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LA CUBIERTA INSIDIA

26 de diciembre de 2013

 

macabeos1EL VENERABLE ELEAZAR

Entre tanto, mientras en el Estado de Colima, en atención a las leyes locales, no había ya culto público y el pan de cada día estaba ya amasado con amargas lágrimas; en Jalisco -el Estado vecino-, y casi en toda la República, el culto continuaba aún, con más o menos regularidad; pues todavía no había llegado el momento oportuno que el tirano esperaba para hacer pesar, sobre toda la Nación, los procedimientos más radicales, como se estaban empleando en Colima.

Y entonces principió, por parte de los malos, una política artera, sucia y diabólica, para hacer claudicar al anciano, egregio Obispo de Colima y a su Clero, obligándolos a reanudar el culto público, aceptando la ley. La ley impía de la reglamentación de cultos, según sus tenebrosas maquinaciones, tendría que acatarse para esclavizar a la Iglesia, haciéndola sierva del Estado; pero, al mismo tiempo, la suspensión del culto no convenía a sus planes, pues los ánimos cada vez se iban caldeando y la tensión de las almas cada día se vigorizaba más.

Y así se iniciaron las malignas promesas que el Gobernador principió a hacer, valiéndose de un grupo de comerciantes que de buena fe se prestaron a mediar. Y las proposiciones perversas del Gobernador y de la Masonería eran: que se reanudase el culto; que la ley quedaría sin derogarse; pero que no tendría cumplimiento y todo se reduciría a mera fórmula y a una sujeción tan sólo aparente.

Y conociéndolos, ¿quién iba a creerles?

¿Quién garantizaba que iba a ser simple fórmula?

Y aunque no se pusiese en vigor la ley ¿no iba esto a aparecer ante el pueblo fiel de la Diócesis y ante todos los demás pueblos cristianos, como una desleal claudicación? Y el nuevo santo Eleazar, como aquel anciano del tiempo sublime de los Macabeos, después de una nueva reunión plena sacerdotal, en que todos renovaron su adhesión al Prelado, contestó, en un viril documento que es todo un monumento, reafirmando su posición y dando las gracias a los mediadores, levantando así su frente de mártir para esperar todo lo que Dios permitiera.

RESPUESTA DIGNA A INDIGNAS PROVOCACIONES

El Documento histórico helo aquí:

Colima, 23 de abril de 1926.
Sres. Comerciantes D. Daniel Inda, D. Andrés García y D. Tiburcio Santana.
Ciudad.

Me refiero a su Comunicación fechada el 20 de los corrientes, dirigida al M. I. Sr. Vicario D. Francisco Anaya.

Considerando, primero: que en la comunicación suscrita por ustedes falta una base firme y sólida para un arreglo satisfactorio de la cuestión religiosa; porque el Sr. Gobernador no la autoriza con su firma y puede en cualquier día desconocerla.

Considerando, en segundo lugar: que ese avenimiento propuesto por ustedes sería demasiado provisional y en cualquier día el Sr. Gobernador se escudaría con la Legislatura para modificarlo, como puede fundadamente presumirse.

Considerando, tercero: que ya por los anteriores considerandos, como porque está pendiente el juicio de amparo que interpusimos y que indudablemente nos será adverso, dada la actitud hostil del Juez de Distrito que al negar arbitrariamente la suspensión del acto, se convirtió en causa principal del actual malestar público, nos sentiremos sin cesar con la espada de Damocles sobre nuestras cabezas.

Considerando, cuarto: que la palpitante cuestión religiosa pide urgentemente, no simples componendas, sino un arreglo que deje claramente a salvo los Sagrados Cánones.

Considerando, quinto: que la resistencia popular, sorda pero efectiva, a la Ley del 24 de febrero y a su reglamentación es palpable y bien reconocida por el Gobernador.

Considerando, sexto: que el artículo 130 en la parte relativa al asunto de que se trata, no es imperativo, sino potestativo y que bien pueden por lo mismo, el Gobernador y la Legislatura dar gusto al pueblo derogando la ley del 24 de febrero.

Manifiesto a ustedes que el V. Clero, en junta plena verificada ayer, resolvió por unanimidad: que se den a ustedes las gracias expresivas por las generosas y laudables gestiones que han hecho para la solución de la candente cuestión religiosa. Que lo único que podemos aceptar en conciencia es la derogación del decreto.

