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TOMÁS DE LA MORA, MÁRTIR DE COLIMA

23 de mayo de 2013

TOMAS DELAMORATomás de la Mora nació en Colima, el 7 de marzo de 1909, fue un virtuoso alumno externo del seminario diocesano de Colima y también fue miembro de varios grupos de laicos católicos comprometidos, como la Congregación Mariana, el Apostolado de la Oración, la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) y, finalmente, fungió como representante civil en Colima del general cristero Dionisio Eduardo Ochoa, iniciador en su estado del movimiento cristero. Cuando se suspenden los cultos en el Estado de Colima, Tomás fue uno de los que más se empeñaron por la causa de su religión.

El 18 de agosto de 1927 en un combate cerca de la Hacienda de Chiapa, fueron encontradas por sus enemigos unas cartas que Tomás había escrito hacía unos días, dirigidas al jefe cristero Dionisio Eduardo Ochoa. Y aunque Tomás se firmaba con su seudónimo Juan Moreno, principiaron luego las investigaciones que culminaron con su aprehensión.

Comprometido en tantas actividades en defensa de la fe, era lógico que su vida se hallara en continuo peligro de caer en las manos de los perseguidores. Tomás siempre decía que estaba decidido a dar su vida por defender los sagrados derechos de Cristo, por lograr la libertad de la Iglesia y por mantener la pureza de su fe. En una carta dirigida a su hermana Lupe, residente en la ciudad de México, terminaba diciéndole:
“A pesar de ser tan tibios y tan poco virtuosos…, según pienso, esta persecución va a hacer que México brille por la heroicidad de sus mártires… Pídele a Dios que nos dé valor a todos los católicos para no flaquear. Ya no hemos de pedir que cese la persecución, sino que en cada católico haya un héroe… Pídele a Dios que sea un mártir.
Tomás de la Mora.”

Fueron transcurriendo los primeros meses desde el alzamiento de los cristeros en el heroico estado de Colima, quienes con su jefe Dionisio Eduardo Ochoa y su hermano sacerdote Enrique de Jesús Ochoa, que fungía de capellán, se habían refugiado en los bosques, cañadas y cuevas del volcán de Colima y del Nevado, ya en los límites geográficos con Jalisco, para resistir los ataques del ejército federal.

Los cristeros hacían un juramento de fidelidad a Cristo antes de ingresar al ejército entre las filas de los defensores de la fe. Normalmente lo hacían delante de un sacerdote, si era posible; pero si no lo había, entonces delante de un Crucifijo y en la presencia del jefe y los demás compañeros de lucha. El P. Enrique de Jesús Ochoa, capellán de los cristeros de Colima, en el libro que escribió bajo el pseudónimo Spectator, anota las palabras del juramento que hacían al pie del volcán:

«Yo, NN, prometo solemnemente, por mi palabra y por mi honor de caballero, y juro delante de Dios, Juez Supremo, que me tendrá en cuenta todos mis actos, y ante nuestra Madre y Reina santa. María de Guadalupe, Patrona del Ejército libertador:Trabajar con todo entusiasmo por la noble causa de Dios y de la Patria, y luchar hasta vencer o morir, adhiriéndome al plan del Movimiento Libertador.

Juro también obediencia y subordinación a mis superiores y evitar todas las dificultades con mis hermanos en la lucha, olvidando rencores personales, a fin de obrar en todo de acuerdo hasta obtener el triunfo. Juro además, que por ningún motivo o circunstancia revelaré algo que pueda comprometer a mis hermanos en la lucha, sino que prefiero morir antes que ser traidor de la santa Causa.

Prometo y juro, finalmente, por la salvación eterna de mi alma, portarme como verdadero cristiano y no manchar la santa Causa que defendemos con actos indignos.»

Así pues, en el corazón generoso de Tomás crecía el anhelo de ofrecerse a Cristo Rey por el triunfo de su causa. El pensamiento del martirio, de dar su vida por Cristo, lo llenaba de entusiasmo y lo manifestaba abiertamente a quienes compartían sus ideales. En una ocasión conversaba con el P. Enrique de Jesús Ochoa, capellán de los cristeros y hermano de Dionisio Eduardo, el jefe de los soldados de Cristo en Colima.

SEMINARIOCOLIMA

Grupo del Seminario de Colima, 1925. Al Centro su padre director Enrique de Jesús Ochoa (10). derecha Miguel Anguiano Márquez, prefecto (11). Izquierdo, José Verduzco Bejarano, 1er consiliario (12). Manuel Hernandez (1), Tomás de la Mora (2). Rafael Borjas (3). Apolonio Sánchez (4) Prudencio Davila (5). Pedro Radillo (6). Martín Zamora (7). Ignacio Pérez (8). Ramón Pérez (9). José Cervantes (13) y Juan Hernández (14).

 Tomás le preguntó lleno de confianza:

—Los mártires son santos, ¿verdad?

—Sí —le respondió el Padre.

—Y si a nosotros nos matan por Cristo, ¿seremos mártires?

—El que da la vida por la causa de Jesucristo es mártir.

—¡Oh! –exclamó entonces Tomás—.

Cuando por la causa de Jesucristo Rey nos ahorquen, entonces seremos mártires, entonces seremos santos.

