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WALTER KASPER NO TIENE LA FE CATÓLICA. PRIMERA PARTE

28 de febrero de 2014

kasperEn de abril de 1989,  el Sumo Pontífice Juan Pablo II nombró obispo de Rottenburg-Stuttgart a Walter Kasper, antiguo profesor de teología dogmática de la Universidad de Tübingen.

Hoy día, Francisco, en un éxtasis y aplaudiendo sin reservas ante los cardenales de todo el mundo, reunidos en el Vaticano, a causa de la presentación introductoria de dos horas realizada por el cardenal Walter Kasper el día anterior, que propone readmitir a la Eucaristía a algunos divorciados vueltos a casar que cumplan requisitos muy específicos.

Con buen humor, el Papa reveló al centenar y medio de cardenales que «ayer por la noche volví a leer -¡pero no para dormirme!- el trabajo del cardenal Kasper, y querría darle las gracias porque encontré teología profunda y pensamiento sereno. Es agradable leer teología serena».

Para sonrojo del cardenal alemán, prestigioso profesor en Tubinga y Münster antes de venir a Roma a encargarse de Ecumenismo durante una década, el Papa dijo que su ponencia «me ha hecho bien, y me ha traído a la cabeza una idea… Perdóneme si le sonrojo, pero la idea es esta: esto se llama hacer teología de rodillas. Gracias, gracias». Aquí

Hemos retomado la obra más conocida de Kasper: Jesús, el Cristo, traducida a varios idiomas. No nos engañemos:

Walter Kasper no tiene la Fe Católica.

NADA DE MILAGROS

Walter Kasper afirma que los milagros vuelven “la acción de Cristo tan extraordinaria y tan difícilmente comprensible, al menos para el hombre moderno”  (pág. 128). Por consiguiente, reconociendo que “no es posible hacer abstracción de la tradición de los milagros en los Evangelios” (pág. 128), emplea todos sus esfuerzos a “redimensionar” esta tradición por reducciones sucesivas de los milagros narrados por los Evangelistas.

Primera reducción

“La crítica literaria constata la tendencia (de los Evangelistas) a reforzar los milagros, a aumentarlos, a multiplicarlos” (pág. 128). Tomando en cuenta esta observación, Kasper emite el primer suspiro de alivio: “la materia de los relatos de los milagros se reduce sensiblemente”. (pág. 129).

Segunda reducción

“Los relatos de los milagros del Nuevo Testamento están construídos por analogía y en ayuda de motivos que conocemos también por el resto de la antigüedad” (pág 129).

Tercera reducción

“Según la historia de las formas, muchas historias de milagros son proyecciones retrospectivas de experiencias pascuales en la vida terrestre de Jesús o representaciones anticipadas del Cristo glorificado. Por ejemplo, el milagro de la tempestad calmada, la escena de la Transfiguración, caminar sobre las aguas, la distribución de 4,000 a 5,000 panes y la pesca milagrosa de Pedro son tales historias epifánicas. Con mayor razón, las historias de la resurrección de la hija de Jairo, del joven de Naím, de Lázaro, no tienen otro fin que mostrar en Jesús al dueño de la vida y de la muerte. Así los milagros referidos a la naturaleza son muy especialmente un acrecentamiento secundario en relación a la tradición original” (pág. 129-130).

De reducción en reducción, el “problema” de los milagros de Jesús encuentra su solución: “debemos calificar de legendarias muchas historias de milagros contenidos en los Evangelios. Hay que buscar menos en estas leyendas su contenido histórico que su proyección teológica” (pág. 130) ¡Nada más! Y así, nosotros, que con la Iglesia, tenemos los Evangelios por testimonios históricos y a los Evangelistas por testigos absolutamente dignos de fe, descubrimos, si seguimos a Kasper, que el Cristianismo es la mayor impostura de la historia, acreditada además por el martirio de los mismos impostores.

Kasper sigue explicando que: “se puede comprender igualmente los milagros (relatados por los Evangelistas) como la obra del diablo…; estos no son para nada evidentes por si mismo, y  no son jamás, éstos sólos una prueba de la divinidad de Jesús” (pág 141). Los que -por autoridad del Concilio Vaticano I- sabemos que “miracula divinae revelations signa sunt certissima et omnium intelligentine accomodata”: “los milagros (de Jesús) son signos segurísimos de la Revelación divina y se adaptan a la inteligencia de todos” (Dz. S. 3099), somos notificados que, al contrario, los milagros de Jesús no sólo son históricamente seguros sino tampoco habría que considerarlos como “signos segurísimos” de su divinidad. Y que, además, estos signos pueden ser interpretados de manera diametralmente opuesta. Es lo que decían de Nuestro Señor sus enemigos: “Por arte de Belcebub, príncipe de los demonios, echa Él los demonios” (S. Lucas, 11, 15). Para Kasper, el hecho de haberse encargado Jesús personalmente de refutar esta calumnia (S. Lucas, 11, 17 y ss) no cuenta, como cuentan poco las razones adoptadas por la apologética que excluye totalmente esta hipótesis para los milagros relatados en los Evangelios.

Los milagros no son en todo caso, seguros.

El “concepto apologético de milagro”, afirma imperturbablemente Kasper, se revela bajo análisis “una fórmula vacía” (pág. 132) “Tales milagros no podrían ser constatados verdaderamente sino sólo si conociéramos realmente todas las leyes de la naturaleza y si pudiésemos tener el conocimiento perfecto de cada caso particular” (pág. 132) Lo que significa, dicho de otro modo, que los milagros serían aceptables para nosotros sólo si tuviésemos la inteligencia divina… más entonces no tendríamos ninguna necesidad de milagros apologéticos.