Y que ustedes, si gustan, pueden extremar su generosidad, interponiendo en lo particular ante el Gobernador su valimiento amistoso, para que él, a su vez, medite los anteriores considerandos e influya poderosamente en la Legislatura, para que derogue el decreto.

Así, como por encanto, desaparecerá la angustia terrible que está ahogando al pueblo católico de Colima.

Dios guarde a ustedes muchos años.

J. Jesús Ursúa, Srio.

LA POLITICA MAS SUCIA

Ruiz_Flores

Mons. Ruiz y Flores

Y no terminó aquí la política artera de los hombres que llevaban en sus manos las riendas del Gobierno de Colima, más aún cuando aconteció que en el Estado de Michoacán, en donde de igual manera que en Colima se había suspendido el culto por la limitación de Sacerdotes impuesta por el Estado, se había logrado prevalecer contra el Excelentísimo Prelado de aquella Arquidiócesis Mons. Ruiz y Flores, quien reanudó el Culto público, bajo promesas verbales de que la ley no se aplicaría.

Entonces la Masonería en Colima cobró alas y bríos y se principió a atacar de la manera más sangrienta al Excmo. Sr. Obispo Velasco y a su Clero, acusándolos o de estupidez -decían- toda vez que un Obispo verdaderaménte sabio y santo, como era Mons. Ruiz y Flores, Arzobispo de Mordia, no había tenido inconveniente en aceptar las proposiciones del Gobierno, o de mala fe.

A todos estos ataques, el Gobierno Eclesiástico de Colima contestó en documento que se hizo público el 28 de mayo. Helo también aquí:

 

A LOS CATÓLICOS DE COLIMA
Estado que guarda la cuestión religiosa

Con motivo de la reanudación del culto en Morelia, el periódico impío El Liberal que los masones editan semanariamente en esta ciudad, en su número del domingo pasado, nos llena de injurias, nos hace responsables de que en Colima no haya culto y pretende aplastarnos con los sucesos de Michoacán.

Aunque ya se han dado al pueblo copiosas instrucciones y nada tenemos que temer de las personas sensatas, vamos a rechazar brevemente los gratuitos cargos que nos hace el periódico aludido, para prevenir el escándalo de los débiles, y luego daremos a conocer el verdadero estado de la cuestión religiosa en Colima.

Las injurias de El Liberal. Los ultrajes de El Liberal nos tienen sin cuidado: está en su puesto. La mentira, la calumnia, y la injuria son las únicas armas que pueden esgrimir los perseguidores de la Iglesia, es decir, los enemigos de la verdad y de la justicia, los verdaderos conculcadores de la Ley, los asesinos de todas las libertades. Los que escriben en El Liberal están en su papel: las causas malas no pueden defenderse con razones … Que injurien; pues en el insulto se halla su especialidad.

Y ¡qué contraste! Mientras El Liberal nos insulta, muchos IImos. Obispos, especialmente el Metropolitano, y muchisímos sacerdotes de distintas diócesis han felicitado calurosamente, por su actitud gallarda, al humilde, perseguido y vejado clero colimense. ¿Qué valen las injurias de El Liberal, comparadas con tales loores y homenajes?

El Liberal nos hace personalmente responsables. El Liberal supone dos cosas: una, que la generalidad del clero colimense quiere someterse al decreto opresor y anticonstitucional del 24 de fébrero. Otra, que nosotros cacicalmente le imponemos nuestra férrea voluntad, e impedimos que los señores sacerdotes acaten la ley de referencia. Alto allí, señor Liberal. Lo primero es una sangrienta injuria al Venerable Clero, que nunca ha pensado en someterse. ¿Olvida usted que todos, sin excepción, firmaron una viril protesta, precisamente contra el decreto?

Lo segundo es un error. Nada de caciquismos, al contrario, la cordialidad más perfecta. Usted, señor Liberal, se equivoca al suponernos divididos. Jamás había habido entre el Clero tanta caridad y tanta unión como en estas horas de prueba. Todos, con esa fraternidad, con esa unión estrecha, podemos prometer a usted que iremos más allá.

El Liberal pretende aplastarnos con los sucesos de Michoacán. De la reanudación del culto en Michoacán, nada sabemos oficialmente. Ignoramos las bases del arreglo, si lo hubo. Y mientras no conozcamos estas bases, debemos abstenemos de toda crítica; no podemos censurar, ni alabar la conducta del Ilmo. Sr. Arzobispo Ruiz y Flores.

