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SERMÓN QUINTO SOBRE LA NAVIDAD, POR SAN BERNARDO

25 de diciembre de 2013

sanbernardo

SERMON QUINTO

 Sobre la antífona: “Santificaos hoy y estad preparados, que mañana veréis en vosotros la majestad de Dios”

CAPÍTULO 1

 Vamos a celebrar el misterio inefable del nacimiento del Señor. Con razón se nos exhorta, hermanos, a prepararnos de la manera más santa posible. Se acerca el Santo de los santos. Se acerca el que ha dicho: Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo. De otro moño, ¿no se echará lo sagrado a los perros, y las perlas a los cerdos, si los unos no se purifican antes de toda iniquidad, y lbs otros, de cualquier deleite indebido? ¿Si los unos no se apartan con todo denuedo del vómito y los otros no desisten de tus propios revuelcos?
Antiguamente, antes de recibir los mandamientos divinos; el Israel carnal se santificaba mediante observancias exteriores, abluciones diversas, dones y sacrificios; que no podían transformar la conciencia del que practicaba el culto. Todo esto pasó ya. Ahora ha llegado el momento, y ya estamos en él, de poner las cosas en su Punto. Ahora ya se os exige una santidad total, un lavado interior, una pureza espiritual, según las palabras del Señor: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Para esto vivimos, hermanos. Para esto se nos ha llamado, para esto se nos concede este gran día. Antes era de noche, y nadie podía trabajar en estas cosas. La noche cubría el mundo entero antes de despuntar la luz verdadera, antes del nacimiento de Cristo. La noche se extendía sobre cada uno de nosotros antes de nuestra conversión y regeneración interior.

CAPÍTULO 2

 ¿No se cernían sobre a superficie de la tierra una noche muy profunda y densísimas tinieblas cuando nuestros padres rendían culto a ídolos de madera y adoraban sacrílegamente a leños y piedras? ¿No éramos también nosotros una noche espantosa todo ese tiempo en que hemos vivido sin Dios, arrastrados por nuestros bajos deseos, cediendo a los atractivos rastreros, contemporizando con las seducciones del mundo y esclavizándonos a pecado cómo perversos servidores de la iniquidad?
Y ahora, con justa causa, nos avergonzamos de todas estas obras de las tinieblas. Dice el Apóstol que los que duermen, duermen de noche, y que los borrachos, se emborrachan de noche. Eso erais vosotros. Pero os han despertado, os han consagrado. Con tal que seáis hijos de la luz y del día, y no de la noche ni de las tinieblas. El heraldo de este día es también el mismo que advierte: Sed sobrios y estad despiertos. Y dijo a los judíos en la fiesta de Pentecostés refiriéndose a sus condiscípulos: ¿Cómo es que éstos pueden estar borrachos siendo media mañana? Pablo viene a decir lo mismo: La noche está avanzada, el día se echa encima. Dejemos las obras propias de las tinieblas y pertrechémonos como en pleno día. Nos dice que nos sacudamos de las actividades de las tinieblas, las somnolencias y las borracheras, porque, como ya hemos recordado, los que duermen, duermen de noche, y los borrachos, se emborrachan de noche. No nos adormilemos de día. Caminemos con decoro y nunca embriagados.
Si ves a una persona que cabecea frente a cualquier obligación, todavía es presa de tinieblas. Si adviertes que otro se encuentra ebrio de amargura, azuzado por la curiosidad, nunca cansado de ver y oír, apegado al dinero o a todo lo que se le parezca, encontrarás su modelo en el hidrópico, siempre insaciable. Es hijo de la noche y de las tinieblas. No se disocian fácilmente estos dos aspectos, pues, según la Escritura, el holgazán desea mucho; quiere decir que en su borrachera se siente somnoliento. Por tanto, dejémonos santificar hoy y dispongámonos. Dispongámonos hoy sacudiendo la pesadez de la noche. Y ya santificados, vivamos de día, evitando la borrachera nocturna, manteniendo la brida de la comezón dañina. La ley entera y los profetas penden de estos dos mandamientos: apartarse del mal y obrar el bien.