Era como si Tomás tuviera un presentimiento de lo que iba a sucederle después. Llegó el 15 de agosto, día de la Asunción de María, en que Tomás asistió por última vez a la santa Misa clandestina en una casa de la población y recibió la comunión. Dos semanas más tarde, el sábado 27 de agosto de 1927, habiendo descubierto los perseguidores que él tenía alguna relación con los cristeros del volcán de Colima, fue hecho prisionero en su propia casa, mientras jugaba con sus hermanos menores.

Hemos visto que al iniciar el Movimiento cristero en Colima, Tomás fue autorizado para representar al jefe Dionisio Eduardo Ochoa, como “jefe civil”, en todo lo que fuera menester, principalmente en lo relativo a suministrar noticias y proveer a los soldados cristeros con ropa, medicina, municiones o información. Por eso, no fue difícil que comenzaran las sospechas sobre él al verle metido en diversas actividades, y le fueron siguiendo de cerca.
Sorprendido en su propia casa por los soldados callistas, Tomás dijo a su madre: “Mamá, me van a matar”. Lo condujeron a la presencia del general Flores, jefe de la guarnición en Colima, que se distinguía por ser cruel e impío.
La madre, viendo que se llevaban por la fuerza a su hijo, se angustió mucho, pero Tomás, con entereza y serenidad le dijo:
“No te aflijas, mamá. Dame tu bendición, y si no volvemos a vernos en esta vida, nos veremos en el Cielo“.
El valiente muchacho se arrodilló y recibió la bendición de su afligida y creyente madre. Una vez en presencia del general Flores, se portó tan intrépido como los mártires de los primeros siglos, durante el interrogatorio del arrogante militar:
– Tienes tú correspondencia con los católicos que están en armas?”
“Mientras no se me demuestre con pruebas, no soy responsable de la acusación.”
– Aquí tienes la carta: la letra y la firma son tuyas.
– Es mía —dice Tomás sin vacilar ni un momento, al reconocer su letra.
– Eres un mocoso, le dijo el militar, tú no eres capaz de nada; tienes que decirnos quién es el que te aconseja.
– No diga usted que soy un chiquillo, porque sé muy bien lo que hago: nadie me aconseja.
Tan enérgica y cristiana respuesta le aumentó el odio sectario al dicho General callista, quien se vio confundido por el muchacho. Ordenó entonces que se le diera “una calentadita”. Los esbirros federales se llevaron a Tomás a un cuarto donde le dieron de bofetones y golpes. Después, bárbaramente maltratado, Tomás, con la cara amoratada, regresó a la presencia del impío General que se gozaba al atropellar y hacer sufrir a su joven víctima. Y al verlo en aquel estado de humillación, pensando que el tormento había doblegado su firmeza, le dijo de nuevo:
-Mira, dime todo lo que sabes sobre esos cristeros y te dejaré libre.
-Es inútil, General. No diré nada, y si me da usted la libertad, mañana me voy al volcán a unirme a los cristeros en la lucha por Cristo Rey. Me comunicaré con ellos y les diré lo que me pasa. Acepto la muerte.
-Eres un mocoso, tú no sabes lo que es la muerte —dijo ya irritado el general—. ¡Responde lo que te pregunto!
Tomás recobró su carácter festivo y le dijo sonriendo:
-Pues, en eso, general, estamos iguales. Porque usted tampoco sabe lo que es la muerte, porque nunca se ha muerto. Pero yo con gusto moriré, porque muero por Cristo Rey.
-No pierdas tiempo, muchacho, le dijo el militar.
-No lo pierda usted, General —contestó el admirable joven cristero—. Ya le dije que no diré nada. Estoy dispuesto
a sufrir la muerte, antes que ser traidor a la causa de los que luchan por Cristo.

Y fueron vanas todas las tentativas, amenazas, halagos y promesas para intentar quebrantar su voluntad. Parecía una escena copiada del episodio bíblico de aquellos siete jóvenes hermanos macabeos, que perecieron torturados uno tras otro y no se doblegaron ni ante las amenazas ni ante los halagos del tirano. Tomás no aceptó ninguna oferta ni flaqueó su ánimo ante la presión de denunciar a sus compañeros; ni siquiera ante la amenaza de la muerte. Entonces el General, iracundo, dio la orden de ahorcarlo esa misma noche.
-Está bien, General —contestó Tomás de la Mora—, solamente concédame una hora para prepararme a morir y que yo escoja el lugar de mi ejecución.

GALVANEra ya cerca de la medianoche cuando lo sacaron del cuartel, o sea, del edificio del ex seminario diocesano, convertido en cuartel. Los soldados que lo conducían iban malhumorados, convertidos, por capricho del general Flores, de soldados en verdugos de aquel joven y admirable héroe de Cristo Rey. Llevaban la orden de ahorcarlo donde él quisiera.
A las afueras de Colima se detuvieron, y en una calzada arbolada, Tomás escogió un robusto sauce de los que hay allí.
Los soldados prepararon la cuerda con la que fue levantado y suspendido de una rama varias veces. Todavía esperaban los verdugos con el fin de ver si descubría alguna cosa comprometedora contra sus compañeros. Pero todo en vano. Tomás sólo se concretaba a vitorear a Cristo Rey y a la Santísima Virgen María de Guadalupe, con el grito pulcro y unánime de los mártires mexicanos: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!
No pudieron conseguir nada de lo que deseaban, ni con halagos ni con promesas, ni con los sufrimientos terribles que padeció.

Después de unos momentos murió.

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