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LA MAJESTAD DEL RUGIDO, EL PORVENIR RECLAMA EL REINADO DE JESUCRISTO

27 de octubre de 2013
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… Dejemos la ciudad y vayamos al campo, no nos detengamos a ver las ruinas de los poblados, ni nos fijemos en el humo, que dejó a su paso la tea incendiaria de los bárbaros del siglo veinte; subamos pronto a  aquella montaña, que el perfume de los pinos haga olvidar al olfato el olor de la sangre cristiana, que vimos al pie de un árbol en el valle, que el canto de los jilgueros no impida escuchar los lamentos de las vírgenes profanadas y de los huérfanos abandonados; bajemos ahora, abriendo trabajoso paso, en el monte, al fondo de aquella barranca, donde está acampado un grupo de valientes, miradles… rodean a un sacerdote, que, en el momento en que llegamos, entrega a cada uno de ellos el Cuerpo de Jesucristo como una prenda de la vida eterna; sobre el altar está su bandera bélica, su estandarte guerrero, la Virgen de Guadalupe, y por sobre aquella imagen queridísima una inscripción perfectamente visible:

¡Viva Cristo Rey!

Al retirarse de la Sagrada Mesa veo la tez morena de mis compatriotas tostada por el sol y los miro porta-estandartes de la Civilización Occidental, dignos herederos de la sangre de aquellos héroes que realizaron en España la epopeya siete veces secular de la Reconquista; émulos de los cristianos que enardecidos por Pedro el Ermitaño, marcharon a la conquista de Jerusalén; católicos de abolengo, saben que Cristo tiene derecho a reinar sobre todas las cosas y como le habían ofrecido desde la niñez el homenaje de la inteligencia y el afecto del corazón; ahora le ofrecen la energía de su brazo y la sangre de sus venas; piensan en las ruinas del Cubilete -del Monumento a Cristo Rey destruido por los perseguidores- y repiten con la nobleza de Clodoveo, que oía a San Remigio referirle la Pasión de Jesucristo: “¡Oh!, ¿Porqué no estaba yo con mis huestes?” En sus miradas brilla un reflejo de aquella ira divina que manifestó Jesús al empuñar el látigo para arrojar a los profanos del templo, y se yerguen con la altivez santa de los Macabeos cuando resolvieron morir antes que ver desolada la heredad del Señor; cuanto superan las más nobles de las libertades individuales a la libertad política cuanto son más grandes los derechos de Dios que los derechos del hombre; en eso meditan aquellos bravos al estrechar contra su corazón al Dios de los fuertes; terminado el Santo Sacrificio, se levantan como leones que respiran fuego, según el pensamiento de San Juan Crisóstomo, empuñan con amor su arma justiciera; no parecen ciertamente corderos que caminan silenciosamente al matadero, sino que se asemejan a aquél León de la tribu de Judá, cuya victoria, aclaman con ese grito, que tiene la majestad del rugido, el ímpetu del torrente y las alas del huracán:

¡Viva Cristo Rey!

y la Guadalupana sonríe amorosa y se pone al frente como capitana de aquel ejercito cristiano. Ofrece, pues, México hoy a Jesucristo como una aclamación a su soberbia, el llanto de sus proscritos, la oración de sus catacumbas y los hurras de sus héroes. El porvenir señores reclama el Reinado de Jesucristo.

 

ozdoba

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