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EL ECUMENISMO. MONSEÑOR LEFEBVRE

14 de noviembre de 2013

Monseñor marcel lefebvre[8]En medio de esta confusión de ideas, en la que algunos cristianos parecen ahora complacerse, hay una tendencia particularmente perniciosa para la fe y tanto más peligrosa por cuanto se presenta con las apariencias de la caridad. La palabra ecumenismo, aparecida en 1927 en un congreso que se reunió en Lausana, debería poner por sí misma en guardia a los católicos, teniendo en cuenta la definición que se da de dicha palabra en todos los diccionarios: “Ecumenismo-. movimiento favorable a la reunión de todas las Iglesias cristianas en una sola”. No es posible fundir principios contradictorios, eso es evidente; no se puede reunir la verdad y el error para hacer de ellos una sola cosa.

Esto sólo sería posible adoptando errores y rechazando parcial o totalmente la verdad. El ecumenismo se condena por sí mismo.

El término alcanzó tal difusión a partir del último concilio que penetró el lenguaje profano. Ahora se habla de ecumenismo universitario, de ecumenismo informático y de otros tipos de ecumenismo, para expresar una posición de diversidad, de eclecticismo.

En el lenguaje religioso, el ecumenismo se extendió últimamente a las religiones no cristianas, lo cual se tradujo inmediatamente en actos. Un diario del oeste de Francia nos indica mediante un ejemplo preciso el modo en que se realiza la evolución: en una pequeña parroquia de la región de Cherburgo, la población católica se preocupa por los trabajadores musulmanes que acaban de llegar a un obrador.

Esta es una actitud caritativa y no se puede dejar de felicitar a dichos católicos.

En una segunda fase, vemos a los musulmanes pidiendo un local para celebrar el Ramadán y a los cristianos ofreciéndoles el subsuelo de su iglesia. Luego comienza a funcionar en ese lugar una escuela alcoránica. Al cabo de dos años, los cristianos invitan a los musulmanes a celebrar la Navidad con ellos y mediante “una oración común preparada sobre la base de extractos de los suras del Alcorán y de los versículos del Evangelio”. La caridad mal entendida condujo a esos cristianos a pactar con el error.

En Lille, los dominicos proporcionaron a los musulmanes una capilla para que fuera transformada en mezquita. En Versalles, se ha pedido dinero en las iglesias para “la compra de un lugar de culto para los musulmanes”.

En Roubaix y en Marsella les fueron cedidas otras capillas, así como una iglesia de Argenteuil. ¡Los católicos se convierten en apóstoles del peor enemigo de la Iglesia de Cristo que es el islamismo y ofrecen sus óbolos a Mahoma!

Según parece, en Francia hay más de cuatrocientas mezquitas y en muchos casos fueron los católicos quienes proporcionaron el dinero para su construcción.

Hoy todas las religiones tienen derecho de ciudadanía en la iglesia. Un cardenal francés celebraba un día la misa en presencia de monjes tibetanos a los que había puesto en la primera fila, vestidos con sus hábitos de ceremonia y se inclinaba frente a ellos mientras un animador anunciaba; “Los bonzos participarán con nosotros en la celebración eucarística”. En una iglesia de Rennes se celebró el culto de Buda; en Italia, veinte monjes fueron iniciados solemnemente en el zen por un budista.

No terminaría nunca de citar ejemplos de sincretismo que se nos presentan todos los días. Asistimos al desarrollo de asociaciones, al nacimiento de movimientos que siempre encuentran un eclesiástico para presidirlos, como ese movimiento que quiere llegar “a la fusión de todas las espiritualidades en el amor”. O bien se lanzan proyectos asombrosos como la transformación de Nótre-Dame-de-la- Garde en lugar de culto monoteísta para los cristianos, los musulmanes y los judíos, proyecto que felizmente encontró la firme oposición de grupos de laicos.

