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TEXTO SINTÉTICO SOBRE LA CONSAGRACIÓN DE MÉXICO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESUCRISTO Y SU PROCLAMACIÓN DE LA REALEZA DE CRISTO

16 de febrero de 2014

ANTECEDENTES:

cristo-reyLa moción para consagrar la República Mexicana el 6 de enero de 1914 y su consiguiente proclamación de Cristo como Rey de la nación, para conservar la Religión Católica, religión mayoritaria del pueblo mexicano,  a causa de la Revolución anticristiana y masónica,  provocada por sus enemigos nacionales e internacionales de la nación;  tenía su antecedente en la Encíclica “Annum Sacrum” que S. S. León XIII emitió el 25 de mayo de 1899, para consagrar al género humano entero.
Pero la idea para la Consagración específica a la Nación Mexicana partió del señor Arzobispo de Linares, Monterrey; quien se dirigió al Arzobispo de México Dr. José Mora y del Río. Este a su vez, aceptó la idea y escribió a fines del año de 1911, una circular a sus hermanos los señores arzobispos y obispos de todas las diócesis mexicanas pidiendo su parecer respecto a organizar una reunión de todos, para preparar la Consagración de México al Sagrado Corazón de Jesús.
Pero, en vista del amago revolucionario de ese año para subvertir el orden. No pudieron organizarse por los desórdenes de 1912 y principios de 1913. Sin embargo, a partir de marzo de 1913, gracias a un gobierno estable y fuerte bajo la autoridad del General Victoriano Huerta; se dieron las condiciones para que el V. Episcopado Nacional, por medio del Arzobispo José Mora del Río, pidiera a S.S. Pío X su beneplácito por la Consagración de México al Sagrado Corazón de Jesús.
Durante ese año hubo intercambio de correspondencia entre el Arzobispado de México y la Santa Sede, dando por resultado la Carta de San Pío X a los Obispos mexicanos del 12 de noviembre de 1913.  Carta que existe en el Archivo Arzobispal y que este año de 2013 se cumplirá el Centenario de su emisión. Y, que a continuación, transcribiré íntegra en este texto.
Pero, antes, conviene transcribir el primer párrafo de la Segunda Carta pastoral del Ilmo. y Revmo. Sr. Dr. y Mtro. Don Francisco Orozco y Jiménez, quinto arzobispo de Guadalajara con motivo de la solemne Consagración de la República Mexicana al Sacratísimo Corazón de Jesús.
“A moción del Ilmo. Revmo. Sr. Arzobispo de México y por unánime acuerdo del V. Episcopado Nacional, la Santidad del Señor Pío X, ha accedido con gusto a que la República de México se consagre solemnemente y rinda vasallaje al S. Corazón de Jesús en demanda pública de remedio para las necesidades que nos aquejan; -si así es del deífico beneplácito- la tan deseada paz nacional.”
 

CARTA DE SU SANTIDAD PÍO X AL EPISCOPADO MEXICANO

“A NUESTROS VENERABLES HERMANOS LOS ARZOBISPOS Y OBISPOS DE LA REPÚBLICA MEXICANA.”

PIO PAPA X.

VENERABLES HERMANOS, SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA.

 
“Nos habéis propuesto un proyecto tanto más honroso para vosotros, cuanto para Nos indeciblemente grato.”
“Porque meditando vosotros con grande atención lo que Nuestro Predecesor León XIII, de recordación feliz, escribió en su encíclica “Annum Sacrum”, relativo a la consagración de los hombres al Sacratísimo Corazón de Jesucristo, habéis resuelto consagrar, el próximo día seis de enero, al mismo Corazón Divino, Rey Inmortal de los siglos, la República de México, y para dar mayor solemnidad a esta consagración que pensáis hacer  y mostrar a vuestros pueblos toda la importancia trascendental de ella, determináis decorar las imágenes del Corazón de Jesucristo con las insignias de la realeza.”
“Todo esto, Nos lo aprobamos de buen grado. Más como quiera que el Rey de Gloria eterna haya sido ornado con corona de espinas, la cual muy mucho más hermosa aún que el oro y que las piedras preciosas vence en este esplendor a las coronas de estrellas, las insignias de Majestad Regia son a saber: la Corona y el Cetro, habrán de colocarse a los pies de las sagradas imágenes.”
“Desde hace ya mucho tiempo que con grande solicitud hemos considerado a vuestra Nación y a vuestros asuntos, perturbados por graves desórdenes, y bien sabemos que para conservar y sostener la salud, y la paz de los pueblos, es de este punto necesario conducir a los hombres a este puerto seguro de salvación, a este Sagrario de la paz, que Dios por su infinita benignidad se dignó abrir al humano linaje, en el Corazón Augusto de Cristo Su Hijo.”
“De ese Corazón brote para vosotros Venerables Hermanos, y para vuestra Nación entera agitada rudamente por incesantes discordias, la gracia que hacía menester para la salvación eterna y la paz que como fuente inagotable de todos los bienes, con tan indecible ansia anhelan a una voz vuestros conciudadanos.”
“En presagio de ambos bienes y en testimonio de nuestra benevolencia sea esta Nuestra Bendición Apostólica, a la cual, a vosotros, Venerables Hermanos, lo mismo que al clero y al pueblo, encomendados a cada uno de vosotros, de lo íntimo de nuestro Corazón enviamos en el Señor.”
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día doce de Noviembre de mil novecientos trece, año undécimo de Nuestro Pontificado.
PIO PAPA X
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COMENTARIOS DEL ARZOBISPO D. FRANCISCO OROZCO Y JIMÉNEZ A LA CARTA PAPAL.

