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MANUEL FACIO Y SUS MUCHACHOS

1 de febrero de 2014

INQUIETO Y BELICOSO

09Entre los más valientes y audaces de este primer período, estaba, en el cuartel general de Caucentla, un muchacho de Tonila, de unos 18 años de edad, llamado Manuel Facio, quien, con el nombramiento de cabo, tenía a su cargo un grupo de valientes, audaces y listos como él y de igual o menor edad.

Sin ningún temor de perder la vida, realizaba hazañas que rayaban en la temeridad. Un día, después de recibir del jefe Dionisio Eduardo Ochoa, a fuerza de repetidas instancias, licencia para una gira cristera por la región de la hacienda de La Esperanza, Buen País y aun Zapotiltic, Jal., se marchó con sus muchachos en alegre tropel y lanzando sus vivas a Cristo Rey y a su Ejército Nacional Libertador.

El jefe Ochoa, como era su deber, habló con él a solas, antes de su partida, haciéndole ver cuál debía ser su comportamiento, según el juramento que tenían hecho y las instrucciones dadas por los jefes del movimiento allá en Guadalajara. Manuel Facio prometió que habría de cumplirlas y que, con su conducta y la de su tropa, no habría de deshonrarse la causa cristera. Pero el temperamento de Facio era belicoso e inquieto, de aquí que su comportamiento dejó qué desear, no obstante lo que su valentía y audacia lo prestigió entre todos los grupos cristeros de entonces.

Se dirigió a La Esperanza, Jal., y principió llevándose los mejores caballos de la hacienda. Don Enrique Schonduve -el hacendado- montó justamente en cólera, más aún, que las relaciones que hasta esa fecha había llevado con Dionisio Eduardo Ochoa -el Jefe del Movimiento Cristero- habían sido, no sólo corteses, sino deferentes y amistosas y muchas veces el jefe Ochoa, acompañado casi siempre de Miguel Anguiano Márquez, cenaba con el hacendado Schonduv, y conversaban larga y amenamente.

El señor Schonduve, personalmente, había regalado a Dionisio Eduardo Ochoa 5 preciosos máuseres de manufactura alemana, catibre 8 mm., con buena dotación de parque. De estos rifles, uno se reservó Ochoa para su uso personal. Los otros cuatro, los distribuyó entre los cristeros más leales y valientes de Caucentla: Uno de ellos, tocó a Zeferino Olivares, esforzado y lleno de fe como el que más.

EN BUEN PAIS

Sobre buenos caballos y con el brío de su mocedad inexperta, Manuel Facio y sus muchachos se marcharon para atacar Buen País, defendido por los agraristas que el gobierno callista había armado. Estos estaban bien fortificados y preparados para resistir el ataque y lucharon con valentía; pero Facio con sus muchachos se batió bravamente y los fue venciendo poco a poco. Al final de la lucha, no quedando a este valiente ni un solo cartucho de su pistola reglamentaria, tuvo que encontrarse frente a frente con el jefe enemigo, un agrarista llamado Ramón Verduzco. Entonces Manuel Facio hizo un acto heroico de arrojo y decisión y jugó el todo por el todo: sacó su pistola vacía, la leVantó en actitud amenazadora gritando con toda su energía:

Ríndase, ríndase. Le digo que se rinda.

Y mientras Ramón Verduzco vacilaba perplejo, Facio se acercó rápidamente de un salto, arrebató por el cañón el rifle cargado del agrarista y, luchando con él, lo mató con su propia arma.

EN LA VIA DEL FERROCARRIL

En excelentes caballos y con buenas armas y parque que habían recogido en Buen País como botín de guerra, se decidieron Manuel Facio y los suyos a realizar una hazaña temeraria atacando un tren de pasajeros que, procedente de Guadalajara, Jal., dirigíase a Colima.

Así lo hizo; pero falto de experiencia por una parte, al igual que todos los muchachos que integraban su núcleo, y confiando tal vez demasiado en sus propios bríos y posibilidades, no discurrió ni siquiera poner algún obstáculo en la vía, sino que el ataque lo realizó en condiciones completamente desventajosas para él, ejecutando, sin medir el peligro ni las consecuencias, una verdadera muchachada.

