lanzamos a la lucha por la más noble de las causas. Seis meses de privaciones y fatigas; pero de honor y gloria para el Movimiento Nacional Libertador.

La tenaz persecución de los múltiples y corrompidos generales callistas que han pretendido exterminarnos, nada ha podido contra nuestras fuerzas. Los ‘terribles bombardeos deben sembrar el terror entre los soldados gobiernistas que venden sus conciencias y sus vidas por un mendrugo de pan; no entre los patriotas soldados nuestros que luchan por firme convicción y con fe sincera. Las difamaciones y calumnias, las falsas noticias propaladas por el gobierno, son el medio que resta a los que no ampara ni la razón ni la fuerza. El que el propio Secretario de Guerra y Marina, general Joaquín Amaro, haya dirigido personalmente la campaña en nuestra región; el que hayan usado en contra nuestra cuantos elementos de guerra posee el llamado gobierno, nos honra y enaltece; pero el que se nos haya mandado ofrecer repetidas veces el indulto con halagadoras ofertas, nos llena de justa indignación, por lo que protestamos con toda el alma. Pretenden igualamos a los militares sin conciencia y sin honor que sostienen el nefando régimen del general Calles.

Los trabajos y fatigas del soldado, el dolor de los heridos y la muerte de algún hermano, sólo han podido acrecentar el amor de nuestros heroicos soldados hacia nuestra santa causa, por la que han dejado su familia y todos sus intereses materiales; han visto tranquilos arder sus humildes chozas, destruir el pequeño patrimonio de sus hijos, violar sus hogares, sintiendo hondamente todas las penalidades, pero sin dejar escapar de sus labios un lamento; antes bien gozando de la íntima felicidad que proporciona el cumplimiento del deber, del que todo lo deja por un bien superior: la libertad de la Patria. No somos serviles como ellos; tenemos el orgullo de ser hombres de honor; mexicanos conscientes de nuestros deberes y amantes de la Patria; católicos de convicción que no toleramos se nos ultraje en lo más sagrado. No nos mueve un ciego fanatismo, un entusiasmo loco, mezquinos intereses o una sucia política; hemos. visto el deber de oponernos a la ruina nacional. Hemos examinado detenidamente el plan y el programa del Movimiento Nacional Libertador, al publicarse la primera proclama del señor René Capistrán Garza, y lo acogimos con toda el alma.

No estamos solos, la Nación entera se agita por librarse de sus tiranos, quienes no muy tarde caerán para siempre ante la razón y la fuerza de todo un pueblo que reclama su libertad. Nuestros heroicos soldados han jurado con nosotros luchar hasta vencer o morir, y sabremos, con la ayuda de Dios, cumplir nuestro juramento, ofreciendo gustosos, si es necesario, nuestra propia sangre para lavar las manchas nacionales. No nos arredra el dolor ni la muerte; no nos aterra el fragor del combate, y mucho menos nos seducen, con sus vanas ofertas. ¡Estamos de pie! Lucharemos sin descanso hasta obtener el triunfo; preferimos mil veces la muerte que la vergüenza de abandonar el campo del honor y del deber haciéndonos cómplices de la ruina de la Patria.

En las faldas del Volcán de Colima, a 5 de julio de 1927.
En nombre propio y de todos los oficiales y soldados del Ejército N. L. perteneciente a la división del Estado de Colima, y S. O. de Jalisco.

RAFAEL G. SÁNCHEZ
DIONISIO EDUARDO OCHOA
ANTONIO C. VARGAS
MIGUEL ANGUIANO MÁRQUEZ
ANDRÉS SALAZAR
NORBERTO CÁRDENAS
RAMÓN CRUZ
MARCELINO RAMÍREZ
PLUTARCO RAMÍREZ
HERMENEGlLDO MALDONADO
MANUEL C. MICHEL
J. A. RODRÍGUEZ
J. JESÚS PEREGRINA
ANDRÉS NAVARRO
MELESIO PADILLA
JUSTO DÍAZ
CANDELARIO B. CISNEROS
MARCOS TORRES
LEOCADIO LLERENAS.

Esta proclama circuló con profusión, impresa en mimeógrafo, no sólo en la ciudad de Colima, sino en todos los poblados y campamentos cristeros de la región.

