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SERMÓN CUARTO SOBRE LA NAVIDAD, POR SAN BERNARDO

25 de diciembre de 2013

tolomei

SERMON CUARTO

Sobre el medicamento de la mano izquierda del esposo y los encantos de su mano derecha

Capítulo 1

No es costumbre en nuestra Orden tener hoy sermón. Pero como mañana precisaremos de bastante tiempo en la celebración de las misas, no lo tendremos para un sermón largo. Por eso pienso que no es un despropósito preparar va hoy vuestros corazones para una solemnidad tan importante; sobre todo, cuando se trata de este insondable misterio y de su incomprensible profundidad. Es como la fuente viva: cuanto más se extrae, tanto más fluye, sin asomo de agotamiento.

Además, conozco vuestros frecuentes sufrimientos por Cristo, y quiero que rebose vuestro consuelo en él. No es conveniente ni lícito brindaros algún consuelo humano. Sería bochornoso y de nada serviría. Pero lo más lamentable es que sería un obstáculo al auténtico y saludable consuelo. Por eso, el que es la delicia y la gloria de los ángeles, se hizo salvación Y consuelo de los miserables; quien es grande y sublime en su ciudad glorificando a los habitantes e allá arriba, se vuelve pequeño y humilde en el destierro, alegrando sobremanera a los exiliados; y el que en lo alto es la gloria del Padre se hizo en la tierra paz para los hombres de buena voluntad.
Se ha hecho niño para los niños y grande ara los grandes. A aquéllos los justifica siendo niño, para ensalzarlos después y glorificarlos siendo grande y glorioso. Por eso existe aquel instrumento elegido, que todo lo recibió de la plenitud de este niño. Aunque pequeño, está colmado; colmado de gracia y de verdad; y en él habita corporalmente la plenitud de la divinidad. Por eso, repito, Pablo eructa ese bello poema que habéis oído con frecuencia durante estos días : Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Estad alegres, dice, por lo que veis; y alegraos también por la promesa que recibís. Porque el misterio y su correspondiente esperanza rezuman gozo. Alegraos, porque ya habéis recibido los regalos de la mano izquierda; alegraos, pues aguardáis los premios de la derecha. Dice: Pone su mano izquierda bajo mi cabeza y me abraza con la derecha. La mano izquierda sosiega; la derecha acoge. La izquierda cura y santifica; la derecha a raza v glorifica. En la izquierda deposita sus méritos; en la derecha, sus premios. Insisto: la izquierda contiene los remedios, y la derecha los deleites.

CAPÍTULO 2

Pero fíjate en este médico piadoso, observa al médico sabio. Considera con suma atención qué lote de medicamentos recientes trae. Mira el valor y la calidad; pues no sólo son muy útiles para curar, sino agradables a la vista y de buen paladar.

Bueno, repara en la primera medicina. La tiene en a mano izquierda. Se refiere a su concepción sin concurso de varón. Indaga, por favor, en esta realidad tan excepcional y admirable como gozosa y amable. ¿Hay algo más hermoso que una generación límpida? ¿Qué puede superar en gloria a una santa y auténtica concepción, sin menoscabo del pudor y sin mancha de corrupción? Pero quizá se enfriaría un poco en nosotros la admiración de tal novedad, aunque agradable, si no deleitara también nuestro espíritu el fruto de salvación y el sentido de lo útil. Esta concepción es gloriosa, sí, en su misma forma externa; pero, sobre todo, es preciosa en su dinamismo interno. Como dice la Escritura: en la izquierda del Señor se hallan inseparables el honor y las riquezas. Me refiero a las riquezas de salvación y al honor de lo nuevo.
¿Quién podrá transformar en puro al que fue concebido de germen impuro? Tú solo, el único concebido sin placer inmundo e ilícito. En mi misma raíz y origen me encuentro infecto y manchado. Mi concepción es inmunda. Pero hay quien puede eliminar este trastorno: el único que esta libre de él.

CAPÍTULO 3

Tengo las riquezas de la salvación. Por ellas puedo recuperar la pureza de mi concepción persona. Me refiero a la concepción inmaculada de Cristo. Añade más, Señor Jesús; renueva los prodigios, cambia los portentos, Pues todo lo anterior ha perdido lozanía por su misma costumbre. Indudables y grandes prodigios son la salida y el ocaso del sol, la fecundidad de la tierra, el fluir de las estaciones. Pero todo esto nos es tan familiar que ya ni nos impresiona.