CRISTEROS DEL VOLCAN

Hospital en volcan de ColimaComenzaron los ocho o diez atacantes, al paso del tren, a intimar a gritos a los conductores que se parasen, corriendo ellos -los cristeros de Manuel Facio- a todo correr sobre sus cabalgaduras. Como es fácil suponer, la máquina siguió su marcha y los soldados callistas, parapetados dentro del mismo tren, principiaron a hacer fuego sobre los atacantes, que presentaban blanco con todo el cuerpo y a muy corta distancia.

¿Cómo fue que Manuel Facio y sus muchachos intrépidos escaparon con vida de aquella aventura? Porque ninguno de ellos resultó ni siquiera herido.

Yo no encuentro explicación humana y siempre, por lo contrario, he creído que Dios quiso premiar su buena fe y su arrojo, salvándoles la vida y guardándolos de todo accidente.

En cambio, después de algunos momentos de nutrido tiroteo -por haber sido muerto o al menos gravemente herido el maquinista-, el tren hubo de detener su marcha y la guarnición se rindió.

Después de recoger las armas, entre ellas algunas pistolas reglamentarias del Ejército Nacional, Manuel Facio dejó marchar el tren, sin molestar en lo mínimo, ni a los soldados heridos, ni mucho menos, a los pasajeros civiles.

ATAQUE A ZAPOTILTIC, JAL.

El tren continuó su marcha a la ciudad de Colima y los cristeros de Facio enfilaron hacia el Nevado de Colima soñando en una nueva aventura: imponer unpréstamo de guerra a don Alfonso Marentes, Presidente Municipal de Zapotiltic, Jal., que harta necesidad tenía el Movimiento Cristero de ser ayudado económicamente y, si el préstamo no se hacía efectivo simplemente pidiéndolo, atacar ellos la plaza y obligar al Presidente a entregar la cantidad pedida.

Y el grupo de Facio se apostó en las estribaciones orientales del Nevado, en las cercanías de Atenquique, Jal. Se envió la carta de préstamo, pero la respuesta no llegó.

Perdidas las esperanzas, en una madrugada de la segunda quincena de mayo, entró a Zapotiltic, Jal. Decidido y belicoso, prendió fuego a la Presidencia Municipal y, con un hacha, echó a tierra una de las puertas de la casa habitación del señor Marentes, que vivía frente a la Presidencia.

Como era natural, el señor Marentes y todos los de la casa, saltando los muros, escaparon y se pusieron a salvo. Sólo quedó una chamaca de 15 a 16 años, dormida en su cama, hija del mismo Presidente Municipal.

Manuel Facio y sus muchachos, rifle en mano, entraron a la casa buscando al Presidente Marentes, a quien pretendían llevarse. No encontrándolo, ni encontrando a más personas, en su audaz inexperiencia, levantó de su cama a la jovencita y salió con ella en los brazos, rápido como exhalación; montó en su caballo y dio orden de abandonar la plaza y regresarse a las faldas del Volcán. El asunto estaba resuelto: con aquella niña en su poder, él tendría seguramente el dinero pedido.

La joven al despertarse en brazos del cristero, principió a llorar con abierto llanto; pero, aunque trataba de librarse del poder del que la llevaba, bien pronto vio que era esfuerzo del todo inútil. Ya de camino, cuesta arriba, bajo los pinos de la sierra, Manuel Fado principió a reflexionar que se había metido en problema muy grave: el soldado cristero que atropellase a una mujer, abusando de ella, tendría que ser pasado por las armas. Y él sabía que Dionisio Eduardo Ochoa -su jefe- era hombre muy recto y enérgico. El temía, y con razón, porque Ochoa nunca permitió inmoralidades ni abusos. Fue ley que Dionisio Eduardo se grabó sin defecciones: la de conservar entre sus soldados el espíritu inicial de la lucha cristera.

14h121-01

Zapotiltic, Jalisco a principios del siglo pasado

¿Qué iba a hacer para salir de aquel paso?

Por otra parte, Margarita -la chamaca- era muy bonita; él la veía preciosa.

– Oye, chula ¿quieres casarte conmigo?

La chica, con enojo, en dos o tres palabras, rechazaba toda proposición.

