Ecce Christianus

SANTIAGO EL MAYOR: «LA PAZ SEA CONTIGO»

Grande fue sin duda el favor que hizo el Señor a Santiago en escogerle para testigo de las glorias del Tabor, pero no fue menor el que dispensó llevándole también para que lo fuese en las agonías del Huerto. Fue este bienaventurado Apóstol uno de los tres que le acompañaron al monte de los Olivos, para servirle, digámoslo así, de consuelo en aquella mortal tristeza, pero de mayor consuelo fueron las que hizo después de su gloriosa resurrección. Santiago estuvo presente en todas sus frecuentes apariciones, teniendo parte en las instrucciones y en las pruebas de bondad que dio el Salvador a sus discípulos.

Después que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo, ninguna cosa fue capaz de contener el celo de Santiago. Corría las ciudades, villas y aldeas de la Judea para anunciar a sus hermanos la fe de Jesucristo. Es constante y muy autorizada tradición de todas las Iglesias de España, que Santiago fue su primer Apóstol, y que antes que los Apóstoles se separasen para anunciar el Evangelio en todo el mundo, viendo que después de la muerte de San Esteban no se podía predicar en la Judea, Santiago se embarcó, pasó los mares, y llevó a España, las primeras luces de la fe. En Zaragoza se venera el sagrado Pilar, sobre el cual cree la devota piedad con grandes fundamentos, que se le apareció la Santísima Virgen, estando aún vida mortal esta Señora. Después volvió Santiago a Judea, donde trabajó con extraordinario celos en anunciar la fe de Jesucristo. Por su elocuencia, por su valor, por la fuerza de sus razones, y por la milagrosa moción que acompañaba a sus discursos, confirmado, sostenido y autorizado todo con crecido número de milagros, hizo grandes conversiones.

Fue el primer Apóstol en sufrir el martirio por amor a  Jesucristo, en manos de Herodes Agripa, rey de Judea y nieto del que hizo morir a los Inocentes, y sobrino del otro Herodes Antipas, tatrarca de Galilea que quitó la vida a San Juan Bautista.

Convirtió a magos gnósticos como Filetes y Hermógenes, quienes tratando de desacreditarle frente a todo el pueblo con sus artificios, se convencieron de las maravillosas virtudes del Apóstol. San Clemente Alejandrino, quien floreció en el final del siglo segundo asegura que el judío que aprehendió a Santiago, confesó que también era cristiano y por esta confesión también fue condenado al mismo suplicio. Pidiéndole perdón el nuevo cristiano, se arrojó a los pies de nuestro Apóstol y le pidió perdón, abrazándolo tiernamente Santiago le dijo : «La paz sea contigo».

Singulares gracias España ha recibido siempre de este gran Santo. Sobre todo reconoce deberle las victorias más señaladas que ha conseguido sobre los enemigos de la Cristiandad.