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CARRANZA, OBREGÓN, VILLA Y ZAPATA

20 de noviembre de 2010

En América México parecía maduro, más que ninguna otra Nación, para hacerse socialista: primero, por haber sido reducida la Iglesia al estrechos campo del templo -propiedad del estado, además- y de las pocas escuelas particulares desde 1867, al triunfo del llamado liberalismo, que no fue sino una preliminar fase del comunismo, y por la falta de Misiones en el Norte semibárbaro, en estrecho contacto, en cambio con los Estados Unidos, el hipócrita mortal enemigo protestante; segundo, por las graves injusticias del capitalismo laico, acatólico, en la Industria y, en algunas partes, en el campo. En efecto, los sueldos y los jornales eran en general demasiado bajos, y en algunas negociaciones y haciendas, sobre todo en el sureste, el trato injusto y aun contra la libertad y la dignidad esenciales de la persona humana; los más de los pueblos indígenas habían sufrido el despojo de sus antiguos ejidos desde Juárez, Lerdo y Porfirio Díaz; y como consecuencia había muchos latifundios excesivos que por varios motivos debían fraccionarse. La reacción anticapitalista y anti-religiosa tenía que ser brutal, sin que hubiere la menor culpa por parte de la Iglesia.

Los primero embates tenían que ser contra la Religión Católica, principal defensora social por ser el único freno de las conciencias. El laicismo oficial y escolar de Juárez, de Lerdo y del Porfiriato había sido reforzado por la revuelta maderista, que aceptó la existencia del Partido Católico, pero como si el catolicismo fuera en México un mero partido político de una ínfima minoría y no el alma de la Nación: gravisimo error inconscientemente aceptado por los jefes seglares católicos y aun por el Episcopado.

El laicismo había formado en todas partes, pero principalmente en el extenso Norte, una inquieta generación de ateos prácticos, para quienes Dios no existía. Porque nunca pensaban en Él. Por lo demás, creían ser justos por sentirse muy patriotas, entendida la Patria conforme a sus gustos y ambiciones personales, que se van transformando, en el curso de la lucha, en violentas concupiscencias.

Obregón al lanzarse contra Victoriano Huerta, quien con la usurpación del Poder y el asesinato -al menos no castigado- de Madero y Pino Suárez proporciona el insuperable y oportuno pretexto para la nueva revuelta, le pide en esos momentos a Carranza que por decreto los ciudadanos convertidos en militares, con la sola misión de derrocar al usurpador, queden definitivamente inhabilitados para ocupar el día del triunfo  los puestos de Gobierno, librando asi a la Patria del Militarismo, “causa de todos sus males”. No presiente el ex-alcalde de Huatabampo que el ejercicio victorioso y sin Ley Moral del mando militar lo embriagaría hasta hacerle perder la cabeza y la vida.

En un ambiente densamente ateo es casi imposible, en lo humanoes más bien absolutamente imposible, que aun el sacerdote conserve la Fe, si no ha hecho serios estudios de Teología y si no es también profundamente virtuoso y limpio de alma y cuerpo. Y el seglar, sobre todo en el Norte, fácilmente se hacía ateo. Porque en el seno de la familia no había recibido ni siquiera un barniz de instrucción religiosa, sino que, por si acaso, sólo sabía de alguna fastidiosa practica de piedad., quizá un tanto superticiosa. Se va a la bola con el secreto propósito de satisfacer todos sus apetitos.

En tal estado de ínfima barbarie de las hordas revolucionarias, la quema o fusilamiento de imagenes sagradas, la profanación y luego el cierre de las Iglesias, la destruccción de algunas de ellas y de los odiados confesionarios, las violaciones de doncellas y de casadas, y preferentemente de monjas, que eran llevadas a bailes de borrachos -Obregón lo hizo así en Celaya- y a los cuarteles…; la befa, las humillaciones, el maltrato, la expulsión de los sacerdotes y el asesinato de varios de ellos -por ejemplo, de siete por Villa en Zacatecas- eran actos naturales y necesarios de la Revolución, amenizados con el saqueo y el espectacular incendio.

De todo esto al asesinato, casi sin excepción, de los prisioneros -aunque fueran centenares- no había ni un paso, como por necesidad psicológica irrefrenable. En esta clase de fiestas sobresalen los más altos jefes. En primer lugar el sonorense Alvaro Obregón, con la matanza que ordenó se hiciera, con ametralladoras, de todos los prisioneros villistas tras las batallas de Celaya en abril de 1915: batallas que con la de León convierten al ex-bandolero Francisco Villa, de cruel, omnipotente y anticlerical General del Ejército del Norte en feroz guerrillero.

Plutarco Elías Calles, de Comisario de la Policía de Agua Prieta, Sonora, transformado en General, matando en sus dominios lo mismo asimples sospechosos que a yaquis insurrectos prisioneros y a villistas en derrota -1915-, no tiene que rendirle cuentas a nadie, pues su jefe Obregón le ha dado el ejemplo. Aun por la violación de su Decreto numero 1, que establece en Sonora el estado seco desde el 8 de Agosto de 1915, aplica la pena de muerte, y a muchos yaquis pacíficos los dispersa muy lejos de su tierra.

Francisco Villa, el rival por excelencia ya vencido y disuelto el Ejército Federal del usurpador Huerta, sigue asesinando por placer biológico, riendo, por el placer animal de matar, como si su bebida favorita fuera la sangre humana, o enfurecido hasta la locura, como cuando manda quemar vivas a Leogarda Barrio y a otras soldaderas carrancistas, en el parque central de Satevó, por habérsele echado encima aquella con ánimo de arañarlo si era posible, en venganza de la muerte de un nieto; o como cuando cerca de Parral manda a ejecutar a 40 ancianos -no halló más- en desquite de la muerte de su lugarteniente Baudelio Uribe, en Julio de 1917. Y estará en todas partes y en ninguna.

Emiliano Zapata, en Morelos y parte de los Estados de México y Guerrero, no sabe hacer más que beber y matar y aplaudir las matanzas que sus gentes ejecutan, lo mismo que soldados federales que de inocentes pasajeros de los trenes, y luego de carrancistas. Además zapatistas y carrancistas parecen competir en el placer de destruir mediante el fuego haciendas y pueblos, peor que si fueran ejércitos de exterminio extranjeros.

El centro del país tenía que ser el ámbito de mayor resistencia moral a la barbarie, gracias a la clase media conservadora de sus pequeñas ciudades y al campesinado casi íntegramente rescatado para el espíritu cristiano por la Iglesia y respetuoso de la propiedad privada; pero sin armas para hacerse respetar ni siquiera del puñado de vándalos bien armados y jefaturados que aun de su propio seno brotarían: como en Michoacán, asolado todo -menos su capital- durante dos años y medio de pesadilla, desde mayo de 1916, por el demonio de Inés Chávez García y sus tres mil fieras lujuriosas, hasta el 4 de Noviembre de 1918, en que lo fulmina la peste. (Uno de sus desalmados lugartenientes tendrá el cargo de Jefe de la Guarnición de Querétaro en diciembre de 1923, y en 1940 será el Gobernador de Michoacán: el General Félix Irieta.)


Casi no hay general ni oficial revolucionario que desaproveche la menor oportunidad de matar. Sin que la conciencia se lo reproche a nadie, pues Dios no existe. Y no habiendo Dios, desaparece en esta vida su lugarteniente, la conciencia. Como el peor castigo de Dios, gozan a sus anchas de la vida. Pues muy grande ira es no airarse Dios contra los malvados, observa San Jerónimo.

Sin Dios, Sin Curas, Sin Iglesias
Salvador Abascal

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