RESUMEN DEL ARTÍCULO: Monseñor Joseph C. Fenton, ““The Baptismal Character and Membership in the Catholic Church“: American Ecclesiastical Review 122 (1950) 373-381.
La “segunda especie de cualidad” es un término utilizado por Santo Tomás de Aquino, tomado a su vez de Aristóteles y que hace referencia a aquellas cualidades que confieren al sujeto estar en potencia. Dicha potencia capacita al hombre para realizar aquel acto de culto que constituye el ser mismo de la Iglesia: el Sacrificio Eucarístico.
Monseñor Fenton advierte que algunos pueden rechazar unos conceptos y una terminología que consideran obsoleta. Lamenta también que el empleo de términos muy técnicos pueda ocultar la verdad que se encuentra en esta afirmación. Y concluye que la enseñanza común acerca de la naturaleza del carácter sacramental del Bautismo es una de las claves más importantes para explicar lo que es la verdadera Iglesia (Iglesia Universal e Iglesia local).
El autor afirma (en 1950) que la enseñanza de Santo Tomás respecto a la naturaleza del carácter sacramental es la más común y es la siguiente: «los sacramentos de la nueva ley imprimen carácter en la medida en que por medio déllos el hombre es comisionado (deputatur) al culto de Dios según el rito de la religión Cristiana» (Summa, III, q. 63, a. 2.). Lo que Santo Tomás está diciendo es que por medio de los sacramentos el hombre es encargado del culto a Dios (no todos los sacramentos, sino únicamente el bautismo y el orden, Summa, III, q. 63, a. 6; y también la confirmación, Summa, III, q,65, a. 3).
Santo Tomás, sin embargo, distingue entre el carácter sacramental y el concepto aristotélico de “potencia”. El carácter sacramental es algo sobrenatural y no algo que pertenezca a la naturaleza del hombre. Hecha esta distinción, el Angélico utiliza el concepto de forma analógica.
Santo Tomás enseña que el carácter sacramental configura al hombre con Cristo, que el carácter sacramental es el carácter de Cristo mismo y que los caracteres sacramentales no son otra cosa que una participación del sacerdocio de Nuestro Señor, derivado del mismo Señor. Por medio de esta participación, unos hombres son comisionados para administrar los sacramentos y otros para recibirlos (Summa, III, q. 63, a. 3). Los fieles se configuran con Cristo en el sentido de que “comparten un cierto poder espiritual con respecto a los sacramentos y a aquellas cosas que pertenecen al culto divino.” (Summa, III, q. 63, a. 5).
Es un lugar común en la teología que todo el sistema sacramental gira alrededor de la Eucaristía. Pues bien: “Es manifiesto que el sacramento del Orden está ordenado a la consagración de la Eucaristía, mientras que el sacramento del Bautismo lo está a la recepción de la misma, y de igual forma el hombre es perfeccionado por la Confirmación a fin de no alejarse de la Eucaristía a causa del miedo.” (Summa, III, q. 65, a. 3).
El carácter sacerdotal posibilita al hombre a consagrar la Eucaristía, mientras que el carácter bautismal lo capacita para recibirla y, puesto que la Santa Eucaristía es al mismo tiempo Sacrificio y Sacramento, el carácter bautismal coloca al que lo posee en el status de aquél a quien pertenece el sacrificio Eucarístico y aquél por quien es ofrecido.
A partir de estas bases sentadas por santo Tomás, argumenta Monseñor Fenton así:
– El sacrificio es un acto social de culto.
– La Eucaristía es el sacrificio que se celebra en esa sociedad que otorga al hombre el carácter sacramental.
– Dado que el Bautismo es el rito de iniciación en dicha sociedad, se sigue que el objeto principal, tanto de la comunidad cristiana como del individuo es el sacrificio Eucarístico.
El cristiano (o miembro de la verdadera Iglesia) es entonces aquella persona unida a Nuestro Señor por el poder de este Sacrificio.