– Mira -le dice-, tenemos los cristeros un gobierno muy duro. Yo no puedo llegar contigo al cuartel general de Caucentla, porque don Nicho, que es el Jefe de todos nosotros, no me va a perdonar ésta y me fusila: ¿Tú quieres que me fusilen?
– Que lo fusilen -dice ella llorando.
– No, mira, allá, cerca de CaucentIa, en unos ranchitos que se llaman El Gachupín, tenemos un curita, el Padre Mariano Ahumada. El nos puede casar. Tú dices que te viniste por tu voluntad y él nos casa y así nada me pasa.
– Yo no.
– Pero es el único modo como puedo escapar de que mi Jefe don Nicho me truene.
– Que lo truene.

Y, por más que rogó Manuel Facio, la chica no se ablandó.

Huír y no presentarse, Manuel Facio no lo haría, porque no obstante lo revoltoso, él había sido respetuoso y leal con su Jefe Ochoa y quería continuar así.

No había más que depositarIa con alguna familia buena de las chozas de aquellas rancherías del Volcán. Y la depositó con un matrimonio de personas mayores de unos viejitos decía él- de las cercanías de Atenquique.

Y mandó una comisión a Zapotiltic, Jal., para que dijeran al papá que allí estaba la chica; que se le había respetado, porque las órdenes que tenían ellos los cristeros eran muy duras. Que mandara por ella, pero que con los enviados viniese también el dinero del préstamo.

Y dos señores -don Angel Arellano y don Dionisio Rodríguez- llevaron el préstamo y recogieron a Margarita.

– Díganle al papá -dice Facio- que se ha respetado a la señorita, y si no me creen, que lo diga ella.
– Sí -dice ella.

Y en el guayincito en que habían ido los señores Arellano y Rodríguez se volvieron con ella a Zapotiltic, Jal.

MANUEL FACIO ARRESTADO

Y se nubló la alegría de aquellos muchachos con el problema de la muchacha raptada.

– Pues le dices al Jefe don Nicho que te la trajiste por necesidad, porque el papá se escapó; que la depositaste con estos viejitos y que la respetaste y él tendrá que creerte.
– Dios sólo sabe si me creerá o no. Todos sabemos lo bueno que es don Nicho como amigo; pero cuán recio es en las órdenes.
– Nosotros le diremos que la respetaste. ¿Por qué te ha de castigar?

Y pensativos llegaron a Caucentla.

Gritos de júbilo de los muchachos del campamento al ver regresar a Manuel Facio y a sus muchachos en excelente caballada, con pistolas reglamentarias calibre 45 y buenos rifles.

Dionisio Eduardo Ochoa en un momento sospechó que había habido irregularidades y lo llamó por separado.

– Cuéntame, Manuel, cómo hiciste para hacerte de los caballos, y de los rifles, y de las pistolas, y del dinero del préstamo.

Y Manuel Facio, un poco tímido, pero sincero y hombre, narró a su Jefe Ochoa todo lo acontecido.

– Pero Manuel -replica Ochoa-, tú bien sabes que el atropello a una mujer, según tenemos ordenado, tiene que ser castigado con la pena de muerte.
– Don Nicho, no atropellé a la muchacha: me la traje, porque don Alfonso su papá se me escapó y yo tenía que hacer efectivo el préstamo; pero yo la respeté.
– Eso puedes decir tú y eso dirán tus muchachos; pero yo, como jefe, no puedo creer simplemente lo que tú cuentes.
– Pero se lo juro, por Diosito santo, que así es.
– Manuel, tú sabes que te tengo estimación y cariño; fuiste de los primeros soldados de este movimiento de Cristo Rey y has sido valiente, más aún, con relación a mí, por ser tu Jefe, atento y muy leal; pero si no hay pruebas de que la respetaste, Manuel, con todo dolor de mi corazón, tengo que mandar que te fusilen. Si ustedes tienen su juramento de no deshonrar con actos indignos la causa que defendemos, yo tengo un juramento más: no permitir que ningún soldado de Cristo Rey se porte villanamente.
– Pues don Nicho, mande preguntar a los viejitos, en cuya casa la deposité y mándele preguntar a ella misma. Los informes tienen que venir buenos; pero si por alguna causa, por coraje conmigo o por venganza, vinieran malos, yo le ruego, don Nicho, que no sean mis compañeros los que me fusilen. En el primer combate que haya, yo entro sin arma y con los brazos amarrados y gritando?Viva Cristo Rey! Así me matarán mis enemigos y no mis compañeros.