Ob. Francisco Orozco y Jiménez

“Las letras citadas expresan el grande amor que nos profesa el Santo Padre, interesándose por nuestra suerte e indicándonos los medios eficaces de desagravio  a Dios, ofendido por nuestros pecados.”
“En verdad: ¿qué medio  más oportuno que la proclamación pública del Reinado Social de Jesucristo?  Al coronarlo del modo como Él puede ser coronado, y ofrecerle un cetro, símbolo del dominio que tiene en las sociedades y en los individuos, en los reyes y en los súbditos, en los emporios de la civilización y en las pequeñas aldeas, de todas partes se elevará un himno grandioso de alabanza, de amor y desagravio al Corazón de Dios, atribulado por nuestras iniquidades.”
“A la vista de la situación de nuestra Patria, no cabe duda, según la expresión de un Venerable Prelado, que algo de colectivo falta para desarmar el brazo justiciero de Dios y que ceses las calamidades públicas;  y ese algo bien puede ser la nueva Consagración al Corazón de Jesús.”
“En ese acto estará interesada la Fe que heredamos de nuestros mayores, no menos que la piedad y la beneficencia, por las obras de culto y caridad que aunemos a la protestación de la vigorosa Fe, porque del amor de Dios es complemento el amor al prójimo, al ser el precepto del segundo semejante al del primero, como asevera el Salvador.”
A profesar la Fe y a practicar la caridad, con ocasión de nuestros cultos al Sacratísimo Corazón de Jesús, nos moverá la altísima significación de los misterios que la Santa Iglesia propone en la fecha providencialmente fijada para la solemne Consagración: la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo. En ese día se presenta Nuestro Salvador al universo mundo como revestido de la autoridad real de Monarca Supremo y recibiendo las más puntuales adoraciones;  la gentilidad representada en tres grandes personajes, viene a los pies de Jesucristo; acuden las ciencias y las artes, y las magnificencias humanas a rendir a Cristo un amplio vasallaje.”
“Además: en la Epifanía se celebra el Bautismo de Jesús, con toda la humildad y la Fe de aquel memorable hecho en que el Divino Nazareno estableció el sacramento de regeneración, por el cual, al recibirlo, nos hacemos hijos de Dios y herederos del Reino de los Cielos”.
“Finalmente, se conmemora en la Epifanía la realización de aquellas célebres bodas, santificadas con la presencia de Jesús y de María, y en que el matrimonio vino a ser una de las fuentes de la Gracia, y el origen santificado de la sociedad doméstica”.
“Ahora bien; tan completo y máximo testimonio de obsequio y de piedad (la Consagración que se hace) conviene de un modo especial a Jesucristo por ser Príncipe y Sumo Señor de todas las cosas…. Y la universalidad del género humano está bajo la potestad de Jesucristo; puesto que quien es unigénito del Padre y consustancial a Él, esplendor de Su Gloria y figura de Su substancia, es necesario que tenga comunes todas las cosas con el Padre y consiguientemente el sumo imperio de todas ellas. Cristo ejerce el sumo poder, no solo con derecho nativo, sino también con derecho adquirido. Él nos libró del poder de las tinieblas y también se entregó a redención a sí mismo por todos. Todo cuanto dio lo dio por adquirirlo todo.”
“Esta potestad Cristo la ejerce sobre los hombres todos por medio de la Verdad, de la Justicia, y principalmente de la Caridad.”
“Para el fundamento de tal potestad y dominio, benignamente permite que nosotros añadamos una devoción voluntaria. Ciertamente Jesucristo, Dios y Redentor a la vez, es rico en la posesión perfecta y cumplida de todas las cosas; mientras que nosotros somos tan pobres e indigentes, que nada poseemos que sea bastante para remunerarlo.”
“Pero no obstante, llevado de su bondad y caridad suma, Jesucristo no rechaza que le ofrezcamos lo que es suyo, y que se lo demos y consagremos como si se tratara de cosa nuestra; y no solamente no la rechaza, sino que la pide repetidamente:Hijo mío, dame tu corazón. Así, pues, podemos todos ciertamente podemos gratificarle con el mejor ánimo y buena voluntad;  puesto que consagrándonos al Mismo, no solamente reconocemos y acatamos su poderío de un modo grato y manifiesto, sino que a la par atestiguamos con ello que, si en realidad de verdad fuese nuestro lo que ofrecemos, lo daríamos con la misma excelente voluntad, y le pedimos a la vez que no se ofenda al admitir de nosotros lo que es completamente suyo.”
“Y puesto que en el Sagrado Corazón se encierra el símbolo y la expresión de la infinita caridad de Cristo, que nos incita a amarnos mutuamente, es justo consagrarse a Su Corazón Augusto, lo que no es otra cosa más que, entregarse y obligarse con Jesucristo, ya que todo honor, obsequio o devoción piadosa que se ofrece al Corazón Divino, se ofrece propia y verdaderamente al mismo Cristo.”
“Consagrémonos, por tanto, social y privadamente, al Sagrado Corazón de Jesús”