El ecumenismo, en su acepción estrecha, es decir, reservado a los cristianos, organiza celebraciones eucarísticas comunes con los protestantes, como se ha hecho especialmente en Estrasburgo; o bien son los anglicanos quienes invitan en la catedral de Chartres para celebrar la “Cena eucarística”.

La única celebración que no se admite ni en Chartres, ni en Estrasburgo, ni en Rennes ni en Marsella es la de la Santa Misa según el rito codificado por san Pío V.

¿Qué conclusión puede sacar de todo esto el católico que ve a las autoridades eclesiásticas consintiendo en ceremonias tan escandalosas? La conclusión de que todas las religiones tienen su valor, de que podría muy bien buscar uno la salvación entre los budistas o los protestantes. Ese católico corre el riesgo de perder la fe en la Santa Iglesia. Y eso es lo que se les sugiere; se quiere someter a la iglesia al derecho común, se la quiere colocar en el mismo plano que las otras religiones, se evita decir (hasta entre sacerdotes, seminaristas y profesores de seminario) que la Iglesia católica es la única iglesia, que ella sola posee la verdad, que ella sola es la única capaz de dar la salvación a los hombres por obra de Jesucristo.

Ahora se dice abiertamente: “La (Iglesia no es más que un fermento espiritual en la sociedad pero al igual que las demás religiones…, tal vez un poco más que las otras religiones…” En rigor de verdad se acepta, y no siempre, asignarle una ligera superioridad.

En ese caso la Iglesia sería tan solo útil, ya no sería necesaria. Constituiría uno de los medios de alcanzar la salvación.

Es menester decirlo claramente: semejante concepción se opone de manera radical al dogma mismo de la iglesia católica.

La Iglesia es la única arca de salvación, no debemos tener miedo de afirmarlo. Muchas veces se habrá oído decir: “Fuera de la Iglesia no hay salvación” y esto choca a las mentalidades contemporáneas. Es fácil hacer creer que este principio ya no está en vigor, que ha quedado superado. Parece un principio de severidad excesiva.

Sin embargo nada ha cambiado, pues nada puede cambiar en este dominio. Nuestro Señor no fundó varias Iglesias, sino que fundó sólo una. Sólo hay una cruz por obra de la cual uno puede salvarse y esa cruz le ha sido dada a la Iglesia católica, no ha sido dada a las demás. Cristo dio todas sus gracias a su Iglesia que es su esposa mística. Ninguna gracia otorgada al mundo, ninguna gracia registrada en la historia de la humanidad se distribuye sin pasar por la Iglesia.

¿Quiere eso decir que ningún protestante, ningún musulmán, ningún budista, ningún animista se salvará? No, eso no es cierto, pensarlo es incurrir en un segundo error. Aquellos que protestan contra la intolerancia al oír la fórmula de san Cipriano “Fuera de la Iglesia no hay salvación” ignoran el Credo “Reconozco un solo bautismo para la remisión de los pecados” y no están suficientemente instruidos sobre lo que es el bautismo.

Hay tres maneras de recibirlo: el bautismo por el agua, el bautismo por la sangre (éste es el bautismo de los mártires que confesaron su fe cuando todavía eran catecúmenos) y el bautismo de deseo.

El bautismo de deseo puede ser explícito. Muchas veces en África oíamos que uno de nuestros catecúmenos decía: “Padre mío, bautíceme en seguida pues si muriera antes de su próximo paso por aquí iría al infierno”. Nosotros les respondíamos: “No, si no tenéis un pecado mortal sobre la conciencia y si tenéis el deseo del bautismo ya poseéis la gracia en vosotros”.

Esa es la doctrina de la Iglesia que reconoce también el bautismo de deseo implícito. Este bautismo consiste en el acto de hacer la voluntad de Dios. Dios conoce todas las almas y por consiguiente sabe que en los medios protestantes, musulmanes, budistas y en toda la humanidad hay almas de buena voluntad. Esas almas reciben la gracia del bautismo sin saberlo, pero de una manera efectiva y, por lo tanto, quedan incorporadas a la iglesia.

