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SERMÓN PARA LA DOMÍNICA QUINTA DESPUÉS DE LA EPIFANÍA. POR SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

10 de noviembre de 2013

DE LAS PENAS DEL INFIERNO

Colligite primum zizania, et aligate ea in fasciculos ad comburendum.

«Coged primero la zizaña, y haced gavillas de ella para el fuego».

Matth. XIII,30

san-alfonso-ligorioASUNTO DEL SERMÓN

Primeramente se hablará del fuego, que es la pena principal que atormenta los sentidos del condenado; y después de las otras penas del Infierno.

1. Ved, finalmente, a dónde van a parar aquellos pecadores que abusan demasiado de la misericordia divina. Van a arder para siempre en el fuego del Infierno. No nos amenaza Dios con el Infierno con el objeto de enviarnos para allá a padecer, sino para librarnos de él: Minatur Deus gehennam, -dice San Juan Crisóstomo-ut á gehenna liberet, et ut firmi ac stabilis evitemus minas. (Homil. 5 de Pœnit.) Sabed, pues, oyentes míos, que Dios os hace escuchar hoy este sermón sobre el Infierno para librarnos del Infierno: os lo hace oir para que dejéis el pecado, que sólo al Infierno puede conduciros.

2. Hermanos míos, es cosa cierta y de fe que hay Infierno. Despuúes del juicio final irán los justos a gozar de la gloria eterna del Paraíso, y los pecadores a sufrir el eterno castigo que les está reservado en el Infierno. Examinemos que cosa es el Infierno. Es el lugar de tormentos, como lo lamó el desgraciado Epulón: In hunc locum tormentorum (Luc. XVI, 22) Lugar de tormentos, en donde todos los sentidos y todas las potencias de los condenados tendrán su propio tormento; y cuanto habrá ofendido a Dios el pecador con placeres prohibidos, otro tanto será atormentado con más crueles suplicios.

3. Cuando el pecador ofende a Dios, comete dos delitos graves: abandona a Dios sumo bien, y se adhiere a la criatura, de quien no puede recibir contento alguno verdadero: Duo enim mala fecit populus meus. Se lamenta el Señor de esta injusticia que le hacen los hombres, diciendo: «Dos maldades ha cometido mi pueblo; me han abandonado a mi que soy fuente de agua viva, y han ido a fabricarse algibes, algibes rotos, que no pueden retener las aguas». (Jerem. II, 13). Porque los pecadores le han vuelto la espalda, serán atormentados en el Infierno con la pena de daño, que consiste en haber perdido a Dios. Y porque ofendiendo a Dios se han adherido a las criaturas, justamente serán atormentados en el Infierno por las mismas criaturas, especialmente por el fuego.

4. El fuego y los remordimientos de la conciencia castigarán principalmente la carne del ímpio; por esta razón Jesucristo, condenando a los réprobos al Infierno, dice que los envía al fuego eterno: Descedite á me maledicti in ignem æternum. (Matth. XXV, 44). Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno. Porque ha de ser este fuego uno del verdugos más fieros que han de castigar a los condenados.

5. También en éste mundo la pena de fuego es la más terrible de todas; pero, dice San Agustín, que el fuego de aquí, comparado con el del Infierno, es solamente una pintura. San Anselmo escribe, que así como nuestro fuego material excede en ardor al fuego pintado, así el del Infierno excede al nuestro material. Es decir, que el fuego infernal tiene mayor fuerza para atormentar que el fuego material que nosotros usamos; y la razón de esto es bien clara, porque nuestro fuego lo creó Dios para nuestra utilidad, y el del Infierno lo creó de intento para atormentar a los pecadores, haciéndole ministro de su justicia, como dice Tertuliano: «Muy distinto es el fuego que sirve para uso de los hombres, del que sirve a la justicia divina. La indignación divina es la que tiene continuamente encendido ese fuego vengador». Ignis succensus est á furore meo. (Jer. XV, 14).

6Mortuus est autem et dives, et sepultus est in inferno. (Luc. XVI, 22). Murió el rico Epulón, -dice San Lucas-, y fué sepultado en el Infierno; lo cual quiere decir, que el condenado tendrá allí un abismo de fuego debajo, otro encima, y otro abismo al rededor de sí. Si toca, tocará fuego; si ve, verá fuego; y si respira, respirará fuego. Así como el pez esta en el mar rodeado de agua, también el infeliz condenado estará rodeado de fuego en el Infierno, cuando el rico Epulón no se lamenta de otra pena: Crucior in hac flamma: «Soy atormentado en esta llama».

7. Dice el profeta Isaías, que el Señor limpiará las inmundicias de los pecadores con el espíritu de fuego (Isa. IV, 4). Espíritu de fuego es lo mismo que la quinta esencia de fuego. Todos los espíritus o quintas esencias, aunque sean de simples yerbas o flores, son tan penetrantes, que penetran hasta los huesos: pues de esta naturaleza es el fuego del Infierno. Es tan penetrante y activo, que una sola chispa bastaría para derretir un monte de bronce.

