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LA “EXPERIENCIA RELIGIOSA” O “MODERNISMO” DE MASAS 4ª PARTE

4 de febrero de 2012

EL ECLIPSE DEL MAGISTERIO

 

Otra cosa he visto debajo del sol: que en el puesto de la justicia está la injusticia, y en el lugar del derecho, la iniquidad. Por eso me dije: Dios juzgará al justo y al injusto, porque hay un tiempo destinado para todo y para toda obra. Eclesiastés 3, 16-17

El punto más grave y acongojante del neomodernismo conciliar y postconciliar es el de haber invadido la cúspide de la Iglesia y haber vuelto vago, si no el concepto, al menos el ejercicio del magisterio, de manera que al ser este último desde el Concilio (CVII), en la mayor parte de los documentos, nada más que «pastoral» («aproximativo y simbólico» decían los modernistas) y no ya definitorio, deja al fiel en la incertidumbre y, dada su objetiva falta de correspondencia con el magisterio tradicional, lo pone en la situación de tener que cotejar ambos magisterios y de correr el riesgo de resbalar en un subjetivismo en el que el individuo es el que juzga qué se halla de acuerdo con la Tradición. Tal confusión, creada arteramente, auténtico «caballo de Troya en la ciudad de Dios», ha logrado también que los católicos antimodernistas vuelvan sus armas «unos contra otros» tocante a las motivaciones de su resistencia común al neomodernismo, el cual así dividit et impera. Si se consiguiera mantener cierta objetividad en el campo antimodernista, admitiendo una lícita diversidad accidental de motivos o interpretaciones dentro de la unión sustancial de resistencia al neomodernismo, se evitaría la «fisión del átomo»; pero es una quimera esperar el mantenimiento de la lucidez y la objetividad en este «tsunami legamoso» de la época postconciliar.

El padre Fabro advierte que San Pío X no definió el modernismo como herejía, sino como «el compendio de todas las herejías», y él mismo lo califica de «herejía esencial en cuanto que transforma radicalmente y niega la propia garantía de la ortodoxia, es decir, el magisterio supremo» (ibi, col. 1193). La «jugada magistral de Satanás» es la de enseñar de manera tan aproximativa, simbólica y «pastoral», que confunde las ideas, incluso de quien procura sucumbir a la antropolatría o culto del hombre que invadió el ámbito católico desde 1959 y originó tinieblas y confusiones por doquier. Sólo Dios en su omnisciencia y omnipotencia puede remediarlo. Nosotros, pobres humanos, lo único que podemos hacer es procurar creer lo que enseñó siempre antes de tal periodo de confusión (v. San Vicente de Lerins, Commonitorium, III) y obrar como los cristianos obraron siempre. Pretender resolver nosotros, con una teoría u otra, tal mysterium inquitatis sería otra forma de antropolatría narcisista.

RATZINGER LEGITIMA LA FALSA «EXPERIENCIA RELIGIOSA»

Giussani

En la actualidad, la penetración casi total del ámbito católico por parte del conceto heterodoxo y neomodernista de «experiencia religiosa» es obra sobre todo del movimiento Comunión y Liberación, fundado por monseñor Luigi Giussani (+2005), debido a que Joseph Ratzinger, cardenal a la sazón, oficializó dicho concepto al decir, en la homilía que pronunció en los funerales de don Luigi, que éste:

«Nos enseñó que la vida cristiana no es un paquete de verdades que han de ser creídas, o de preceptos que es imperativo observar, sino un encuentro personal con Cristo».

Tal fue, en opinión de Ratzinger, la grandeza y la originalidad de Giussani.

Ahora bien, ha de decirse a este respecto, ante todo, que tamaña concepción tiene harto poco de original, como se remonta, por lo menos, a quinientos años atrás, a Lutero, para ser exactos. Además, si bien es cierto que la verdadera religión cristiana desemboca, en la tercera vía mística, en un encuentro personal con Cristo, con todo y eso, no es menos cierto que arranca con la fe, que es un paquete de diez mandamientos que hay que cumplir con la ayuda de la gracia, la cual se alcanza con la oración y los siete sacramentos. El padre Fabro anda sobrado de razón al observar que la contaminación esencial de la doctrina católica por la parte modernista:

«Estribó en la tentativas de interpretar la experiencia íntima del sujeto (autoconciencia) en continuidad directa con la vida religiosa y considerar la conciencia o experiencia religiosa como la esencia de la revelación divina y de la vida de la gracia, mientras que, por el contrario, toda experiencia religiosa en el ámbito de la vida de la gracia y de la fe no pasa de tener un valor secundario y subordinado a la revelación y al magisterio eclesiástico» (Voz «modernismo, en la Enciclopedia Cattólica, Ciudad del Vaticano, 1952, vol. VIII, col. 1996). 

Fabro concluía así entonces, en 1952, su profético y clarividente artículo:

«El peligro del modernismo nunca puede conjurarse por completo porque está ínsito en la naturaleza humana, corrompida por el pecado original, la tendencia a erigirse en criterio absoluto de la verdad y supeditar a sí propia la fe. Una tentativa afín al modernismo teológico es la denominada «théologie nouvelle», que apareció en Francia después de la segunda guerra mundial y que fue denunciada con energía por Pío XII en la encíclica Humani Generis (12 de agosto de 1950)» (ibi). 

 

Lo que en 1952 no era humanamente previsible era la rehabilitación, por parte de Juan XXIII, de la «neoteología» y de los «neoteólogos». Por desgracia, sucedió, y perdura hasta hoy con Benedicto XVI. Pero ¿quién podía imaginar en 1952, dos años después de la enérgica denuncia del neomodernismo por parte de Pío XII, que apenas seis años después, en 1958, tras su muerte, otro papa premiaría el error recién denunciado? No obstante, así fueron las cosas, y

¡contra factum non valet argumentum!

 

 

 

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