Pero de cualquier manera que haya sucedido, sepa el ignorantísimo Liberal que una Diócesis no es norma de las otras, sino que todas tienen una sola norma: El Código de la Iglesia.

Suponemos con fundamento que el Ilmo. Sr. Ruiz y Flores obró correctamente, que no claudicó, que defendió virilmente los sagrados derechos de la Iglesia; pero si desgraciadamente no hubiera sucedido así (lo cual no admitimos), no es responsable ante nosotros, tiene su superior jerárquico, el Romano Pontífice, a quien dará cuenta de sus actos.

Para que El Liberal se ilustre y no ande por los cerros de Ubeda, sepa que el canon 1260 a la letra dice: Los ministros de la Iglesia, en el ejercicio del culto, únicamente deben depender de los superiores eclesiásticos.

Luego, señor Liberal, cualquier hecho, cualquier arreglo en que de alguna manera la Iglesia o los que la dirigen queden supeditados a otras autoridades, es un arreglo anticanónico y abominable, porque entonces, los ministros del culto no dependen únicamente de los superiores eclesiásticos. ¿Comprendió usted?

Si al Liberal pareciere corta esta razón, le recomendamos la lectura de dos documentos que ya conoce toda Colima: La última Carta Pastoral Colectiva del Episcopado Mexicano, y el magnífico estudio procedente de Durango que adoptó e hizo propio el Ilmo. Sr. Velasco …

Colima, a 28 de mayo de 1926.
Francisco Anaya, Vic. General.
J. Jesús Ursúa, Srío.

NEGRA LABOR DE ZAPA

Y personalmente se dieron los hombres del nefando Régimen a socavar la hasta entonces inquebrantable firmeza del venerable y dignísimo Señor Velazco que el cielo había dado a Colima como Obispo para que fuese el piloto de su Iglesia azotada por furioso vendaval, y lograron, de entre las filas del Clero Colimense, convencer a un pequeño grupo -dos o tres- de sus más distinguidos sacerdotes, de que era necesario ceder, como había cedido el Señor Arzobispo de Michoacán.

Y se logró que estos eclesiásticos convencidos trabajaran al Excmo. Sr. Obispo Velasco para hacerlo desistir. Estos Sacerdotes, es cierto, obraban de buena fe; pero su labor era ya el punto inmediato a la meta que el doloso perseguidor se proponía: la claudicación del egregio Obispo de Colima.

Y tanto trabajaron -más aún que se unió a ellos la influencia del Sr. Lic. D. Enrique de la Madrid ex-gobernador de Colima, muy estimado y querido del Excmo. Sr. Velasco-, que hubo un momento en que el Prelado, con ceño apesadumbrado, creyendo que en realidad el camino por seguir, menos lleno de dolores y males para las almas a él confiadas, era el de aceptar la reglamentación nefanda, entrando en componendas con el enemigo, se inclinaba ya hacia esta resolución, aunque un poco titubeante.

– Que venga el Padre Secretario -dijo.

Pero se había orado tanto, se había ya trabajado y sufrido tanto, que la Providencia de Dios acudió en aquel momento crucial: Colima, la Diócesis Mártir, no habría de claudicar.

Y propiamente en aquel momento se presenta ante el anciano Obispo su ilustre y nunca bien alabado Secretario, el egregio Padre don J. Jesús Ursúa.

– Te mandé buscar -dice el Excmo. Señor Obispo.
– A las órdenes de V. Señoría Ilma. -dice el Padre Secretario.
– Mira, tal vez sea conveniente volver atrás. Tal vez no haya otro recurso.
– Señor -dice el Padre don Jesús Ursúa-, pero antes de una determinación definitiva, le ruego que lea este documento precioso que le traigo: es una carta del Arzobispo de Durango el Señor González y Valencia.
– ¡El Señor González y Valencia! -repuso el anciano Obispo Señor Velasco, recordando la grandeza de aquella alma de verdadera gallardía apostólica.

Y la carta era una ferviente felicitación por el espectáculo excelso que Obispo y Clero de Colima estaban dando no sólo a México sino al mundo entero, al estarse sosteniendo en pie, ante el Régimen impío, sin traicionar a la Iglesia, sin entregar en manos de los enemigos los derechos sacrosantos de Cristo; más glorioso y excelso -continuaba el Excmo. Sr. González y Valencia-, cuando ya, desgraciadamente, dada por una parte la debilidad humana y por otra la falacia atroz de los enemigos, principiaban las claudicaciones en otras diócesis. Y pedía las oraciones y bendiciones del Obispo mártir de Colima, para que Durango siguiera su noble ejemplo de grandeza.