Pero el error consiste en pensar que esas almas se salvan por su religión; se salvan en su religión, pero no por esa religión. No se salvan por obra del islamismo o por obra del sintoísmo. En el cielo no hay Iglesia budista, ni iglesia protestante. Estas son cosas que pueden parecer duras, pero así es la verdad. No fui yo quien fundó la Iglesia, fue Nuestro Señor, el hijo de Dios. Nosotros, los sacerdotes, estamos obligados a decir la verdad.

¡Pero al precio de qué dificultades llegan a recibir el bautismo de deseo los hombres de aquellos países en los que no ha penetrado el cristianismo! El error es una pantalla que oculta al Espíritu Santo. Por eso la Iglesia envió siempre misioneros a todos los países del mundo y muchos de ellos murieron en el martirio. Si se puede encontrar la salvación en cualquier religión, ¿para qué cruzar los mares e ir a climas insalubres para someterse a una vida penosa, a la enfermedad y a una muerte prematura? Después del martirio de san Esteban, el primero que dio su vida por Cristo, motivo por el cual se celebra su fiesta el día siguiente de Navidad, el 26 de diciembre, los apóstoles se embarcaron para difundir la buena nueva en toda la cuenca del Mediterráneo; ¿habrían procedido así si la salvación podía encontrarse también en el culto de Cibeles o en los misterios de Eleusis? ¿Por qué Nuestro Señor les habría dicho: “Id a evangelizar las naciones”?

Es pasmoso que hoy algunos pretendan dejar a cada uno el cuidado de encontrar su camino hacia Dios según las creencias de su “medio cultural”. El obispo dijo a un sacerdote que quería convertir a pequeños musulmanes: “Pero no, haga de ellos buenos musulmanes, eso será mejor que convertirlos en católicos”. Me han asegurado que los padres de Taizé habían solicitado antes del concilio hacerse católicos después de abjurar de sus errores. Las autoridades les dijeron entonces: “No, esperen, después del concilio ustedes serán el puente entre los católicos y los protestantes”.

Quienes dieron semejante respuesta tienen una pesada responsabilidad ante Dios, pues la gracia se da en un determinado momento y tal vez no siempre ocurre. En la actualidad los padres de Taizé, que sin duda tienen buenas intenciones, continúan estando fuera de la Iglesia y siembran la confusión en el espíritu de los jóvenes que van a verlos.

Ya me he referido a las conversiones que cesaron bruscamente en países como los Estados Unidos donde se producían alrededor de ciento setenta mil por año, como Gran Bretaña, como Holanda… El espíritu misionero se ha extinguido porque se ha dado una mala definición de la Iglesia y a causa de la declaración del concilio sobre la libertad religiosa de la que ahora tendré que hablar.

Mons. Lefebvre – Carta abierta a los católicos perplejos.

 

ozdoba

3 comentarios leave one →
  1. RuyDIaz permalink
    14 de noviembre de 2013 7:56 AM

    Que claridad de pensamiento, que valentia, que liderazgo, cuanta falta hace Msgr Lefebvre.

    • RuyDIaz permalink
      14 de noviembre de 2013 12:02 PM

      En cuanto al bautismo de deseo es bueno aclarar que este se aplica unicamente y exclusivamente a aquellos que nunca hubieran oido de la religion Catolica, y que nunca hubieran cometido pecado mortal. Por lo tanto es una muy infima minoria, y de esa infima minoria la mayor parte seran ninos que no saben que existe la religion Catolica y que aun no han tenido pecado mortal.

      Osea que es muy escaso y practicamente imposible hoy dia el bautismo de deseo y cada dia sera aun mas escaso, pues con el avanze en comunicaciones que llevan a que practicamente todo el mundo sepa del Dios verdadero.

  2. Ofelia Trejo permalink
    14 de noviembre de 2013 1:49 PM

    Muy bueno!

    Ofelia Trejo 🌹

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