Renueva los prodigios, repite los portentos. Ved, dice, que todo lo hago nuevo. ¿Quién habla así? El Cordero que está sentado en el trono; el Cordero que respira dulzura, que es todo agrado; el ungido por antonomasia. Ese es el significado de su mismo nombre, Cristo. ¿A quién le parecerá áspero o duro, si ni a su misma madre lesionó ni molestó lo más mínimo en el momento de su alumbramiento? ¡Ya tenemos nuevos prodigios! Una concepción sin menoscabo del pudor y un parto sin dolor. La maldición de Eva se trastrocó en la virgen: dio a luz un hijo sin dolor. Se trastrocó, repito, la maldición en bendición, como lo anunció el ángel Gabriel: Bendita tú entre las muJeres. ¡Oh dichosa, única bendita entre las mujeres, no maldita; única exenta de la maldición universal, inexperta en el dolor de las que alumbran! No es extraño, hermanos, que no ocasionara dolor a su madre el que se apropió los sufrimientos de todo el mundo, como dice Isaías: Aguantó nuestros dolores.
Dos cosas teme la fragilidad humana: la vergüenza y el dolor. Y vino a quitar ambas; las asumió, sin más, en el momento en que los perversos le condenaron a muerte, y a una muerte infame. Por tanto, para ofrecernos garantía de que quitaría de nosotros estos dos azotes, mantuvo previamente a su madre incólume de uno y otro, no sufriendo ni menoscabo en el pudor ni el más ligero dolor en su parto.

CAPÍTULO 4

Pero ved cómo se amontonan las riquezas, aumenta la gloria, se renuevan los prodigios y se repiten los portentos. No sólo hay una concepción sin menoscabo del pudor y un parto sin dolor: hay una Madre sin corrupción. ¡Oh novedad inaudita! La Virgen dio a luz y quedó virgen después del parto. Saboreó el gozo de tener un hijo y la integridad de su cuerpo, la alegría de la maternidad y la gloria e la virginidad.

Ahora sí espero confiado la gloria de la incorrupción prometida a mi cuerpo, porque el Señor la conservó intacta en su Madre. El que hizo que su Madre se conservara incorrupta al darle a luz, con la misma facilidad revestirá de incorrupción lo corruptible al resucitarlo.

CAPÍTULO 5

Aún tienes riquezas mayores y una gloria más sublime. La Madre queda intacta en su virginidad, y el Hijo sin la más leve huella de pecado. La maldición de Eva no recae en la madre; tampoco recae en su hijo esa secuela a que alude el profeta: Nadie está libre de mancha; ni siquiera el niño que acaba de nacer. Aquí hay un niño sin mancha, el único verídico entre los hombres. Más, es la verdad personificada.

Este es el Cordero sin mancha, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. ¿Quién podrá eliminar mejor los pecados que quien está libre de pecado? Este, que indudablemente no está manchado, podrá realmente lavarme. Su mano, sin pizca de polvo, limpie mi ojo cubierto de barro. Este, que no tiene vigas en su ojo, extraiga la brizna del mío. ¿Qué digo? Extraiga la viga de mi ojo el que no tiene ni la más insignificante mota de polvo en el suyo.

CAPÍTULO 6

Hemos contemplado las riquezas de la salvación y de la vida. Hemos contemplado su gloria, gloria del Hijo único del Padre. ¿De qué padre preguntas? Y se llamará Hijo del Altísimo. Está muy claro quién es el Altísimo. Mas, para que no se pase nada, dice el ángel Gabriel a María: Darás a luz al Santo, que se llamará Hijo de Dios. ¡Oh Santo con toda verdad ! No dejarás, Señor, a tu Santo conocer la corrupción, pues ni a su madre la privó de la incorrupción.