REUNIENDO A LOS DISPERSOS

Esos días de permanencia en el campamento de El Refugio los empleó el jefe, general Ochoa, en el problema de reorganización. Citó a todos los que en esas regiones orientales del Volcán se encontraban, a una junta que tendría verificativo en el antiguo cuartel de Caucentla, en la tarde del domingo 10 de ese mes de julio.

No obstante la inclemencia del tiempo, porque ese domingo estuvo lloviendo casi sin cesar, y la carencia de ropa con que defenderse y de techo alguno, hubo, conforme a la cita, una grande concentración.

Habló el general Dionisio Eduardo Ochoa, en aquella concentración, a la intemperie y bajo la lluvia, con su característico fuego. Les encareció, sobre todo, grande fe, valor y conducta digna. Les habló de la proclama por él redactada y que ya habían principiado a firmar los primeros jefes cristeros, y les despidió.

En el rostro de todos estaban pintados el hambre y los sufrimientos; pero, como efecto de aquella junta, se’ dibujaba en sus ojos la alegría y la esperanza. Los vestidos sucios, rotos. Muchos hombres no llevaban sino andrajos que mal cubrían sus cuerpos, pero de nuevO prometían, con fe, continuar la lucha hasta vencer o morir. Entre éstos, iba la Chiva -Nacho Velasco-, el único que restaba de aquellos 5 choferes del sitio Independencia de Colima, que se habían dado de alta en el Movimiento Crjstero. Cajetas había muerto en el combate de allí, de Caucentla, el 27 de abril, y los otros habían defeccionado. Iba con la cabeza amarrada con un pañuelo y con semblante de enfermo.

– Chiva, ¿tú eres? -le dice el Padre Capellán.
– Sí, Padre, yo soy.
– ¿Qué tienes? ¿Estás enfermo?
– Tengo fiebre desde hace varios días.
– ¿Fiebre?
– Sí, Padre; tiénteme.

El Padre cogió una de las manos de Nacho y luego tocó su frente.

En realidad, tenía fiebre y alta. Y allí se estaba a la intemperie, bajo la lluvia y sufriendo el frío.

– Pobre Chiva. Te vas a aliviar, ya lo’verás -dice el Padre.

Y le dio unos comprimidos, 5 o 6, no más -que llevaba en su garniel- de Fitinato de quinina Ciba, que entonces se usaban mucho.

Aquello, de por sí, no hubiera sido suficiente para cortar una fiebre palúdica, pero Dios obraba muchos prodigios en favor de sus cristeros.

Al día siguiente, Nacho Velasco amanecía ya sin calentura.

Se concentraron también y recibieron órdenes, los jefes Andrés Salazar, Andrés Navarro y Norberto Cárdenas y principió a planearse la marcha sobre Zapotitlán, Jal., con miras a reorganizar aquellos grupos diseminados y tan duramente azotados por el sufrimiento.

También durante esos días que se estuvo en el campamento de El Refugio y propiamente el día 6, fue constituído Marcos Torres jefe cristero, y se le señaló, como campo ordinario de operaciones, la región de Chiapa, Col. Marcharon con él Juan Hernández, Herón Montaño, Enrique Velasco, Nicolás Araiza, que propiamente era un niño y otros dos o tres más.

Fue en esos días tomado prisionero Saturnino Ponce, el hombre que se había vendido a los enemigos cuando el combate de Caucentla y, sirviéndoles de guía, los había llevado por una toma de agua hasta la loma de El Gachupín, a espaldas del cuartel de Caucentla, con lo cual los cristeros no tuvieron más que plegarse y abandonar sus trincheras. Se le sujetó a juicio de guerra y fue fusilado, allí mismo, en el campamento de El Refugio, el 15 de julio.

Entre tanto, con alborozo, se recibió en Zapotitlán, Jal., la noticia del retorno del general Dionisio Eduardo Ochoa. Principiaron desde luego a concentrarse los dispersos para recibir a su jefe. Melesio Padilla, el jefe local, fue el que asumió el cargo de organizar el recibimiento en aquella plaza en donde, por aquellos días, estaba instalado el Cuartel General de las fuerzas cristeras colimenses.

La recepción que no sólo sus soldados, sino todos los habitantes de aquel pueblo dispensaron al jefe cristero fue en extremo cordial; las familias que habitaban en los barrancos se reconcentraron, se echaron a vuelo las campanas, se lanzaron al aire cohetes, y en medio de los aplausos de la multitud que llenaba las calles de la población, fue recibido Dionisio Eduardo Ochoa por sus queridos cristeros.