“Conságresele el Sacerdocio, participante de la potestad del mismo Dios, al administrar los sagrados misterios, y propagar en las sociedades y en las concienciasel Reinado de Cristo. En la renovación del sacrificio incruento, en el rezo del Oficio Divino, en la adoración del Sacramento de Amor; al predicar, al exhortar y dirigir oportuna e importunamente, arguyendo, suplicando con toda paciencia y doctrina, el Sacerdote vivirá con la vida de Cristo, y del Corazón Divino le vendrá la abundancia de gracia que necesita para el ejercicio de las altísimas funciones que desempeña.”
“Conságrese al Sagrado Corazón de Jesús la sociedad civil en sus diversos elementos, ahora que gobernantes y gobernados niegan, por apostasía pública, al Cristo, proclaman _a imitación del pueblo deicida_  que no quieren que Aquel reine sobre ellos.”
“Ocurra la sociedad en masa a los espléndidos cultos que rodearán esta solemne Consagración; ya acercándose al banquete eucarístico, ya visitando al Prisionero de los tabernáculos o manifiesto a la adoración pública; y que esa Consagración pase, por abundantes corrientes de gracia, del templo al hogar, y que en éste haya júbilo santo y mayor expansión de piedad, y de alegría; el Sacratísimo Corazón será el Dueño de la casa y el Él hallarán refrigerio todos los miembros de la familia, grandes y pequeños. Los gozos y las lágrimas convergerán, por decirlo así, al Corazón de Jesús, fervorosa y constantemente”.
“Las almas entregadas a Dios, ya por promesa solemnes o por  aceptadas y ordenadas prácticas de piedad y de beneficencia, en innumerables confraternidades, de todas las condiciones, edades y sexos, conságrense al Divino Corazón de un modo espontáneo y singular. En la soledad del templo, en las fatigas cotidianas del hogar, en el ejercicio de las obras de misericordia, en la enseñanza de la Doctrina Cristiana y tantas otras obras, habrá ocasión de ofrecerse al Sagrado Corazónpara alabarlo y desagraviarlo.”
“Las escuelas católicas, los Hospitales, los Asilos, los Orfanatorios, las Casas Religiosas, conságrense también al Corazón de Cristo. La prensa católica cumpla su noble misión de prestar al Corazón Deífico sus homenajes llevando a todas partes la buena semilla de la lectura sana, y a la vez, siempre amena y oportuna.”
“Hágase que la porción escogida y grata al Corazón Divino _la niñez inocente_ beba allí, en aquel manantial, las aguas purísimas de la Gracia; y renovando las promesas del Bautismo o asistiendo a prácticas exclusivas de misión, y sobre todo, comulgando, forme una gloriosa Corte del Rey de los Cielos y tierra.”
“Que el Corazón de Jesús extienda su dominio a los hogares atribulados por las enfermedades, o por la ausencia o por la muerte de sus seres queridos, y que conforte con su presencia real los corazones agobiados por el dolor. Que las miradas divinas lleven la regeneración a los encarcelados; y los inválidos y los pobres alégrense al sentir los carismas del Corazón de Dios.”
“¡Consagrémonos todos al Corazón de Jesús!  Propaguemos y defendamos Su Realeza, de la cual dimana toda autoridad, para cese la lucha fratricida, y viviendo todos como hermanos, luzcan días serenos para México; y así, ligados con vínculos de caridad, seamos dignos participantes, un día, con Cristo, de la gloria de la Iglesia Triunfante”.
“Para darle forma al hermoso pensamiento de que Nos hemos venido ocupando, los Párrocos y Rectores encargados de los templos de esta Arquidiócesis, preparan, acomodándose a las circunstancias de lugar y personas,  los cultos que deban celebrarse el repetido día seis de enero próximo, a fin de que la Coronación y Consagración de que se trata, revista la mayor solemnidad posible.”
“Pero con el objeto de que, en lo general, haya la uniformidad que es de desearse, disponemos:
“I.- Que en toda la Arquidiócesis haya un Triduo en honor del Sacratísimo Corazón de Jesús, que deberá comenzar el día cuatro del repetido enero, con exposición del Sacratísimo Sacramento, todo el día, en donde fuere posible, o por lo menos en la Misa y en el ejercicio vespertino; para cuya exposición concedemos nuestra licencia.”
“II.- El día seis, designado para la Consagración, se hará ésta, después de una Misa solemne, colocando la Corona y el Cetro a los pies de la imagen del Sagrado Corazón. En la Misa se predicará al pueblo la trascendencia del acto de la Consagración de nuestra Patria toda al Divino Corazón; cuyaConsagración se hará usando la fórmula que anualmente se emplea en el mes de junio para el mismo objeto, y deberá tener lugar enseguida de la Coronación.”
“III.- Se procurará que hay el mayor número de comuniones de desagravio”
“IV.- Se dispondrá que haya algunas manifestaciones exteriores de regocijo, para que sea como una expresión pública de nuestro amor y veneración al Sacratísimo Corazón
“V.- Oportunamente se hará conocer a los fieles, de esta capital, el programa de las festividades que tendrán lugar en la Santa Iglesia Catedral, y los demás que se acordarán para celebrar el fastuoso acontecimiento”
“Esta Carta Pastoral será leída inter Missarum Solemnia el primer día festivo después de su recibo.”
“Recibid, venerables Hermanos y amados Hijos, la Bendición Pastoral que os enviamos en el nombre + del Padre, + del Hijo y + del Espíritu Santo.”
“Dada en Nuestro Palacio Arzobispal de Guadalajara, el día 18 de diciembre, fiesta de la Expectación del Parto de la Santísima Virgen María, de 1913.”
+Francisco, Arzobispo de Guadalajara.

