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Los malos sacerdotes… y nosotros

26 de febrero de 2011

Homilía que el Pbro. Roger Landry pronunció en su parroquia de Fall River, Massachusets, el pasado domingo 20 de febrero


«Todos los señalamientos publicados a causa de clérigos depravados son un escándalo mayúsculo, un escándalo que muchas personas hostiles a la Iglesia por alguna de sus enseñanzas morales o posturas doctrinales, están usando como pretexto para atacarla en su conjunto, tratando de demostrar que, después de todo, ellos tenían razón. Cantidad de gentes se me han acercado para hablar de este tema; por eso, hoy domingo quiero afrontarlo sin rodeos. No podemos hacer como si nada hubiera ocurrido».

«Antes de elegir a sus primeros discípulos, Jesús subió a la montaña y habló con el Padre acerca de a quiénes elegiría para que fueran sus doce Apóstoles, los doce a los que formaría íntimamente, a quienes enviaría a predicar la Buena Nueva en su nombre. Una vez elegidos, Él les dio el poder de expulsar demonios; les dio el poder de curar a los enfermos. Ellos vieron cómo Jesús obró innumerables milagros; ellos mismos realizaron, en su nombre, muchos otros. Pero, a pesar de todo, uno de ellos fue traidor. Uno que había seguido al Señor, uno a quien el Señor le lavó los pies, uno que lo vio caminar sobre las aguas, resucitar a personas de entre los muertos y perdonar a los pecadores, traicionó al Señor vendiéndolo a sus enemigos por treinta monedas.

Jesús no eligió a Judas para que lo traicionara. Lo eligió para que fuera como todos los demás, pero Judas era libre, y usó su libertad actuando como un traidor. Con su traición terminó haciendo que Jesús fuera crucificado. A veces, los elegidos de Dios lo traicionan. Este es un hecho que debemos asumir, es un hecho que la Iglesia primitiva asumió. Si el escándalo causado por Judas hubiera sido el tema con el que se hubieran obsesionado los primeros cristianos, la Iglesia habría muerto antes de comenzar a crecer. Pero en vez de obsesionarse con el apóstol que traicionó a Jesús, se centraron en los otros once que, con su predicación, milagros y amor a Cristo, hicieron posible que estemos hoy aquí reunidos. Gracias a los otros once –todos los cuales, excepto San Juan, fueron martirizados por Cristo y por el Evangelio que proclamaron, hoy escuchamos la palabra salvífica de Dios y recibimos los Sacramentos.

Hoy nos enfrentamos a una realidad similar. Podemos obsesionarnos con los que traicionaron al Señor, con los que abusaron de aquellos a quienes estaban llamados a servir, o bien, como hizo la Iglesia primitiva, podemos centrarnos en los demás, en los que han permanecido fieles, en esos muchos sacerdotes que siguen ofreciendo sus vidas para servir a Cristo y para servir a ustedes por amor. Los medios de comunicación raramente prestan atención a los «once» buenos, a los que Jesús llamó y permanecieron fieles, a los que vivieron una vida de silenciosa santidad.

Desgraciadamente, el escándalo no es algo nuevo para la Iglesia. Hubo muchas épocas en su historia en que estuvo peor que ahora. En cada una de esas épocas, cuando la Iglesia llegaba a su punto más bajo, Dios hacía surgir grandes santos que llevaban a la Iglesia de regreso a su verdadera misión. Era como si, en aquellos momentos de oscuridad, la Luz de Cristo brillara más intensamente.

Muchos sacerdotes vivían abiertamente relacionados con mujeres. Un día le preguntaron a Francisco de Sales cuál era su postura en relación al escándalo que causaban tantos de sus hermanos sacerdotes y él contestó diciendo algo que hoy es tan importante para nosotros como lo fue para quienes lo escucharon en aquel momento. «Los que cometen ese tipo de escándalos son culpables del equivalente espiritual a un asesinato, destruyendo la fe de otras personas con su pésimo ejemplo, pero estoy aquí entre ustedes para evitarles un mal aún peor. Mientras que los que causan el escándalo son culpables de asesinato espiritual, los que permiten que los escándalos destruyan su fe, son culpables de suicidio espiritual. Son culpables de cortar de un tajo su relación con Cristo.

Ahora, siglos después de aquello, yo estoy aquí, tratando de prevenir que algunos de ustedes cometan un suicidio espiritual a causa de los escándalos clericales actuales.

Si siempre tuviéramos que depender de la santidad personal del sacerdote, estaríamos en graves problemas. Los sacerdotes somos elegidos por Dios de entre los hombres, y somos tentados y caemos en pecado como cualquier ser humano. Pero Dios ha hecho los Sacramentos «a prueba de sacerdotes». No importa cuán santos o cuán malvados seamos.

Así que les pregunto: ¿Cuál debe ser la respuesta de la Iglesia ante estos escándalos? Estos son tiempos duros para ser sacerdote; son tiempos duros para ser católico. Pero también son tiempos magníficos para ser sacerdote y tiempos magníficos para ser católico. Jesús dice en el sermón de la montaña: «Bienaventurados cuando los injurien y los persigan, y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas que les precedieron». Es un tiempo fantástico para ser cristianos porque Dios realmente necesita de nosotros para mostrar su verdadero rostro.

Algunos vaticinan que la Iglesia pasará por tiempos difíciles, y quizá vaya a ser así, pero sobrevivirá porque el Señor siempre ha actuado para preservarla contra todo mal. En cierta ocasión el emperador Napoleón, que engullía con sus ejércitos a los países de Europa con la intención de dominar el mundo, le dijo al cardenal Consalvi: «Voy a destruir su Iglesia».

El cardenal le contestó: «No, no podrá. ¡Ni siquiera nosotros hemos podido hacerlo!».


EL AUTOR

El P. Roger J. Landry fue ordenado sacerdote por la Diócesis de Fall River, MA, por el Obispo Sean O’Malley, OFM Cap., en 1999. Después de obtener la licenciatura de biología por la Universidad de Harvard, el P. Landry hizo sus estudios para el sacerdocio en Maryland, Toronto, y durante varios años en Roma. Después de su ordenación sacerdotal, el Obispo O’Malley lo envió de regreso a Roma para concluir sus estudios de graduación en teología moral y bioética. Actualmente es vicario parroquial en la Parroquia del Espíritu Santo en Fall River, Massachusetts y capellán en la Escuela Secundaria Bishop Connolly.

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