No eran, en verdad, alentadoras las condiciones en que llegaba. Los golpes recibidos en la caída, según ya referimos, y el haber tenido que transitar tierras encenegadas por la abundancia de lluvias que caracterizó aquel temporal, fueron ocasión de que se enfermase de las piernas y los pies, que se le cubrieron de dolorosas llagas, muy repugnantes de aspecto.

PENOSA ODISEA DEL GENERAL OCHOA

El designio del jefe, al volver a su cuartel general, era permanecer allí durante algún tiempo, con el fin de curarse y reorganizar sus fuerzas; pero al siguiente día de su llegada, contra lo que se proyectaba y esperaba, se avistó al enemigo, el cual nuevamente avanzaba en gruesas columnas sobre Zapotitlán, Jal.

Los cristeros, al mando del general Ochoa, prepararon la defensa en el lado norte -por el camino de Copala-, por donde los enemigos se acercaban; mas al tercer día de campaña, sin esperarlo los cruzados, haciendo los callistas, al mando del general Manuel Avila Camacho, un rápido movimiento hacia el poniente, atacaron de improviso por Santa Elena, el lugar menos defendido, y Zapotitlán, el heroico pueblo, cayó nuevamente en poder de las fuerzas del callismo. Familias y cristeros se retiraron a la montaña.

Después de este grave contratiempo, y en vista de que sus males se extremaban, pues además de sus llagas que lo atormentaban, había contraído una alta fiebre, intentó Ochoa refugiarse en algún lugar seguro, y allí ponerse en cura. A ese efecto, dejó sus fuerzas al mando de Antonio C. Vargas, quien la víspera había llegado de Cerro Grande y, en unión del sacerdote su hermano y dos o tres compañeros más, se albergó en la hoquedad de una peña, en un frondoso y alto desfiladero de la montaña. Mas el continuar allí no fue tolerable a su espíritu ardiente; ver a sus soldados perseguidos con terrible saña por los callistas, mientras él estaba a salvo, no lo consideró honroso y así, al siguiente día de haber intentado recluirse, menospreciando sus llagas y la alta fiebre que le quemaba, de nuevo se unió con sus soldados. Era entonces el 24 de julio.

Apenas acababa de llegar a Telcruz, el lugar donde sus cristeros se encontraban -era poco después de las 7 de la mañana-, y mientras intentaba, con gran trabajo, bajarse del caballo, he aquí que el grito de el enemigo puso alerta a todos. Y ellos se encontraban del todo desprevenidos. Imposible organizar en aquellas condiciones alguna resistencia; el enemigo estaba ya allí, sobre ellos y ya no hubo tiempo de ganar las trincheras. Fue menester huír.

EN TELCRUZ

Aquel ataque, por parte del enemigo, fue de los más terribles en toda la campaña, y de nuevo se vio clarísima la mano de Dios que defendía a sus hijos: todos reconocieron allí una maravilla, humanamente no explicable, ya que los cristeros eran pocos, estaban agotados y sólo tenían unos cuantos cartuchos. Muchos de ellos, en aquel inesperado ataque, no tuvieron tiempo de coger su caballo, más aún, que las bestias estaban por ahí pastando y sin ensillar. De esta suerte la huída tuvieron que hacerla a pie. Los perseguidores, en cambio, iban perfectamente armados y municionados, y montaban magníficos caballos.

De aquí que, en un momento, alcanzaran éstos a los cristeros, que huían, unos a pie y otros sobre sus cabalgaduras en confuso tropel, y la persecución se desencadenó con verdadero furor, por más de dos horas. Una granizada de balas caía sobre los libertadores, que huían no sólo entre los pinares y quebraduras de la sierra, sino a veces por extensos barbechos en donde perfectamente presentaban blanco para la puntería de los callistas.

En un recodo de la sierra, al terminar de bajar los cristeros en tropel tumultuoso por una escarpada pendiente en donde había algunos robles y pinos, tenía que continuarse por un muy largo y extenso barbecho que había que atravesar, de largo a largo, descubiertos del todo, bajo las balas enemigas, pues los soldados callistas que venían tras ellos, formaron arriba, sobre las piedras de la cima, su línea de tiradores. Y el fuego se redobló en unos momentos.