Para que sirva como antecedente de la Consagración de México al Sagrado Corazón de Jesús; he creído conveniente transcribir la Carta Encíclica que S.S. León XIII, Papa reinante de la Iglesia Católica en 1899. Transcripción íntegra de la Carta Encíclica “Annum Sacrum” de S.S.  León XIII.

CARTA ENCÍCLICA”ANNUM SACRUM”

DE NUESTRO PADRE LEON XIII, PAPA SEGÚN LA DIVINA PROVIDENCIA; A LOS PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS, OBISPOS Y OTROS ORDINARIOS, EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA.

De la Consagración del Género Humano
al Sagrado Corazón de Jesús
 
Hace poco, como sabéis, ordenamos por cartas apostólicas que próximamente celebraríamos un jubileo (annum sacrum), siguiendo la costumbre establecida por los antiguos, en esta ciudad santa. Hoy, en la espera, y con la intención de aumentar la piedad en que estará envuelta esta celebración religiosa, nos hemos proyectado y aconsejamos una manifestación fastuosa. Con la condición que todos los fieles Nos obedezcan de corazón y con una buena voluntad unánime y generosa, esperamos que este acto, y no sin razón, produzca resultados preciosos y durables, primero para la religión cristiana y también para el género humano todo entero.
Muchas veces Nos hemos esforzado en mantener y poner más a la luz del día esta forma excelente de piedad que consiste en honrar al Sacratísimo Corazón de Jesús. Seguimos en esto el ejemplo de Nuestros predecesores Inocencio XII, Benedicto XIV, Clemente XIII, Pío VI, Pío VII y Pío IX. Esta era la finalidad especial de Nuestro decreto publicado el 28 de junio del año 1889 y por el que elevamos a rito de primera clase la fiesta del Sagrado Corazón.
Pero ahora soñamos en una forma de veneración más imponente aún, que pueda ser en cierta manera la plenitud y la perfección de todos los homenajes que se acostumbran a rendir al Corazón Sacratísimo. Confiamos que esta manifestación de piedad sea muy agradable a Jesucristo Redentor.
Además, no es la primera vez que el proyecto que anunciamos, sea puesto sobre el tapete. En efecto, hace alrededor de 25 años, al acercarse la solemnidad del segundo Centenario del día en que la bienaventurada Margarita María de Alacoque había recibido de Dios la orden de propagar el culto al divino Corazón, hubo muchas cartas apremiantes, que procedían no solamente de particulares, sino también de obispos, que fueron enviadas en gran número, de todas partes y dirigidas a Pío IX. Ellas pretendían obtener que el soberano Pontífice quisiera consagrar al Sagrado Corazón de Jesús, todo el género humano. Se prefirió entonces diferirlo, a fin de ir madurando más seriamente la decisión. A la espera, ciertas ciudades recibieron la autorización de consagrarse por su cuenta, si así lo deseaban y se prescribió una fórmula de consagración. Habiendo sobrevenido ahora otros motivos, pensamos que ha llegado la hora de culminar este proyecto.
Este testimonio general y solemne de respeto y de piedad, se le debe a Jesucristo, ya que es el Príncipe y el Maestro supremo. De verdad, su imperio se extiende no solamente a las naciones que profesan la fe católica o a los hombres que, por haber recibido en su día el bautismo, están unidos de derecho a la Iglesia, aunque se mantengan alejados por sus opiniones erróneas o por un disentimiento que les aparte de su ternura.
El reino de Cristo también abraza a todos los hombres privados de la fe cristiana, de suerte que la universalidad del género humano está realmente sumisa al poder de Jesús. Quien es el Hijo Único de Dios Padre, que tiene la misma substancia que El y que es “el esplendor de su gloria y figura de su substancia” (Hebreos 1:3), necesariamente lo posee todo en común con el Padre; tiene pues poder soberano sobre todas las cosas. Por eso el Hijo de Dios dice de sí mismo por la boca del profeta: “Ya tengo yo consagrado a mi rey en Sión mi monte santo… El me ha dicho: Tu eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra” (Salmo 2: 6-8).
Por estas palabras, Jesucristo declara que ha recibido de Dios el poder, ya sobre la Iglesia, que viene figurada por la montaña de Sión, ya sobre el resto del mundo hasta los límites más alejados. ¿Sobre qué base se apoya este soberano poder? Se desprende claramente de estas palabras: “Tu eres mi Hijo.” Por esta razón Jesucristo es el hijo del Rey del mundo que hereda todo poder; de ahí estas palabras: “Yo te daré las naciones por herencia”. A estas palabras cabe añadir aquellas otras análogas de san Pablo: “A quien constituyó heredero universal.”
Pero hay que recordar sobre todo que Jesucristo confirmó lo relativo a su imperio, no sólo por los apóstoles o los profetas, sino por su propia boca. Al gobernador romano que le preguntaba:” ¿Eres Rey tú?”, Él contestó sin vacilar: “Tú lo has dicho: Yo soy rey!” ( San Juan 18:37) La grandeza de este poder y la inmensidad infinita de este reino, están confirmados plenamente por las palabras de Jesucristo a los Apóstoles: “Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra.” (Mt 28:18). Si todo poder ha sido dado a Cristo, se deduce necesariamente que su imperio debe ser soberano, absoluto, independiente de la voluntad de cualquier otro ser, de suerte que ningún poder no pueda equipararse al suyo. Y puesto que este imperio le ha sido dado en el cielo y sobre la tierra, se requiere que ambos le estén sometidos.
Efectivamente, El ejerció este derecho extraordinario, que le pertenecía, cuando envió a sus apóstoles a propagar su doctrina, a reunir a todos los hombres en una sola Iglesia por el bautismo de salvación, a fin de imponer leyes que nadie pudiera desconocer sin poner en peligro su eterna salvación. Pero esto no es todo. Jesucristo ordena no sólo en virtud de un derecho natural y como Hijo de Dios sino también en virtud de un derecho adquirido. Pues “nos arrancó del poder de las tinieblas” (Colos. 1:13) y también “se entregó a sí mismo para la Redención de todos” (1 Tim 2:6).