Se repiten los milagros, se acrecientan las riquezas, se abren los cofres. Quien engendra es virgen y madre; el engendrado es Dios y hombre. Pero ¿se va a echar lo sagrado a los perros o las perlas a los cerdos? Escondamos nuestro tesoro en el campo y depositemos nuestro dinero en las talegas. Que se oculte el engendrado sin semen en el desposorio de la madre, y el parto sin dolor en los va idos y lamentos del niño. Que se oculte la incorrupción de a que da a luz en su purificación legal; la inocencia del niño, en el rito de la circuncisión. Oculta, repito, oculta, María, el resplandor del nuevo Sol. Acuéstalo en el pesebre, envuélvelo en pañales; estos pañales son nuestras riquezas. Los pañales del Salvador valen más que todos los terciopelos. El pesebre es más excelso que los tronos dorados de los reyes. Y la pobreza de Cristo supera, con mucho, a todas las riquezas tesoros juntos.
¿Qué puede hallarse más enriquecedor y de más valor que la humildad? Por ella se compra el reino de los cielos y se alcanza la gracia divina, como dice el Evangelio : Dichosos los que eligen ser pobres, porque tienen el reino de los cielos. Salomón añade: Dios se enfrenta con los arrogantes, pero concede gracia a los humildes. El nacimiento del Señor te inculca la humildad: le ves anonadado, tomando la condición de esclavo y viviendo como un hombre cualquiera.

CAPÍTULO 7

¿Quieres encontrar todavía mayores riquezas y una gloria superior? Ahí tienes el amor en la pasión. No hay amor mayor que dar la vida por los amigos. Esta gloria y riquezas de salvación es la sangre preciosa y la cruz del Señor. Su sangre nos rescató y su cruz es nuestro orgullo, lo mismo que para el Apóstol, que exclama: Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme más que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Y añade : No me propuse conocer otra cosa entre vosotros sino a Cristo Jesús, y a éste crucificado.

La mano izquierda es Cristo crucificado, y la derecha Cristo glorificado. El Apóstol apunta a Cristo, y éste crucificado. Quizá nosotros seamos esa cruz en la que Cristo está clavado. Porque el hombre tiene forma de cruz. Para expresarlo hasta extender los brazos. Y Cristo mismo se expresa en el salmo: Estoy clavado en un fango profundo. Ese fango somos nosotros, porque de él fuimos modelados. Pero en aquel entonces éramos arcilla del paraíso; ahora, en cambio, somos un fango profundo. Estoy clavado, afirma. Y no estoy ahí simplemente como de paso o de soslayo, estoy con vosotros hasta el fin del mundo. Cuando Tamar dio a luz a sus gemelos, Zeraj fue el primero que sacó una mano. Y le pusieron en la muñeca una cinta roja, como símbolo de la pasión del Señor.

CAPÍTULO 8

Ya conocemos su izquierda. Pero todavía debemos gritar: Extiende tu derecha a la obra de tus manos. Señor, extiende sobre nosotros tu derecha y nos basta. Dice que hay riquezas y gloria en la casa del que teme al Señor. Y en tu casa, Señor, ¿qué hay? Acción de gracias y cánticos de alabanza. Dichosos los que viven en tu casa, Señor; te alabarán por siempre. Ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni a ningún hombre le subió a la cabeza lo que Dios ha preparado para los que le aman. Reina una luz inaccesible y una paz que excede a toda experiencia, una fuente que se desliza por el valle y no escala los montes.

No hay ojo alguno que haya visto la luz inaccesible, ni oreja que haya percibido la paz incomprensible. Bien venidos los que predican la paz; y aunque a toda la tierra alcance su pregón, no pudieron comprender en toda su dimensión esa paz que excede a toda experiencia, ni difundirla en los oídos ajenos. Pues el mismo Pablo dice: Hermanos, yo no pienso haberla alcanzado. La fe sigue al mensaje, y el mensaje acontece por la Palabra de Dios. Se refiere a la fe y a la promesa de la paz, no a su manifestación ni a la posesión.
Claro que ahora hay paz en la tierra para los hombres de buena voluntad; pero ¿qué supone esta paz frente a la plenitud y excelencia de aquella otra paz? Por eso el Señor mismo dice: Mi paz os doy, mi paz os dejo. Todavía sois incapaces de recibir esa paz mía que excede a toda experiencia y que está por encima de cualquier otra. Por este motivo os entrego ya la patria de la paz, dejándoos mientras tanto el camino de la paz.

CAPÍTULO 9

Y ¿qué significa la expresión mencionada: Ni a hombre alguno le subió a la cabeza? Pues que es manantial, y en cuanto tal, no entiende de subidas. Conocemos la propiedad natural del manantial : correr por el cauce de los valles y evitar las asperezas de los montes. Lo dice la Escritura: En los valles sacas manantiales para que las aguas fluyan entre los montes.