Las balas silbaban en desencadenada granizada, casi rozando a los cristeros que huían. Nadie de aquéllos creyó, durante el largo rato en que se atravesaba aquella tierra desnuda, labrantía, que fuese posible en lo humano salir con vida. Y, sin embargo, aunque por segundos esperábamos todos la muerte, salimos ilesos todos. En cambio, tras unos árboles que sirvieron de fortín, al bajar aquella cuesta, el capitán cristero Ramón Cruz y dos o tres valientes de los cristeros suyos, organizaron una débil resistencia, haciendo nueve muertos al enemigo. Y las balas que dispararon, porque propiamente no llevaban cartuchos, no pasaron de tres o cuatro cada uno: doce o quince, en total.

Al final de aquellas horas de terrible huída se desencadenó una formidable tempestad, que contuvo, los ímpetus de los servidores del tirano.

Cosa en verdad admirable, los libertadores no tuvieron ni siquiera un herido. El que esto escribe fue testigo ocular del hecho y da testimonio de ello: la protección extraordinaria, podemos decir milagrosa, del Señor, fue patente.

Completamente empapados, tiritando de frío, poco a poco, se fueron concentrando los cristeros dispersos en la loma de El Pinabete, al otro lado de aquel barbecho, casi al pie de Cerro Chino, en la sierra del Nevado.

Algunos iban golpeados, porque, en aquella vertiginosa huída, se habían despeñado en los barrancos, entre los riscos de la serranía; pero, propiamente de gravedad, no hubo ninguno. Entre los que se vieron en gran peligro de ser muertos o capturados por el enemigo, estuvieron Rafael G. Sánchez, José Verduzco Bejarano, Emilio Avalos y Juan Zamora.

Y en esta derrota y huída, en los planes divinos, como para que nadie se creciese, estuvieron casi todos los principales jefes cristeros del Volcán: el general Ochoa, su coronel jefe de Estado Mayor Antonio C. Vargas, Rafael G. Sánchez, Melesio Padilla, Andrés Salazar, Aurelio Rolón, Andrés Navarro, Marcelino Ramírez, Ramón Cruz, José Verduzco Bejarano, etc. Y para completar el cuadro, el propio Padre Capellán don Enrique de Jesús Ochoa.

¡BARBAROS!

El jefe del cuerpo enemigo era el general Avila Camacho, a cuyo mando venía gran multitud de callistas de lengua infernal. La saña de esos soldados -muchachos en su gran mayoría- era del todo diabólica. Muchas familias que estaban refugiadas en los barrancos, cayeron en las garras de la soldadesca impía, que descargó contra ellos su furor degenerado y bestial. En una cueva, de las que habitaban las familias perseguidas, fueron encontradas varias personas, Y -¡hecho horripilante que casi no puede ser narrado!- las mujeres, ante la presencia de sus esposos y de sus hijos, fueron violadas; los hombres amarrados y después asesinados, y a los niños que llenos de espanto lloraban y se abrazaban de sus padres, se les mató estrellándolos contra las peñas de la pequeña gruta.

Estos niños fueron: José de Jesús Alcántar, de 8 años de edad; Margarita Alcántar, dé 10, y José Inés Alcántar, de 12 años. Y estos pequeños, no obstante el pánico y sus lloros, murieron gritando su ¡Viva Cristo Rey! como una alabanza al Cristo inmortal por quien se inmolaban sus vidas y como una protesta contra la tiranía salvaje e impía.

Tres días después -el 27 por la tarde-, atravesando por las faldas del Nevado y del Volcán de Fuego, llegaron los cruzados a la región de Caucentla, subiendo a su campamento de El Refugio.

Y siguieron los días de tristezas inauditas, de suma pobreza, frío, hambre … ¡Sólo Dios sabe cuánto se sufrió en esos días!

MARCOS TORRES

El día 2 -una semana más tarde- llegó Marcos Torres con su grupo nuevo de soldados, a presentarse ante su jefe, el general Ochoa. Causó muy buena impresión aquel conjunto cristero, que integraban, casi exc!usivamente, muchachos de 16 a 18 años y algunos de menor edad, como Nicolás Araiza. En esos días no pasaban de quince o veinte aquellos novatos soldados cruzados, pero su poco número lo suplían con su valentía y esfuerzo.

El sub-jefe era Martín Zamora, joven acejotaemero, al igual que Marcos Torres.

Adornaban a este joven guerrillero, Marcos Torres, muy grandes y bellas cualidades: su vida moral era rectísima y su fervor y piedad ejemplares. A su apacibilidad y modestia innatas en él, supo amalgamar un desmedido valor que rayaba en temeridad.