No solamente los católicos y aquellos que han recibido regularmente el bautismo cristiano, sino todos los hombres y cada uno de ellos, se han convertido para El “en pueblo adquirido.” (1 P 2:9). También san Agustín tiene razón al decir sobre este punto: “¿Buscáis lo que Jesucristo ha comprado? Ved lo que El dio y sabréis lo que compró: La sangre de Cristo es el precio de la compra. ¿Qué otro objeto podría tener tal valor? ¿Cuál si no es el mundo entero? ¿Cuál sino todas las naciones? ¡Por el universo entero Cristo pagó un precio semejante!” (Tract., XX in Joan.).
Santo Tomás nos expone largamente porque los mismos infieles están sometidos al poder de Jesucristo. Después de haberse preguntado si el poder judiciario de Jesucristo se extendía a todos los hombres y de haber afirmado que la autoridad judiciaria emana de la autoridad real, concluye netamente: “Todo está sumido a Cristo en cuanto a la potencia, aunque no lo está todavía sometido en cuanto al ejercicio mismo de esta potencia” (Santo Tomás, III Pars. q. 30, a.4.). Este poder de Cristo y este imperio sobre los hombres, se ejercen por la verdad, la justicia y sobre todo por la caridad.
Pero en esta doble base de su poder y de su dominación, Jesucristo nos permite, en su benevolencia, añadir, si de nuestra parte estamos conformes, la consagración voluntaria. Dios y Redentor a la vez, posee plenamente y de un modo perfecto, todo lo que existe. Nosotros, por el contrario, somos tan pobres y tan desprovistos de todo, que no tenemos nada que nos pertenezca y que podamos ofrecerle en obsequio. No obstante, por su bondad y caridad soberanas, no rehúsa nada que le ofrezcamos y que le consagremos lo que ya le pertenece, como si fuera posesión nuestra. No sólo no rehúsa esta ofrenda, sino que la desea y la pide: “Hijo mío, dame tu corazón!” Podemos pues serle enteramente agradables con nuestra buena voluntad y el afecto de nuestra s almas. Consagrándonos a El, no solamente reconocemos y aceptamos abiertamente su imperio con alegría, sino que testimoniamos realmente que si lo que le ofrecemos nos perteneciera, se lo ofreceríamos de todo corazón; así pedimos a Dios quiera recibir de nosotros estos mismos objetos que ya le pertenecen de un modo absoluto. Esta es la eficacia del acto del que estamos hablando, y este es el sentido de sus palabras.
Puesto que el Sagrado Corazón es el símbolo y la imagen sensible de la caridad infinita de Jesucristo, caridad que nos impulsa a amarnos los unos a los otros, es natural que nos consagremos a este corazón tan santo. Obrar así, es darse y unirse a Jesucristo, pues los homenajes, señales de sumisión y de piedad que uno ofrece al divino Corazón, son referidos realmente y en propiedad a Cristo en persona.
Nos exhortamos y animamos a todos los fieles a que realicen con fervor este acto de piedad hacia el divino Corazón, al que ya conocen y aman de verdad. Deseamos vivamente que se entreguen a esta manifestación, el mismo día, a fin de que los sentimientos y los votos comunes de tantos millones de fieles sean presentados al mismo tiempo en el templo celestial.
Pero, ¿podemos olvidar esa innumerable cantidad de hombres, sobre los que aún no ha aparecido la luz de la verdad cristiana? Nos representamos y ocupamos el lugar de Aquel que vino a salvar lo que estaba perdido y que vertió su sangre para la salvación del género humano todo entero. Nos soñamos con asiduidad traer a la vida verdadera a todos esos que yacen en las sombras de la muerte; para eso Nos hemos enviado por todas partes a los mensajeros de Cristo, para instruirles. Y ahora, deplorando su triste suerte, Nos los recomendamos con toda nuestra alma y los consagramos, en cuanto depende de Nos, al Corazón Sacratísimo de Jesús.
De esta manera, el acto de piedad que aconsejamos a todos, será útil a todos. Después de haberlo realizado, los que conocen y aman a Cristo Jesús, sentirán crecer su fe y su amor hacia El. Los que conociéndole, son remisos a seguir su ley y sus preceptos, podrán obtener y avivar en su Sagrado Corazón la llama de la caridad. Finalmente, imploramos a todos, con un esfuerzo unánime, la ayuda celestial hacia los infortunados que están sumergidos en las tinieblas de la superstición. Pediremos que Jesucristo, a Quien están sometidos “en cuanto a la potencia”, les someta un día “en cuanto al ejercicio de esta potencia”. Y esto, no solamente “en el siglo futuro, cuando impondrá su voluntad sobre todos los seres recompensando a los unos y castigand o a los otros” (Santo Tomás, id, ibidem.), sino aún en esta vida mortal, dándoles la fe y la santidad. Que puedan honrar a Dios en la práctica de la virtud, tal como conviene, y buscar y obtener la felicidad celeste y eterna.
Una consagración así, aporta también a los Estados la esperanza de una situación mejor, pues este acto de piedad puede establecer y fortalecer los lazos que unen naturalmente los asuntos públicos con Dios. En estos últimos tiempos, sobre todo, se ha erigido una especie de muro entre la Iglesia y la sociedad civil. En la constitución y administración de los Estados no se tiene en cuenta para nada la jurisdicción sagrada y divina, y se pretende obtener que la religión no tenga ningún papel en la vida pública. Esta actitud desemboca en la pretensión de suprimir en el pueblo la ley cristiana; si les fuera posible hasta expulsarían a Dios de la misma tierra.
Siendo los espíritus la presa de un orgullo tan insolente, ¿es que puede sorprender que la mayor parte del género humano se debata en problemas tan profundos y esté atacada por una resaca que no deja a nadie al abrigo del miedo y el peligro? Fatalmente acontece que los fundamentos más sólidos del bien público, se desmoronan cuando se ha dejado de lado, a la religión. Dios, para que sus enemigos experimenten el castigo que habían provocado, les ha dejado a merced de sus malas inclinaciones, de suerte que abandonándose a sus pasiones se entreguen a una licencia excesiva.