Por eso os recuerdo sin cesar que Dios se enfrenta con los arrogantes, pero concede gracia a los humildes. El agua que brota del manantial no alcanza un nivel más alto que el que le corresponde en su punto de origen. Según esta norma, parece que la soberbia no es impedimento en los cauces de la gracia. Sobre todo porque el primer soberbio, que, según la Escritura, es rey que domina a todos los hijos de la soberbia, no se dice que haya pensado: “Me encaramaré más”; sino: “Me igualaré al Altísimo”. Sin embargo, el Apóstol es tajante, y dice que el soberbio se pone por encima de todo lo que se llama Dios o es objeto de culto. Al oído humano le horroriza este grito. ¡Ojalá su espíritu se espante ante cualquier pensamiento o afecto desordenado! Yo os digo que tanto aquél como cualquier soberbio se ponen por encima de Dios.
Dios quiere que se cumpla su voluntad, y el soberbio quiere hacer la suya. Parece igualdad, pero hay una tremenda desproporción. Dios, en todo lo que aprueba la razón, quiere que se cumpla su voluntad. El soberbio, en cambio, busca la suya con razón o sin ella. Ya ves aquí una altura, y ahí no suben los raudales de la gracia. Si no os convertís y os hacéis como este niño, no entraréis en el reino de los cielos. Habla de sí mismo, que es el manantial de la vida, el que posee y derrama la plenitud de todas las gracias.
Prepara, pues, los riachuelos, allana los ribazos y los proyectos altisonantes, trata de asemejarte al Hijo del hombre, no a Adán. El manantial de la gracia no sube al corazón del hombre carnal y terreno. Purifica tu vista para que puedas ver la luz sin tacha. Inclina tu oído a la obediencia para que llegues un día al reposo eterno y a esa paz insospechada. El es luz serena, paz tranquila, manantial inagotable y eterno. Piensa en el Padre como manantial; de él nace el Hijo y procede el Espíritu Santo. Asigna la luz al Hijo, resplandor de vida eterna y luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. Refiere la paz al Espíritu Santo, que se posa preferentemente sobre el pacífico y sencillo.
No quiero decir con esto que estas propiedades sean exclusivas de cada una de las personas. El Padre es también luz, para que el Hijo sea luz de luz. El Hijo es paz, es nuestra paz, pues hizo de dos pueblos uno. Y el Espíritu Santo es manantial de agua que salta, dando una vida sin término.

CAPÍTULO 10

Pero ¿cuándo llegaremos a esto? ¿Cuándo me colmarás de gozo en tu presencia, Señor? Nos alegramos en ti porque nos has visita o como luz que viene de lo alto. Estamos siempre alegres, aguardando la gozosa esperanza en tu segunda llegada. Pero ¿cuándo va a llegar la plenitud, y el recuerdo será presencia, y la esperanza una gozosa realidad? Oigamos al Apóstol: Que todo el mundo note vuestra modestia. El Señor está cerca. Vale la pena que brille nuestra modestia. También la modestia del Señor admiró a todos. ¿Puede haber algo más incongruente que una actitud arrogante del hombre en la consciencia de su innata flaqueza, después que el Señor de la majestad actuó con tanta modestia en sus relaciones humanas? Aprended de mí, dice, que soy sencillo y humilde, para que también vuestra modestia pueda conocerse por los demás.
El texto añade: El Señor está cerca. Esto debe entenderse de su derecha. Porque de su mano izquierda dice él mismo: Mirad gue yo estoy con vosotros, cada día, hasta el fin del mundo. El Señor está cerca, hermanos míos. No os agobiéis por nada. Está a punto y aparecerá muy pronto. No os sintáis derrotados, no os canséis. Buscad al Señor mientras podéis encontrarlo, invocadlo mientras está cerca. El Señor está cerca de los atribulados; cerca está de los que le aguardan,, de los que le aguardan sinceramente. En fin, ¿quieres apercibirte de su cercanía? Escucha cómo canta la esposa al Esposo; mira, ya está detrás del tabique. Este tabique es tu mismo cuerpo. Es el único impedimento que te imposibilita ver todavía al que está tan cerca. Por eso, el mismo Pablo deseaba morir y estar con Cristo. Y sollozaba angustiado: ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará del cuerpo, instrumento de esta muerte? Lo mismo expresa el profeta en el salmo: Sácame de la prisión para alabar tu nombre.

 

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