Y Dionisio Eduardo Ochoa, que tenía estimación y cariño a aquel muchacho valiente, un poco conmovido, pero disimulándolo, accedió a lo que Facio pedía. Y mandó una comisión de cristeros serios y en quienes se podía confiar, entre ellos Antonio Avalos; para que fueran a Alpizahue, Atenquique y Zapotiltic y trajeran los informes necesarios.

Mas, entre tanto, como reo, Manuel Facio fue desarmado y arrestado. Sus compañeros fueron desarmados igualmente, en tanto que venían las informaciones y éstas tardaron más de una semana; pero al fin vinieron y vinieron buenas, y Manuel Facio fue absuelto y reintegrado en su puesto de jefe de sus valientes muchachos.

TodospodemossersantosSOLEMNES FUNERALES EN EL CAMPO

En otra ocasión -era ya el mes de abril- el jefe Dionisio Eduardo Ochoa envió una comisión de soldados cristeros al mando de Rafael G. Sánchez, para que fuese a Platanar, Jalisco, a recoger unas armas y parque. Con ellos iban Manuel Facio y sus muchachos. Estuvieron de paso en la hacienda de San Marcos, Jal., y allí, por su carácter belicoso e inquieto, se separó de la columna y se remontó a Los Mazos, en las altas faldas orientales del Nevado. El Jefe Rafael G. Sánchez, en cierto modo accedió, pero Manuel Facio vio a las claras que no había estado correcto su comportamiento y esta vez tuvo miedo de volver a Caucentla y presentarse ante el Jefe Ochoa.

Y las correrías irregulares de Facio y sus muchachos principiaron. El Jefe Ochoa mandó capturarlo y fue detenido en la hacienda de El Naranjo, Jal. Facio no opuso resistencia. Desde esa fecha, por determinación de Ochoa, ya no volvió a la región de los volcanes, sino que quedó incorporado a los cristeros de El Naranjo y subordinado al jefe de aquella región, quien recibió instrucciones de no permitirle operar solo.

Un mes y medio más tarde Dionisio Eduardo Ochoa, que en unión de Anguiano Márquez y de Salvador Vizcaíno hizo un recorrido hasta Coalcomán, Mich., para entrevistar al jefe militar cristero de allá -don Luis Navarro Origel-, le vio de nuevo; pues sabedor Facio, noble y atento, no obstante su espíritu inquieto, de que llegaba su jefe don Nicho -como él lo llamaba-, se presentó ante él con su grupo de soldados. Al avistarse el jefe Ochoa, Facio ordenó a sus muchachos que, pie en tierra, lo esperasen y saludasen a estilo militar.

Dionisio Eduardo Ochoa habló con él en privado y se reanudaron las relaciones de cariñoso compañerismo.

Sus virtudes que lo distinguieron fueron su espíritu festivo con relación a los compañeros, su arrojo y valentía con relación a los enemigos y su respeto y grande atención para sus jefes. Siempre contento y comunicativo se conquistaba el afecto de todos.

Murió en la región de Coalcomán, Mich., al poco tiempo, dando ejemplo de muy subido valor y grande piedad. Expiró momentos después de terminado un combate en que había recibido varias heridas, peleando como héroe.

Pudo recibir los Sacramentos de la Iglesia antes de morir, pronunciando con mucha devoción el Santo Nombre de Jesús, repitiendo su querido ¡Viva Cristo Rey!, y recomendando a sus compañeros que no fuesen a desmayar, antes bien, peleasen siempre con toda valentía. Otra de sus últimas recomendaciones fue que guardasen siempre a sus jefes atención y respeto sinceros, cariño y verdadera lealtad.

Su muerte fue muy sentida y muchos de sus muchachos le lloraron. Se le hicieron en Coalcomán solemnes exequias fúnebres de cuerpo presente y las tropas del general cristero don Fermín Gutiérrez (Luis Navarro Origel), entre quienes accidentalmente se encontraba entonces, le rindieron los honores militares de ordenanza.

acjm

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