Casi no conoció cuartel fijo, en ningún valle ni montaña; pues aunque buena parte del tiempo tuvo la región de Chiapa -ya en las cercanías de la ciudad de Colima-, como centro de operaciones, sin embargo, casi a diario cambiaba de lugar, urdiendo siempre algo nuevo en contra de los callistas, ya incursionando por el norte, ya por el sur de la ciudad, a dos o tres kilómetros de distancia. Multitud de ocasiones pasaba la noche, en unión de los benjamines cristeros -sus soldados-, aun dentro de la misma ciudad de Colima, en alguna de sus huertas. Las más frecuentadas por él, en donde solía acuartelar, fueron; La Albarrada y Albarradita, en la orilla sur de la ciudad, y San Miguel y Huerta de Alvarez por el norte. De aquí que Marcos Torres fue el jefe cristero que logró, no sólo habituar más a sus muchachos al peligro y al arrojo, sino que tuvo más contacto con los innumerables amigos y simpatizadores de la capital del Estado y más facilidad para proveerse tanto de ropa como de elementos de combate. Más aún, él, acompañado de su asistente -otro muchacho valiente-, casi no hubo semana en que, por una, dos o tres veces, no entrase al centro de la ciudad, ya para visitar a sus amigos que le ayudaban, ya para personalmente inspeccionar y tomar los datos que con relación al enemigo necesitaba conocer. Aun llegó a darse el lujo de llegar al portal Hidalgo del Jardín de la Libertad y sentarse allí a tomar una nieve.

Esta valentía de Marcos Torres con que principió a destacarse desde luego, fue precioso estímulo para los demás grupos cristeros que en esos días se mantenían únicamente a la defensiva y fue el preludio de nuevos mejores días.

EL PADRE DON MARTINITO

En este mismo tiempo fue cuando la Diócesis de Colima ofreció al cielo el primero de sus sacerdotes mártires. Era éste un anciano de setenta y dos años, llamado Martín Díaz Covarrubias. En atención a su vejez, a que casi ya no podía trabajar, y a sus largos años de ministerio, estaba de supernumerario en el pueblo de Villa de Purificación, Jal. Todos cuantos le conocieron le miraban con cariño, llamándole, por estimación, el Padre don Martinito.

Una mañana de junio -el domingo 26-, ignorando él que hubiese llegado gente de Calles, salió muy temprano, según costumbre, a ‘celebrar la Santa Misa en una casa particular. En el camino, los soldados perseguidores le gritaron el ¡Alto! y el ¿Quién Vive?, a los cuales contestó él: ¡Cristo Rey!, mientras se acercaba a ellos con el candor de un niño, para platicarles.

Después de algunos momentos, viendo tal vez los callistas la sencillez del anciano, le dejaron ir; mas a los primeros pasos se le volvió a gritar: ¿Quién vive? ¡Alto! Y como él de nuevo contestase: ¡Viva Cristo Rey!~ lo cogieron y, con amenazas, le intimaban a que gritase ¡Viva Cristo Calles!

El, con resolución, se negó rotundamente a tal blasfemia:

– Yo no gritaré así -replicaba-; soy sacerdote, soy de Cristo; por eso yo no grito sino ¡Viva Cristo Rey!

Y como les diese la espalda para seguir su camino, un infame disparó sobre él su rifle diciendo:

– ¡Tome su Cristo Rey!

El anciano sacerdote cayó al momento, herido por una bala que le atravesó el vientre. El se quejaba lastimosamente.

Así herido, lo arrastraron los soldados callistas y lo ocultaron tras unas bardas, pues tenían temor los asesinos de que se hiciese público el crimen.

Unas piadosas mujeres, al darse cuenta del sacrílego salvajismo, desafiando las iras de los verdugos y en medio de las amenazas e insultos reiterados de ellos, recogieron cuidadosamente al mártir que se quejaba, y lo llevaron a su casa.

Pocas horas después, besando y abrazando una imagen de la Sagrada Familia, expiró dulcemente el Padre Martinito.

Era este sacerdote, don Martín Díaz Covarrubias, el más anciano de los sacerdotes de la Diócesis de Colima. y fue, así mismo, el primero de ellos que, como oblación preciosa, ofreció Colima al Señor en pro del triunfo de la Sagrada Realeza de Cristo.

Angel_viñeta

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