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250 ANIVERSARIO DE LA CONSAGRACIÓN EPISCOPAL DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

22 de junio de 2012

Dos años antes de negarse el gobierno de Nápoles á conceder el pase regio á la Bula Pontificia que tanto ensalzaba á la Congregación del Santísimo Redentor, Carlos III había querido dar una prueba insigne de estimación á San Alfonso, tratando de presentarle para el Arzobispado de Palermo. –«Si el Papa, -decía el rey-, hace buenas elecciones para los Obispados, yo, por mi parte, quiero hacer una que sea todavía mejor.»

Con esta idea que, como tantas otras del mismo príncipe, se compagina mal con su gobierno, dió algunos pasos para explorar la voluntad del interesado. Las personas comisionadas al efecto volvieron a palacio desconsoladas. «La resistencia del P. Ligorio es invencible, –dijeron-, porque ha hecho voto de no admitir ninguna dignidad eclesiástica.»«No importa, -contestó el monarca-, cuya tenacidad en sus propósitos conocemos: el Papa puede dispensar ese voto.» Y luego añadió: –« Estos que rehusan los Obispados, suelen ser los mejores Obispos.»

Todo fué en vano: Carlos III se vió precisado á desistir de su determinación, disponiéndolo así la Divina Providencia, quizá porque el nuevo Instituto se hallaba todavía en su infancia y necesitaba los cuidados inmediatos y la solicitud paternal de su Fundador.

Algunos años más tarde, y después de los disgustos y trastornos ocasionados por la negativa del pase, tuvo también el rey otro empeño con San Alfonso, tal vez movido del buen deseo de darle público testimonio de su aprecio personal, en desagravio de la oposición que su gobierno hacía al Instituto.

Quería el monarca transformar éste en religión de votos solemnes, refundiéndolo en otra antigua orden que al parecer había decaído de su primitivo espíritu, encomendando al Santo la empresa y prometiéndole para ella toda su real protección, y alcanzar del Sumo Pontífice las licencias oportunas. Dióle Alfonso las gracias, haciéndole ver al propio tiempo, con el debido respeto, que era imposible la obra del modo que se deseaba.
Llegó por fin el año 1761 en que vacó la Sede episcopal de Santa Águeda de los Godos en el reino de Nápoles. Tanucci, que en tiempo de su regencia dió tanto que sentir á la Santa Sede, quería que fuese elegida determinada persona, muy de su agrado, y por lo tanto, muy sospechosa al Papa Clemente XIII. Temía éste, sin embargo, que oponiéndose abiertamente al gobierno napolitano, se empeorasen más y más las relaciones de aquel Estado con la Sede Apostólica, y después de encomendar á Dios la solución de tan arduo negocio, consultó varias veces á los Cardenales, y uno de ellos, el Emmo. Spinelli, le propuso la idea de elegir para Obispo persona ante cuyos méritos reales y notorios tuvieran que retirarse todas las pretensiones, de donde quiera que viniesen: y no limitándose á esta vaga indicación, el Cardenal declaró que esa persona no podía ser otra que Alfonso de Ligorio.

Recibió el Papa el consejo como inspiración celestial, y aceptándolo por completo, escribió al Nuncio en Nápoles participándole el pensamiento, y al propio tiempo se lo comunicó á San Alfonso. Miraba éste con horror todo cuanto pudiese sacarle de su retiro, y celebraba como uno de los favores más singulares que debía á Dios el haberle salvado del peligro, como él decía, de ser Arzobispo; pero así que recibió el 9 de Marzo de 1762, hallándose en Pagani un correo que le traía la noticia oficial de que iba á ser nombrado Obispo de Santa Águeda, quedó aterrado. Súpose al momento la llegada del correo especial, y todos los congregantes acudieron á la celda del superior, donde lo hallaron sumido en lágrimas. Consoláronle algún tanto sus compañeros y amigos haciéndole ver que la decisión del Papa no sería irrevocable, y que tal vez sólo había querido darle con ella una prueba más de afecto que redundaba en bien de la Congregación.

Tranquilo con esta esperanza, hizo formal renuncia del cargo que se le confería, alegando insuficiencia, edad avanzada, continuos achaques, y el voto que tenía hecho de no admitir ninguna dignidad que le obligara á salir de la Congregación, a cuyas razones añadía la del escándalo y mal ejemplo que daría a sus misioneros admitiendo el obispado.

Sabiendo que el Cardenal Spinelli era quien se había acordado de él para la mitra, le escribió con la mayor humildad, y entre otras cosas le decía:

«Si supiese que uno de mis misioneros admitía el obispado, lo deploraría amargamente; y si yo fuese el primero en dar semejante ejemplo, ¿qué escándalo no produciría y qué perjuicio no causaría en su espíritu? Si Dios Nuestro Señor permitiese semejante cosa, lo tendría por verdadero castigo de mis pecados y de mi mucha soberbia.»

La tranquilidad que le daban estos pasos no era del todo infundada; porque el mismo Sumo Pontífice llegó á vacilar bajo el peso de tan poderosas razones, y ya en la noche del 14 de Marzo se mostró muy inclinado á elegir otra persona; pero con sorpresa de todos, á la mañana siguiente dió el Papa las órdenes para intimar al Santo que aceptara la mitra, bajo precepto de obediencia.

Recibió Alfonso el nuevo despacho de Roma, y los Padres Redentoristas que sabían ó presumían su contenido y estaban persuadidos del terrible efecto que había de producir en su Padre Fundador, abrieron el pliego, y después de encargar al Santo que rezase una Ave María á la Santísima Virgen, le presentaron el rescripto de Roma. El Santo levantó los ojos al cielo y en seguida bajando con humildad la cabeza, exclamó: «Obmutui quoniam tu fecisti.»«Callé porque Tú lo has hecho.»