De ahí esa abundancia de males que desde hace tiempo se ciernen sobre el mundo y que Nos obligan a pedir el socorro de Aquel que puede evitarlos. ¿Y quién es éste sino Jesucristo, Hijo Único de Dios, “pues ningún otro nombre le ha sido dado a los hombres, bajo el Cielo, por el que seamos salvados” (Act 4:12). Hay que recurrir, pues, al que es “el Camino, la Verdad y la Vida”.
El hombre ha errado: que vuelva a la senda recta de la verdad; las tinieblas han invadido las almas, que esta oscuridad sea disipada por la luz de la verdad; la muerte se ha enseñoreado de nosotros, conquistemos la vida. Entonces nos será permitido sanar tantas heridas, veremos renacer con toda justicia la esperanza en la antigua autoridad, los esplendores de la fe reaparecerán; las espadas caerán, las armas se escaparán de nuestras manos cuando todos los hombres acepten el imperio de Cristo y sometan con alegría, y cuando “toda lengua profese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre” (Fil. 2:11).
En la época en que la Iglesia, aún próxima a sus orígenes, estaba oprimida bajo el yugo de los Césares, un joven emperador percibió en el Cielo una cruz que anunciaba y que preparaba una magnífica y próxima victoria. Hoy, tenemos aquí otro emblema bendito y divino que se ofrece a nuestros ojos: Es el Corazón Sacratísimo de Jesús, sobre él que se levanta la cruz, y que brilla con un magnífico resplandor rodeado de llamas. En él debemos poner todas nuestras esperanzas; tenemos que pedirle y esperar de él la salvación de los hombres.
Finalmente, no queremos pasar en silencio un motivo particular, es verdad, pero legítimo y serio, que nos presiona a llevar a cabo esta manifestación. Y es que Dios, autor de todos los bienes, Nos ha liberado de una enfermedad peligrosa. Nos queremos recordar este beneficio y testimoniar públicamente Nuestra gratitud para aumentar los homenajes rendidos al Sagrado Corazón.
Nos decidimos en consecuencia, que el 9, el 10 y el 11 del mes de junio próximo, en la iglesia de cada localidad y en la iglesia principal de cada ciudad, sean recitadas unas oraciones determinadas. Cada uno de esos días, las Letanías del Sagrado Corazón, aprobadas por nuestra autoridad, serán añadidas a las otras invocaciones. El último día se recitará la fórmula de consagración que Nos os hemos enviado, Venerables Hermanos, al mismo tiempo que estas cartas.
Como prenda de los favores divinos y en testimonio de Nuestra Benevolencia, Nos concedemos muy afectuosamente en el Señor la bendición Apostólica, a vosotros, a vuestro clero y al pueblo que os está confiado.
Dado en Roma, el 25 de mayo de 1899, el 22 de Nuestro Pontificado
León XIII, papa
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La Consagración de una persona, de una familia o de toda una población a Cristo Rey y Su Sacratísimo Corazón es algo muy conveniente en todas las épocas, pero mucho más, la de una nación en grave peligro de ser atacada por los enemigos de la Religión Católica, como se encontraba México en la primera década del siglo XX. Sus ancestrales enemigos querían introducir el comunismo de manera experimental a un pueblo acendradamente católico; víctima ya, entonces, de más de un siglo de ataques, contra su religión y su Iglesia, venidos todos desde sus numerosos gobiernos masónicos, que uno tras otro, seguía las consignas de los gobiernos yanquis para erradicar la Fe católica de los mexicanos en favor del protestantismo y del materialismo ateo.
Pero, la Misericordia de Dios dispuso que México fuera el tercer país en consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús  hasta esa fecha. Antes habían sido: la República del Ecuador el 23 de marzo de 1873 por iniciativa de su presidente el general Gabriel García Moreno. Y la República de la Argentina en 1884.  
Una vez recibida en México, la Carta pontificia, todas las Asociaciones Católicas en consonancia con el Arzobispo José Ma. Mora y del Río, y todas las autoridades de la Iglesia en México pusieron manos a la obra para a nuestra nación al Sagrado Corazón de Jesús. Se convino la fecha de la Epifanía, 6 de enero de 1914 y la solemne Proclamación de Cristo Rey para el 11 de ese mismo mes de enero en la Catedral Metropolitana.
El 6 de enero de 1914 en la Iglesia del antiguo convento de San Francisco; los generales don Ángel Ortiz Monasterio y don Eduardo Paz, en uniforme de gran gala, llevaron en regios cojines de seda, la Corona y el Cetro que el Arzobispo José Ma. Mora y del Río, pondría a los pies de Jesucristo Rey.
El eminente historiador monseñor Emilio Silva de Castro, en su libro: “La Virgen María de Guadalupe Reina de México y Emperatriz de América” escribió refiriéndose al gran acto ignorado por la mayoría de los católicos del siglo XXI: “Los males terribles que amenazaban a la Patria, y que los fieles católicos trataban de evitar con esa proclamación, y eran evidentes en las acciones de la Revolución satánica, judaica y masónica mundial, en México encarnada en la revolución carrancista de 1913…..”
Esos males que amenazaban a México a principios del siglo XX hubieran podido ser muchísimo peores de lo que fueron si el país no se hubiese consagrado al Sacratísimo Corazón de Jesucristo y proclamado Su Realeza.  También preparó los corazones del pueblo católico para soportar el segundo embate de las fuerzas anticristianas, aún mayores, que se presentaron diez años más tarde con la guerra Cristera, y que produjo tantos mártires por defender la Realeza de Cristo.
Para finalizar este  folleto, he encontrado algunas reflexiones muy interesantes respecto a la conducta que los fieles católicos debemos seguir en la lucha final que ya se avecina entre los fieles a Cristo y el poder de las tinieblas. Son del Cardenal Luis Eduardo Pie de Poitiers, Francia  quien vivió en la segunda mitad del siglo XIX.