8. Además, este fuego atormentará al condenado, no solamente por fuera, sino también por dentro; y arderán las entrañas dentro del vientre, el corazón dentro del pecho, el cerebro dentro de la cabeza, la sangre dentro de las venas, y la médula dentro de los huesos. David dice, que los cuerpos de los condenados serán como otros tantos hornos de fuego.

9. ¡Oh, Dios mío! ciertos pecadores no pueden sufrir el ardor del sol en un camino durante el estío, ni estar con un brasero encendido en un cuarto encerrado, ni sufrir una chispa que salta de la bujía, y estos tales no temen el fuego del Infierno, que según dice Isaías, «no solamente quema, sino que devora a los desdichados condenados». ¿Quién de vosotros podrá habitar en un fuego devorador? Así como un león devora a un cabrito así el fuego del Infierno devora al condenado; pero lo devora sin hacerle morir; aunque le atormenta con una continua muerte. Sigue, necio, dice san Pedro Damián el pecador impúdico; sigue en satisfacer tus pasiones y en complacer a tu carne. «Vendrá un día, en que tus necedades se convertirán en pez, con la cual se nutrirá eternamente el fuego dentro de tus entrañas». San Cipriano añade, que las impudicias del hombre deshonesto hervirán en la misma grasa que saldrá de sus cuerpos malditos.

10. Escribe san Jerónimo, que «sufrirán los pecadores en este fuego no solamente el dolor que él causa, sino también todos los dolores que se sufren acá en la tierra»: (S. Hieron. Epist. ad Pammach.) ¡Cúantos dolores hay en esta tierra! Dolores de costado, dolores de cabeza, de riñones, de caderas, de vientre; de todos estos dolores será atormentado el condenado en el Infierno a un mismo tiempo.

11. El mismo fuego llevará consigo la pena de la oscuridad, mientras con su humo formará aquella tempestad de tinieblas de que habla Santiago, que ha de cegar los ojos a los condenados. Por lo que el Infierno se llama: «tierra tenebrosa y cubierta de las negras sombras de la muerte; región de donde todo está sin orden y reina un horror sempiterno» (Job. X, 21, 22) Causa compasión el oir, que un delincuente esté encerrado en un calabozo diez o veinte años. El Infierno, pues, es un calabozo encerrado por todas partes, en el cual jamás entra un rayo de sol, ni un resplandor de candela, porque el infeliz condenado «ya no verá jamás la luz» (Psal. XLVIII, 20). El fuego de este mundo ilumina; pero el del Infierno será siempre obscuro. Explicando san Basilio aquel texto del salmo XXVIII, 7: «el Señor, en el Infierno, distingue el fuego que abrasa, de la llama que brilla, y que este fuego solamente ejerce la facultad de abrasar, pero no la de iluminar». San Alberto Magno explica esto más brevemente diciendo: Dividit a calore splendorem. Santo Tomás añade: solamente habrá allí luz suficiente para atormentar a los réprobos con la vista de los demonios y de los otros condenados. San Agustín escribe: que solamente el espanto que causa la vista de estos monstruos y fantasmas infernales, bastaría para matar a todos los condenados, si pudiesen morir.

12. En el Infierno, además, hay una pena insoportable, cual lo es, padecer una gran sed, y no tener siquiera una gota de agua para apaciguarla. Algunos viajeros, en largo viaje por un país árido, no encontrando ninguna fuente donde refrigerar la sed, han muerto de angustia. Será, pues, tal la sed en el Infierno, que si a un condenado le ofreciesen toda el agua de los ríos y del mar, diría: ¿Y de que sirve toda esta agua para la sed que yo padezco? Pero, ¿qué ríos o que mares le han de ofrecer? Los desgraciados no tendrán ni una sola gota de agua para refrigerar su lengua. Esto deseaba el ricoEpulón, como leemos en san Lucas (XVI, 24): deseaba que Abraham le enviara a Lázaro, para que mojando la punta de su dedo en agua le refrescara la lengua, mientras se abrasaba en aquella llama. Pero el infeliz Epulón no pudo lograr esa gota de agua, ni la logrará jamás mientras Dios sea Dios.