Y recogiéndose en su interior por breve rato, añadió:

«Esta es la voluntad de Dios: el Señor por mis pecados me echa de la Congregación. Vosotros, hermanos míos, no os olvidéis de mí. Al cabo de treinta años de habernos amado tan fraternalmente, ahora nos tenemos que separar.»

Y diciendo estas palabras quedó su voz ahogada entre sollozos.

Los esfuerzos que hizo para dominar su pena le produjeron un paroxismo que le tuvo sin habla más de cinco horas. Pero ni antes, ni después del accidente, quiso admitir la esperanza que algunas almas compasivas trataban de infundirle, si nuevamente recurría á la Santa Sede. –«No, –decía-, no hay apelación: el Papa se ha declarado en términos de obediencia y es preciso obedecer.»

Y tomó la pluma para contestar al Nuncio y al Secretario de Su Santidad que admitía sin más réplica el gobierno de la iglesia de Santa Águeda, y se sometía ciegamente á la voluntad del Sumo Pontífice.
Dos días después cayó tan gravemente enfermo, que se temió por su vida. Creyendo próxima la hora de su muerte, el Papa le mandó su bendición apostólica, y añadió al darla: –«Si el Señor le vuelve la salud, quiero que venga á Roma para que aquí sea consagrado.»

Largo tiempo duró su enfermedad; pero desde que recibió la bendición del Sumo Pontífice, comenzó á sentir grande y casi prodigiosa mejoría, en términos de poder ponerse en camino un mes después, aunque no del todo restablecido. Al dejar la casa de Pagani, donde había padecido tanto, llevaba la esperanza, fundada acaso en alguna revelación, de volver algún día para morir dentro de las mismas paredes que ahora con tal pena abandonaba.
Es indecible la brillante acogida que tuvo en Roma. Cardenales y otros príncipes de la Iglesia, Generales de las órdenes, y entre ellos el de los Padres Jesuítas, seglares de la más alta categoría, fueron á ofrecerle sus servicios, y alguno también magnífico hospedaje; pero el Santo, agradeciendo su generosidad, sólo admitió del Príncipe de Piombino un coche que necesitaba por el mal estado de su salud.

Mas no eran estos los consuelos de que su alma endiosada había menester, y así que acabó de reponerse, como Clemente XIII se hallara ausente á la sazón y se ignorase cuándo iba á volver á Roma, se fué Alfonso á Loreto á derramar su espíritu en la Santa Casa de la Virgen Nuestra Señora, á la que profesaba devoción tan singular.

El viaje á Loreto fué una especie de peregrinación, pues en el camino celebraba misa, hacía todos sus ejercicios espirituales y sus acostumbradas visitas al Santísimo Sacramento y á la Virgen: su pobreza era tal, que nadie diría que aquel viajero era un Obispo electo y General de una orden. No se quitó la sotana y el balandrán de redentorista, ni tomaba alimento alguno hasta la noche, en que, sentándose á la mesa con los zagales, como el más miserable de los viajeros, comía poco y prefiriendo siempre lo más ordinario.
Llegó por fin á Loreto, y allí, allí fué donde la Santísima Virgen le consoló de todas las amarguras pasadas. Un día pidió á su compañero el P. Villani que lo dejara sólo, y se fué á ocultar en el precioso espacio que media entre el altar de la Santa Capilla y el fogoncito que se encuentra detrás.

No se sabe, no se sabrá probablemente nunca en esta vida lo que allí le pasó, lo que vió, lo que sintió allí: el Santo no habló jamás una palabra de ello; pero algo podemos inferir por el fervor especialísimo que en aquellos días experimentó, por la ternura singular en que su espíritu se derretía al considerar los hechos verificados en la santa casa, ó contemplar cualquiera de los objetos que con ella tenían relación. En aquella aureola de divina gracia se vislumbraban los grandísimos favores que de Dios había recibido. Para él no había cuerpo ya, ni materia: el criado que le acompañaba atestigua que mientras estuvo en Loreto, ó pasaba las noches de rodillas, arrimado á la cama solamente, ó tendido sobre el desnudo suelo; que tomaba alimento una sola vez al día y en tan corta cantidad, que parecía imposible que pudiese permanecer en oración tantas horas seguidas sin caer desfallecido.

Volvió por fin á Roma el día mismo en que el Papa regresaba también al Vaticano, y el Santo apresuróse á pedirle una audiencia, que le fue inmediatamente concedida. Al verse á los pies del Vicario de Jesucristo, lo primero que hizo, después de habérselos besado, fué suplicarle que se dignase eximirle del cargo que le había impuesto. Conmovióse el Papa al oirle; pero firmemente persuadido de que Dios lo llamaba al episcopado para bien de la Iglesia, le dijo que no se desanimase, que de las piedras de la obediencia saca Dios los hijos de Abraham.

Desde entonces no volvió el Santo á poner en boca la renuncia, aunque le quedó en el fondo de su corazón la esperanza de conseguirla, cuando se hubieran terminado los servicios que con aquel sacrificio le exigía su Divina Majestad.

Largo rato estuvo después hablando Su Santidad con Alfonso acerca de los negocios eclesiásticos y de las doctrinas que entonces se debatían, y tenían tan divididos los ánimos.

A consecuencia de esta entrevista, decidióse el Santo á escribir una de sus más preciosas obras sobre la frecuencia de los Sacramentos, y por fin, en 14 de Junio de 1762 fué consagrado Obispo.

El día mismo de la Consagración, hablando el Sumo Pontífice con algunos Cardenales, pronunció estas proféticas palabras:

«A la muerte del Obispo Ligorio, tendremos otro Santo más en la Iglesia de Jesucristo.»

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