REFLEXIONES INSPIRADAS EN UN SERMÓN DE LOUIS-EDOUDARD PIE, CARDENAL DE POITIERS, FRANCIA, EN OCASIÓN DEL ANIVERSARIO DE SAN EMILIANO, MÁRTIR

El 8 de noviembre de 1859

En la lucha final, se manifestarán los buenos y los malos, los valientes y los flojos, lo que quiere decir: la división entre los elegidos y los réprobos, puesto  que ni los malévolos ni los flojos entrarán en el Reino de los Cielos.

“Felices, pues, los que nunca hayan vacilado entre el campo de la verdad y el del error, felices los que, a partir de la primera señal de guerra, se hayan alistado bajo el estandarte de Jesucristo. Es una disposición acostumbrada de la Providencia, desde el alba de los tiempos que, para castigar a los pueblos perversos, Dios se vale de otros más perversos aún.”

“Jesucristo es Rey. Es Rey no solamente del Cielo, sino también de la tierra, y le corresponde ejercer una verdadera y suprema realeza sobre las sociedades humanas.  Se acepta a Jesucristo Redentor, a Jesucristo Salvador, a Jesucristo Sacerdote, pero de Jesucristo Rey se aterrorizan”.
“Jesucristo está aún en la cuna y los Magos buscan al rey de los judíos. Jesús está a la víspera de morir; Pilatos le pregunta: ¿Eres pues, Rey? Tú lo has dicho, responde Jesús. Y la respuesta se hace con tal acento de autoridad, que Pilatos, a pesar de todas las presiones de los judíos, consagra la realeza de Jesús por una escritura pública en un cartel solemne.”

El Cardenal Pie cita al célebre orador y exégeta del siglo XIX: Jacobo Benigno Bossuet:

“!Sentencia inmutable del Omnipotente¡ Que la realeza de Jesucristo sea promulgada en lengua hebraica, que es la lengua del pueblo de Dios; y en lengua griega, que es la lengua de los cultos y de los filósofos; y en la lengua romana, que es la lengua del Imperio y del mundo, la lengua de los conquistadores y de los políticos.”