13. Todavía más; el condenado se verá atormentado de la extraordinaria fetidez que hay en el Infierno, fetidez que dimanará de los cuerpos de los réprobos. Por eso los condenados se llaman cadáveres, no porque estén muertos, porque ellos están y estarán siempre vivos para padecer; se llaman cadáveres por la fetidez que exhalan. ¡Cúan terrible sería la pena del que estuviese encerrado en un aposento con un cadáver frío y fétido! Pues todavía hiede más el cuerpo de un condenado. San Buenaventura dice: que si estuviese en la tierra el cuerpo de un condenado, sería bastante el hedor que exhalaría para matar a todos los hombres. ¡Que pena no será, pues, hallarse encerrado en el calabozo del Infierno, en medio de aquella multitud inmensa de condenados! Dicen algunos necios mundanos: “si voy al Infierno no seré el único que me condene”¡desdichados! no consideráis que habéis de penar en el Infierno, tanto más, cuantos más sean los compañeros que tengáis. «Allí, -dice santo Tomás-, la compañía de los desgraciados no disminuirá las penas, sino las acrecentará». (S. Thom. supp. q. 86, art.) Las acrecentará, porque cada unode los condenados sirve de tormento a los otros; y por eso, cuantos más sean, más se atormentarán mutuamente. Los condenados, puestos en medio de aquél horno del Infierno, serán como otras tantas espinas que se hieren recíprocamente al menor movimiento.

14. Se atormentan, como ya hemos dicho, con la fetidez. Se atormentan, igualmente, con los lamentos y con los gritos que dan. ¿Que pena no siente uno que quiere dormir, y oye a un enfermo que se lamenta, a un perro que ladra, o a un niño que llora toda la noche? ¡desdichados réprobos, que han de estar oyendo continuamente los llantos y los aullidos de aquellos que desesperados, no solamente una noche, ni mil noches, sino por toda la eternidad, sin cesar jamás un momento!

15. Se atormenta a si mismo con la estrechez en que viven: porque, aunque la cárcel del Infierno sea muy extensa, no por eso dejará de ser muy angosta para tantos millones de réprobos, que han de estar amontonados unos sobre otros a manera de rebaños de ovejas: Sicui oves in inferno positi sunt. (Ps. XLVIII, 15) Dice la santa Escritura, que los desventurados estarán tan apretados unos contra otros, como lo están las uvas en el lagar bajo la prensa; y esta prensa, para los réprobos, será la venganza de un Dios irritado. De donde resulta la pena de su inmovilidad. De suerte que de la manera que el condenado cayere en el Infierno el día del juicio final, o bien sea de lado, o boca arriba, o boca abajo, así permanecerá para siempre, sin poder mudar de situación, y sin poder mover un pie, ni una mano, ni un dedo mientras Dios sea Dios. En suma, dice san Juan Crisóstomo, que «todas las penas de esta vida, por grandes que sean, son unas bagatelas, si se comparan conlas penas del Infierno». (Hom. 39, ad Pop. Ant)

16. Será, pues, atormentado el réprobo en todos sus sentidos y en todas sus potencias. Le atormentará la memoria, recordándole los años que Dios le concedió de vida para salvarse, y que él consumió, ofendiéndole, para condenarse; y recordándole tantas gracias y divinas inspiraciones, de las cuales no se supo aprovechar. Será atormentado en el entendimiento, pensando en los grandes bienes que perdió, como alma, Paraíso, y Dios; y que ya no hay remedio con que pueda resarcir tan grande pérdida. Será atormentado en la voluntad, viendo que le niegan para siempre cuanto pide y desea. El infeliz no conseguirá jamás nada de lo que quiera, y tendrá siempre que sufrir lo que no quiera. Querrá salir de aquellos tormentos y hallar paz para su alma; pero tendrá que permanecer siempre en ellos, y no hallará jamás la paz que desea.

 17. Al menos, si de cuando en cuando lograse algún refrigerio o algún reposo, no sería tan infeliz. Pero, dice san Cipriano que: «allí no hay ningún refrigerio, no hay ningún reposo, sino una desesperación más insufrible que todos los tormentos» (Serm. de Ascens.) Mientras vivimos en esta vida, siempre nos resta algún alivio o consuelo, cualquiera que sea el mal que pedecemos. Pero los infelices condenados han de estar en aquella sima de fuego siempre padeciendo, siempre llorando, sin lograr jamás un momento de reposo. ¡Si en medio de aquellos tormentos, hubiese al menos alguno que se compadeciese de ellos! Más no, al mismo tiempo que están tan afligidos, no cesan los demonios de echarles en cara sus pecados, diciéndoles: Sufrid, arded, desesperaos; vosotros mismos os habéis labrado vuestra ruina; todo es obra vuestra. Pero los Santos, y la divina Madre de Dios, que se llama Madre de Misericordia, al fin, ¿no se compadecerán de ellos? No, porque aquél no es ya lugar donde llegan los efectos de la compasión, sino de desesperación. Los Santos, no sólo no compadecen a los condenados, sino que gozan viendo vengadas las injurias hechas a su Dios. La divina Madre no puede tampoco compadecerlos, porque ellos ellos aborrecen a su Hijo. Y Jesucristo, que murió por su amor, no puede tampoco tener piedad de ellos, puesto que despreciaron el amor que les tuvo, y quisieron perderse voluntariamente.

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