“Las dificultades de este género han conducido a los teólogos a abandonar más o menos la noción de milagros de inspiración apologética” (pág. 131), informa Kasper, quien olvida, como sus “teólogos”, que el valor apologético del milagro no fue inventado por el Concilio Vaticano I. Jesús mismo adoptó los milagros como prueba de su divinidad: “Si no hago las obras de mi Padre no me creáis. Pero si las hago, cuando no queráis darme crédito a Mí, dáselo a mis obras”. (S. Juan, 10, 37-38 y también 5, 36; 14, 11-12; 15, 24). Sinceramente no vemos como el obispo (hoy Cardenal) de Rottenburg-Stuttgart puede sustraerse del anatema de Concilio Vaticano I: “si alguno dijere que no puede darse ningún milagro y que, por ende, todas las narraciones sobre ellos, aún las contenidas en la Sagrada Escritura, hay que relegarlas entre las fábulas o mitos, o que los milagros no pueden nunca ser reconocidos con certeza y que con ellos no se prueba legítimamente el origen divino de la Religión Cristiana, sea excomulgado” (Dz. 1813).

Walter Kasper no cree que Jesús es el Hijo de Dios “en el sentido metafísico” o “ontológico” o bien en el sentido propio. Según él “muchos cristianos mismos dudan hoy a pronunciar esta afirmación (de Jesús, Hijo de Dios). “La objeción la más corriente y al mismo tiempo la más fundamental (sic) contra este reconocimiento es que conlleva un último resto de pensamiento mítico mal iluminado” (pág 244); objeción que , sin embargo, no tiene razón de ser porque “según los Evangelios sinópticos, Jesús no se designa nunca como Hijo de Dios. La denominación de Hijo de Dios proviene pues manifiestamente de la confesión de fe de la Iglesia” (pág. 162). Uno se pregunta que hace Kasper de la confesión de San Pedro en Cesarea de Filipo: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (S:. Mateo, 16,16) solemnemente aprobado por Jesús mismo: “Bienaventurado eres , Simón, hijo de Joná; porque no te lo ha revelado la carne y la sangre, sino mi Padre, que está en los Cielos (S. Mateo, 16, 17).

Con una idéntica desenvoltura Kasper deja de lado a S. Marcos, 14, 61-62: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios bendito? A esto respondió Jesús: Yo soy“. Aquí, según el reciente obispo, se puede sostener solamente “con alguna probabilidad que Jesús fue obligado a pronunciar una confesión mesiánica ante el Sanhedrín” (pág. 156).

Conclusión: “Jesús mismo no se designó explícitamente ni por el título de Mesías ni por el de Hijo de Dios” (pág. 245).

“Esta filiación (en la confesión de los Apóstoles y de los primeros creyentes) no se comprende como una entidad suprahistórica” (pág. 245). “El reconocimiento de Jesús como Dios… indica que Dios se expresó y comunicó Él mismo definitivamente y sin reservas en la historia de Jesús. Es a partir de esta base que se llega en la escuela de Pablo y en los escritos joanicos a confesar explícitamente a Jesucristo como Dios” (pág 253). Lo que, hablando claro, significa que, para Kasper, la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo es un invento de San Pablo y de San Juan. No hay que sorprenderse si, en la página 351, reproduce, sin inmutarse, la siguiente afirmación de Smulders (Catecismo holandés) : “La doctrina de la divinidad y de la humanidad de Jesús es un desarrollo de la convicción original de la fe que este hombre es nuestra salud divina” (Pág. 351) Esta afirmación expresa exactamente el pensamiento de Kasper (cf. págs. 243 y ss).

La resurrección corporal

jesus-el-cristo-9788430104345Walter Kasper no cree en la Resurrección corporal de Jesús: “cuando es cuestión de la Resurrección de Jesús, -escribe- pensamos, casi a pesar nuestro, en un cuadro como el de Matthias Grewald, donde Cristo sale glorificado de la tumba. Pero un primer golpe de vista sobre los datos de la tradición en el interior del Nuevo Testamento basta para mostrar que esta representación no se impone” (pág. 193). El motivo se dice rápidamente: “ningún testigo neotestamentario pretende haber observado personalmente la Resurrección” (pág. 194). Y aunque existiese ese testigo, Kasper no lo creeía: “las afirmaciones de la tradición neotestamentaria sobre la Resurrección de Jesús no son relatos simples, neutrales, sino confesiones y testimonios de creyentes” (pág. 195), los que, por ende para él, posiblemente sean mentirosos.

En cuanto al relato de los Evangelios sobre el descubrimiento del sepulcro vacío, “debemos admitir que no tenemos aquí trazos históricos, sino procedimientos de estilo destinados a despertar la atención y producir un efecto de suspenso” (pág 191). Pero sobre todo no considera histórico la afirmación del hallazgo del sepucro vacío: “Lo que se subraya primero no es que la tumba esté vacía: es la Resurrección que es anunciada y la tumba se muestra luego como signo de esta fe” (pág 191). Podría tratarse pues sólo de una “etiología cultural” (pág. 192), es decir “de un relato destinado a justificar una celebración de culto” (pág. 192), en suma, ser un antiguo rito litúrgico. Y Kasper no duda de explicar: “Sabemos, por otro lado, que el ambiente judío de la época honraba las tumbas de los hombres renombrados. Puede ser, pues, que la comunidad primitiva de Jerusalén haya honrado la tumba de Jesús y que se haya reunido cada año el día aniversario de la Resurrección en la tumba vacía o cerca de ésta, para una celebración cultural, en cuyo transcurso se proclamaba la Buena Nueva de la Resurrección y se mostraba como signo de la tumba vacía” (pág 192).

CONTINUARÁ

 

adornos5

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