De aquí se sigue que el poder de jurisdicción en la Iglesia está unida al sacramento del orden. Ahora bien, puesto que la tarea principal de la Iglesia local (diócesis) es el Sacrificio Eucarístico, se sigue que el líder de esa Iglesia debe poseer el carácter sacramental del orden en toda su perfección. Con mucha mayor razón entonces puede decirse esto mismo del mando de la Iglesia Universal.
El agente principal de este culto Eucarístico es Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Así pues, eterna debe ser también la cualidad que capacita al hombre para compartir esa actividad. Por ello es indestructible el carácter sacramental que hace al hombre miembro de la Iglesia y es enseñanza común de la eclesiología escolástica que una persona bautizada pierde su pertenencia en la Iglesia sólo por medio de la apostasía, herejía o cisma públicos o por la excomunión mayor. En estos casos la capacidad para el culto a Dios por medio de Cristo se ve frustrada. Esto nos ayuda a entender la naturaleza y las implicaciones inmediatas de la pertenencia a la Iglesia.
Dice Santo Tomás: “… el carácter está ordenado al culto divino, que es testimonio de la fe manifestada a través de signos externos” (Summa III, q. 63, a. 4, ad 3). Monseñor Fenton concluye de aquí que toda negación pública de esa fe y –ojo, que esto es importante- también cualquier adhesión a una sociedad cuyos principios y prácticas sean incompatibles con esa fe (el autor no es más explícito, pero la alusión no deja lugar a dudas) debe ser considerada como una frustración de esa capacidad para el culto que hace al hombre miembro de la Iglesia. Así pues ambos casos comportan la pérdida de la pertenencia a la Iglesia.
La Eucaristía es tanto el signo como la causa de la unidad de la Iglesia. Por ello, el cisma incapacita para el culto y, recíprocamente, el hombre que se encuentra incapacitado para el culto pierde su pertenencia a la Iglesia.
Fenton concluye que solamente por medio del concepto de “segunda especie de cualidad” (acuñado por Aristóteles y aplicado a la vida sacramental por Santo Tomás) puede entenderse en profundidad el lugar central que ocupa la vida Eucarística en la Iglesia y la orientación litúrgica fundamental de la pertenencia a la Iglesia.
No quiere Fenton concluir su artículo sin añadir que no todos los teólogos escolásticos siguen en esto la doctrina de santo Tomás.
El principal de ellos Francisco Suárez, quien insiste en que el factor básico y esencial que constituye a alguien como miembro de la Iglesia es la fe interna, verdadera y sincera, más bien que el carácter sacramental del bautismo (Cf. Opus de triplici virtute theologica (Lions, 1621), De Fide, disp. 9, sect. 1, pp. 160 y ss.). Y destaca que no es casualidad que, para Suárez, el carácter sea “una cualidad de la primera especie”, es decir, un hábito que perfecciona formalmente al alma misma (cf. In III, q. 63, a. 4, disp. 11, sect. 3, en la Opera Omnia (Paris: Vives, 1866), XX, 195.).
Suárez fue seguido en este punto por algunos autores de su tiempo, como Gabriel Vásquez (1549-1604) y Juan Wiggers(1571-1639), si bien éste último concedió que la doctrina tomista “no era improbable”. El efecto de esta posición fue, según Fenton, el de oscurecer sus conceptos sobre la Iglesia y la pertenencia a ella.
Fenton se alegra de que la línea teológica que había triunfado en 1950 era la tomista e insiste en que una mala comprensión del carácter bautismal lleva consigo una confusión sobre la presencia y actividad de Nuestro Señor dentro de la Iglesia.
La realidad que constituye al hombre como miembro de la Iglesia es la que lo habilita a actuar como parte de esa sociedad dentro de la cual Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno sacerdote, ofrece su sacrificio –la Eucaristía-. Pasar por alto esta enseñanza por su dificultad técnica o rechazarla como si fuera mero entretenimiento académico es descuidar una de las más importantes ayudas para una apreciación cada vez mayor del Cuerpo Místico de Cristo.
Colaboración: María Ángeles