“Acercaos ahora, oh judíos, herederos de las promesas; y vosotros, oh griegos, inventores de las artes, y vosotros, oh romanos, príncipes de la tierra; venid a leer este admirable signo; doblad la rodilla delante de vuestro Rey”

La misión que les confiere tiene un carácter social, es hacia los pueblos, los imperios, los soberanos y los legisladores.
Sigue el cardenal Luis Eduardo Pie:
“El reinado de Cristo no se trata de una Teocracia, que es gobierno temporal de una sociedad humana por una ley política divinamente revelada y por una autoridad política sobrenaturalmente constituida.
Nuestro Señor Jesucristo no impuso ningún código político a las naciones cristianas, ni Él mismo se encargó de designar jueces o reyes del pueblo de la Nueva Alianza, con esto, se desprende que el cristianismo no ofrece rastros de Teocracia”
En cambio el reinado del Anticristo sí será una auténtica Teocracia, puesto que se hará adorar como jefe y árbitro de la contra religión de un Estado-Dios mundial, neopagano y revolucionario”.
La Revolución es llamada en el Apocalípsis como “LA BESTIA”. Con una rapidez  de conquista, esta potencia emancipada de Dios y de Su Cristo, ha subyugado casi todo a su imperio, los hombres y las cosas, los tronos y las leyes, los príncipes y los  pueblos.  Solamente una última trinchera le queda por subyugar: esta ES LA CONCIENCIA DE LOS CRISTIANOS.  
Por  los mil medios de que dispone, ha conseguido engañar la opinión de un gran número, conmovido, incluso, las opiniones de los sabios, no nada más en el ámbito de los hechos, sino aún en el de los principios.
 Cuantos son los que han aceptado y firmado alianzas con ella. Algunos otros que persisten en hacerle alguna oposición se acomodan a su opinión en cuanto al fondo de las cosas. Ha llegado, para ella, el momento de realizar su asalto decisivo.
Recordamos la suprema tentación a que fue tentado Jesucristo por el príncipe de este mundo, la Iglesia, por tanto, ¿ha sido sometida ya a la misma prueba que su divino fundador?; 
El Cardenal Pie se pregunta:
“Gran Dios, ¿vendrá un día en la serie de los siglos en que vuestra Iglesia será sometida a la misma prueba por el príncipe de este mundo? ¿Se acercará a ella el poder del mal para decirle: Todas estas posesiones terrestres, toda esta pompa y esta gloria exterior, te las daré, te las conservaré, con tal que tú te inclines ante mí, con tal que sanciones mis máximas y las adoptes, y que me rindas homenaje? Hermanos, la Iglesia, colocada en las mismas condiciones que su Maestro, no podrá encontrar otra respuesta. ”
Hoy en día, la tendencia de la Revolución es la misma, y su divisa es siempre la del populacho deicida: Nolumus hunc regnare super nos.  “No queremos que Cristo reine sobre nosotros”
“Nuestro deber, para nosotros que reconocemos a Cristo como nuestro Rey, nosotros que decimos todos los días a Dios: “Santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo”, nuestro deber es oponer toda nuestra energía a las invasiones de esta potencia del mal.”
La lucha es principalmente una lucha de doctrinas.
“Vuestra resistencia consistirá, pues, en mantener vuestra inteligencia firme contra la seducción de todos los principios falsos y mentirosos; y para esto formarán siempre su conciencia en la escuela de su fe, en la escuela de la Iglesia, en la escuela de vuestros Pastores tradicionales.”
“¿Cuál es la más grande herida de la sociedad actual?, es el deterioro de los caracteres, el reblandecimiento de las almas”
¿De dónde viene, este síntoma tan grave?, sin duda, viene del debilitamiento de la Fe. No se marcha con pié firme cuando se camina en la oscuridad o en la penumbra.
“Nuestros abuelos buscaban en todas las cosas su dirección en la enseñanza del Evangelio y de la Iglesia: nuestros padres marchaban en pleno día. Sabían lo que querían, lo que rechazaban, lo que amaban, lo que odiaban, a causa de ello, eran enérgicos en la acción”

En cambio: “Nosotros caminamos en la noche; no tenemos ya nada por definido, nada decretado en el espíritu, y no nos damos cuenta del objetivo hacia el cual tendemos”. Por tanto somos débiles, vacilantes.

En vez de la clara luz del sí o del no, hay en el entendimiento la niebla del quizás o del puede ser.

Hay en el alma del hombre moderno una irremediable flojera para las cosas de la Fe. La indiferencia en la religión ha traído con ella la Gran Apostasía, de que habla San Pablo, previa al fin de los tiempos.

Ese catolicismo edulcorado, empobrecido por doctrinas humanistas, de acercamiento sentimental a todos los errores,  que en este principio del tercer mileno campea por doquier, y que encuentra aceptación de los sabios modernos en consonancia con el católico común. No puede hacer frente a las doctrinas del Anticristo. Los católicos actuales son pasto seco, preparado para el fuego que arrasará sin remedio a la humanidad. Hoy más que nunca, la principal fuerza de los malévolos es la debilidad de los buenos.
Solamente las almas  que se complacen y se deleitan en su bautismo, elemento sobrenatural, que tienen la conciencia de la grandeza y energía del mismo, están dotadas de un temple a toda prueba, son como de acero. Estas son las almas que piden a Jesucristo que reine sobre la tierra. Ven ya Señor y purifícala.
Este pequeño resto, que seguirá luchando contra “un imposible”, será la Iglesia visible de los últimos tiempos esparcida por todo el mundo a nivel individual y doméstico, casi sin pastores. Porque todos los demás habrán claudicado, traicionado a Cristo, habrán aceptado la marca de la Bestia para sobrevivir con el mundo.
Este pequeño resto, serán los elegidos, por quienes Nuestro Señor Jesucristo acortará los días del Anticristo, para venir en su Parusía.

LUIS OZDEN

Angel_viñeta
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