CAPÍTULO 3

 Estos planteamientos son para hoy, pues mañana no habrá ya santificación ni preparación, sino únicamente visión de la majestad. Mañana, dice, veréis la majestad de Dios en vosotros. Es lo que dijo el patriarca jacob: Mañana responderá mi justicia. Hoy se honra a la justicia y mañana responderá. Hoy la práctica, mañana el fruto. Y como no hay cosecha sin siembra, tampoco se dará visión de la majestad si ahora se desprecia la santidad. No des untará el Sol de la gloria en quien no hubiese aparecido el Sol de justicia. No amanecerá el mañana para quien no amanece hoy. El mismo a quien Dios Padre hizo para nosotros hoy justicia, aparecerá mañana como vida nuestra, para que nos manifestemos gloriosos con él. Hoy nace para nosotros un niño, para que no vuelva el hombre a ensalzarse, sino a convertirse sinceramente y hacerse niño. Mañana aparecerá el Señor en su grandeza y muy digno de alabanza, para que también nosotros mismos quedemos envueltos en la alabanza cuando cada uno sea alabanza de Dios. A quienes ha justificado hoy, mañana los ensalzará. Y a la perfección de la santidad sucederá la visión de la majestad. No será una visión engañosa, porque estriba en la semejanza: Seremos semejantes a él, porque le veremos como él es.
De aquí que no se diga simplemente: Veréis la majestad de Dios, sin añadir con acierto: en vosotros. Hoy nos vemos en él como en un espejo cuando asume lo nuestro; mañana lo veremos en nosotros cuando ya se nos haya dado, mostrándosenos y asumiéndonos en sí mismo. Prometió que se pondría a servirnos, y que hasta entonces recibiríamos de su plenitud no ya una gloria correspondiente a la suya, sino una gracia que corresponda a su don, como está escrito: El Señor concede la gracia y la gloria.
Por tanto, no desprecies estos favores si quieres alcanzar los otros. No rechaces el primer manjar si quieres gustar los postres. No rechaces la comida por los platos en que te la sirven. El Pacífico se ha convertido en manjar incorruptible, ciñéndose un cuerpo sin corrupción para servir en él los manjares de salvación. Por eso dice: No dejarás a tu Santo conocer la corrupción. Es aquel Santo de quien Gabriel dice a María: El que va a nacer de ti será santo, lo llamarán Hijo de Dios.

CAPÍTULO 4

 Seamos hoy santificados por este Santo para contemplar su majestad cuando despunte aquel día, porque hoy es un día consagrado al Señor, día de salvación. Pero no de gloria ni de felicidad. Y mientras se celebra la pasión del Santo de los santos, que sufrió en el día de Parasceve, esto es, en el día de la preparación, se exhorta a todos : Santificaos hoy y estad dispuestos. Santificaos cada vez más, progresando de virtud en virtud, y estad dispuestos por la perseverancia.
¿Con qué medios nos santificamos? He leído de alguien en la Escritura que lo santificó por la fidelidad y la mansedumbre. No es posible agradar a los hombres sin mansedumbre, ni a Dios sin la fe. Con razón se nos exhorta a disponernos, mediante estas dos actitudes; para estar de acuerdo con Dios, cuya majestad hemos de contemplar, y para contemplarla también en nosotros. Por este motivo, andemos solícitos por quedar bien no sólo ante Dios, sino también ante los hombres. Así podremos agradar a nuestro Rey y a nuestros vecinos y hermanos.

CAPÍTULO 5

Ante todo, debemos buscar la fe. De ella se dice: Ha purificado sus corazones con la fe. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Fíate de Dios; encomiéndate a él; arroja sobre él todos tus afanes, y él te sustentará. Así podrás decir confiadamente y seguro: El Señor cuida de mí. Ignoran esto los egoístas, los resabidos, los interesados, los amigos del placer, los sordos a la voz del que exclama: Descargad en Dios todo agobio, que a él le interesa vuestro bien. Fiarse de sí mismo no es fe, es infidelidad; como confiar en sí mismo no es confianza, sino desconfianza.