El anciano santo Obispo Señor Velasco sintió volver a la luz, a la vida, al camino firme y recto del deber apostólico, aunque estuviese sembrado de dolores. Sus ojos brillaron como iluminados por Dios.

– ¿Sabes? -dice a su Padre Secretario-. Aquí está la mano de Dios. ¡Ni un paso atrás, nada de claudicaciones! ¡No seremos nosotros los primeros Sacerdotes de Cristo que por El y por su Iglesia hayamos de sufrir! ¡Adelante! ¡Y que venga lo que Dios quiera! ¡Al fin y al cabo, más que esto merecemos por nuestros pecados! -Así concluyó el santo Obispo.

SE VA ADELANTE EN LA INSIDIA:
SE RECURRE AL ARZOBISPO DE GUADALAJARA

FranciscoOrozcoJimenezTodavía más; cuando se vio que la constancia del Obispo y Clero de Colima, no había sido vencida por ningún medio humano, porque no habían valido, ni las amenazas, ni la burla, ni la calumnia, ni la diabólica astucia, entonces se recurrió a un medio indirecto: el recurso al Metropolitano -el Excmo. Sr. Arzobispo de Guadalajara Mons. Francisco Orozco y Jiménez- para que él, con carácter de Superior eclesiástico, presionara al Obispo y Clero de Colima: De esta suerte, un día, comisionados por el Gobernador Lic. Francisco Solórzano Béjar, se presentaron ante el egregio Arzobispo de la metrópoli tapatía dos personajes de representación: D. Juan Gamba, español, Gerente del Banco Nacional, y el Sr. Solano, español también, a pedir que se hiciera presión sobre Colima y se redujese la actitud tenaz de su Obispo y Clero. Mas el Iltre. Metropolitano no sólo se excusó de intervenir, sino que elogió con energía la actitud del católico pueblo mártir de Colima, cuyo Obispo y Clero eran dignos de todó encomio.

Yo, por mi parte -fueron palabras del Iltre. Arzobispo– pido a Dios que cuando me llegue la ocasión, sepa guardar la gallarda actitud del Sr. Obispo de Colima.

Y los dos distinguidos enviados de Solórzano Béjar hubieron de despedirse, fracasados del todo.

DOS ILUSTRES CONFESORES DE LA FE

En esos días, cuando el Lic. Solórzano Béjar recurrió al último medio que él y los suyos excogitaron para hacer claudicar al Excmo. Sr. Obispo Velasco, acudiendo al Metropolitano Mons. Francisco Orozco y Jiménez, con el propósito tonto de que él lo obligara a rendirse, el Ilmo. Sr. Obispo de Colima no estaba ya en la capital del Estado, sino en Tonila, bella población colocada en las faldas orientales del Volcán de fuego, ya en jurisdicción civil de Jalisco y, por tanto, fuera de la órbita de acción del Gobernador Solórzano Béjar; pero perteneciente a la Diócesis de Colima. Desde allí seguía el Venerable Obispo rigiéndola. Allí continuaba aún el culto público con todo su esplendor y, dada la corta distancia entre la capital y Tonila, distancia que no pasa de 36 kilómetros, se formaba un verdadero río de gentes que, a pie o en coches, afluían a Tonila de las diversas partes del Estado oprimido, sobre todo los domingos y viernes primeros de cada mes.

Entre tanto, en la capital del Estado, permanecían el Vicario General Mons. don Francisco Anaya y el Padre Secretario don J. Jesús Ursúa. Estos dos ameritadísimos Sacerdotes fueron en aquellos amargos días, algo más que el brazo derecho del anciano obispo; ellos se enfrentaban personalmente a los tiranos para defender los derechos de la Iglesia; ellos recibieron en su propio rostro el escupitajo de horribles injurias de los enemigos; ellos, en los momentos más angustiosos, cuando por las circunstancias no había tiempo y manera de acudir al Prelado, reunían a su Clero en sesión plena para deliberar; pedían opiniones y se mostraban siempre con tan heroica valentía, que el más descorazonado sentía luego ánimo y vigor.

 

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