Fiel es aquel que no cree ni espera en sí mismo; se hace como un cacharro inútil. Desprecia la propia existencia en el mundo para conservarla en una vida sin término. Esto sólo lo obtiene la humildad de corazón, pues el alma fiel nunca se apoya en sí misma, se abandona, más bien, a sí misma, y sube desde el desierto apoyada en su amado y rebosando en delicias.

CAPÍTULO 6

Para  que  la  santificación  sea  perfecta,  necesitamos aprender del Santo de los santos su sencillez y el gusto por la convivencia: Aprended de mí, que soy sencillo y humilde. ¿Qué nos impide afirmar que un hombre tal rezume delicias? Es bueno, sencillo y misericordioso; se hace disponible para todos; está saturado de ese ungüento de sencillez y dulzura con el que embriaga a todos. Vive tan rebosante, que parece destilar por todas partes. Dichoso el que se encuentra preparado por esta doble santificación y puede decir: Dispuesto esto , Dios mío; dispuesto estoy. Hoy ya tiene su fruto en la santificación; mañana logrará su meta en la vida eterna. Porque contemplará la majestad de Dios, que es la vida eterna, como se expresa la Verdad: Esta es la vi a eterna, reconocerte a ti romo único Dios verdadero, y a tu enviado jesucristo. El Juez justo le premiará con la merecida corona en aquel día sin ocaso. Entonces verá e irradiará alegría; se admirará y se ensanchar: su corazón. ¿Hasta dónde? Hasta contemplar en sí mismo la majestad de Dios. Mas no penséis, hermanos, que pueda explicaros con palabras el contenido de esa promesa.

CAPÍTULO 7

Santificaos hoy y permaneced dispuestos; mañana veréis y os alegraréis, y vuestra alegría será total. ¿Qué puede deja vacío esa majestad? Colmará y hará rebosar, cuando se derrame en nuestros senos, una medida generosa, colmada, remecida y rebosante. Tanto rebosará que excederá en sublimidad los méritos y deseos, pues él es capaz de realizar en nosotros algo muy superior a nuestra comprensión y esperanza. Nuestros deseos se centran fundamentalmente en tres puntos : la permisividad, la conveniencia y el placer. Esto es lo que deseamos. Todo el mundo coincide aquí, con diferencias de matices. Uno se inclina más hacia el placer, sin fijarse tanto en la permisividad ni en la conveniencia. Otro más en el interés, dejando de lado la permisividad y lo placentero. El de allí no se preocupa ni de lo placentero ni de lo permisible  sólo busca la honra. No se condenan los deseos, pero busquemos las cosas donde las podemos hallar. Todo esto, cuando es verdadero, es uno y el mismo bien sumo, gloria suprema, conveniencia soberana, deleite culminante. Y estas cosas, que en la vida podemos alcanzar, constituyen nuestra espera y la promesa de contemplar la majestad en nosotros para que Dios sea todo en todos nosotros : todo gozo, todo conveniente, todo permisible.
Y tú, Sinagoga impía, nos alumbraste a este hijo ejerciendo la misión de madre; pero sin el cariño materno. Lo arrojaste de tu seno; lo expulsaste fuera de la ciudad y lo pusiste en alto, como diciendo a la Iglesia del mundo pagano y a la más antigua que ya está en los cielos : “Ni para mí ni para ti; que se divida”. Dice que se divida no entre las dos, sino por ambas. Expulsado y levantado un poco, lo suficiente para que no se halle dentro de tus muros ni en tu tierra; lo estrechaste por todos los costados con hierro para que no se inclinara a parte alguna.
De este modo separado de ti, no vendría a ser de nadie. Madre alevosamente cruel, quisiste engendrar un aborto, para que no se pudiese recoger lo que tú habías arrojado. Mira el provecho que has sacado; mejor, fíjate que no has hecho nada. De todos los rincones salen las muchachas de Sión para ver al rey Salomón con la rica corona que le ceñiste. Dejando a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Expulsado de la ciudad y levantado de la tierra, tirará de todas las cosas hacia sí el que es Dios soberano, bendito para siempre. Amén.
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